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“"Cuando
el tiempo nos alcanza. Memorias (1940-1982)", de Alfonso Guerra
MIRADA
EN UN ESPEJO
Por Eduardo
Sotillos
Sorpresa
en estos tiempos en los que cualquier libro de mediano relieve se conoce
antes por su publicación fragmentada en cualquier periódico
que cuando aparece en las librerías. Como en los viejos tiempos,
el lector busca con independencia del mercado y descubre durante la frecuente
cacería de los sábados en La Casa del Libro nada menos que
el primer tomo de las memorias de Alfonso Guerra. Ningún anuncio
previo ni una tarjeta para la presentación. Diríase que
se trata de una publicación clandestina (notas en un papel arrugado.
Sábado,8 de mayo).
Reconozco el gesto de Alfonso Guerra en la fotografía de la portada.
Mirada directa a los ojos del interlocutor. Sonrisa semioculta por una
mano acostumbrada a posar. Un instante antes de cualquier réplica
demoledora. Comienzo la lectura del libro en el aparcamiento y la continúo
en los semáforos. Llego a la página final -son 346- a las
dos de la madrugada. Hace horas que he renunciado a subrayar las frases
que podrían resultarme más interesantes para elaborar este
comentario: casi no hay prosa gratuita y el libro empieza a recordarme
los apuntes de la Facultad. Afirma Alfonso Guerra en la introducción
que ha querido ser honrado en la exposición de los hechos. No hay
motivos para dudarlo. Sí lo hago cuando asegura que su resistencia
inicial a publicar unas memorias se debía a sus profundas dudas
sobre si podría resultar interesante el conocimiento de su vida:
acostumbrado como está el autor a moverse entre libros -incluso
a venderlos- esa modestia no suena a sincera. Mucho más creíble
y profundo resulta cuando expone su escepticismo ante la posibilidad de
que un relato veraz, en primera persona, pueda alterar la imagen de las
cosas que ha consagrado la crónica periodística. Alfonso
Guerra no oculta su desdén hacia una parte muy importante del periodismo
español, y reseña algunos ejemplos que avalarían
su juicio: ataques frontales desde algún medio que, simultáneamente,
ensalzaba la contrafigura de Felipe González, intentando dibujarle
como una víctima del sectarismo de su colaborador más próximo,
indiscreciones periodísticas que pudieron poner en riesgo el consenso
constitucional...Y las informaciones sobre la supuesta complacencia de
algunos dirigentes socialistas con las propuestas anticonstitucionales
del general Armada. Aunque trate de evitarlo e intente transmitir la impresión
de actuar al margen de los medios, la herida fluye por el relato. Guerra
se siente impotente ante un enemigo difuso: "Personalmente la he
sufrido (la calumnia) con reiteración, y en cada ocasión
se fortalecía mi convencimiento de que luchar contra los infundios
difundidos a través de poderosos medios es una tarea prometeica
que conduce a la frustración".
Me cuesta mucho comentar este libro desde la distancia profesional. Más
vale que lo confiese pronto. A estas alturas de mi experiencia, Guerra
me resulta el personaje político español más fascinante,
el menos obvio, seguramente también uno de los más sólidos
en sus convicciones. Pero entiendo, asimismo, que en estas confesiones
se interrogue por qué no ha conseguido que los demás le
vean como él cree ser, y tal vez lo sea. Se comprende perfectamente
que Adolfo Suárez le hiciera la confidencia, tras abandonar el
poder, de que se inquietaba en la tribuna del Congreso cuando observaba
un determinado gesto de Alfonso Guerra en el escaño de la oposición.
Muchos han experimentado esa misma sensación. Y es que Guerra siempre
ha sido, en alguna medida, aquel profesor exigente, duro en las calificaciones
a los alumnos -luego en las de sus colaboradores políticos-, fustigador
de las debilidades ajenas y -ahora descubro- sabedor de las propias. Así
hay que entender, o al menos yo lo hago, este párrafo tan esclarecedor
de su apasionada coexistencia con Felipe González: "Él
y yo establecimos pronto una relación singular. Sin una plena conciencia
aceptamos nuestra complementariedad. Él era fuerte, yo resistente;
él brillante, yo sistemático; él buen improvisador,
yo minucioso en la preparación... Nos prometimos mutuamente y con
una sinceridad novelesca que si a alguno de nosotros le ocurría
algo grave, el otro quedaba comprometido a tomar como suya la responsabilidad
familiar del afectado. Tal compromiso de asumir las cargas familiares
lo renovamos en algunas ocasiones. Me pregunto hoy qué queda de
él".
El propósito expreso de Alfonso Guerra al escribir estas memorias
no es el de "zanjar viejos contenciosos", pero no oculta -sería
inútil tras la lectura- que "al desvelar hechos y conductas
pueda resultar incómodo para algunos". Nadie, sin embargo,
resultara más herido que los ausentes en su recuerdo. Las referencias
críticas a determinados personajes, como Pablo Castellano, Enrique
Tierno o Llopis, siempre están apoyadas en descripciones de su
participación en algún suceso concreto. No existen, prácticamente,
descalificaciones personales, y es notorio su esfuerzo por desmentir,
por ejemplo, que alguna vez identificara a Suárez con un tahúr,
sino que -otra vez el mensajero- se hubiera recogido su apreciación
completa de que se refería exclusivamente a su modelo de vestuario.
Y hay que creerle, porque, al tiempo, no tiene reparo en reconocer su
gravísimo error al lanzar la acusación de que podría
provocar una "nueva entrada de Pavía" en el Congreso:
"Tenían razón Txiqui Benegas y Gregorio Peces-Barba
cuando me expresaron su contrariedad".
Aparte el morbo que podrán despertar todas y cada una de las frases
con las que va dibujando su relación con Felipe González,
incluida su discrepancia en las versiones sobre su falta de disposición
para formar parte del primer gobierno socialista, el lector interesado
por cuestiones más sustantivas encontrará claves esclarecedoras
sobre su visión del comunismo y los comunistas o del mundo nacionalista.
Alfonso Guerra ha defendido siempre la centralidad del socialismo en la
izquierda, sin complejos ante los comunistas, hacia los que expresa su
respeto por la entrega a una causa por la que supieron sacrificarse: "...
Es una conducta noble y moral. Pero otra cosa es mantener una actitud
de postración, genuflexión, ante todo lo que hacen los comunistas".
El respeto por los militantes no se extiende desde luego a los intelectuales
de la izquierda europea asustados por el temor de ser tildados de anticomunistas
y silentes ante los crímenes de Stalin. No me resisto a reproducir
las palabras con las que describe su experiencia en el Portugal posrevolucionario,
cuando los socialistas consideraban que el PC ponía en riesgo la
joven democracia en connivencia con un primer ministro militar. Mitin
en Lisboa del PS y agresiones de los comunistas en el exterior: "En
uno de los instantes de auténtico paroxismo se me acercó
Michelle Aquille, un socialista italiano del ala izquierda, hombre culto
y sereno, y me dijo al oído: "Es la primera vez que asisto
a un acto anticomunista" Yo no podía contener mi sorpresa
ni mi rabia. Así que éramos testigos de un acto de intimidación
violenta, pero el juicio del intelectual invertía la prueba para
terminar cayendo en el tópico de la izquierda europea, el anticomunismo".
Ahora que Alfonso Guerra preside la Comisión Constitucional del
Congreso con el aplauso unánime de todos los grupos, cobran un
valor, no sólo histórico, las páginas en las que
relata su decisiva participación en la redacción del actual
texto constitucional y, particularmente, las referentes a la distribución
del poder territorial. Guerra se opuso "con todas sus fuerzas"
a que el Estado pudiera delegar a la autonomías, por ley, competencias
estatales. Dejar abierto el proceso constituyente suponía que la
estructura del Estado, fijada por el texto constitucional, pudiera modificarse
por decisión del Ejecutivo. De nuevo, nada mejor que reproducir
sus palabras: "Me aseguraron, los unos y los otros, que no debía
preocuparme, porque nunca se aplicaría el precepto. No era fácil
entender la posición defensiva. Si no se va a aplicar, ¿
por qué introducir una previsión que trastoca toda la arquitectura
constitucional? No hubo respuesta lógica ni honrada; el precepto
quedó en la redacción definitiva..., y por supuesto que
fue aplicado con posterioridad". Algo de mucho más calado
todavía, en orden al diseño del Estado, va a ser el tema
central de las ocupaciones / preocupaciones de Alfonso Guerra durante
los próximos meses. Creo que es un acierto haberle otorgado protagonismo
en una cuestión trascendental para la que es necesario poseer experiencia
negociadora, claridad de conceptos..., y flexibilidad para ceder hasta
el límite de los principios irrenunciables. En este libro abundan
ejemplos de las derrotas que Alfonso Guerra asumió en procesos
tan difíciles como aquel Congreso del inútil debate sobre
el marxismo, oro de los capítulos de obligada lectura. Y es de
suponer que a otras derrotas se habrá de referir, con mayor amplitud,
en el siguiente tomo de memorias, que comprenderá su experiencia
de gobierno. Porque este tomo de memorias -atención a la nada inocente
redacción de su autor- "abarca desde mi nacimiento hasta 1982,
el año de la victoria socialista que les llevó -que nos
llevó- al Gobierno de España". Ahí esta, para
mí, el sentido profundo del sentimiento de Alfonso Guerra ante
la experiencia del poder en un despacho de La Moncloa. Ese territorio
desde el que mandaba mucho, pero en el que podía sorprendérsele
descansando en la lectura de Gil Albert o con la mirada fija en una foto
de su hijo Alfonso en la playa.
Alfonso Guerra tiene la convicción de ser el enemigo manifiesto
de muchas personas que no soportan su integridad: "Actúo,
sin pretenderlo, como un espejo que refleja su claudicación".
Parece haber renunciado a la imposible tarea de luchar contra aquellos
a los que considera más fuertes porque no poseen el freno de los
escrúpulos morales. Tal vez sea ese su íntimo y sincero
sentimiento, pero los lectores de este libro tienen legítimo derecho
a pensar -y a desear- que haya recuperado el entusiasmo por la acción
política. En la suma de sensibilidades de la izquierda española,
la suya sigue siendo necesaria.
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