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Nº
578 - 17 de noviembre de 2003
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Un día más con vida, de Ryszard Kapuscinski OTRA LECCIÓN DE PERIODISMO Por Juan Cacicedo La figura de Ryszard Kapuscinski (Pinsk, 1932) empieza a recibir en nuestro país el amplio reconocimiento que merece. Su reciente estancia en España, con motivo de la entrega del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2003 y la inauguración de su exposición fotográfica, África en la mirada, nos ha permitido conocer de cerca a este excelentísimo reportero y escritor polaco que habla media docena de lenguas, entre ellas el castellano, y que está considerado desde hace ya algunos años como el periodista de mayor prestigio del planeta.El prestigio de Kapuscinski se asienta, en primer lugar, en la extraordinaria calidad de su trabajo en el que, más allá de la información, brillan la reflexión y las ideas, todo ello expresado con un altísimo nivel literario. A esto hay que añadir su compromiso solidario con los pueblos más desfavorecidos de la Tierra, que en Kapuscinski tienen una voz con autoritas para llamar constantemente la atención de las conciencias del mundo desarrollado. El escritor Paul Auster ha llegado a decir de él: no puedo pensar en otro escritor o novelista vivo, poeta o ensayista cuyo trabajo sea más importante para mí. La editorial Anagrama, que había editado hasta la fecha casi toda la obra de Kapuscinski, ha aprovechado para reeditar todos los volúmenes y publicar el que aún faltaba: su primer gran trabajo, Un día más con vida, que es, según apreciación del propio escritor, su mejor obra. Una opinión con la que no hay por qué estar forzosamente de acuerdo. Será, quizás, la más querida por Kapuscinski, y hay que ser comprensivos con esa debilidad bíblica por los primogénitos; pero siendo todas sus obras extraordinarias, después de haber publicado El emperador, Ébano o El imperio, resulta muy forzado situar una por encima de todas las demás. Un día más con vida es, en cualquier caso, una obra excepcional. Periodismo y literatura se funden en fructífera simbiosis y uno llega al convencimiento, por enésima vez, de que la realidad, cuando está magistralmente contada, siempre será superior a la mejor de las ficciones. La realidad, en este caso, es la de la Angola de mediados los años 70 del pasado siglo, en pleno proceso de independencia y con una guerra civil que abrasa el país de Norte a Sur y de Este a Oeste. Un país que, para hacernos una idea, ocupa un territorio 14 veces mayor que el de Portugal, o, lo que quizás sea más gráfico, que el de Francia, la antigua Alemania Federal, Gran Bretaña e Italia juntas. La UNITA de Jonas Savimbi y el FNLA, de Holden Roberto, le disputan el territorio al MPLA que encabeza el médico y poeta Agostinho Neto. Las injerencias externas en apoyo de uno y otro bando completan el mosaico bélico. Da lo mismo quién gana esta guerra, porque en realidad la pierden todos. Lo importante, como nos recuerda una de las sentencias que actúan como pórtico del relato, es que No hay vida en la guerra. En un escenario de auténtica pesadilla ¡qué guerra no lo es! se producen ofensivas y contraofensivas. Y en medio de este espectáculo hay un periodista que se empeña en vivirlo de cerca para contarlo, aunque para ello tenga que jugarse la vida. Lo hace compartiendo peripecia con algunos jóvenes combatientes cuyos destinos, en ocasiones trágicos, acabarán conmoviendo al lector. El relato se inicia con la descripción de una Luanda espectral de la que han escapado, o están a punto de escapar, todos los europeos. Conseguir cajas para empaquetar las pertenencias se convierte en la principal actividad de los habitantes de una ciudad condenada a muerte. La profundidad literaria y el tierno sentido del humor con que nos hace partícipes del drama humano que se está viviendo dan lugar a algunos pasajes realmente antológicos: Aparecieron especialistas que se autoproclamaron auténticos expertos en cajología toda una legión de arquitectos autodidactas versados en el arte de montar cajas y, al mismo tiempo, estilos, escuelas y corrientes de este arte. Y, por supuesto, también en esto hay categorías. Las cajas de los millonarios, por ejemplo, resultaban imponentes. Algunas cajas dice tenían el tamaño de pequeñas casas de verano ( ) Albergaban salones y dormitorios enteros, sofás, mesas y armarios, cocinas y neveras ( ) Las cajas de los pobres son mucho peores, unas cuantas clases por debajo ( ) No pueden optar por un distintivo de calidad porque sus acabados dejan mucho que desear. La voluntad literaria del periodista polaco no pierde tensión en ningún momento. Tras el abandono de la ciudad, escribe que ésta se convirtió en un esqueleto desnudo pulido por el viento, un hueso roído que sobresalía de la tierra en dirección al sol. Pero aún quedaban los perros; perros de compañía abandonados por unos amos que habían huido en desbandada. Se veían perros vagabundos de todas las razas, incluidas las más caras ( ) El espectáculo que ofrecían a la vista era igual que el de una exposición internacional de perros de raza. Pero al marcharse también el ejército portugués, cuyos soldados los alimentaban con sus raciones, conservas de la OTAN, los perros acabaron finalmente por abandonar la ciudad. El episodio de los perros lo remata Kapuscinski de manera magistral: Se puede suponer que en la manada surgió un líder enérgico que sacó a la familia canina de la ciudad tocada de muerte. Si los perros se dirigieron al norte dieron con el FNLA. Si fueron hacia el sur, con UNITA. Y si tomaron rumbo al este, hacia NDalatando y Saurimo, es posible que llegaran a Zambia, luego a Mozambique e incluso a Tanzania ( ) Después de la salida de los perros, la ciudad se sumió en un estado de marasmo absoluto. Así que decidí marcharme al frente. La guerra que nos cuenta Kapuscinski es, sin embargo, una guerra que no tiene frente. O, mejor dicho, que tiene infinitos frentes: El frente está en todas partes y en ninguna. Esta tierra es demasiado vasta y los hombres demasiado pocos para que exista una línea de frente. A diferencia de otras guerras en las que el frente se puede dibujar mediante una línea continua de trincheras y alambradas, aquí nuestro frente no forma líneas sino puntos, que además son móviles. Hay cientos de frentes porque hay cientos de destacamentos ( ) Ahora somos un frente potencial de tres personas ( ) Si caemos en una emboscada nos convertiremos en un frente real. Hay un pasaje en este libro que resume el espíritu que anima toda la obra de Kapuscinski y que ofrece la clave de su singular mirada. Después de haber dejado atrás una Luanda abandonada hasta por los perros, pone rumbo en dirección hacia el sur del país, donde se encontraba el frente más débil, el más abandonado, el peor organizado y el peor armado. En Benguela, el periodista polaco se enfrentará a la disyuntiva de retornar a Luanda o de seguir más hacia el sur, hacia Lubango, una zona para la que no tiene salvoconducto y donde los peligros son evidentes. No hace falta decir cuál es su decisión, pero sí son enormemente ilustrativas las razones con que la justifica. Dice que, en realidad, en ese momento ni lo pensó, pero que si hubiese tenido tiempo para pensarlo, habría tomado la decisión que tomó de seguir hacia delante, porque considero explica que no debo escribir sobre personas con las cuales no haya vivido, aunque sólo fuera una pequeña parte, lo mismo que viven ellas. Una sentencia para cincelar en granito en el frontispicio de todas las facultades de periodismo del globo terráqueo. Un día más con vida es también un claro ejemplo del destino nómada de Kapuscinski. Cuando ha conseguido autorización de su agencia de noticias para regresar a Varsovia, pues en Angola ya no queda nada nuevo que contar, y se encuentra a punto de coger un avión para Lisboa, recibe una última comunicación desde la capital polaca: Escucha, queremos pedirte un favor: que te quedes unos días en Lisboa, donde se viven momentos de tensión, quizás un golpe de estado, y como Mirek Ikonowicz ha tenido que volar a Madrid porque ha muerto Franco, no tenemos a nadie en Portugal. Cubre esta corresponsalía y después vuelve a casa. Ok?. Editada ya en España la obra fundamental de Kapuscinski sólo nos queda esperar nuevos volúmenes en preparación. Suponemos que lo más inmediato serán sus Lapidarium, cuadernos de notas, fragmentos y reflexiones de los que ya se publicó un tomo esta primavera. El periodista polaco, que ha recorrido el mundo llevando en su maleta, como principal compañía, los volúmenes que componen la Historia de Heródoto, está preparando un nuevo libro, Viajes con Heródoto, que homenajea en el título al que califica como primer gran reportero de la historia y del que Kapuscinski es hoy, sin duda, el mejor y más excelso discípulo. Si todavía queda algún licenciado en Ciencias de la Información que aún no ha leído a Kapuscinski ya puede salir corriendo hacia la librería más cercana o dirigirse hacia la Facultad para devolver el título. TODO KAPUSCINSKI Las obras escritas de Ryszard Kapuscinski han sido publicadas en España por la editorial Anagrama en su colección Crónicas y con traducciones de Ágata Orzeszek en el siguiente orden: El Sha o la desmesura del poder
(1987) Además, la misma editorial ha publicado una recopilación de conversaciones editadas y presentadas por la escritora italiana Maria Nadotti bajo el título Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo (2002). Las fotografías de Kapuscinski, fruto de sus viajes por el continente africano, se han publicado hasta la fecha en dos volúmenes: uno editado por la Asociación de Periodistas Europeos bajo el título África en la mirada (2003) como catálogo de la exposición patrocinada por la Fundación Príncipe de Asturias y Cajastur y otro, Desde África (2001), por Grup 62, en su colección Libros Altaïr. |