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Nº
584 - 5 de enero de 2004
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Travesía liberal, de Enrique Krauze
LIBERALISMO
SIN DOGMAS Por Juan Cacicedo Decía Hayek que el liberalismo no puede ser dogmático porque liberalismo y dogmatismo son términos antitéticos. Por eso, las trompetas que anuncian el dogma apocalíptico del fin de la historia y proclaman un modelo único y cerrado, fuera del cual no brilla el sol, no pueden ser trompetas liberales. El auténtico liberalismo tiene como fundamento el respeto a la libertad de pensamiento, abarca ideas sutiles, complejas y evolutivas, y en él no hay lugar para fórmulas magistrales ni para soluciones únicas y definitivas. Enrique Krauze en su Travesía liberal. Del fin de la historia a la historia sin fin (Tusquets, 2003) nos habla de un liberalismo sin dogmas en el que, contrariamente a la sentencia bíblica, todo está por escribir, porque la historia no tiene libreto. Enrique Krauze (México, 1947), es ingeniero industrial y doctor en Historia. Estrecho colaborador durante muchos años de Octavio Paz, fue subdirector de la revista Vuelta y es uno de los intelectuales latinoamericanos más sólidos y coherentes. Ha publicado varias obras de historia y ensayo entre las que destaca su Trilogía Histórica de México. En la actualidad dirige la revista de literatura y pensamiento Letras Libres, que fundó en 1999, y en la que colaboran prestigiosas firmas de ambos lados del Atlántico como Mario Vargas Llosa, Enrique Vila Matas o Félix de Azúa. Su labor intelectual acaba de ser reconocida en nuestro país con la Medalla de Alfonso X el Sabio. En Travesía liberal Krauze reúne textos muy heterogéneos, desde entrevistas y artículos a pequeños ensayos, algunos de ellos reescritos para esta ocasión. Desde las primeras páginas deja bien perfiladas las fuentes de las que se nutre su liberalismo. Buena prueba de ello es la entrevista con Isaiah Berlin, que fue publicada originalmente en mayo de 1982 en Vuelta y que se reproduce en este libro en una versión sustancialmente distinta. Bajo el título El liberal clásico, Krauze hace un particular repaso a la historia de las ideas de la mano del intelectual al que dice haber admirado más. Berlin, para él, cumplía una rara y ecuménica misión intelectual, complementaria a la de Karl Popper: ambos luchaban por la sociedad abierta, el uno desde la literatura y la historia de las ideas, el otro desde la ciencia y la filosofía. Las opiniones que se recogen en esa entrevista están enriquecidas por un largo ensayo que Krauze publicó posteriormente sobre los temas centrales de Berlin: el papel del individuo en la historia, la tensión entre la libertad y el determinismo, y la pasión por el género biográfico. Berlin expresa el concepto democrático de que imponer por la fuerza un orden sin la comprensión de la gente es una opción que conduce a la resistencia y, finalmente, al despotismo. Afirma también que cualquier persona que crea en la existencia de una verdad, una sola, y en la existencia de un solo camino hacia ella, en una solución exclusiva a los problemas, solución que debe forzarse a cualquier costo ( ) contribuirá finalmente a crear una situación en la que correrá sangre, la sangre de quienes se le oponen. En una frase que encierra una idea muy precisa de lo que es la tolerancia Berlin le expresa a Krauze su convicción de que una de las creencias más fatales que puede albergar un ser humano es la incapacidad para admitir que hay valores en conflicto, valores igualmente dignos de realización, pero que por desgracia no pueden coexistir de forma simultánea. Esto le lleva a recordar su frase favorita, que ya utilizó Berlin como título para uno de sus libros más conocidos: la afirmación kantiana de que del torcido tronco [o fuste] de la Humanidad ninguna cosa derecha podrá brotar nunca. No podía faltar en esta selección de textos una entrevista con su maestro y amigo, Octavio Paz. En ella hace un recorrido por la evolución política e intelectual del premio Nobel mexicano, que transitó desde un desengañado marxismo hasta esa fina y compleja mezcla de liberalismo y socialismo (liberalismo corregido por zapatismo) que defendió en sus últimos años. También tiene su hueco Jorge Luis Borges, quien en una ocasión le comentó a Krauze que la única manera de hacer una revista es que unos jóvenes amen u odien algo con pasión. Lo otro es una antología. Como historiador, es en las entrevistas con sus colegas donde Krauze llega a sentirse como pez en el agua. Habla con John Elliot del desengaño del imperio español, con Paul Kennedy del ascenso y caída del imperio estadounidense y con Hugh Thomas de las guerras ideológicas. Con éste hace un repaso a sus libros La guerra civil española y Cuba: camino de libertad. Cuando le pregunta si conoció personalmente a Franco y a Fidel, Thomas le responde que al primero le vio una sola vez y a Castro en varias ocasiones aunque explica luego decidí que era mejor no conocerlo, porque advertí la poderosa influencia que ejerce en los que le rodean. Esto da pie a una oportuna reflexión sobre el intenso poder de atracción que han ejercido siempre los dictadores, desde Stalin a Hitler, pasando por los de tamaño más doméstico. Los poderosos atraen le dice Thomas a Krauze y, si son inteligentes, logran que el interlocutor comparta sus teorías conspiratorias. Son amables, lo invitan a usted a sentarse, a conversar privadamente y le transmiten la impresión de estar auténticamente interesados en usted, sólo en usted. Hitler cautivó a personas tan inteligentes como Toynbee, Lloyd George y Neville Chamberlain. Los grandes hombres, dice Popper, cometen grandes errores. Uno debe apartarse de los grandes hombres al hacer historia. Conviene, por tanto, recelar de las cajas de puros con que obsequian algunos dictadores en cuyas cárceles se fuma picadillo. De los variados textos que integran esta Travesía liberal de Enrique Krauze hay uno que, con la guerra de Iraq todavía abierta, cobra una dimensión extraordinariamente actual. Es el titulado La exportación de la democracia, en el que, desde la primera frase, centra el problema con precisión: Estados Unidos ha sabido exportar el béisbol, los jeans, las hamburguesas, las películas de Hollywood, la música pop, los autos, las tiendas de autoservicio, infinidad de ideas del American way of life, pero no ha sabido exportar el primero y el mejor producto de su historia: la democracia. Otras democracias poderosas e imperiales lo han hecho mucho mejor. En el mapa del antiguo Imperio británico hay una constelación de democracias. Krauze atribuye un papel relevante en la actitud británica a las advertencias de Edmund Burke (campeón histórico de la libertad) contra el exceso de ambición y de poder. El comportamiento histórico de los Estados Unidos lo analiza apoyándose en el historiador mexicano Daniel Cosío Villegas, sobre el que tiene escrita una biografía intelectual. Cosío era un genuino liberal cuya convicción básica se resumía en que la libertad individual es un fin en sí mismo y, a la vista de la historia de nuestros días, el más apremiante que pueda proponerse al hombre. Con respecto a la actitud estadounidense, la conclusión de Cosío Villegas era, para Krauze, clara: La vocación democrática inicial de los países hispanos de América (émula de Estados Unidos) fue ahogada, en buena medida, por la conducta internacional de los propios estadounidenses. Estados Unidos, admirablemente dotado para limitar y equilibrar su poderes internos, vivía insensible e inconsciente del efecto que su poder sobre todo económico tenía en el exterior. De la comparación con el imperialismo británico, el estadounidense sale muy mal parado: Los británicos solían interesarse y aun fascinarse por otros países: los visitaban y estudiaban con diligencia y sensibilidad, y no por mero afán turístico. A diferencia de los otros poderes coloniales de la época (belgas, alemanes, franceses), mantenían al menos un resabio de responsabilidad civilizadora ( ) y no permitieron que la estructura de Estado se corrompiera escondiendo información que debía ser pública. De los tres rasgos interés en el mundo, responsabilidad civilizadora y vocación autocrítica, los estadounidenses sólo heredaron el tercero. Krauze es consciente de que ninguno de los dos imperios Inglaterra en el siglo XIX, Estados Unidos en el XX se guió por motivos filantrópicos, pero, en el caso británico, la vieja filosofía política que lo había fundado introducía cierta conciencia de los efectos negativos de su propio poder, cierta noción de la propia barbarie. Los ejemplos que utiliza para ilustrar estas ideas son los de Francisco I. Madero en México y Gandhi en la India. Madero dice fue el Gandhi mexicano. Gandhi fue el Madero hindú ( ) Gandhi confió en el liberalismo latente de la política británica, y al hacerlo triunfó. Madero, en cambio, no contó con mayor apoyo de la democracia estadounidense ( ) Madero, que quiso importar el sistema democrático que conocía y admiraba pagó su sueño con su vida y fracasó. No olvida que la responsabilidad de ambos desenlaces corresponde, por supuesto a los propios hindúes y mexicanos, pero tampoco se le oculta que los estadounidenses nunca pensaron en propagar imaginativamente la cultura de la democracia. Con estos precedentes de autismo histórico, ¿hay alguna razón para esperar que los Estados Unidos, tras exportar una guerra, vayan a exportar a Iraq una auténtica democracia? Muchos de los textos de este libro miran con profundo respeto a España. Lo hacen, por supuesto, con sentido crítico histórico, pero también apuntan admirativamente a nuestro país como referencia de la democracia liberal que el autor desearía para México y para el resto de los países iberoamericanos. Son textos que nos ayudan a mirar y nos ayudan a vernos, porque, como le dice Thomas a Krauze, quien sólo conoce España no conoce España. |