Nº 583 - 22 de diciembre de 2003

“Cultura y televisión”, de Francisco Rodríguez Pastoriza

UN TEXTO DE OBLIGADA REFERENCIA

Por Eduardo Sotillos

No es éste un trabajo melancólico ni una descarga emocional o resentida, consecuencia de alguna frustración personal o una experiencia fugaz desafortunada en el intento de teñir con los colores matizados de la cultura la pantalla estridente del televisor. Francisco R.Pastoriza, el Doctor Pastoriza de las aulas universitarias y el Paco Pastoriza de los pasillos de TVE, continúa ejerciendo su trabajo como periodista cultural y enseña práctica y teoría a los alumnos de la Complutense. Este libro se beneficia de esa doble condición. Para presentarlo, en el ya inevitable Círculo de Bellas Artes de Madrid, quiso contar con la compañía de J.J.Armas Marcelo y del autor de este comentario, compañeros todos en la arriesgada pirueta de intentar encontrar la fórmula para interesar al espectador televisivo en una oferta cultural.

Hay que agradecer a Pastoriza la metodología empleada, un saludable didactismo, para construir una tesis sin petulancia expositiva y apoyada en innumerables argumentos de autoridad.  Y eso ocurre desde el primer capítulo, destinado a enmarcar el escurridizo y mudable concepto de cultura al que hace mención este trabajo. “La  idea de cultura, recuerda Pastoriza, tal y como la entendemos en nuestros días, es relativamente reciente, explicable a partir de la aparición de la sociedad burguesa”. Es cierto, como también subraya el autor, que “a los diversos usos de la palabra cultura se les van añadiendo nuevos prefijos y sufijos, adjetivos y nombres, que multiplican su campo de significación” y que “existe ahora, además, una tendencia  a designar con el término cultura a todas las actividades del hombre, aun las más negativas: una cultura de la droga, una cultura de la violencia o una cultura de la muerte”. Ocurre, sin embargo, que todo ese interesantísmo debate intelectual al que Pastoriza convoca desde Cicerón a Gustavo Bueno, desde Ortega  a Bloom, lo resuelve el autor en una síntesis actualizada y útil para el objeto de su ensayo: “Hoy la cultura se entiende como todo el conjunto de conocimientos e instrumentos acumulados por el hombre en su Historia, incluyendo los objetos y los códigos sociales, los gustos y las ideas, siempre en movimiento y en evolución.[...] En este sentido, la cultura es todo lo que se refiere a las formas de interacción social y a sus resultados, es decir, a la parte no biológica de la adaptación de una sociedad a su ambiente”. Sospecho que con esta definición resultaría muy sencillo para los responsables de la programación televisiva justificar cualquiera de sus productos como un “espacio cultural”. Y no es eso de lo que estamos tratando. Cuando nos referimos a la presencia de la cultura en la televisión resulta más sencillo acudir a la  pragmática definición, considerada por algunos como una “boutade”, acuñada por Jack Lang, uno de los mejores y más eficaces ministros del ramo que se recuerdan: “Cultura es aquello que tiene una dirección general en el Ministerio de Cultura”. Ni la gastronomía, ni los deportes, que no suelen estar adscritos al área de cultura de los medios.

Acotando el territorio, resulta más fácil entender el propósito de este libro reivindicativo de la necesidad de exigir a los responsables de todas las cadenas el cumplimiento de su compromiso social, explícito en los textos de sus Estatutos, en el caso de las televisiones públicas, pero también marcado en las licencias de concesión en el caso de las privadas. Es precisamente “el  carácter de servicio público con el que nació la televisión en Europa, anota Pastoriza, lo que hizo pensar a los dirigentes de los nuevos países surgidos de la Segunda Guerra Mundial que una parte de los tiempos de emisión debieran estar cubiertos por espacios culturales, aun sin definir claramente este concepto”. A buen seguro, somos todavía herederos inconscientes de aquel periodo en el que se consideraba la televisión como el mejor instrumento para hacer partícipe a la ciudadanía, limitada en buena parte en su posibilidad de acceso directo, a los bienes de la llamada “alta cultura”: poesía, artes, literatura, teatro, etc. Puede ser criticable el cierto aire de distanciamiento, por no hablar de superioridad, con el que eran abordados muchos de esos programas culturales, en una relación próxima al despotismo ilustrado, pero no hay que pecar de nostalgia para afirmar que, en este caso, cualquier tiempo pasado fue mejor.  Porque el cambio no se ha producido en la dirección de democratizar la ilustración, sino de plebeyizar el despotismo. La misma existencia, aunque sea en condiciones mendicantes, de las segundas cadenas como refugio de la cultura, es una herencia de aquel tiempo, previo a la desregulación del sistema televisivo y la instalación de la competencia comercial como gran dictador de los contenidos. Cito a Pastoriza: “En España, a partir de la aparición de la televisión privada a principios de la década de 1990, la presencia de la programación cultural sufrió una fuerte caída en los canales públicos, los únicos que se  preocuparon de mantener algunos espacios de estas características”.

Los responsables políticos, obsesionados por su visión del medio televisivo como fábrica taumatúrgica de respaldos electorales, concentran toda su atención en los contenidos y minutados de los telediarios y, sólo dedican alguna referencia retórica a su propósito de “dignificar el medio” cuando lo controlen. Si esa política puede resultar rentable para quienes se reconocen como defensores del pensamiento ultraliberal, con los que se identifican quienes piensan  en la cultura como una industria de la que extraer beneficios económicos, para la izquierda es un desastre. La sociedad actual, al menos en los países occidentales, se enfrenta al problema del tiempo libre. El ocio es un desafío y puede convertirse en una angustia para millones de personas a las que se las ha expulsado del mercado del trabajo, por contratos a tiempo parcial o por prejubilaciones. El tiempo medio de permanencia ante el televisor crece paulatinamente. Es barato. Adormece. Aísla. Pero, como apunta Francisco Pastoriza: “Algunos analistas han profetizado que el tiempo libre está siendo conquistado por actividades que, lejos de liberar al individuo, lo someten a imperiosas actividades consumistas”. Una denuncia radical de los efectos a largo plazo que puede producir la dependencia televisiva la formula Habermas, y se hace eco de ella Pastoriza: “La emisión de los programas de los nuevos medios... producen un hechizo en  el público oyente o telespectador, a la vez que le despojan de la distancia necesaria para que realice un juicio maduro”. No es inocente la drástica desaparición de los debates en nuestra televisión, ni la marginación, a horarios insoportables, de cualquier programa de contenido cultural. La historia de esta decadencia está suficientemente documentada en las páginas centrales de Cultura y televisión. Constituye el meollo del libro y, a partir de un relato aparentemente aséptico, permite descubrir los tonos críticos, nunca obviamente ofensivos, del autor, nacido en Bueu, Pontevedra. Resultan recomendables para la gavilla de profesionales afectados y el centón de sus espectadores. Para todos, y especialmente para aquellos que tengan en sus manos la responsabilidad de gerenciar los medios, las páginas finales: todo un  programa de actuación que merecería ser incluido en el texto de la non nata Constitución europea. Es el resumen del informe que la filósofa francesa Catherine Clément: la televisión tiene hoy un papel similar al de la educación en 1946: gratuita y laica para todos como una obligación del Estado, y considerada así como uno de los mejores instrumentos de la democracia y una de sus garantías. Critica los horarios de emisión de los programas culturales y su escaso presupuesto. Reducir la presencia de lo cultural a las cadenas temáticas sería crear guetos.La televisión pública debe tener un director de arte y cultura al mismo nivel que el director de programas. La privatización no es una solución al déficit cultural de las televisiones públicas... Estos mandamientos se resumen en uno: el presidente de la República debe asegurar una financiación suficiente para cumplir esos objetivos. Elemental, querido presidente... del Gobierno. El próximo.

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