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Nº
586 - 19 de enero de 2004
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El nuevo desorden mundial, de Tzvetan Todorov PARA EVITAR EL CAOS Por Josu Montalbán T zvetan Todorov ha escrito un libro sencillo y directo que hay que leer con la perspectiva del tiempo pasado desde que los dos aviones pilotados por terroristas de Al Qaeda arrasaron las Torres Gemelas de Nueva York. Todo lo que ha ocurrido después ha derivado en el desorden actual, que Todorov pretende explicar, incluso rectificar mediante análisis y propuestas concretas. Todorov nació en Bulgaria y se trasladó a vivir a París, aunque ha pasado largas temporadas en Estados Unidos ejerciendo su oficio de pensador. El detonante del libro ha sido el conflicto bélico que ha tenido (y está teniendo lugar) entre EE UU e Iraq, pero inmediatamente pone en solfa las consecuencias para Europa: El conflicto, junto con las polémicas que suscitó, puso también en cuestión la identidad de Europa. Europa se fracturó realmente cuando determinados gobiernos (Reino Unido, España, Italia) adoptaron su posición favorable a EE UU, aunque lo hicieron en contra de su opinión pública, en contra de los ciudadanos que no regatearon esfuerzos para mostrar su NO a la guerra. La estrategia, tanto de EE UU como de sus aliados europeos, puso a los ciudadanos europeos ante una disyuntiva difícil de dirimir. Todorov la plantea: Gran parte de la población europea parecía obligada a dividirse entre dos actitudes distintas: condenar la guerra o condenar la dictadura de Hussein, aunque la guerra tenía por objetivo la desaparición de la dictadura. ¿Era posible suscribir las dos posturas sin caer en la incoherencia?. Ahora cabe preguntarse si la guerra se inició con el objetivo del derrocamiento de Saddam Hussein o si Bush estaba planteándola con otras intenciones. Primero fue la invasión de Afganistán y después ha sido la de Irak, peri ni Ben Laden ni Hussein han muerto, Al Qaeda ha seguido sembrando el terror, la guerra continúa y el futuro se presenta complicado. ¿Había razones suficientes para la guerra de Iraq? Sólo una real, el ejercicio desmedido del imperialismo por EE UU, aunque se pretendiera encubrir tras la posesión de armas de destrucción masiva y el apoyo a grupos terroristas, principalmente a Al Qaeda. Nada de eso ha sido demostrado. Todorov analiza muy críticamente las razones esgrimidas para iniciar la guerra. No sirve la razón ni el raciocinio para explicar la guerra, pues, ¿cómo entender que, disponiendo de armamento de destrucción masiva, no sea usado en la guerra más trascendente para el futuro del régimen de Saddam? Echando la vista atrás, basta con buscar en la hemeroteca la frase de Bush del 12 de septiembre de 2001: EE UU demostrará al mundo que no puede ser derrotado. Imperialismo, y dos fundamentalismos frente a frente. Si el fundamentalismo islamista llevó a frases irracionales como la exhortación del régimen talibán a los afganos de que sólo morirían si es voluntad de Dios, Bush ha hecho su discurso con parecidos ingredientes: Éste será un monumental combate del bien contra el mal, y el bien prevalecerá. Todorov considera a Bush, y a sus aliados, como los nuevos fundamentalistas (neofundamentalistas) de los que dice que son fundamentalistas porque reivindican un bien absoluto, y son neo porque este bien ya no se define en relación con Dios. Los neofundamentalistas dicen actuar en aras de implantar la democracia liberal, pero no está nada claro que lo que pretenda implantar sea eso, teniendo en cuenta que lo pretende hacer mediante el ejercicio de la tiranía. De las dos formas con las que podía haber conseguido el desarme de Iraq, optó EE UU por la más rápida pero la menos democrática y, sobre todo, la más costosa en sangre, destrucción y muertos. Todorov niega el carácter liberal del comportamiento de Estados Unidos. Luchar por la perfección del prójimo y no por la propia no es propio de la moral democrática. Eso es lo que ha hecho EE UU en esta guerra. El Imperio necesita coartadas porque cualquiera que pretenda imponerse precisa fuerza y poder. El 11-S supuso la gran coartada: el terrorismo que ha servido para justificar todo tipo de atrocidades. Ha permitido que Estados Unidos actúe en cualquier parte del mundo y siempre dispuesto al uso de la fuerza militar. De este modo se erige en protagonista del nuevo orden (desorden) mundial, al menos, en el aspecto militar. Pero el Imperio es frágil cuando se sustenta sólo en el poderío militar, que sólo actúa sobre las consecuencias del terrorismo y no sobre sus causas. Recién producido el atentado de las Torres Gemelas, Felipe González advertía en su artículo Globalización del terror de la necesidad de atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo. Y no dudaba en recurrir al papel de la Unión Europea para ir configurando una nueva gobernabilidad más equilibrada, más cooperativa y solidaria. Aprovecho el artículo de González para introducir lo que contiene el corazón del libro de Todorov. Advierte que los intereses de Estados Unidos estarían mejor protegidos si procurara que el resto del mundo encontrara legítimas sus acciones. Y recurre a una cita de Montesquieu para desacreditar a EE UU: Ningún poder sin límites puede ser legítimo. Y bien, el comportamiento estadounidense, sostenido en las muletas de sus aliados, ha basado la legitimidad de sus acciones y decisiones en el único objetivo de la lucha contra el terrorismo. Ha puesto la fuerza por encima del derecho, desoyendo y despreciando las voces de países, gobernantes, pensadores y ciudadanos del mundo entero. El quid de la cuestión es que el derecho internacional, aunque existe, apenas consigue imponerse porque no cuenta con ningún brazo armado que le preserve. Las relaciones entre países no están sometidas al derecho sino que responden a convenios, tratados u organismos internacionales que, al fin, se sienten imposibilitados para hacer que prevalezca el derecho. Tal ha venido ocurriendo con la ONU, en cuyo seno, en su Consejo de Seguridad, hay cinco países con derecho a veto. Esa situación de precariedad del propio organismo frente a los cinco países con ese derecho le hacen claramente inoperante en el conflicto. EE UU dinamitó a la ONU en cuanto se encontró con la postura contraria de Francia, pero en ningún momento se ha encontrado con el Derecho Internacional, de hecho el proceso de instauración de la Corte Penal Internacional se encontró con la negativa de Estados Unidos y otros seis países. Más allá del resultado de la votación para dicha instauración, Bush ya había advertido que nunca ratificaría el tratado que debe legalizar la Corte Penal. EE UU se convierte en justiciero y Bush en un juez corrupto que no obedece a otro Derecho que al que favorece sus intereses en el mundo. Es por esto, entre otras cosas, por lo que considera Todorov que es precisa una potencia tranquila que no puede ser otra que Europa, como consecuencia de los avatares y vicisitudes por los que ha pasado. Su trayectoria, su importante nivel de desarrollo, incluso su tradición cristiana, la ponen en el centro neurálgico del nuevo orden (desorden) mundial. Y resalta Todorov que a esta Europa le caben varias actitudes: de sumisión incondicional, de renuncia a cualquier protección de EE UU o una tercera e idónea que es convertir la UE en una potencia militar y recuperar así una parte activa en el orden pluralista que podría asegurar el equilibrio mundial. Es evidente que conformar una fuerza militar potente en Europa, compartida por los europeos y al servicio de todos no debe imitar el ejemplo de Estados Unidos, ni siquiera rivalizar con él. La fuerza militar europea debería defender el territorio europeo contra cualquier agresión, impedir cualquier enfrentamiento armado en el interior de Europa, contener ataques de otras potencias, intervenir en el resto del mundo a petición de gobiernos amigos, acudir en auxilio de países atacados... Pero ha de ser una potencia tranquila que no ambicione controles excesivos como el Imperio estadounidense. Sentencia Todorov que la potencia tranquila (Europa) no tendrá como objetivo igualar la hiperpotencia norteamericana... La eventualidad de un conflicto militar con EE UU no formará parte de sus estrategia. De este modo Todorov se adentra en la defensa de los valores europeos como los idóneos para conformar el orden (desorden) mundial. Sólo es preciso superar los prejuicios propios de los países, evitar los comportamientos nacionalistas y retrógrados, para convertir Europa en una idea: una idea que supere el mero hecho de asumir su propia defensa para despertar pasiones. El nuevo orden (desorden) mundial debe construirse a partir de los valores europeos. Sin complejos, renunciando a hechos nacionales para compartir lo que nos une y constituye una garantía de pluralidad y respeto. Termina su libro con una propuesta nada controvertida: la instauranción de un día festivo, una Fiesta de Europa, para celebrar el advenimiento de la Unión. Será el 8 o el 9 de mayo, día en que terminó la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea es consecuencia de ese conflicto bélico, político y militar. Tzvetan Todorov es, bien se ve en el libro, un búlgaro que vive en París y conoce Nueva York. Un ciudadano del mundo. |