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Nº
589 - 9 de febrero de 2004
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El aznarato, de Javier Tusell EL CENTRISMO IMPOSIBLE Por Eduardo Sotillos Por asimilación a lo que doña María Moliner describe como califato, el término aznarato debe entenderse como el periodo histórico en el que gobernó y aún gobierna don José María. Ahí reside el riesgo mayor, pero también la apuesta más ambiciosa del trabajo de un historiador, porque el aznarato no ha concluido y quién sabe, aunque Tusell pone alguna confianza en los modos y maneras del sucesor, si el califa no habrá de imprimir su estilo a un heredero que debe su posición privilegiada al dedo omnipotente del fundador de la dinastía. Javier Tusell disecciona los comportamientos políticos de Aznar desde una perspectiva crítica, que extiende también a todos los grupos de la oposición, a los que culpabiliza de no haberse sabido constituir como una alternativa sólida. El Partido Popular se habría convertido así en un grupo hegemónico sin visibles contradicciones internas, capaz de sustituir sin aparente desgaste colectivo a sus peores gestores públicos, para los que siempre es capaz de encontrar un acomodo posterior, gracias a lo que el autor denomina una hábil política de personal. Para eso están las instituciones públicas, pero también la red de empresas privatizadas con amigos al frente. El PP habría sido capaz, asimismo, de sustituir sus fundamentos ideológicos, sin convulsiones ni aspavientos críticos, en contraste con el historial de debates que relaciona en el campo de la izquierda. Y es que la rentabilidad electoral de las unanimidades parece clara, hasta el momento; seguramente, mientras la sociedad española no sea capaz de interiorizar su irritación ante el déficit democrático que va acumulándose durante los últimos años del aznarato y sustituya, en un paso posterior, su pasividad o indiferencia ante todo aquello que no afecte a la contabilidad y se rebele por las agresiones a la sensibilidad. Lo que Juan Luis Cebrián acaba de definir como fundamentalismo democrático. Recoge Tusell una reflexión amarga de Felipe González al hilo del discurso moderado de Rodríguez Zapatero: Debe ser así, pero no es seguro que la actual sociedad española esté en condiciones de asumir ese tipo de mensajes. El autor enumera algunas de las ofertas de regeneración democrática a las que Aznar ha dado carpetazo, con bastante impunidad en el juicio de la opinión pública : regulación electoral local, financiación de partidos políticos, nueva regulación de la televisión y reforma de los reglamentos del Congreso y del Senado. Incluso sugirió la comparecencia de los cargos ante el Parlamento con carácter previo a su nombramiento. El libro ofrece un buen catálogo de hechos y declaraciones que van configurando una realidad política bien distinta a la oferta programática del Partido Popular. Por la fecha que señala la conclusión del trabajo, septiembre de 2003, no puede incorporar algunas perlas tan recientes como la crítica que el Consejo de Europa acaba de pronunciar sobre la gubernamentalización de RTVE o la negativa a dar cualquier tipo de información en sede parlamentaria sobre las razones que movieron al presidente Aznar a respaldar a Bush y Blair en la invasión de Iraq, mientras ambos aliados cuestionan ya la realidad de existencia de armas de destrucción masiva, o sobre el destino final de los informes del CNI respecto al encuentro de Carod-Rovira con dirigentes etarras. La mayoría absoluta del PP ha terminado por anular la capacidad de control al Gobierno por parte del Legislativo, aduciendo incomprensibles argumentos reglamentarios. Una de las reflexiones más lúcidas de Tusell se produce, precisamente, al hilo de la escasa repercusión práctica, electoral, que supuso para Aznar la masiva oposición de los españoles a la guerra de Iraq, una reflexión en la que la madurez de la sociedad española no sale bien parada: En España, las cuestiones de política exterior tienen menos relevancia que en otros lugares y su influencia en la política interior es escasa... Nuestra tradición histórica no puede comparase a la de otros países europeos democráticos. Cierto que es así, pero la argumentación de Tusell, avalada con un ejemplo tan obvio como la apuesta de Felipe González por la OTAN, creo que podría ir un poco más lejos en el caso de Iraq. Me permito disentir de su afirmación de que se equivocaron quienes se manifestaron contrarios a la intervención, presagiando que la guerra sería larga y sangrienta: La realidad lo desmintió, porque la revolucionaria tecnología militar norteamericana demostró una superioridad abrumadora sobre los iraquíes. Conviene recordar, de nuevo, la fecha de conclusión del libro. Tal vez entonces el autor podría tener esa sensación, pero es evidente que la guerra no ha terminado cuando Bush lo proclamó. Hoy, Iraq está al borde de una guerra civil; las víctimas iraquíes se cuentan por millares y las de los ocupantes por muchos centenares. La detención de Saddam, cuyo paradero sigue siendo un misterio y sobre cuyo juicio poco se sabe, no ha servido para frenar los atentados, sino para multiplicarlos. Todavía más que la indiferencia de los españoles ante los temas de política exterior, comprensible en alguna medida por décadas de aislamiento, puede preocupar la inconsistencia del rechazo ante la tragedia que soportan esos seres humanos, los iraquíes, condenados a la brutalidad del dictador defenestrado y a los disparos indiscriminados de ocupantes y resistentes. En cualquier caso la gestión de Aznar de la crisis iraquí sirve a Tusell para trazar un bosquejo de la personalidad del presidente del Gobierno, del que no sale muy favorecido: La información se tomó sin ofrecer ninguna información a la opinión pública o al Parlamento. Aznar no modificó un ápice su actitud de halcón avinagrado: identificó a sus adversarios políticos con el aislamiento y la indiferencia ante el terrorismo, les reprochó que desearan el regreso de los militares españoles en ataúdes y no presentó ninguna protesta firme ante la muerte de un periodista español por fuego norteamericano. Lo de halcón avinagrado es un hallazgo, don Javier: la contrafigura de ese Bambi al que usted vio crecer hasta estatura presidencial en 2002 y al que luego le habría de estallar la crisis de Madrid y, casi en campaña, la pirueta inaceptable del conseller en cap. Son muy recomendables las abundantes páginas que Javier Tusell dedica al análisis de las relaciones de Aznar con los nacionalismos catalán y vasco. Se advierte con facilidad su discrepancia con la política desarrollada por Aznar, que si ha abierto una brecha entre el Gobierno central y los catalanistas acerca de la concepción de España, en el caso del País Vasco cabe más bien describir la situación como un abismo. Queda explícito en el discurso de Tusell que añora los tiempos del diálogo y la voluntad integradora que simboliza en las tesis de Herrero de Miñón, al que, como a Óscar Alzaga, echa en falta para dotar de credibilidad a cualquier imagen centrista pretendida por los populares. Resulta obvio que ese tipo de personalidades no encajan, sin embargo, en el diseño de Aznar, al que Tusell reconoce el gran mérito de haber conseguido evitar cualquier discrepancia entre partido y Gobierno, en contraposición con las que anota en el debe del mandato socialista. Así ha sido posible la asunción sin críticas visibles de la designación de Rajoy como heredero, a pesar de que en encuestas internas del Partido Popular al menos un 50% de la militancia se manifestara partidaria de una participación democrática. Me permito añadir a la reflexión de Rajoy un dato inquietante: en encuestas aparecidas en los medios de comunicación, los votantes del PP juzgaban como escasamente democrática la forma de elegir al candidato había otros con mayor respaldo entre las bases pero, casi por unanimidad, les parecía muy bien la decisión unipersonal de Aznar. Cabe pensar, como apunta el autor de este libro, que nunca un líder político había sido capaz de dominar tan férreamente un aparato partidario que ni siquiera se rebeló ni pidió explicaciones por la decisión personal de su presidente al llevar al hijo de Adolfo Suárez al desastre electoral de Castilla-La Mancha. La mejor definición del modelo de partido construido por Aznar la encuentra Tusell en una frase pronunciada por Javier Arenas: Aznar ha sido, es y será el principal activo de nuestro partido. Un ciudadano ingenuo podría extraer la conclusión de que, desaparecido Aznar por voluntad propia del protagonismo político, el partido se empobrecerá dramáticamente... pero hay que permanecer tranquilos: Rajoy ya se ha autoproclamado, con complejos, como el mejor. Esa actitud del sucesor es la que me hace dudar del fin del aznarato, si las urnas no dicen otra cosa. En el balance de la gestión de Aznar, Tusell anota como resultados positivos la política económica y el entendimiento con los sindicatos, al menos en el primer mandato, pero critica, desde su reconocida autoridad en ambos campos, las políticas educativa y cultural, con una comprensible sensibilidad dolorida hacia las vacilaciones en la organización final del Museo del Prado. Los amantes de disfrutar con referencias personales que, a buen seguro, despertaran próximas reacciones, quedarán satisfechos con la citas a Jiménez Losantos, acompañado siempre del calificativo de ultraderechista, o su descripción de la política de seducción de intelectuales de izquierda, movilizados por el PP a partir de la coincidencia en una cruzada antinacionalista. Surgen en ese capítulo los nombres no siempre asimilables, a mi juicio de Pío Moa, Sánchez Dragó, Jon Juaristi, Mikel Azurmendi o Edurne Uriarte, y merece una referencia especial el colega de Tusell, García de Cortázar, ahora polémico responsable de contar la historia de España en la cátedra de TVE. Tengo la convicción de que este libro de Javier Tusell va a producir en los ámbitos de la derecha española, a pesar de su contención verbal y el equilibrio de sus críticas, una reacción de malestar muy superior al causado por la obra póstuma de Vázquez Montalbán sobre la aznaridad. Y que levantará ronchas el paralelismo que establece, en el capítulo de conclusiones, entre los modos de Franco y los de Aznar, a partir de un juicio previo de Pío Cabanillas (padre) aunque matice que ese paralelismo se refiere a los rasgos comunes de frialdad, hermetismo, sentido del tiempo, capacidad para arbitrar entre adictos, poderosa ambición o habilidad insuperable en el regate corto. Tusell parece confiar en que Rajoy reoriente al PP hacía posturas más centristas y en que el PSOE presente un programa económico solvente y comprensible, como lo son sus políticas sociales. Y que sepa contarlo. O que le dejen ,mi estimado Tusell. |