Hemeroteca Esta semana
 
Nº 587 - 26 de enero de 2004

“La soledad del Rey”,  de José García Abad

SIN  LA VENIA

por Eduardo Sotillos

Es obvio recordar que el autor de este libro dirige la revista en que va a aparecer este comentario. Además, me siento su amigo. Así pues, el lector está en su legítimo derecho de mostrarse suspicaz, pero le pido que aguarde hasta el final y contraste mi juicio con los abundantes y plurales que va a merecer un trabajo de investigación periodística, documentado en fuentes comprobables, y que se arriesga a romper un muro de silencio sobre cuestiones de las que sólo se habla en voz baja, incomprensiblemente en una sociedad democrática. En estas páginas se habla mucho del Rey, pero sobre todo de la monarquía, y eso lo distingue de otros trabajos, supuestamente escandalosos, que se aproximan a la Familia Real desde al rencor o desde el halago. La cuestión fundamental que preocupa a J.G.A. –y la que debería preocuparnos a los españoles– es la viabilidad de la monarquía como institución más allá del periodo de reinado de don Juan Carlos. ¿Está la monarquía consolidada 25 años después de la Constitución? La pregunta se repite a lo largo del libro y se formula directamente a 16 personalidades en entrevistas que se reproducen íntegramente. La conclusión generalizada –y la que asume el autor– es que sí... por el momento. Por eso me atrevo a cuestionar el título del libro: el Rey no parece estar solo. Al rey le respaldan los españoles en todas las encuestas, es popular y, para sorpresa de muchos, según subraya repetidamente García Abad, encuentra sus más explícitos valedores entre las gentes de izquierda, “de corazón republicano y cabeza monárquica”. Pocas opiniones tan rotundas como la del flamante president de la Generalitat, en alianza con “los republicano-separatistas” de ERC: “La monarquía está consolidada. Totalmente”. O la defensa doctrinal de la institución que formula Gregorio Peces- Barba, desde una tradición republicana: “lo importante es ver quién es más capaz de cerrar un consenso lo más amplio posible. En este momento eso lo consigue la monarquía y, por consiguiente, no hay que pensar más”.

Ese clima de acomodo con el actual jefe del Estado no excluye, sin embargo, el derecho del pueblo soberano a estar correctamente informado de lo que atañe a la familia real, cuyo mantenimiento corre a cargo de los Presupuestos, lo que supone acabar con un pacto de silencio, que pudo tener justificación en momentos históricos muy sensibles para la consolidación de la democracia en España, pero que ahora constituye una anormalidad, peligrosa incluso para el propio crédito de la monarquía. Lo escribe García Abad sin truculencias proféticas, pero también sin circunloquios temerosos: “Si la prensa hubiera informado puntualmente,  como es su obligación, de los malos pasos del Monarca y del Príncipe, algunos asuntos, ciertas aventuras empresariales y unas cuantas imprudencias no habrían adquirido tamaña dimensión. El silencio de la prensa ha podido generar en el entorno real una sensación de inmunidad propiciadora del descuido”. Los lectores de La soledad del Rey van a encontrar los datos suficientes para formar un juicio propio sobre la gestión del patrimonio de don Juan Carlos, incrementado notablemente en este tiempo, y el papel desempeñado junto al monarca por personajes que, casi sin excepción, han tenido que responder ante la justicia por la acusación de cometer delitos económicos: Ruiz- Mateos, Manolo Prado y Colón de Carvajal, Javier de la Rosa... y Mario Conde. Uno de los capítulos del libro, titulado El golpe de palacio de Mario Conde, describe prolijamente la descarada estrategia del banquero para conseguir la confianza de La Zarzuela e intentar atraerse la imposible complicidad real en el intento de ocupar un lugar central en la vida política española, tras una campaña de descalificación de los partidos políticos y sus dirigentes. En ese propósito parece haber tenido mucha importancia  el gesto de cargar con la factura hospitalaria de don Juan, hecho que mantiene el autor frente al desmentido de Alfonso Ussía, que exhibió en su momento una factura pagada por la Casa Real: “la factura se ha cargado, en efecto, a la Casa de Su Majestad, pero ello no es óbice para que alguien haya ingresado previamente el dinero en la cuenta real”. La fuente informante de García Abad es “de la mayor confianza”. Hoy sabemos que la conjura fue un fracaso, pero es bueno recordar y sistematizar los hechos para alertar sobre los riesgos que la monarquía ha corrido por la frecuentación de “amistades peligrosas”. Hubiera sido lamentable que el crédito conseguido el 23-F se hubiese dilapidado en un renacer de tentaciones de “borboneo”.

Otro toque de atención del autor, corregido y ampliado respecto a un recordado número de El Siglo que abordó el tema con gran oportunidad periodística, tiene como base la poco ejemplar actividad de la Familia Real como “reclamos publicitarios” de numerosas marcas comerciales y la naturalidad con la que se aceptan costosísimos regalos, sobre todo automóviles y motos de los modelos más exclusivos, cuyo mantenimiento y gasto en combustible, realmente espectacular, corre a cargo de partidas presupuestarias ajenas a la dotación de la Real Casa. Lo que no pasaría de ser un anécdota, más o menos disculpable y remediable con una crítica oportuna, da lugar a uno de los capítulos con mayor carga de profundidad, encabezado por un título muy cinematográfico, “Juro no volver a pasar hambre”. Palabras iniciales del autor: “El dinero parece ser el flanco más débil de Su Majestad. Mucho más que ese corazón enamoradizo que le legaron sus antepasados y que sólo escandaliza a unos pocos, entre ellos a quienes se han adscrito al bando de doña Sofía, los ‘monárquicos, pero de la Reina”. Alguna referencia hay a la vida sentimental del Rey, pero la pieza documental más explosiva es una supuesta carta de don Juan Carlos dirigida al Sha de Persia y reproducida en un libro del que fuera jefe de la Casa Real iraní, en la que el monarca español solicita una fuerte aportación en dólares para la UCD de Adolfo Suárez –22 de junio de 1977– con la finalidad de detener el avance electoral de un PSOE al que el monarca español, tal vez para mover la voluntad del donante, calificaba de marxista. Reconozco que desconocía la existencia de ese documento, pero ya se sabe que la mejor manera de guardar un secreto es publicarlo en un libro. Sobre todo si está escrito en inglés. Aquellos temores reales se disiparon bien pronto, y el texto de García Abad multiplica las referencias al magnífico entendimiento entre el Rey y Felipe González, en unas relaciones bien engrasadas por Sabino Fernández Campo y Julio Feo, que parecen haber resultado menos placenteras en el caso de José María Aznar, y se hace un exhaustivo recuento de los encontronazos y desplantes mutuos durante los ocho años del “aznarato”. Tal vez no funcione la “química”, tal vez se trata de una distancia generacional, tal vez, como se apunta en el libro, haya algo en el dirigente popular del resabio falangista contra los Borbones. Estos extremos resultan de difícil comprobación, y no tendrían, en cualquier caso, mayor trascendencia si no afectaran al correcto engranaje entre el Ejecutivo y la Jefatura del Estado, que aún conserva un papel residual de ejercicio moderador imposible de cumplir satisfactoriamente sin contar con la información adecuada que debe suministrarle el Gobierno. Y parece que esa comunicación, rígidamente mantenida por Felipe González, se ha deteriorado con Aznar. Un humorista cristaliza la imagen de distanciamiento entre el Rey y el presidente: Juan Carlos recibe a Aznar, que le lleva el decreto de disolución de la Cortes, y le espeta.”No sé si podrás venir a la boda de mi hijo, aunque no se case en el Monasterio de El Escorial”

Este problema va a solucionarse muy pronto, el 14 de marzo, pero existe otro que depende de la voluntad real: la transparencia de las cuentas de la Casa Real. Es cierto, como recuerda el autor, que la Constitución deja manos libres al Rey para gastar su presupuesto como le plazca; pero también es cierto que esa libre disposición no debería excluir un control a posteriori por parte del Tribunal de Cuentas y que resultaría muy ejemplarizante que se volviera a la práctica anterior de hacer públicos los datos de las aportaciones que otros organismos administrativos hacen a la Real Casa, una información que no existe desde hace algunos años. La opacidad no beneficia al Rey y, por el contrario, facilita la difusión de datos falsos, como el que recientemente cifraba la fortuna personal de don Juan Carlos en 1.700 millones de euros, a causa de la confusión entre bienes propios y bienes del Patrimonio Nacional.

No es lícito que al comentar un libro se desvelen las perlas informativas que pueda contener, de la misma manera que el crítico cinematográfico se cuida mucho de no descubrir al asesino, por eso  renuncio a comentar algunas aportaciones inéditas, que deberá descubrir cada lector, pero les pongo en la pista de la reticencia con que se percibe la personalidad del Príncipe, su entorno de amistades conocidas, y la esperanza de que ese núcleo se haga más comprensivo a ciudadanos menos elitistas, gracias a la influencia de doña Letizia. Yo tengo mejor opinión de don Felipe, y bastaría una anécdota que recoge el libro para avalarla: el Príncipe se enfrentó al deseo de su padre de que presidiera el Real Instituto Elcano con el sólido e irrebatible argumento político de que se trataba de un órgano ostensiblemente situado en la órbita del Partido Popular. Mi enhorabuena.

 Al autor, y eso puede sorprender, por inusual, no le seduce doña Sofía, a quien adjudica “una concepción purista de derecho divino, según la cual los reyes no son unos profesionales, sino raros especímenes de sangre azul...” Tampoco salen bien parados los señores Urdangarín y Marichalar, o el vizconde de Almansa. Se dan razones.

Debe quedar claro que este libro no está escrito contra la monarquía, sino que corresponde al ejercicio de la libertad exigible en la crítica a cualquier institución del Estado, y que en este caso afecta a unos personajes cuyo mayor mérito debe ser la ejemplaridad en su comportamiento. La monarquía se ha demostrado útil, hasta ahora. Pero debe permanecer vigilante y vigilada, discreta e imparcial en el cumplimiento de su juego constitucional, pero sensible a la realidad de un país que ya un día se acostó monárquico y despertó republicano. No debe suplantar la conducción política, pero tampoco aparecer como ajeno a los problemas más graves del Estado. Si el Rey tiene pocas ocasiones para hacerse oír, sí debe transmitir la sensación de que escucha a todos... y , a veces, su interlocutor puede percibir que no le gusta nada de lo que se le dice. Hay silencios clamorosos. La tarea es extremadamente delicada, pero es exigible a quien ocupa un lugar de tanta preeminencia, al que no pueden aspirar 43 millones de sus conciudadanos.

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