Hemeroteca Esta semana
Nº 603 - 17de mayo de 2004

“"Cuando el tiempo nos alcanza. Memorias (1940-1982)", de Alfonso Guerra

MIRADA EN UN ESPEJO

Por Eduardo Sotillos

Sorpresa en estos tiempos en los que cualquier libro de mediano relieve se conoce antes por su publicación fragmentada en cualquier periódico que cuando aparece en las librerías. Como en los viejos tiempos, el lector busca con independencia del mercado y descubre durante la frecuente cacería de los sábados en La Casa del Libro nada menos que el primer tomo de las memorias de Alfonso Guerra. Ningún anuncio previo ni una tarjeta para la presentación. Diríase que se trata de una publicación clandestina (notas en un papel arrugado. Sábado,8 de mayo).

Reconozco el gesto de Alfonso Guerra en la fotografía de la portada. Mirada directa a los ojos del interlocutor. Sonrisa semioculta por una mano acostumbrada a posar. Un instante antes de cualquier réplica demoledora. Comienzo la lectura del libro en el aparcamiento y la continúo en los semáforos. Llego a la página final -son 346- a las dos de la madrugada. Hace horas que he renunciado a subrayar las frases que podrían resultarme más interesantes para elaborar este comentario: casi no hay prosa gratuita y el libro empieza a recordarme los apuntes de la Facultad. Afirma Alfonso Guerra en la introducción que ha querido ser honrado en la exposición de los hechos. No hay motivos para dudarlo. Sí lo hago cuando asegura que su resistencia inicial a publicar unas memorias se debía a sus profundas dudas sobre si podría resultar interesante el conocimiento de su vida: acostumbrado como está el autor a moverse entre libros -incluso a venderlos- esa modestia no suena a sincera. Mucho más creíble y profundo resulta cuando expone su escepticismo ante la posibilidad de que un relato veraz, en primera persona, pueda alterar la imagen de las cosas que ha consagrado la crónica periodística. Alfonso Guerra no oculta su desdén hacia una parte muy importante del periodismo español, y reseña algunos ejemplos que avalarían su juicio: ataques frontales desde algún medio que, simultáneamente, ensalzaba la contrafigura de Felipe González, intentando dibujarle como una víctima del sectarismo de su colaborador más próximo, indiscreciones periodísticas que pudieron poner en riesgo el consenso constitucional...Y las informaciones sobre la supuesta complacencia de algunos dirigentes socialistas con las propuestas anticonstitucionales del general Armada. Aunque trate de evitarlo e intente transmitir la impresión de actuar al margen de los medios, la herida fluye por el relato. Guerra se siente impotente ante un enemigo difuso: "Personalmente la he sufrido (la calumnia) con reiteración, y en cada ocasión se fortalecía mi convencimiento de que luchar contra los infundios difundidos a través de poderosos medios es una tarea prometeica que conduce a la frustración".

Me cuesta mucho comentar este libro desde la distancia profesional. Más vale que lo confiese pronto. A estas alturas de mi experiencia, Guerra me resulta el personaje político español más fascinante, el menos obvio, seguramente también uno de los más sólidos en sus convicciones. Pero entiendo, asimismo, que en estas confesiones se interrogue por qué no ha conseguido que los demás le vean como él cree ser, y tal vez lo sea. Se comprende perfectamente que Adolfo Suárez le hiciera la confidencia, tras abandonar el poder, de que se inquietaba en la tribuna del Congreso cuando observaba un determinado gesto de Alfonso Guerra en el escaño de la oposición. Muchos han experimentado esa misma sensación. Y es que Guerra siempre ha sido, en alguna medida, aquel profesor exigente, duro en las calificaciones a los alumnos -luego en las de sus colaboradores políticos-, fustigador de las debilidades ajenas y -ahora descubro- sabedor de las propias. Así hay que entender, o al menos yo lo hago, este párrafo tan esclarecedor de su apasionada coexistencia con Felipe González: "Él y yo establecimos pronto una relación singular. Sin una plena conciencia aceptamos nuestra complementariedad. Él era fuerte, yo resistente; él brillante, yo sistemático; él buen improvisador, yo minucioso en la preparación... Nos prometimos mutuamente y con una sinceridad novelesca que si a alguno de nosotros le ocurría algo grave, el otro quedaba comprometido a tomar como suya la responsabilidad familiar del afectado. Tal compromiso de asumir las cargas familiares lo renovamos en algunas ocasiones. Me pregunto hoy qué queda de él".

El propósito expreso de Alfonso Guerra al escribir estas memorias no es el de "zanjar viejos contenciosos", pero no oculta -sería inútil tras la lectura- que "al desvelar hechos y conductas pueda resultar incómodo para algunos". Nadie, sin embargo, resultara más herido que los ausentes en su recuerdo. Las referencias críticas a determinados personajes, como Pablo Castellano, Enrique Tierno o Llopis, siempre están apoyadas en descripciones de su participación en algún suceso concreto. No existen, prácticamente, descalificaciones personales, y es notorio su esfuerzo por desmentir, por ejemplo, que alguna vez identificara a Suárez con un tahúr, sino que -otra vez el mensajero- se hubiera recogido su apreciación completa de que se refería exclusivamente a su modelo de vestuario. Y hay que creerle, porque, al tiempo, no tiene reparo en reconocer su gravísimo error al lanzar la acusación de que podría provocar una "nueva entrada de Pavía" en el Congreso: "Tenían razón Txiqui Benegas y Gregorio Peces-Barba cuando me expresaron su contrariedad".

Aparte el morbo que podrán despertar todas y cada una de las frases con las que va dibujando su relación con Felipe González, incluida su discrepancia en las versiones sobre su falta de disposición para formar parte del primer gobierno socialista, el lector interesado por cuestiones más sustantivas encontrará claves esclarecedoras sobre su visión del comunismo y los comunistas o del mundo nacionalista. Alfonso Guerra ha defendido siempre la centralidad del socialismo en la izquierda, sin complejos ante los comunistas, hacia los que expresa su respeto por la entrega a una causa por la que supieron sacrificarse: "... Es una conducta noble y moral. Pero otra cosa es mantener una actitud de postración, genuflexión, ante todo lo que hacen los comunistas". El respeto por los militantes no se extiende desde luego a los intelectuales de la izquierda europea asustados por el temor de ser tildados de anticomunistas y silentes ante los crímenes de Stalin. No me resisto a reproducir las palabras con las que describe su experiencia en el Portugal posrevolucionario, cuando los socialistas consideraban que el PC ponía en riesgo la joven democracia en connivencia con un primer ministro militar. Mitin en Lisboa del PS y agresiones de los comunistas en el exterior: "En uno de los instantes de auténtico paroxismo se me acercó Michelle Aquille, un socialista italiano del ala izquierda, hombre culto y sereno, y me dijo al oído: "Es la primera vez que asisto a un acto anticomunista" Yo no podía contener mi sorpresa ni mi rabia. Así que éramos testigos de un acto de intimidación violenta, pero el juicio del intelectual invertía la prueba para terminar cayendo en el tópico de la izquierda europea, el anticomunismo".

Ahora que Alfonso Guerra preside la Comisión Constitucional del Congreso con el aplauso unánime de todos los grupos, cobran un valor, no sólo histórico, las páginas en las que relata su decisiva participación en la redacción del actual texto constitucional y, particularmente, las referentes a la distribución del poder territorial. Guerra se opuso "con todas sus fuerzas" a que el Estado pudiera delegar a la autonomías, por ley, competencias estatales. Dejar abierto el proceso constituyente suponía que la estructura del Estado, fijada por el texto constitucional, pudiera modificarse por decisión del Ejecutivo. De nuevo, nada mejor que reproducir sus palabras: "Me aseguraron, los unos y los otros, que no debía preocuparme, porque nunca se aplicaría el precepto. No era fácil entender la posición defensiva. Si no se va a aplicar, ¿ por qué introducir una previsión que trastoca toda la arquitectura constitucional? No hubo respuesta lógica ni honrada; el precepto quedó en la redacción definitiva..., y por supuesto que fue aplicado con posterioridad". Algo de mucho más calado todavía, en orden al diseño del Estado, va a ser el tema central de las ocupaciones / preocupaciones de Alfonso Guerra durante los próximos meses. Creo que es un acierto haberle otorgado protagonismo en una cuestión trascendental para la que es necesario poseer experiencia negociadora, claridad de conceptos..., y flexibilidad para ceder hasta el límite de los principios irrenunciables. En este libro abundan ejemplos de las derrotas que Alfonso Guerra asumió en procesos tan difíciles como aquel Congreso del inútil debate sobre el marxismo, oro de los capítulos de obligada lectura. Y es de suponer que a otras derrotas se habrá de referir, con mayor amplitud, en el siguiente tomo de memorias, que comprenderá su experiencia de gobierno. Porque este tomo de memorias -atención a la nada inocente redacción de su autor- "abarca desde mi nacimiento hasta 1982, el año de la victoria socialista que les llevó -que nos llevó- al Gobierno de España". Ahí esta, para mí, el sentido profundo del sentimiento de Alfonso Guerra ante la experiencia del poder en un despacho de La Moncloa. Ese territorio desde el que mandaba mucho, pero en el que podía sorprendérsele descansando en la lectura de Gil Albert o con la mirada fija en una foto de su hijo Alfonso en la playa.

Alfonso Guerra tiene la convicción de ser el enemigo manifiesto de muchas personas que no soportan su integridad: "Actúo, sin pretenderlo, como un espejo que refleja su claudicación". Parece haber renunciado a la imposible tarea de luchar contra aquellos a los que considera más fuertes porque no poseen el freno de los escrúpulos morales. Tal vez sea ese su íntimo y sincero sentimiento, pero los lectores de este libro tienen legítimo derecho a pensar -y a desear- que haya recuperado el entusiasmo por la acción política. En la suma de sensibilidades de la izquierda española, la suya sigue siendo necesaria.

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