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| Nº 592 - 1 de marzode 2004 |
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“Metamorfosis de la cultura liberal”, de Gilles Lipovetsky NARCISO TIENE QUE MADURAR De tanto mirarse al espejo, Narciso se ha convertido en un ser insoportable que no se aguanta ni a sí mismo. El especímen hiperindividualista de la posmodernidad tendrá que volver la mirada hacia los demás si no quiere naufragar en la locura de un egoísmo exacerbado. Gilles Lipovetsky (París, 1944) ha colocado al Narciso de nuestras democracias liberales en un diván y le ha explicado que el individualismo debe evitar todo extremismo y moderarse con la responsabilidad si quiere mantenerse en las esferas del mundo civilizado. En pocas palabras, que tiene que madurar. Recurriendo a su propia expresión, podemos definir a Lipovetsky como una especie de “embajador posmoderno de la posmodernidad”. El prestigio de este profesor de instituto de Grenoble se cimentó con el descubrimiento de los ensayos recogidos en La era del vacío, al que siguieron títulos como El imperio de lo efímero, El crepúsculo del deber o La tercera mujer. La editorial Anagrama, que ha dado a conocer en España toda su obra, publica ahora Metamorfosis de la cultura liberal, resumen y actualización de las tesis del ensayista francés, que presenta como subtítulo el sugestivo reclamo de “ética, medios de comunicación, empresa”. Complejidad y responsabilidad son los ejes de este volumen, que recopila cuatro conferencias sometidas a un posterior proceso de reescritura en el que se ha procurado salvar el tono oral para facilitar un mejor seguimiento de las reflexiones. Quien no conozca la obra del pensador francés dispone aquí de un excelente puente para acceder a ella. También ayuda el prólogo de Sébastien Charles, discípulo de Lipovetsky, quien resume las ideas centrales que éste desarrolla, resaltando algo que queda demasiado evidente tras la lectura del volumen: que el pensamiento de este autor no se ve lastrado por respuestas estereotipadas o reivindicaciones extremistas, sino que más bien se inclina hacia el justo medio, ese arêté, o signo de la excelencia de que nos hablaban los antiguos griegos. Lipovetsky se resiste a analizar la posmodernidad mediante criterios simplistas que vean exclusivamente en ésta una orgía de egoísmo, nihilismo y relativismo. Al abordar el tema del individualismo y del narcisismo posmodernos trata de responder a una serie de “cuestiones de egofilosofía” que le llevan a concluir que la hipótesis que formuló hace casi 20 años en La era del vacío a propósito la escalada hiperindividualista, sigue pareciéndole aceptable “y tambien carácterística de nuestras democracias liberales”. “Cuando se invoca –dice– a las tribus, los clanes, las nuevas comunidades, no hay en modo alguno agotamiento del individualismo, sino espiral de su dinámica”. Como prueba de ello se remite a “los nuevos consumos ligados a las tecnologías de la comunicación y de la información, el incremento de las religiones a la carta y emocionales, la desinstitucionalización de la familia y, por supuesto, el culto a la salud y a la forma física, la búsqueda de la belleza a cualquier precio, la negativa a envejecer, el hiperconsumo de medicamentos y de psicotropos, la escalada de las dietas y de la alimentación sana”. Pero los tiempos cambian y en la actualidad, la obsesión con uno mismo “no se manifiesta tanto en la fiebre del goce como en el miedo a la enfermedad y a la edad, en la medicalización de la vida”. “Lo que caracteriza al neoindividualismo –en opinión de Lipoveytsky– es el rechazo prometeico del destino y la invención de uno mismo sin vía social trazada de antemano”. “Narciso –dice– no es el individuo triunfante, es el individuo fragilizado y desestabilizado porque tiene que llevarse a cuestas y construirse completamente solo, sin el apoyo que constituían antaño los marcos colectivos y las normas sociales interiorizadas. La figura dominante del individualismo democrático fue durante un tiempo la euforia liberacionista, y ahora es, cada vez más, la dificultad de vivir, la inseguridad, el miedo ligado no sólo al terrorismo sino a todo: la alimentación, el ámbito de lo relacional, el trabajo, la jubilación”. Desde esta perspectiva resulta fácil comprender, en palabras del ensayista francés, las furias consumistas: “El consumo funciona desde ahora como doping o como animación de la existencia, y a veces como paliativo, como maniobra de diversión para todo lo que no funciona en nuestra vida”. No cree Lipovetsky que en nuestras sociedades exista hoy un nihilismo moral como consecuencia de la superación de las morales tradicionales. Lo que existe es una pluralidad de morales y cree que “un Estado es liberal cuando se halla organizado de tal forma que se respeta el pluralismo de las concepciones del bien moral”. “Para que las sociedades liberales se mantengan –explica– no es necesario que todos compartamos los mismos valores, basta con que se acepten los valores mínimos de la democracia y con que domine el ethos práctico de la tolerancia. En una democracia liberal, el objetivo no ha de ser tratar de regenerar moralmente a los ciudadanos, sino únicamente animar y valorizar las virtudes políticas necesarias para el mantenimiento de una sociedad pluralista. Estas virtudes son la tolerancia, el respeto mutuo, la cortesía, el espíritu de cooperación”. Lipovetsky nos habla de un individualismo irresponsable, “que es el equivalente al nihilismo y al “después de mí, el diluvio” y de un individualismo responsable, orientado por una ética de la responsabilidad, del que pone como ejemplos “la tolerancia, la ecología, el respeto a los niños, la exigencia de límites, el voluntariado, la lucha contra la corrupción, los comités de ética”. No es tan ingenuo como para creer que todo se reduzca a una cuestión de espíritu de solidaridad y opina que el individualismo no debe conducir al descrédito de la acción pública sino a su redefinición. “Es cierto que la política y el ámbito económico sin la presencia de la moral pueden parecerse al infierno. Ahora bien, la moral sin la inteligencia política, económica y técnica se ve imposibilitada, impotente para resolver los problemas reales”. Alguna de estas conferencias abordan cuestiones de la máxima actualidad y sobre las que habría que mantener una actitud de reflexión permanente. En la que lleva como título El alma de la empresa: ¿mito o realidad?, Lipovetsky se felicita por la superación de la visión liberal clásica que entendía la ética “como un freno, o como un obstáculo para la eficacia económica” y del concepto del business es business “cuyo principio estriba en que la economía no necesita virtudes morales ni la benevolencia recíproca de las personas”. Hoy en día vivimos una “oleada de ética empresarial” y una valorización de la ética de los negocios que “puede comprenderse como una reacción de las prácticas malsanas del business y contra un individualismo sin freno, más preocupado por la rentabilidad inmediata que por una inversión a largo plazo, más orientado hacia la especulación desmedida que hacia la conquista de los mercados”. La ética de los negocios desempeña hoy “un papel de legitimación, de rehabilitación social de la empresa, en una época en que la confianza hacia la empresa no cesa de desmoronarse”. Ha llegado, dice, “la hora de la markética, del marketing de la solidaridad, de la empresa ciudadana”. El que la ética no constituya una práctica desinteresada, “sino una inversión estratégica y comunicacional al servicio de la imagen de marca y del crecimiento de la empresa a medio y largo plazo”, no es algo que deba preocuparnos. Lipovetsky asume que “la misión de la empresa consiste ante todo en crear riqueza, bienes económicos y servicios, y asegurar su competitividad a fin de no ver amenazada su existencia en el futuro”. No reclama “una ética del desinterés, un virtuosismo imposible de llevar a cabo en el mundo económico”, sino que exige “tan sólo el respeto de los principios más elevados del humanismo moral”. Cada caso tendrá su complejidad y sus respuestas, pero sirva como ilustración la postura de Lipovetsky respecto a la vacuna antisida y la situación de los países que no pueden pagarla. Aboga aquí por un acuerdo en el marco de la OMC “que integre la prioridad ética de la vida sobre los beneficios económicos, la prioridad del derecho a la salud sobre el derecho de las patentes”. La páginas dedicadas a reflexionar sobre ese “nuevo demonio responsable de todos nuestros males” que son los medios de comunicación llevan un irónico título: ¿Hay que quemar a los medios? También aquí intenta escapar de los análisis simplistas para concluir que no, que no hay que quemarlos. Su argumento es el siguiente: al mismo tiempo que el poder de los medios coincide con una capacidad de imposición de modelos que, pese a no ser obligatorios, no por ello dejan de estar dotados de temible eficacia, no hay que pasar por alto lo que constituye lo esencial de la obra de los medios en las sociedades democráticas, es decir, su contribución al advenimiento histórico de una nueva cultura individualista. La fórmula de McLuhan (el medio es el mensaje) sigue siendo para Lipovetsky acertada: “cualesquiera que sean los programas difundidos, los medios, en la sociedades democráticas, trabajan por privatizar los comportamientos, por individualizar las costumbres, por privilegiar lo individual en detrimento de lo colectivo. Se trata de un individualismo desregulado, desincronizado, a la carta, que la galaxia de los mass-media no cesa de favorecer”. Los medios de comunicación, en este sentido, deben ser considerados como agentes de consolidación de la democracia, “en razón de que se esfuerzan por descalificar el autoritarismo, los llamamientos histéricos a la violencia y a las cruzadas: están del lado de la moderación, no de la excomunión. Al exaltar los derechos del hombre y la tolerancia, al glorificar la mayor calidad de vida individual a expensas de las grandes militancias, al precipitar el olvido de los acontecimientos por medio de acontecimientos continuamente renovados, al superficializar los mensajes, los medios funcionan como amplificadores de la pacificación colectiva y de desdramatización de la vida social”. Si después encendemos el televisor para ver lo que sea y nos atiborramos de telebasura, lo haremos, por supuesto, con todo nuestro derecho, pero nos estaremos comportando como narcisos inmaduros e irresponsables. |