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| Nº 601 - 3 de mayo de 2004 |
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“Una televisión para la educación”, de Agustín García Matilla LA HORA DE LOS SABIOS El Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero ha puesto en marcha su promesa electoral de establecer las bases para que los medios de comunicación públicos, RTVE y la agencia EFE, dejen de estar sometidos a los vaivenes e influencias del partido gobernante y se conviertan en un instrumento al servicio del conjunto de la sociedad. Ese fue también el propósito con el que los partidos políticos negociaron el todavía vigente, y tantas veces vulnerado, Estatuto. Me atrevo a predecir que los principios inspiradores del viejo texto no podrán ser desmentidos por los que elabore el grupo de sabios constituido en reciente Consejo de Ministros. Las aportaciones que se esperan han sido ya apuntadas y parecen contar, de antemano, con el visto bueno de la sociedad y de la mayoría de los profesionales, y entran más en el desarrollo organizativo y en el terreno de la financiación que en el de los presupuestos teóricos. Sin independencia del director general respecto al Gobierno y sin fondos económicos que permitan escapar a la dictadura de las audiencias como referencia insalvable para conseguir ingresos publicitarios, las buenas intenciones pasarían pronto al recuerdo y renacería el escepticismo. La constitución de un Consejo Nacional del Audiovisual es una vieja reclamación, ya planteada por los socialistas en sede parlamentaria, con ejemplos prácticos de funcionamiento en otros países y también en España: en Cataluña y Navarra. Recientemente, la Academia de la Televisión ha realizado una encuesta entre profesionales “con prestigio y experiencia” que apunta inequívocamente la necesidad de que se constituya con urgencia, marca los plazos de permanencia en sus puestos de los miembros del Consejo y dibuja unas competencias que son las que marcan el sentido común y las experiencias existentes. Tarea, pues, muy avanzada, con la que es de esperar se nutran los sabios comandados por el profesor Lledó, tan poco contaminado por la mala televisión –y por la buena que también existe– que acaba de incorporar un receptor a su dotación de electrodomésticos. El Gobierno ha confiado la importante tarea de adecuar la radio y la televisión pública a un distinguido grupo de teóricos al que, sólo como consecuencia del fallecimiento del profesor Lázaro Carreter, se ha incorporado un periodista de brega diaria, González Urbaneja, en su condición de presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid. Y para subrayar esa filosofía de distanciar la mirada, ha situado al frente de la actual RTVE a una catedrática, la señora Caffarel, aunque sea con carácter de provisionalidad. Con estos antecedentes, no extrañará que hoy reclame la atención sobre un libro que trata de las posibilidades educativas de la televisión, desde la experiencia profesoral nada menos que en tres universidades distintas: la Complutense, la UNED y la Carlos III. En todas ellas ha enseñado o enseña Agustín García Matilla, quien, además, ha tenido la oportunidad de llevar a la práctica sus ideas durante el período en el que fue director de los Programas de Servicio Público de Telemadrid. En ese tiempo –de 1992 a 1994– el canal autonómico madrileño, dirigido por un político, Marcos Sanz, hoy diputado del PSOE, sirvió de campo de experimentación para nuevas fórmulas comunicativas a partir de un principio que recuerda el autor: “Demostrar que la televisión en su conjunto podía ser aprovechada desde un punto de vista social, educativo y cultural”. La utopía posible, que es como subtitula García Matilla su trabajo. Todas esas buenas intenciones no faltan en ningún texto legal de los entes radiotelevisivos... Sólo falta la voluntad política de llevarlas a cabo y encontrar los profesionales que las transformen en un producto eficaz. La lucha de quienes han intentado cumplir con esos objetivos a lo largo de la ya larga historia de nuestra televisión, intramuros del medio, no lo ha sido contra las leyes existentes, sino contra actitudes y comportamientos personales que describe, más como profesional que como teórico, García Matilla , al exponer la intención de su obra: “Romper con los tópicos manejados por quienes han tenido la oportunidad de hacer una televisión distinta y se han conformado con tomar el dinero y correr..., a un puesto de mayor responsabilidad, ya sea en este medio, en otro medio de comunicación o en la política, donde poder “volver a empezar”. Romper con los tópicos de quienes han podido hacer una política de medios distinta, creando leyes adecuadas o dando coherencia a las necesarias políticas audiovisuales y, sin embargo, se han dejado vencer por los argumentos de quienes siempre han sabido que la audiencia mandaba y había que dejarse de idealismos y servir al mercado”. El núcleo central del libro que da pie a este comentario, se corresponde con su título y recoge numerosos ejemplos, con su juicio crítico, de programaciones televisivas con el marchamo, real u oportunista, de educativas o culturales. El autor, para quienes Los Chiripitiflaúticos, ahora reivindicados, fueron un mal sueño de su adolescencia, apuesta, por el contrario, por modelos como Barrio Sésamo, La bola de cristal o La aventura del saber, y hace un seguimiento de las mejores propuestas internacionales, desde Japón a Norteamérica y desde México a Chile. Sirve ese catálogo para ilustrarnos en la posibilidad de importar modelos acreditados, capaces de una lógica adaptación a las peculiaridades culturales españolas, con la misma naturalidad, pero mejor destino, que compramos ideas extranjeras como Gran Hermano. El problema, sin embargo, no está en la capacidad de creación, sino en la voluntad real de llevarlas a cabo, situándolas en horarios de programación asequibles por sus principales destinatarios y no con la exclusiva preocupación de “adornar” unas parrillas para que merezcan la aprobación de los organismos encargados de supervisarlas. ¿Qué sentido tiene –se pregunta García Matilla– que un programa que pretende apoyar el trabajo del profesorado español de niveles no universitarios se emita en un horario matinal en el que, por lógica, los profesores están trabajando en las aulas? Y en esa misma preocupación por la inutilidad del esfuerzo habría que situar el tratamiento dado a casi todos los programas sobre libros o divulgación científica, dedicados a los insomnes. Podría parecer que esta fuera la normal queja de los escasos espectadores de esos programas y de los encargados de realizarlos, condenados ambos, de por vida, a asumir su condición de marginalidad, pero el autor recuerda muy oportunamente el éxito de apuestas por la calidad y el fracaso de producciones de mucho mayor coste, pensados inicialmente como reclamo para grandes públicos. Y en todo caso, ése, el de la audiencia, no debería ser el principal argumento a considerar cuando se habla de una televisión considerada, pese a sinuosas y recientes medidas legislativas, como un servicio público. Por eso creo interesante reproducir el catálogo de actitudes, muy fácilmente reconocibles por cualquier espectador español, que para el autor del libro invalidan en la práctica las proclamas estatutarias en vigor, alertando –y en este punto incorporo mi particular preocupación– sobre el peligro de los espejismos de las proclamas teóricas a las que se supone la mejor de las intenciones. Enumera el profesor García Matilla: No se atiende al servicio público: —Cuando se da prioridad absoluta al interés por conseguir audiencias en detrimento de otras obligaciones de programación. —Cuando se condena un espacio a los peores lugares de la parrilla sin tener en cuenta la audiencia a la que se destina —Cuando las reglas de competencia comercial determinan o condicionan la programación de las cadenas. —Cuando se encubren como si de fueran de servicio público contenidos y formatos propios de la programación convencional. —Cuando se dota de escasos recursos a los programas de servicio público y se los utiliza para castigar a los profesionales molestos. —Cuando se elude dar acceso al medio a grupos sociales representativos. En contrapartida, García Matilla propone una serie de actuaciones concretas, a las que sirve de antecedente una reflexión sobre el déficit acumulado de mas de 6.000 millones de euros de RTVE, y que obligaría a exigir a la radiotelevisión pública unas contraprestaciones educativas, culturales y sociales que justificarán ante los ciudadanos los esfuerzos presupuestarios a asumir con la carga impositiva que pesa sobre todos los españoles. Mucho me temo que el Libro Blanco que elabore el comité de sabios escogido por Rodríguez Zapatero, por muy ilusionantes que resulten sus contenidos, no trascienda a mayores sin la colaboración activa y cómplice del Ministerio de Hacienda y la participación activa en el debate de los propios trabajadores de RTVE, encargados de llevarlos a la práctica y soportar algún tipo de reconversión, siempre traumática. Este libro está escrito por alguien que no es un espectador distante del objeto estudiado. Es un libro apasionado, escrito desde un punto de partida diametralmente opuesto a quienes desprecian la televisión porque ignoran sus posibilidades. No es la obra de un intelectual con aires de superioridad, sino un trabajo documentado y razonado en el que se conjugan reflexiones teóricas y propuestas realizadas o realizables. Por ejemplo, sus indicaciones sobre la convergencia no tan lejana ya entre la pantalla del televisor y la del ordenador y las consecuencias de la revolución digital. Las
páginas finales constituyen un buen guión sobre el que trabajar para dar
forma al nuevo modelo de RTVE que exige la sociedad española y ha prometido
el gobierno socialista. Se trata, en efecto de una utopía posible, según
el juego dialéctico del autor, en el que se reconoce una mirada progresista
pero tan independiente –conviene subrayarlo en estas circunstancias– como
para ser tenida en cuenta. |