Hemeroteca Esta semana
 
Nº 585 - 12 de enero de 2004

“Por fin, Brasil. Un viaje al país de Lula”, de Ana Tortajada y Natza Farré

SALVAR  AL PRIMER MUNDO

Por Eduardo Sotillos

Acaba de cumplirse un año del triunfo electoral de Luis Inácio Lula da Silva en Brasil , doce meses de carrera contra el reloj de la historia para ensayar un nuevo modelo de organización social y política en el que tienen puestos los ojos, a veces enturbiados por la pasión casi mística los desencantados de la política al uso tradicional, a veces ciegos por el desdén y la rabia quienes siguen enclaustrados en los viejos conceptos del orden inamovible, millones de personas dentro y fuera del gigante latinoamericano. En estos doce meses Lula no ha dado saltos en el vacío, ha reafirmado su prestigio y credibilidad internacionales, ha compuesto un equipo de Gobierno de alto nivel profesional... y ha comenzado a sufrir las quejas de quienes tienen prisa, de los que llevan décadas esperando el milagro que los arranque de la miseria y del hambre, y el respaldo interesado y envolvente de los grupos más poderosos, cuya aspiración es llegar a diluir el mensaje de cambio en profundidad, para hacer de Lula un paradigma de la inviabilidad de cualquier proyecto utópico.

 Cuídate de los elogios desmedidos, de los premios y los doctorados honoris causa, presidente Lula. Y no descuides la protesta de los impacientes, de esos a los que es fácil ahora llamar radicales, pero que estarán contigo, aunque sea a regañadientes, porque fueron los que con mayor energía te apoyaron en los años difíciles y sería suicida que los llevaras, otra vez, a la desesperanza. Lo tienes muy difícil, presidente Lula. Lo sabes. Tú mismo, en el discurso de investidura, te sinceraste: “No va a ser fácil, pero...¿cuándo hemos tenido nosotros algo fácil?” También dijiste, sin embargo: “la esperanza finalmente ha vencido al miedo y la sociedad brasileña ha decidido que ha llegado el momento de abrir nuevos caminos”. Voy a recomendarte, presidente Lula, que leas el libro de estas dos escritoras y periodistas catalanas. Se nota enseguida que están de tu parte; se emocionan –y no tienen ningún reparo al dejarlo por escrito– cuando te escuchan un discurso ante las mujeres brasileñas o ante los trabajadores de la Volskwagen. Simbolizan esa numerosa masa crítica que es capaz de movilizarse en cualquier lugar del mundo contra la guerra de Irak o la globalización salvaje. Se juegan mucho –nada menos que su mundo de convicciones– en el éxito de tu experiencia, porque creen que puede ser exportable, con todas las singularidades obvias, a los países del subdesarrollo y a los colectivos olvidados, cada día más pobres, de las sociedades opulentas. Una de las autoras –cada capítulo tiene el sello personal de la redactora aunque el mensaje final sea coincidente– narra el encuentro con el obispo Casaldàliga, y rememora sus palabras pronunciadas inmediatamente después del triunfo de Lula, a quien apoya con reservas: “Es muy inteligente, honesto, coherente y, al mismo tiempo, realista. Unas de las grandezas de Lula es que tiene la capacidad y el talante para conjugar la política utópica con la administrativa. [...] Para ganar, Lula ha tenido que hacer unas cuantas alianzas que implican una serie de concesiones. Pero eso no debe asustarnos. Sabe ser equilibrado y si algún ministro no responde como él espera, lo va a destituir y a elegir otro. Quien más trabas puede ponerle es el FMI, el Banco Mundial y las multinacionales...”. El viejo obispo, residuo simbólico de la teología de la liberación, paulatinamente desplazada de los centros de decisión de la Iglesia por los nuevos y conservadores aires vaticanos, despide a su visitante catalana con una leve caricia en la mejilla y el regalo de una frase reveladora: “La solidaridad salvará al Primer Mundo”. La periodista confiesa: “En el taxi de vuelta, protegida por la oscuridad, lloro”

Creo haber escrito que éste es un libro apasionado. Las autoras toman partido, pero no renuncian a indagar sobre lo puntos débiles de los primeros cien días del gobierno del líder del PT. Para hacerlo, viajan, con las mochilas a cuestas, desde Sao Paulo a Brasilia, desde Río de Janeiro a Salvador de Bahía, desde Belo Horizonte a Goiania. Conocen, sobre todo, a dirigentes locales de organizaciones solidarias, empeñados en un proceso de mejora social que afecta a los meninos da rúa, a los pueblos indígenas o a los movimientos de ocupación de la tierra. Aunque su apretado calendario está lleno desde el inicio del viaje de citas concertadas al servicio del objetivo central del libro, aún tienen algún tiempo para el turismo en los lugares inevitables y para asomarse a la experiencia de una sesión de candomblé y al descubrimiento de esa singular religiosidad que permite a los sacerdotes católicos compartir con las maes de santo una celebración en la iglesia del Señor do Bomfin, donde conviven Oxalá y el Dios de los cristianos.Es precisamente la presencia de las iglesias, la católica por supuesto,pero también las expansivas y múltiples de obediencia evangélica, una de las constantes del relato y, en la decantación de la lectura, una clave imprescindible para entender la política brasileña y, en concreto, el movimiento que acompaña a Lula, cuyo compromiso público, no hay que ignorarlo, se genera en las comunidades cristianas de base, como antecedente para la lucha sindical. En ocasiones, una de las escritoras, declarada atea, se rebela ante lo que sospecha una utilización abusiva del entusiasmo y el esfuerzo de un reciente converso a una minúscula iglesia de nueva creación: “Me molesta profundamente que estas sectas se aprovechen, en nombre de la religión, de unos chicos que andan perdidos en una sociedad tan difícil y con tan escasas salidas. Pero no le digo nada porque no estoy aquí para dar lecciones a nadie y mucho menos a quien nos está abriendo las puertas de su mundo, con todas sus contradicciones”. Éste es uno de los mayores méritos de libro. No estamos ante un trabajo con tesis predeterminada, lo que, insisto, no quiere decir escrito desde la indiferencia o la frialdad ante los sucesos y los hombres, sino ante un viaje entre el dolor y la esperanza que termina comprometiendo íntimamente al autor y al lector. No sería justo que las promesas de Lula de acabar con el hambre quedaran convertidas en un imaginario próximo a la insuficiente y parcial caridad. Hay un compromiso retirado de lograr que todos los brasileños coman tres veces al día dentro de tres años. Asusta pensar que ésa tenga que ser la prioridad del Gobierno de una nación que figura entre las 15 primeras del planeta en la generación de riqueza. Pero las cifras no engañan: 46 millones de brasileños, en un país de 175 millones de habitantes, pasan hambre. Lula sabe que las estadísticas no conmueven, por eso llevó a todos sus ministros a las zonas más pobres del país para que no olviden esas imágenes de miseria y sacudan sus conciencias a la hora de tomar decisiones desde un despacho en la artificial Brasilia. El empeño es tan ambicioso que no puede realizarse desde la exclusiva asignación de los recursos presupuestarios. Y ahí está el sentido –¿por qué no llamarlo revolucionario?– del proyecto. Brasil entero tiene que movilizarse y los beneficiarios del plan tienen que involucrarse en su gestión. Incluso el Ejército ha de jugar un papel decisivo para transportar los alimentos, donados o adquiridos, a las zonas más remotas del Estado para hacerlos llegar a instituciones religiosas o sociales, vinculadas a cada núcleo de población, que canalicen su distribución. Nada puede llegar directamente a un hambriento, nada de donativos indiscriminados, sin la supervisión de un agente de Seguridad Alimentaria, encargado también de hacer el seguimiento de la higiene, la nutrición y –atención– el aprovechamiento y el reciclaje de los productos. Nos encontramos, pues, ante un desafío incomparable en la historia, porque va a exigir la formación de miles y miles de voluntarios y la creación de una red de colectivos responsabilizados del éxito o el fracaso del proyecto Hambre Cero. La sociedad podrá estructurarse y responder a escala familiar de los compromisos anejos de seguir cursos de alfabetización, de formación en un oficio, de colaborar en el desarrollo de cooperativas locales... o participar en otro de los proyectos en curso, el denominado Sed Cero, que prevé la construcción de un millón de cisternas familiares para almacenar el agua de lluvia. Y es que hay millones de brasileños viviendo en zonas afectadas por sequías prolongadas pero en las que durante dos días de lluvia puede recogerse agua capaz de abastecer a una familia durante nueve meses.

Las páginas de Brasil, al fin están plagadas de información a pie de tierra y de testimonios de gentes anónimas, admirables por su capacidad de entrega,pero también podemos conocer el punto de vista de algunos directos colaboradores del presidente Lula, como Frei Beto, un dominico autor del libro Lula, un obrero en la presidencia, que defiende el proyecto Hambre Cero frente a las críticas que lo acusan de atacar las consecuencias pero no las causas de la miseria. Son los que predican la concesión de incentivos para los empresarios, para que se genere empleo, para que se fomenten las exportaciones, para que se alcance un desarrollo económico... Las recetas de la socialdemocracia o el liberalismo a escala europea, es decir, allí donde 40 millones de personas no pasan hambre real. En Brasil también se acude a la conocida conseja de que es más útil dar a un hombre una caña y enseñarle a pescar que regalarle un pez. Pero en Brasil hay demasiada gente que si no puede comer un pez o un trozo de pan no tiene fuerzas para pescar.

Hasta el momento no hay argumentos para demostrar que los planes de Lula no puedan cumplirse, sobre todo si somos capaces de cambiar nuestro ropaje de analistas resabiados por la historia de entusiasmos fallidos y creemos en la capacidad de un pueblo organizado, con una Administración democrática y no corrupta, para salvarse colectivamente. Brasil puede ser el ejemplo para muchas otras naciones a las que la aplicación de las recetas convencionales de la economía no ha servido para resolver sus clamorosas desigualdades y, al contrario, para endemizar la miseria y el hambre, aunque las estadísticas muestren el engañoso aumento de la renta per cápita. Todos los que desgastan el concepto solidaridad en tantos discursos grandilocuentes tienen la oportunidad de aplicar ahora sus prédicas sobre la experiencia brasileña. Y Lula, el terrible compromiso de dejar como un felón ante el futuro a ese carioca tan representativo de un sector social fácilmente reconocible en cualquier latitud que resumió su opinión sobre él en esta estremecedora sentencia: “Si de verdad fuera distinto a los anteriores presidentes, ya lo habrían asesinado”. Desconozco si las autoras, el escucharle, también se pusieron a llorar.

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