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Nº
579 - 24 de noviembre de 2003
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El gigante descalzo. El Ejército de Franco, de Gabriel Cardona EL FRENO DESGASTADO DE LA TRANSICIÓN Por Eduardo Sotillos Todos los trabajos de investigación sociológica sobre las actitudes ideológicas del militar profesional coinciden en apreciar un mayor grado de conservadurismo que el correspondiente a la media de las sociedades a las que pertenecen. Un estudio realizado entre más de medio centenar de oficiales del Pentágono demostraba la existencia de una inequívoca alineación con el ala derecha del partido republicano, una sobrevaloración del orden y la jerarquía como valores unidos al patriotismo y una clara predisposición a defender un sistema que garantice la propiedad y ciertos privilegios (The Professional Soldier, Morris Janowitz). A nadie sorprende ese retrato aunque se produzca en el paisaje de una sociedad democrática en la que los generales, para ser presidentes, han tenido que pasar por las urnas. El caso español, del que se ocupa el libro de Gabriel Cardona que motiva este comentario, corresponde a una realidad bien distinta, fruto de acontecimientos históricos en los que el ejército español protagonizó asonadas, pronunciamientos y alzamientos ininterrumpidamente desde el siglo XIX, siendo capaz de determinar la vida pública nacional desde la presidencia de los consejos de ministros hasta la Jefatura del Estado, poner o quitar reyes e imponer dictaduras. Nuestras sucesivas Constituciones han estado siempre tuteladas por el poder militar, con la excepción de la republicana nacida del 14 de abril. Los militares españoles, por vocación propia, pero también por incapacidad de una clase política alicorta y acobardada que no se sumó a la corriente civilista de las grandes democracias europeas, han desempeñado un protagonismo decisivo y desproporcionado a su fuerza real como organización y eficacia, contrastada en las distintas acciones bélicas en las que hubo de participar frente a un enemigo exterior. Sin embargo, lo que hubiera podido dar lugar al desprestigio colectivo y a una reflexión autocrítica que condujera a una tarea prioritaria de perfeccionamiento funcional, se transformó en una hipertrofia burocrática y un exceso de tiempo libre en los cuarteles que hacía de las salas de bandera el lugar idóneo para especular sobre los males de la patria y la necesidad de salvarla. Las ideas que sobre el Ejército español han circulado como materia para el debate, pueden agruparse en dos bloques mayoritarios, muy marcados por la ideología: quienes han asimilado su sistema tradicional de valores, y fundamentalmente su concepto de patria, a la defensa a ultranza de la institución militar concebida como una última instancia a la que reclamar protección contra cualquier amenaza de su estabilidad económica, social e incluso religiosa, y quienes decidieron convertir al Ejército en el objetivo a destruir, considerándolo el mayor obstáculo para cualquier avance de las libertades y, desde luego, el freno ante las pretensiones de carácter revolucionario. Ha hecho falta mucho tiempo, y la consolidación de la democracia tras la muerte de Franco, para atemperar no me atrevería a escribir superar los recelos de la izquierda y moderar los entusiasmos de la derecha. A su vez, los altos mandos militares, al menos en una proporción mayoritaria, han estado más dispuestos a admitir la intervención en el espacio que consideran propio cuando se produce desde una instancia política conservadora que cuando emana de un Gobierno en la izquierda. La abundante documentación que aporta en su libro Gabriel Cardona no deja lugar a dudas sobre la paradójica incapacidad histórica de los gobernantes españoles de corte conservador y muy especialmente de la dictadura del general Franco para llevar a cabo un proceso de dignificación y modernización de nuestras Fuerzas Armadas, que inspira al autor el propio título: El gigante descalzo. No hay nada de metafórico en ello: nuestros soldados, durante muchas décadas, no sólo estuvieron mal entrenados, mal organizados y pésimamente armados, sino pobremente vestidos y calzados. Las alpargatas de los jornaleros eran también las de los soldados. Nuestro Ejército era un gigante por el número de efectivos, pero un gigante desequilibrado por el peso de la cabeza, por un exceso de jefes y oficiales fruto de un proceso acumulativo de promociones sin salida, al que intentó racionalizar Manuel Azaña, sin hacer sangre, pero que quedó invalidado demasiado pronto por la movilización de la Guerra Civil y que, de cualquier modo, fue descalificado sin contemplaciones por el odio y el desprecio hacia al impulsor del proyecto. En 1930, recuerda Cardona, había en España 169 generales y más de 30.000 jefes y oficiales, una cifra a todas luces exagerada, pero que se habían inflado hasta proporciones insoportables en 1975, como herencia de la política militar de Franco: 328 generales y más de 42.000 jefes y oficiales. Podría pensarse que un régimen dirigido por un militar y asentado en una victoria en el campo de batalla habría de esforzarse por prestar un especial cuidado a la operatividad de la institución, convertida en garante del sistema, y mimar a los mandos. Gabriel Cardona, militar de carrera y ahora profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Barcelona, echa por tierra ese tópico en lo que afecta a la inmensa mayoría del colectivo profesional ¡qué decir de la tropa! y a la dotación de instalaciones y medios bélicos absolutamente inadecuados para cualquier acción contra enemigos exteriores, como quedó palmariamente demostrado en el proceso de descolonización de Ifni y el Sáhara. Los privilegios sí alcanzaron a muchos mandos. Según Carles Viver Pi-Sunyer, citado por Cardona, hasta 1957 fueron militares el 47,7 por ciento de los ministros, el 42 por ciento de los subsecretarios, el 33,4 por ciento de los directores generales, todos los altos comisarios en Marruecos, gobernadores generales de Guinea y de África Occidental, además de numerosos gobernadores civiles, alcaldes, concejales y otros muchos cargos. Entre las diez legislaturas franquistas, fueron procuradores 326 militares, ocupando un total de 1.029 escaños, y ocho de ellos lo fueron en todas las legislaturas. Los presupuestos militares eran comprables en términos del PIB a otros países europeos, pero su destino prioritario eran los gastos de personal, con lo cual, el estado operativo resultaba tan desastroso que el Ejército no habría podido resistir una semana de guerra moderna por el simple colapso de su sistema logístico, sin contar las tremendas carencias de su capacidad de combate. De esta realidad tenía que ir siendo paulatinamente consciente el colectivo profesional de la Fuerzas Armadas pero, según se deduce del texto de Gabriel Cardona, solo un sector muy minoritario de la oficialidad se atrevía a exponer, siempre con sordina y prudencia, sus críticas. El grueso de la institución permanecía encadenado a una fidelidad casi religiosa al Caudillo de la Victoria: Cuarenta años de dictadura los habían acostumbrado a obedecer como nunca lo habían hecho los militares en la historia de España. Franco los había tratado inflexiblemente y con sueldo corto, compensado con ideología y servicios. Además, remacha Cardona: Todos sus generales habían hecho la guerra civil y la mayor parte de los militares eran franquistas de corazón. Lo eran también cuando a la muerte de Franco, su sucesor, Juan Carlos, empieza la tarea democratizadora. No conviene olvidarlo a la hora de enjuiciar el proceso de la transición. Aquel Ejército era incapaz de enfrentarse con un enemigo exterior, pero para Franco y sus ministros militares salvo alguna excepción como el propio almirante Carrero, enamorado de un proyecto de fuerza nuclear y una Armada más potente aquello no era ninguna preocupación, sobre todo después de los acuerdos con los Estados Unidos. España había sorteado la Segunda Guerra Mundial, sin otro coste que el de la División Azul, y se beneficiaba de los efectos de la Guerra Fría como reconocible paladín anticomunista. El Ejército desempeñaba la tarea primordial de controlar el espacio interior, y a ello obedecía el despliegue territorial de la mejores unidades. Madrid podía resultar más peligroso que el Estrecho. La memoria del 36 operaba en plenitud 40 años más tarde y estuvo a apunto de demostrarse dramáticamente eficaz un 23 de febrero, fecha a partir de la cual debemos y queremos considerar cerrado el ciclo intervencionista del mal llamado poder militar en el rumbo de la nación española. Es importante leer la abundante bibliografía de Gabriel Cardona, desde su Historia del Ejército(1982) hasta Franco no estudió en West Point (2002), y ahora esta descripción descarnada, pero en la que late el desgarro de quien ha vivido la frustración de no haber podido actuar desde dentro de la organización militar para transformarla. Y es que Cardona, fundador de la UMD, narra también, desde la melancolía, los esfuerzos de dos centenares de oficiales, algunos de ellos surgidos de colectivos católicos como Forja y alguna revista militar de escasa y perseguida difusión, por profesionalizar nuestras Fuerzas Armadas (muy significativa y sorprendente la narración de las dificultades para crear un simple núcleo de paracaidistas) y acabar con su función desnaturalizada como potencial fuerza represiva. Resulta inútil, a estas alturas, pensar cómo se habría desarrollado la transición, el diálogo y la negociación entre los reformistas del régimen y la oposición, si el mensaje de los oficiales de la UMD hubiera calado en la oficialidad española, pero no es descabellado especular sobre la idea de que el desconocimiento de la realidad la fuerza real del otro determinó las conductas. Gabriel Cardona no avanza tampoco una hipótesis. En el párrafo final de su libro escribe: Estaban acostumbrados a obedecer y adoraban al general que había muerto. Su sucesor era el incógnito Juan Carlos. Nadie sabía si en los militares iban a pesar más los sentimientos o la disciplina. Aquella era la gran incógnita del posfranquismo... Afortunadamente, el 23 de febrero de 1981, por lo menos en algunos altos mandos militares, se impuso la disciplina y, paradójicamente, la obediencia al testamento de Franco. Uno de los generales que contribuyó más esforzadamente a parar el golpe, lo confesaba paladinamente al ministro del ramo: No se equivoque, ministro, mi corazón estaba con los golpistas, pero tenía que obedecer el mandato de servir lealmente al sucesor del Caudillo. Será verdad que, a veces, Dios escribe derecho con líneas torcidas. Pero, por si acaso, a Dios rogando y con el mazo dando. |