Nº 577 - 10 de noviembre de 2003

“Globalización e identidades”, de Javier de Lucas

DEL DERECHO A LA IDENTIDAD CULTURAL

Por Josu Montalbán

La globalización, que ya ha tenido lugar aunque aún no se ha consumado, no ha sido un proceso inocuo en lo que respecta al orden social. La sociedad resultante poco tiene que ver con la anterior. Javier de Lucas, que además de catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia coordina la sección de libros de Le Monde Diplomatique, aborda las claves políticas y jurídicas que permiten afrontar las interacciones entre la globalización y la cuestión identitaria, con gran resolución aunque con escasez de certezas. No obstante, el ensayo culmina en una serie de cuestiones abiertas; preguntas aún sin contestación; dudas que, de momento, alimentan en exceso la perplejidad que nos asiste.

La globalización en marcha, desde el punto de vista económico, ya se sabe a qué ideología responde: al neoliberalismo empeñado en implantar un nuevo orden mundial que supere la estructura de los estados, después de que los bloques cedieran en su brutal competición. El comunismo fue el bloque que realmente cedió porque el capitalismo impuso su dominio para convertirse en el instrumento más valioso del poder económico de los grandes grupos y corporaciones, –las archinombradas multinacionales–, que han impuesto sus tesis y han convertido a muchos gobiernos del mundo en sus aliados. De este modo, la Economía ha superado a la Política.

Conforme la globalización se ha ido imponiendo, la antiglobalización se ha ido construyendo. Como subraya el autor, una de las cuestiones abiertas obedece a la presentación del llamado “repliegue identitario”, –es decir a la identidad de resistencia ante la globalización–, como una enfermedad de la democracia, una patología reaccionaria frente a la globalización. Consecuencia del fundamentalismo de quienes pregonan que la globalización es tan buena como inevitable, es la demonización de esa primera identidad que unifica a quienes se oponen a ella. Para que la globalización cumpla realmente los objetivos que se han propuesto sus partidarios, es necesario contrarrestar a sus detractores. Dado que ya son demasiados los que consideran que la globalización tiene claros déficits democráticos, se trata de desacreditar a quienes la combaten como “inintegrables culturales” según el paradigma de las “identidades asesinas”.

Los mitos que se han ido construyendo alrededor de la globalización como superadora de fronteras económicas, como combatiente de nacionalismos y localismos, o como atemperadora de identidades emergentes, han sido fundamentados en conceptos y valores nuevos pero engañosos. Javier de Lucas deja abiertas cuestiones importantes: “...el precio de la igualdad ha sido la uniformidad impuesta y el sacrificio de identidades que no respondan al canon nacional-estatal, substituidas por la imposición de una identidad de legitimidad que al fin y al cabo no resiste la crisis del Estado-nación, y es manifiestamente inadecuada ante los retos de la democracia multicultural”. Pero el triunfo de la globalización lleva consigo una amenaza a la multiculturalidad, lo cual deteriora la democracia: “...la no regulación del mercado global, que constituye la divisa de la globalización, arruina la igualdad y fomenta la exclusión. Arruina al mismo tiempo el refugio de las identidades de legitimidad ante la incapacidad de la mediación estatal y propicia la atomización del vínculo social y el repliegue a identidades primarias, el segundo frente que amenaza el principio de igualdad”.

La simplificación del concepto identitario por parte de la globalización provoca reacciones en quienes no están dispuestos a ser asimilados por términos como la multiculturalidad, el pluralismo y la interculturalidad, que se presentan como las identidades dominantes, por eso “la separación respecto de las identidades dominantes es la clave de la Identidad, como saben bien los inmigrantes y las minorías: las modalidades de integración o de rechazo son factores de identidad y no al contrario”.

No hay demasiadas razones para relacionar globalización e identidad, porque lo que se ha producido con el proceso globalizador ha sido la universalización de las mercancías, mejor, el flujo de capital financiero, sin embargo los derechos humanos siguen teniendo fronteras. En relación con los derechos, la globalización ha producido su progresivo condicionamiento, conformando incluso modelos de ciudadanía cosmopolitas que contrastan con otras ciudadanías (que el autor llama “fragmentadas”) ancladas en identidades primarias.

La potenciación sin límites del Estado-nación pone en riesgo el reconocimiento de identidades culturales a las que se tacha de obstáculos para la construcción de espacios públicos gobernables, “que tiene como precio la institucionalización de la exclusión como coste natural justificado”. De este modo, el ensayista nos introduce en lo que llama “jaula de hierro de la ciudadanía en la modernidad: el vínculo que identifica ciudadanía, nacionalidad y condición de trabajo normal, en el seno del Estado-nación... Este mito se traduce en la presentación de la identidad nacional como presupuesto original y verdadero que no se discute,..., que da por hecho la existencia de una identidad cultural previa subyacente a la nación, al pueblo, y que se presenta como homogénea”. En suma, se pone al servicio de la unidad territorial y política una identidad cultural más que dudosa. El Estado-nación se sirve del monopolio que ostenta como creador de una idea de cultura nacional homogénea sin la cual nunca hubiera triunfado.

En plena construcción europea resulta enriquecedor el capítulo IV del libro, en el que enfrenta cosmopolitismo y patriotismo. Acierta el autor cuando se enfrenta a una compleja disyuntiva: “Para algunos, la receta es cosmopolitismo político ligado al patriotismo o lealtad a la identidad cultural específica. Otros entienden que el cosmopolitismo ha de superar el círculo de la identidad patria, con la que sería incompatible. Y hay quien sostiene que el cosmopolitismo es una coartada tras la cual se esconde el proyecto imperialcolonialista de un patriotismo con capacidad de hegemonía que se presenta como universal y que ha empezado sometiendo la diferencia cultural a su proyecto homogeneizador”. ¿Existe una identidad europea? En todo caso, ¿cabe encontrar rasgos o caracteres identitarios de todos los estados llamados a construir Europa, al occidente de los Urales, desde Escandinavia hasta el Mediterráneo. ¿Qué es el europeísmo? Resulta difícil de definir un concepto que tiene más que ver con la geografía y que, como proyecto aglutinador, comenzó con la creación de una confederación comercial y económica.

Recogiendo un texto de Kundera, el autor recuerda cómo en la Edad Media la unidad europea se fundamentaba en la existencia de una religión común. Después, la religión cedió su sitio a la cultura. “Pues bien, hoy día la cultura cede también a su vez el lugar”, dice Kundera en su texto. Javier de Lucas se muestra muy dubitativo para definir la identidad europea. No hallándola, tampoco duda en afirmar: “creo que una buena parte de los europeístas, internacionalistas y cosmopolitas, en sus esfuerzos por descalificar ese tipo de razón idiosincrática que sería el nacionalismo, ocultan otro tipo de nacionalismo no menos sujeto a los tres defectos que aquellos le critican: belicoso, burgués y localista, que son los tres estigmas con que se acostumbra a identificar a los nacionalismos emergentes y minoritarios”. Impedido, tras las reflexiones, de definir la identidad europea, actualmente, se atreve a pronosticar que “parece haber quedado reducida a la nostalgia de una Europa que se desvanece”.

Circunscritos al contexto europeo, formula algunas cuestiones adicionales que tienen que ver con la inmigración: el desafío que supone la inmigración como marcadora de posibles identidades; la necesidad de la laicidad como exigencia de la democracia multicultural, ante la obsesión con el islam como obstáculo para la reconstrucción identitaria en el proyecto europeo; y, finalmente, la relación entre la futura ciudadanía europea y las identidades nacionales, como “escenario” todavía por definir de la dialéctica de reconocimiento político de la identidad.

Queda claro que el libro consigue el objetivo que Javier de Lucas se ha propuesto, según reza en la contraportada del libro: “He intentado desbrozar argumentos, pero también he querido problematizar lo que, a mi parecer, se acostumbra a simplificar erróneamente”.

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