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| Nº 592 - 1 de marzode 2004 |
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El fundamentalismo democrático, de Juan Luis Cebrián Elogio de la templanza Un numeroso grupo de intelectuales y me niego a poner comillas ha suscrito un manifiesto de denuncia contra el actual Gobierno por su política de recorte de las prácticas democráticas. Como era de esperar, la reacción desde el aparato mediático más próximo al PP los políticos guardan silencio cuando la trinchera está defendida por otros ha sido inmediata y descalificadora ad hominem. Ha debido resultarles muy sencillo: bastaba con aplicar la falsilla de los comentarios dedicados a los actores que se manifestaron contra la guerra, y los que, seguramente, merecerá el medio millar de trabajadores de TVE que rechazan la manipulación en la cadena pública. En ningún caso se ha intentado presentar argumentos en contrario, si no que ha parecido suficiente acusarlos de estar al servicio de un grupo editorial, de recibir subvenciones o de pertenecer al desdeñable grupo de los progresistas trasnochados. Nada puede ocultar, sin embargo, la realidad de que existe, y se extiende día a día, la sensación de que España sufre una crisis de tolerancia en las manifestaciones y comportamientos del Gobierno, sobre todo desde que disfruta de la mayoría absoluta. El Parlamento está silenciado, a pesar de que toda la oposición reclame la presencia del presidente Aznar para explicar convincentemente sus razones para sumarse a Bush y Blair en la ilegal e injustificada guerra de Iraq, y vamos a ir a las urnas sin que los españoles podamos conocer en pie de igualdad las propuestas de los distintos partidos políticos, a causa del control de los medios públicos que nunca sí, nunca ha resultado tan intolerable como en este periodo. Y en estas estamos, cuando a Juan Luis Cebrián se le ha ocurrido poner en orden algunas de las ideas que están latentes en un buen número de personas a las que les gustaría poder expresar públicamente su estado de irritación y su protesta. La tarde en la que presentó su libro, naturalmente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, ese nido de rojos alimentados por Gallardón, le escuché decir que no le ofendería la calificación de panfleto para su trabajo, y que aspiraba, en todo caso, a dar lugar a un debate sobre su contenido. Yo no sé en que país vive el ex director de El País. Aquí ya no hay debates, que es muy aburrido leer un ensayo, aunque sea de 150 páginas y en letra gorda. Los libros se publicitan, se entrevista a los autores, si tienen amigos o relevancia personal, se publican críticas o se silencian en función de oscuras razones (a un lado y otro del espectro ideológico), y sólo se discuten con cierta pasión si abordan el problema vasco. Y mira que el título incita por lo menos a la curiosidad: ¿cómo se casa el fundamentalismo con la democracia? Dice Cebrián que un fundamentalista es, en definitiva, un integrista, alguien tan convencido de que tiene la razón que está dispuesto a imponerla a los demás, para el bien de ellos, y que no ha de reparar en métodos a la hora de hacerlo. Esta frase pertenece al capítulo titulado Mesianismo, populismo, autoritarismo y en el que se recuerda que el reduccionismo, también una enfermedad de la izquierda, no deja de ser una forma de fundamentalismo al describir a la democracia única o primordialmente como el gobierno de la mayoría, ignorando muchos otros aspectos tan fundamentales o más, del sistema, como la igualdad ante la ley, el derecho de las minorías o el respeto a las libertades individuales. Tras apuntar bastantes reservas hacia las ideologías como cuerpo cerrado del pensamiento y, por tanto, en una proximidad peligrosa con los dogmas religiosos y el monopolio de la verdad, Cebrián lamenta que nuestra democracia se vaya distanciando de la teoría de la Ilustración y de los senderos de la duda hasta desembocar en una especie de teología del poder, desde el que los nuevos sacerdotes del fundamentalismo democrático, históricamente más impregnados del sustantivo que del adjetivo, se sientan capacitados para extender diplomas de demócratas a partir de una coartada electoral. El autor pone un ejemplo: El propio José María Aznar, en el transcurso de apenas quince años, pasó de ser detractor de la Constitución española a convertirse en supuesto paladín de su defensa. El núcleo central de este libro de J. L. Cebrián arranca de una conferencia pronunciada en Guadalajara (México) bajo la sombra de la memoria de Julio Cortázar. Es, pues, un libro que invita a leerlo en voz alta y en el que las referencias a argumentos de autoridad ajenos y pasados se utilizan con mesura y el verbo se dispara, apasionadamente, en el discurso propio, muy pegado a la actualidad. Hay más del periodista que del académico. Por eso también, la función de la prensa, sobre todo en los últimos 20 años, es uno de los objetivos de análisis. Cebrián recuerda que los socialistas, aunque arrogantes eran demócratas y eso les llevó a cometer la ingenuidad de privatizar las publicaciones de la antigua cadena del Movimiento y ponerlas en manos de la derecha. Y que renunciaron a la participación estatal en algunas empresas privadas. Y que permitieron la creación de tres cadenas de televisión, también en manos privadas. Pero apunta, seguramente en el debe, que algunos gobiernos socialistas adoptaron una actitud recelosa respecto a la opinión publicada, prefiriendo la comunicación directa con la opinión pública, y que ello derivó, a corto plazo, en una desafección de algunos profesionales que se veían amenazados por la pérdida de protagonismo. Entonces llegó la derecha y supo aprovechar ese sentimiento de abandono, celos y frustración de los pavos reales del columnismo, y los periódicos volvieron, a mediados de los noventa, a obtener la relevancia en el debate que habían perdido años atrás. Aunque el texto de Cebrián esté pegado a la actualidad, no ha tenido tiempo de incluir su juicio sobre la actual campaña electoral, en la que el candidato del PP, Mariano Rajoy, respeta al pie de la letra la consigna de sus directores de campaña: los periodistas no tienen derecho a formular preguntas al término de sus exposiciones; pero cabe entender cual podría ser, a tenor de este texto: Como conversos que son [los fundamentalistas democráticos], abrazan la religión nueva sin ningún ánimo crítico; como fanáticos, la imponen a machamartillo. La democracia de la interrogación y de la duda da paso a la de las respuestas. En ese nuevo mundo, las preguntas que no las tienen, no deben existir. Encabezo este comentario con un referencia al manifiesto de los intelectuales españoles, los tantas veces caricaturizados como abajo firmantes, y pienso que deberían sentirse reconfortados por la descripción que hace Cebrián del intelectual: Un intelectual no es sólo alguien respetado por su sabiduría o dedicado al arte o a las ciencias del espíritu... No basta pertenecer a las clases cultas para merecer semejante nombre. Tiene que militar abiertamente por solitaria y única que sea esa militancia en la categoría de quienes quieren influir en el mundo que les rodea... Son la conciencia crítica de la sociedad, no una nueva y diferente opción de Gobierno. Creo que, en este libro, Juan Luis Cebrián ha decidido asumir, con más claridad que nunca tal vez en algún momento tuvo la tentación de sobreponerse a algún Gobierno esa condición de intelectual, aun a riesgo de militar con la minoría no en la soledad en cuestiones como la política respecto al País Vasco. Su posición en este ensayo es meridiana: Podía haberse supuesto que los resultados de las elecciones autonómicas de 2001 en Euskadi habrían bastado para reconsiderar la política frentista que, a base de oponer constitucionalistas contra nacionalistas, hacía fuerte a éstos, envalentonándolos hasta el paroxismo, y debilitaba la convivencia entre los vascos.... No fue así, recuerda Cebrián, y se llegó a una situación aún más grave en las elecciones municipales del 2003: La evolución, a peor, de la situación política en el País Vasco no es sino la consecuencia inmediata de una forma de hacer política que se aferra tercamente a la idea de que no hay razón alguna en el oponente. Le veo más cerca de Suso de Toro que de Fernando Savater, para entendernos. Fundamentalismo democrático en la gestión del problema vasco, y la misma fórmula aplicada a la crisis de Iraq. Oportuna, en este capítulo, una cita de J. F. Kennedy: no puede haber una solución estadounidense para cada problema del mundo. La receta deseable, para quienes aspiran a vivir en paz y en libertad, es interiorizar primero, y hacer compartir después, la democracia de la duda: diálogo y tolerancia bajo el imperio de ley. Tengo muy serias dudas de que este ensayo de Juan Luis Cebrián vaya a ser valorado como tal. Le faltan citas a pie de página y no se acompaña de referencias bibliográficas. Además, se entiende demasiado bien. Será por eso y por la polémica personalidad del autor que ha generado tanto silencio. A Cebrián le asusta comprobar que, desde hace unos años, se ha instalado el odio como arma política, y hace de ello responsables tanto a ciertos portavoces del actual Gobierno como a nacionalistas intransigentes y ultramontanos. Me permito añadir otra enfermedad de la actual democracia: la incapacidad de atravesar la barrera entre las nuevas dos Españas, para hacer circular las ideas contradictorias. Quizás no exista un pensamiento único, que conduce al fundamentalismo, sino dos bloques de pensamiento, reconocibles, de nuevo los progresistas y los reaccionarios, que se ignoran mutuamente. Una sociedad bipolar, que olvida el valor de la tolerancia, y en la que, por el momento, se escucha más la voz amplificada mediáticamente de los reaccionarios y se pone sordina a los contrarios. Con alguna culpa de quienes tienen capacidad para evitarlo. |