Hemeroteca Esta semana
Nº 593 - 8 de marzode 2004

“Una mujer en la guerra de España”, de Carlota O’Neill

Ahora, en el tiempo del olvido

Una referencia circunstancial dentro de un comentario mío dedicado a un libro de Rafael Torres sobre las víctimas desaparecidas de la Guerra Civil sobrepasó los canales habituales de distribución de esta revista y llegó –vía Internet– al hogar venezolano donde reside Carlota Leret O’Neill, hija del oficial de la aviación republicana Virgilio Leret y de la escritora Carlota O’Neill. Para mi sorpresa, al abrir el correo electrónico algún tiempo después, una desconocida dama –hay que reivindicar esta expresión por justa en este caso– me anunciaba su próxima visita a España y el envío del libro escrito por su madre, en el que narraba su increíble peripecia humana y política durante el trienio sangriento de la Guerra Civil y algunos años de la feroz represión posterior. Hasta fechas muy recientes, el papel de las mujeres del bando republicano era similar a un lienzo de fondo negro sobre el que se proyectaban las imágenes de los combatientes entre los que, como nota de “color” aparecía alguna miliciana valerosa. El sufrimiento era –parecía ser–, en definitiva, el que soportaba toda la retaguardia, y su misión –como se encargaban incluso de pregonar los carteles que acaba de exhibir la Fundación Pablo Iglesias– era la tradicionalmente encomendada a las madres, esposas y novias en la España más tradicional. El papel de la mujer estaba a punto de experimentar una revolución igualitaria cuando un golpe militar desanduvo el camino y se acuñaron sólidas doctrinas de subordinación al hombre según los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y una legislación restrictiva de sus derechos, que ha perdurado durante décadas. Citar a Dolores Ibarruri, a Federica Montseny, a Victoria Kent, a Clara Campoamor, es citar excepciones. Las mujeres “acompañaban” a los hombres en el exilio, o hacían colas ante las prisiones, para intentar llevar algún consuelo moral o material a sus hombres. Ha hecho falta mucho tiempo, y seguramente también la irrupción de una generación de nuevas escritoras españolas, para poner de relieve una cara oculta de aquella trágica experiencia histórica: los miles de mujeres que fueron ejecutadas o soportaron larguísimas condenas en las cárceles franquistas al término de la contienda. Quiero recordar, como uno de los momentos más emocionantes que me ha correspondido vivir, aquella tarde en el Círculo de Bellas Artes en la que saltaron por los aires todos los guiones al uso en la presentación de un libro, La voz dormida, de Dulce Chacón, y una conversación, interrumpida para siempre, en la que la autora me confesaba que se había abierto un camino que otros escritores deberían seguir. Creo que ni ella ni yo sabíamos entonces de la existencia del relato autobiográfico de Carlota O’Neill, que había aparecido en México en 1964 con el título de Una mexicana en la guerra de España, y que en 1977 lo había publicado Turner, con el mismo título que la actual edición, pero, incompleto respecto a lo que ahora podemos leer. Escribe Rafael Torres en el prólogo que “fuera por dificultades de distribución, de promoción, o de cualquier otra naturaleza, el caso es que el libro tuvo una vida comercial escasa, llegándose incluso a saldarse los restos de la edición en la década de los 90”. Afirma también, que, pese a ello, el libro tuvo una inmensa repercusión entre estudiosos, historiadores, etc... No dispongo de argumentos para llevarle contraria, pero me preocupa que, estos días, cuando comento  y recomiendo la actual edición a algunos de esos “historiadores y estudiosos”, acojan mi noticia con honrada expresión de ignorancia, pese a los esfuerzos de la hija, Carlota Leret, por divulgar la obra de su madre en los escasos foros en los que puede hacerlo. Resultaría injusto y cruel que, otra vez por dificultades de distribución, de promoción, o de cualquier otra naturaleza, esta edición corriera la misma mala suerte.

Virgilio Leret era capitán de la aviación republicana, y en julio de 1936 estaba al mando de la base de hidroaviones de Melilla. Soldado sin vicios cuarteleros, Leret dedicaba su tiempo libre, incluso en los meses de arresto durante el bienio negro a causa de su proximidad a los partidos de izquierda, a investigar sobre un modelo de turborreactor que ha terminado siendo reconocido como el invento que hubiera revolucionado la aviación española. Pero ese sería otro libro... Virgilio Leret había querido que su mujer y sus dos hijas disfrutaran con él unos días de vacaciones en una draga a tiro de piedra de la costa. El día 17 se produce la sublevación militar y Leret se atrinchera en la base con escasos soldados y municiones, en una imposible defensa. Pocos días después, Carlota Leret, separada de sus hijas, sin noticia cierta del destino de su marido, que había sido fusilado inmediatamente después de su captura, aunque en los documentos oficiales se le menciona como “muerto” sin más explicaciones, inicia su propio calvario de perseguida, en condiciones infrahumanas, por los peores presidios. El relato de su proceso, si es que puede adjudicarse ese nombre a una ficción legal, sin ninguna garantía, constituye un alegato irrebatible contra la brutalidad ejercida en nombre de las “gentes de orden”. Nada había en la conducta de Carlota Leret, salvo una denuncia por el terrible delito de recomendar decir “salud” en lugar de “adiós” a un conductor, que, aún admitiendo el código de los sublevados, justificara la saña con la que fue castigada. En vano se intentó vincularla con actividades de espionaje a costa de un telegrama en el que se limitaba a autorizar a su hermana para que cobrara unas colaboraciones literarias en una revista, hecho rápidamente demostrado. La condena terminó siendo por injurias al Ejército, en función de una notas escritas en la cárcel, que, evidentemente,  no fueron publicadas. Era, simplemente, la viuda de un oficial republicano que había sido leal al gobierno legítimo y que había protagonizado lo que su hija se empeña hoy en reivindicar como “la primera batalla de la guerra civil”, con argumentos fundados.

El relato de Carlota O’Neill sobrepasa la propia exposición de sus sufrimientos para ofrecernos una crónica estremecedora de la existencia de mujeres de toda edad y condición con las que compartía lo que merece ser llamado mazmorras. El goteo de salidas hacia el paredón, el hambre, la falta de las mínimas condiciones de higiene, las humillaciones...y los gestos de solidaridad. Hay retratos insuperables de mujeres anónimas, algunas, pocas, concienciadas políticamente, y la mayoría arrastradas a ese agujero negro del destino por una fatalidad circunstancial. Y en el trasfondo, una persecución personal, innominada, a  cargo de un pariente vengativo, con suficiente capacidad de influencia en el bando de los vencedores como para torcer cualquier atisbo de justicia. Como en tantos casos de aquella guerra fratricida. Todas las observaciones de Carlota O’Neill fueron anotadas de forma clandestina durante su cautiverio, y vale la pena dejar que sea ella misma quien narre su peripecia: “Me parece que he escrito este libro más de dos veces. Lo tuve escondido, allá en España, bajo tierra, envuelto en un hule; también  estuvo dentro de un horno apagado, pero su destino era el fuego. A él fue a parar, empujado por las manos que temblaban de mis dos hijas y mías, cuando la Falange empujaba la puerta de nuestra casa. Pasó el tiempo y volví a sentir la desazón de reconstruirlo. Era como un mandato que me desasosegaba. Que me obligaba. Y lo escribí otra vez, segura de que no tendría que esconderlo, porque las tropas de los aliados acorralaban a los nazis. Lo escribí, y al terminarlo, vuelta a esconderlo...”. Tuvo que volver a escribirlo, ya en Venezuela, en 1951, después de una aventura que está pidiendo a gritos la mirada de un cineasta inteligente, pero “lo hice cansada, y cansado y cansino quedó el libro: cuando fui a corregirlo encontré mal dicho todo. Y me dispuse a hacerlo otra vez”. Estamos pues, además de ante un testimonio de primera mano, una pieza única en mi memoria con excepción de la obra de Juana Doña, en voz de mujer, ante el relato de una profesional de la literatura y el periodismo, que como tantos otros hubieron de buscar su subsistencia, amparados en el seudónimo –en su caso el de Laura de Noves– para publicar en la posguerra. Carlota firmó así El amor imposible de Gustavo Adolfo Bécquer, La dulce romanza de amor de Franz Schubert o La señorita del antifaz. Otros, por los mismos años, buscaban también seudónimos para firmar novelitas “del oeste” o tebeos y alimentar a sus familias. En Venezuela, Carlota O’Neill, tía de Lidia Falcón, a quien debemos también un reciente y recomendable relato autobiográfico, La vida arrebatada, recupera, junto a la libertad, su nombre y su pulso literario. Nosotros la perdimos, al igual que tanta riqueza intelectual exportada por los exiliados republicanos que ha servido para mantener, sin necesidad de operaciones de imagen o discursos de vacuo orgullo metropolitano, los lazos de respeto hacia una cultura y una lengua comunes. Ahora, en este tiempo de interesados olvidos y falaces reconstrucciones históricas, hay que poner el foco sobre libros como el que motiva este comentario. Y escribo “foco”, no sólo en el sentido figurado, sino pensando en una gran película, un paso más allá del soldado de Salamina.

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