Hemeroteca Esta semana
Nº 596 - 29 de marzode 2004

“Darwin contra Fitzroy”, de Peter Nichols

AVENTURAS MARÍTIMAS E INTELECTUALES

El título de la versión española de este excelente libro de  Peter Nichols –Darwin contra Fitzroy. El dramático enfrentamiento de dos mundos a bordo del Beagle– (Temas de Hoy, 2004), tiene resonancias de combate pugilístico entre un peso pesado y un peso medio. De hecho, sugiere ecos de un Clay contra Frazier, lo que puede llevar a confusión.  Se hubiera ajustado más a su contenido la traducción del título original (Evolution’s captain: The dark fate of the man who sailed Charles Darwin around the world) pero hay veces que el sentido comercial se impone al sentido común, sin pararse a pensar que los aficionados al pugilismo no suelen leer libros, y menos de historia.

En el libro se habla, por supuesto, del enfrentamiento entre el marino, cartógrafo y meteorólogo Robert Fitzroy y el científico Charles Darwin, aunque esto es sólo parte de un emocionante relato que concentra varias líneas de interés, todas ellas muy sugerentes. (Como ya sabrán los buenos aficionados al boxeo, este combate, celebrado en el segundo tercio del siglo XIX, lo ganó Darwin por K.O.). Pero ese enfrentamiento se produjo fundamentalmente en tierra firme, después del viaje, y no en un cuadrilátero ni a bordo del Beagle, donde, salvo algunos roces lógicos de la convivencia en alta mar y de sus distintos temperamentos y responsabilidades, Fitzroy y Darwin se comportaron como lo que eran: como dos auténticos caballeros).

Peter Nichols es, ante todo, un navegante apasionado por las historias de exploradores que han cruzado los océanos en épocas en que apenas existían cartas náuticas y no había ni sistemas de orientación vía satélite ni veleros de fibra de carbono. Su amor por el mar queda patente en las detalladas descripciones de las evoluciones de los barcos con sus problemas meteorológicos, de vientos y corrientes. Por eso, a los muchos atractivos de este relato de aventuras marítimas e intelectuales hay que añadir la minuciosa precisión de las descripciones de travesías, tormentas y dificultades de navegación.

Aunque la personalidad de Charles Darwin se impone con fuerza, el verdadero protagonista de esta historia es Robert Fitzroy. Su biografía desde que se subió al Beagle, es el eje principal de este relato, enriquecido con peripecias misioneras de incierto desenlace que mantienen en todo momento el interés del lector. La propia vida de Fitzroy tiene elementos novelescos de indudable atractivo. Entre ellos destaca, además de su relación con Darwin y la dramática sensación de fracaso con que terminó sus días, su innegable aportación a la pequeña historia de la cartografía y la meteorología británicas. Sus cartas náuticas, que mejoraron las existentes desde tiempos del capitán Cook, fueron utilizadas durante más de un siglo. Su experiencia como gobernador de Nueva Zelanda se recuerda con menos cariño.

Fitzroy se hizo cargo del legendario Beagle tras el suicidio del capitán que le precedió. Como cartógrafo al servicio del Almirantazgo británico recorrió las costas de Suramérica, y en especial, la inhóspita Tierra del Fuego, cruzó el Cabo de Hornos y cartografió áreas de importancia capital para el comercio de los barcos de Su Majestad y la seguridad de la navegación. En su primera expedición a la Tierra del Fuego secuestró a unos nativos con la intención de canjearlos por un bote que le habían robado, pero los fueguinos no estaban para canjes, por lo que terminó quedándose con los rehenes. Con tres nativos a bordo regresó a Inglaterra y concibió el plan de educarlos en un par de años, retornar después con ellos y utilizarlos como punta de lanza para sembrar de civilización aquellas tierras. Faltaban todavía algunos años para que David Livingston le comentase a su auditorio en la Universidad de Cambridge que volvía a África “para intentar abrir  un camino para el comercio y el cristianismo”. Pero ya para entonces el Imperio británico se había especializado en exportar la vida eterna y la civilización a cambio de té, especias y riquezas terrenales. Por eso el plan de Fitzroy despertó muchas simpatías y donativos entre la aristocracia británica.

Con ese apoyo e instrucciones muy precisas del Almirantazgo, Fitzroy se preparó para una nueva travesía, esta vez de carácter misionero y cartográfico. Siendo como era un caballero exquisitamente educado y de muy buena familia, le asustaba la perspectiva de afrontar una nueva misión de varios años con la sola compañía de rudos oficiales y marineros. Por ello ofreció pasaje a un joven científico que aprovechase la travesía del Beagle para realizar estudios de historia natural al tiempo que le distraía con una conversación apropiada a su rango. Así fue como cambió el destino de Charles Darwin, un joven aspirante a clérigo y aficionado a coleccionar escarabajos, que se embarcó con Fitzroy en una expedición que alteraría el curso de la historia del pensamiento humano.

Los cinco años que Darwin compartió con Fitzroy en el Beagle (1831-1836) fueron para el naturalista un suplicio mientras estuvieron a bordo. No tanto por el estricto carácter del capitán como por el hecho de que, como cuenta Nichols, “Darwin descubrió que era uno de los pocos y desventurados viajeros que sufren mareos crónicos que no mejoran al estar más tiempo en el mar”. También le enfermaba escuchar los  azotes y los gritos de los marineros que eran castigados por embriaguez o desobediencia, una práctica naval  habitual, “en una época en la que los hombres no podían quebrar las rígidas barreras de rango y clase social y razonar con alguien de la tripulación hubiera sido tomado como una debilidad”.

Los verdaderos problemas entre ambos personajes surgirían después del viaje, cuando se publicaron en cuatro volúmenes los resultados de las investigaciones de las expediciones del Beagle. El tomo que correspondía a las observaciones geológicas y de historia natural de Darwin constituyó el tercer volumen y gozó de un extraordinario éxito desde su primera edición. Aún se sigue reeditando en nuestros días bajo el título de El Viaje del Beagle. Los volúmenes de Fitzroy y de King (capitán del Adventure, compañero del Beagle en el primer viaje) sobre observaciones cartográficas y meteorológicas apenas se han vuelto a editar. Fitzroy, que incluso había invertido parte de su patrimonio en esta aventura de la que esperaba alcanzar los más altos honores, se encontró con que todo su mérito no fue otro que el de haber sido el piloto que condujo a Darwin a la gloria.

Pero aún sería peor lo que ocurriría 20 años más tarde, cuando Darwin se decidió a publicar El origen de las especies, donde desarrollaba su teoría de la evolución por selección natural. Para Fitzroy fue un auténtico shock, pues él interpretaba la Biblia en su sentido más literal. De hecho, estaba convencido de que la desaparición de los mastodontes cuyos restos encontró durante sus viajes, se debió a que no pudieron entrar en el Arca de Noé porque la puerta de acceso era muy pequeña.

Fitzroy compartía las ideas creacionistas de Philip Henry Gosse, para quien la pregunta del millón sobre si fue primero la gallina o el huevo estaba perfectamente resuelta. El hombre había sido creado adulto y, con una lógica más aplastada que aplastante, Fitzroy había escrito: “Porque, si era un niño, ¿quién lo cuidaba, alimentaba y protegía como para subsistir solo?” Para Gosse, Adán era un hombre “de entre 25 y 35 años”. Conforme a su Ley del Procronismo, explica Nichols, “cuando Dios creaba un organismo, lo ponía en marcha con una historia aparente de su desarrollo, en medio de un ciclo infinito y continuo que seguía las leyes de la naturaleza y su propia estructura”. Conforme a esto, la Creación puede haber tenido lugar hace cinco minutos y toda nuestra memoria no es más que un fenómeno procrónico, una especie de retrospectiva que en realidad nunca ha sucedido pero que es absolutamente necesaria para que todo encaje en un continuo.

Con todo este equipaje científico y el convencimiento de que Dios había hecho literalmente al hombre a su imagen y semejanza, la lectura de El origen de las especies debió de poner a Fitzroy al borde del infarto. Y escribió a Darwin en estos términos: “Mi querido y viejo amigo, no encuentro nada ennoblecedor en el hecho de ser un descendiente de incluso el más  antiguo de los simios”. La confrontación entre ciencia y religión se estaba ya popularizando y el debate se vio animado por la celebración a mediados de 1860 de una reunión de la comunidad científica británica en Oxford. A ella asistió Fitzroy con una Biblia en la mano para explicar que las ideas de su amigo Darwin se contradecían con el primer capítulo del Génesis.

Pero la discusión más encendida de aquella reunión la protagonizaron Samuel Wilberforce, a la sazón obispo de Oxford, y Thomas Huxley, joven zoólogo que era uno de los principales defensores de la tesis de Darwin. El señor obispo, con indudables deseos de centrar el debate, formuló la siguiente pregunta: “¿Es por parte de su abuelo o de su abuela por la que desciende de un simio?”. Huxley, con flema británica, le dio una merecida respuesta: “En cuanto a si prefiero tener a un pobre simio por abuelo o a un hombre de grandes dotes naturales y con grandes medios e influencias y que sin embargo emplea estas facultades con el solo propósito de introducir el ridículo en una discusión científica, indudablemente afirmo mi preferencia por el simio”.

Lo más estremecedor de esta confrontación de ideas que cambió sustancialmente la forma de entender el mundo, es que aún hoy en día se pueden encontrar defensores de las tesis creacionistas de Fitzroy y detractores de las evolucionistas de Darwin. La Humanidad avanza muy lentamente y si pasar de mono a hombre nos ha llevado un tiempo, puede que la especie haya desaparecido antes de tener tiempo para superar el dogmatismo y conseguir abrir la mente a nuevos horizontes. l

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