Hemeroteca Esta semana
Nº 601 - 3 de mayo de 2004

“¿Qué han hecho con mi país, tío?, de Michael Moore, y “La burbuja de la supremacía norteamericana”, de George Soros

OBJETIVO: DERROCAR A BUSH

Por Josu Montalbán

Traer a estas páginas de pensamiento estos dos libros pretende mostrar la punta del iceberg de protesta contra la política imperialista de los EE UU, desarrollada en los últimos años, que ha supuesto la generación de conflictos bélicos y el recrudecimiento del terrorismo islamista.

La elección de estos dos libros no es casual porque se trata del pensamiento de dos autores que defienden el importante papel que debe desarrollar EE UU como país hegemónico. Sin embargo, no aceptan que George Bush continúe llevando a EE UU a una crisis de credibilidad en el mundo, hasta tal punto que ambos se han propuesto una meta: que el actual presidente Bush sea derrotado en las próximas elecciones presidenciales norteamericanas.

A la vez que estos libros, han sido varias las publicaciones que han puesto en entredicho las políticas y decisiones tomadas por Bush. Si algo ha caracterizado la gestión de Bush al frente del gobierno ha sido la opacidad, la toma de decisiones de modo unilateral (casi unipersonal) y la ocultación de datos con el único fin de justificar sus acciones. Lejos de defender un papel de predominio en el mundo, se ha erigido en emperador del universo con la colaboración inestimable del sonriente Blair, el malencarado Aznar y el rufián Berlusconi. Lejos de convertirse en un sopesado mediador en conflictos se ha propuesto resolverlos a su manera, si respetar la legislación internacional, sin someterse a las resoluciones de las organizaciones supranacionales y sin tener en cuenta las más mínimas reglas de la ética en sus comportamientos.

Pero, lejos de estar ante dos libros antiamericanos, estamos frente a dos libros empeñados en que la sociedad de EE UU recupere su dignidad. Tratan de evitar el deterioro de imagen que Bush ha propiciado. En ambos, la fecha del 11-S marca un punto trascendental, pues a partir de aquel momento Bush encuentra todo tipo de disculpas para actuar en cualquier parte del mundo con la coartada de la lucha antiterrorista.

Michael Moore ha escrito un libro que se lee de un tirón, lleno de datos y de anécdotas que mantienen la curiosidad. Cuanto recoge sólo son pruebas que muestran a las claras la desvergüenza de Bush cada vez que ha comparecido en público. En el comienzo del libro explica algunas de las dificultades que encontró para su publicación. La más curiosa procede de un agente de su editor Murdoch, que auspició un flagrante fracaso para el libro: “El país respalda a Bush y es deshonesto por tu parte desde un punto de vista intelectual que no reescribas el libro y reconozcas que ha hecho un buen trabajo desde el 11-S. No tienes ni idea de qué es lo que quieren los estadounidenses, y el libro pagará las consecuencias”. La consecuencia principal fue que se convirtiera en el más vendido en EE UU y en gran parte del mundo en sólo unas horas.

Contiene datos –que M. Moore critica– que bien pueden ilustrar el comportamiento de Aznar, palabras pronunciadas por mandatarios de EE UU que el expresidente español profirió antes de las elecciones que perdió, y que aún siguen pronunciando sus sucesores. Bush, como Aznar (o viceversa), han vinculado la seguridad a la lucha antiterrorista. Todos los conflictos –Afganistán, Iraq, Palestina–, desatados y enrabietados, obedecen a la lucha contra el terrorismo, y a la eficacia de esa lucha se ha supeditado la lucha por las libertades. ¿Acaso no han escuchado a Aznar las mismas palabras que pronunció Ashcroft ante la Comisión del Senado, en la que daba cuentas de sus prácticas antiterroristas tachadas de arbitrarias: ”(Quienes critican mis prácticas) están dando argumentos a los enemigos de EE UU... A quienes asustan a los amantes de la paz con el fantasma de la pérdida de libertades les digo: vuestras tácticas sólo ayudan a los terroristas”?

Si el núcleo central de este embrollo imperialista ha sido la intervención en Iraq, Moore ofrece datos suficientes que demuestran que la maldad de Saddam Hussein en modo alguno fue superior a la de otros sátrapas, dictadores que sumieron a sus países y poblaciones en las más absoluta miseria. “Si el criterio para invadir otro país es liberar a un pueblo de un régimen opresivo, será mejor que establezcamos cuanto antes un servicio militar obligatorio para todos los mayores de 18 años, porque ¡no daremos abasto!... Iraq, después podríamos regresar a Afganistán, Birmania, Perú, Colombia, Sierra Leona y acabar en algún lugar que al menos suene bien, como Costa de Marfil”.

No se puede tachar a Moore de antiamericano: “(...) Puedo considerarme afortunado porque vivo en el país más maravilloso del mundo”, sino todo lo contrario, a tenor de la confianza que deposita en la población de su país, de la que espera una reacción contundente. Destaco aquí una de las muchas alusiones: “Los ciudadanos no se dejan intimidar por los que mandan. Tal vez parezca que los estadounidenses no tienen la menor idea de lo que pasa en el mundo y que dedican demasiado tiempo a elegir carcasas de distintos colores para las móviles, pero a la hora de la verdad estarán a la altura de las circunstancias y sabrán plantar cara”. Lo que sí tiene claro es que Bush debe ser derrotado: “Probablemente el país no tenga un imperativo mayor que la derrota de George W. Bush en las elecciones de 2004”.

El objetivo de Soros queda bien patente en el prefacio de su libro: “Persuadir al público norteamericano para que rechace al presidente Bush en las próximas elecciones se ha convertido para mí en un objetivo primordial”. Pero no por ello critica el papel hegemónico de EE UU en el mundo. En todo caso cuestiona la posición actual de su país y llama al cambio de presidente y de política: “(...) No basta con derrotar al presidente Bush en las urnas; además, EE UU está obligado a reevaluar el papel que tiene en el mundo y a adoptar una visión más constructiva”. Y ello porque “el gobierno del país más poderoso del mundo ha caído en manos de extremistas guiados por una forma cruda de darwinismo social que postula que la vida es una lucha por la supervivencia y que, por ende, debemos apoyarnos fundamentalmente en el uso de la fuerza para sobrevivir”.

Tal como anuncia al comienzo, Soros propugna una sociedad abierta, en todos los lugares del mundo y también en EE UU. Karl Popper es su inspirador y Bush el mayor obstáculo para conseguirlo. La política exterior de Bush, obsesionada con el objetivo de crear un gran imperio basado en la potencia militar, es el mayor impedimento porque para Bush “las relaciones internacionales son relaciones de poder, no de derecho”. La política exterior, que Bush prometía “humilde”, se opondría a “cualquier intervención que afectara a los pilares de otra nación”. Como no ha ocurrido así, Soros habla de engaño y fraude electoral.

En realidad ha sido en la potenciación de una atmósfera de miedo en lo que Bush ha fundamentado su imperio. Se ha tratado de un plan premeditado y bien armado. Los ataques terroristas a las Torres Gemelas, ciertos, fueron el detonante. Después fue la difusión de noticias alarmantes –ataque con carbunclo, bomba nuclear portátil manejada por un marginado llamado José Padillo– lo que ayudó a sembrar el miedo. Era necesario para poder justificar un gasto desorbitado con el que apuntalar la supremacía militar. Y en aras de tal, fue capaz de emprender acciones que llamó preventivas. ¿Preventivas de guerras o sus provocadoras? Es fácil juzgarlas a tenor de que dichas acciones son narradas por arriesgados corresponsales de guerra. Además son ataúdes y cadáveres el motivo más importante de las fotografías, a pesar de que la Administración de EE UU ponga tanto interés en ocultarlas.

George Soros expresa su esperanza de que EE UU recupere la democracia perdida de la mano de Bush. La “sociedad abierta” que definiera el liberal Karl Popper pierde su significado en EE UU de la mano de unos “ideólogos que ignoran sus principios fundamentales”. Para él, “el gobierno de la sociedad abierta más próspera del mundo (significa) una amenaza a sus propios principios”. Y Bush es el responsable: “Se convirtió (tras el 11-S) en un hombre con una misión que cumplir que iba muy bien con su personalidad. Bush es un hombre que consiguió apartarse de la adicción y es un cristiano renacido, por lo que se trata de alguien que ha mantenido una relación personal con el mal... Dejó de leer con voz entrecortada discursos escritos por otros... Dejó de balbucear como si tropezara con las palabras y el público valoró la seguridad. Unos días después se había erigido en un líder armado con el convencimiento de que tenía una tarea histórica que cumplir. El problema es que la forma en que ejerce el liderazgo nos está llevando, a EE UU y al mundo entero, en la dirección equivocada”. Tal es la definición que hace Soros de George Bush.

Resulta interesante la reflexión de Soros en torno al papel que debe jugar EE UU en el nuevo orden que se está diseñando y construyendo. Sus apreciaciones en torno a la globalización y las visiones diferentes de lo que es capaz de conseguir el mercado frente a los deberes inalienables del Estado merecen ser leídas con detenimiento. En todo caso, más allá de la hegemonía militar promovida por Bush, para Soros “EE UU no puede ser el policía o el padre tutelar del mundo, sino que tiene trabajar con el resto de los países”. La Historia es concluyente. EE UU luchó en la 2ª Guerra Mundial por la supervivencia de la democracia y los derechos humanos, y ello le granjeó un gran apoyo de muchos pueblos de Europa y la alta reputación como baluarte de la libertad y la democracia. Pero todo ha cambiado.

Michael Moore y George Soros coinciden en lo esencial: derrotar al presidente Bush en las urnas como condición previa para que EE UU alcance una nueva proyección en el mundo y se convierta en cooperador con otros países. Ambos están dispuestos a poner sus talentos, sus influencias y sus dineros. Soros está dispuesto a utilizar su fortuna tan copiosa. Moore pondrá todo el dinero (millones de dólares) que ha cosechado con su anterior libro (Estúpidos hombres blancos), favorecido por el recorte fiscal que Bush puso en marcha en el 2003. Así lo relata en una carta dirigida al mismo Bush: “Voy a dedicar todo mi recorte fiscal a algo que beneficiará a quienes se han quedado atrás, a los que trabajan con tesón y no tienen ningún privilegio, a los que envías a luchar en tus guerras y mueren... Hasta el último centavo repercutirá en tu cabecita puntiaguda con la esperanza de que, cuando llegue el día de las elecciones pases a engrosar las listas del paro y te envíen de una patada de vuelta al rancho. Daré la máxima cantidad permitida a cualquier candidato que tenga posibilidad de ayudar a arrebatar el Congreso o el Senado a los republicanos”.

Yo también ayudaré a ello, en la medida de mis posibilidades.

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