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Nº
574 - 20 de octubre de 2003
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La sonrisa americana de Xavier Mas de Xaxás El factor americano Por Eduardo Sotillos Hasta llegar al capítulo final de este libro, el lector no se asoma a la esperanza. Pero entonces respira fuerte, mira el calendario, hace cuentas sobre la esperanza de vida, apaga el cigarrillo uno menos puede suponer llegar o no a ese día, y subraya en rojo la frase: Los imperios no sobreviven. Ni siquiera el imperio americano, ese que, según recuerda Xavier Mas, no existe en la concepción de George W.Bush quien, ante los cadetes de West Point, hace un año, afirmó con la misma convicción que anunció poco después la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq que América no tiene imperio que extender ni utopía que establecer. Es verdad, lo de la utopía. Que el imperio americano existe es una certeza intelectual y moral, una evidencia tangible en cualquier rincón del mundo y, cada día más, en esta parcela de Occidente en la que puede acusarse de antipatriota a quien no saluda en posición de firmes el paso de la bandera de las barras y estrellas en el desfile de nuestra Fiesta Nacional. Esta meditación sobre el imperio estadounidense no es sin embargo, como podría deducirse de las líneas anteriores, un panfleto anti-norteamericano. Y ahí radica su extraordinario interés. El autor ha sido, desde 1996 hasta 2002, corresponsal de La Vanguardia en los Estados Unidos, lo que supone haber vivido con intensidad el mandato de Clinton, las turbias elecciones que llevaron a Bush a la Presidencia, y el atentado contra las Torres Gemelas, con las consecuencias que ahora afectan a la comunidad internacional. La visión periodística de Xavier Mas se complementa y este ensayo se enriquece con ello con su formación en historia contemporánea. No estamos, pues, ante una crónica de experiencias profesionales, sino ante un ensayo histórico en el que la reflexión va acompañada por los datos imprescindibles para que el lector pueda trazar su propio camino interpretativo, si es capaz de resistirse a seguir el discurso del autor. Confieso que yo me he encontrado muy cómodo siendo llevado por la mano de un guía perspicaz, tras aceptar, con el ceño fruncido, frases tan rotundas como que Estados Unidos es el cielo protector obligatorio o que aunque no queramos, la defensa de España, al igual que la de los países latinoamericanos, está a merced de la estadounidense. ¿De quién tendría que defenderse España, aventuro, si no fueran los propios Estados Unidos quienes nos señalen los enemigos comunes? Bueno, claro, del terrorismo internacional... perdón, perdón. Los viejos resabios. Pronto, Xavier Mas viene en mi ayuda: Los españoles y los latinoamericanos hace más de cien años que perdemos tiempo y esfuerzos en una rebelión inútil, en una lucha que nos impide averiguar el significado de nuestra dependencia cultural, económica, tecnológica, militar y política de Estados Unidos... Mientras no podamos sacudirnos los miedos y complejos creados por más de un siglo de dominio, opresión e ignorancia estadounidense y aprendamos a ver las esencias y las debilidades del imperio, no podremos aprovechar todo lo bueno que se esconde bajo la chistera del Tío Sam. Buena parte de este ensayo está dedicado, pues, a sacar a la luz esa contradicción que nos hace consumir y gustar los productos fabricados por las multinacionales norteamericanas, que refrescan nuestra sed obligándonos a beber más, o a sentir como un héroe de ficción a un actor contra quien hubiéramos querido votar en California. Flota en el libro un aroma propio de la generación del 98, una introspección sobre la incapacidad histórica de los españoles para dar el salto definitivo hacia la plenitud democrática, que sí reconoce el autor en la sociedad norteamericana. Resulta muy hábil para ese juego dialéctico su paralelismo entre las figuras de Lincoln y Prim. Ambos creían en la democracia y ambos fueron asesinados, tras luchar por ella y atisbar los frutos de su esfuerzo, con cinco años de distancia, pero mientras Lincoln sigue siendo hoy un objeto de veneración en el centro de Washington, en su gigantesco monumento esculpido en mármol, a Prim hay que buscarlo, no sólo en las páginas perdidas de los libros de historia, sino en el caminar sin objetivo fijo por el parque de la Ciudadela de Barcelona. La fuerza del símbolo se entiende perfectamente en esta cita: Es un bronce ennegrecido por los años y castigado por el ácido de la lluvia y los excrementos de las palomas. A diferencia del Valle de los Caídos, convertido en refugio de los admiradores del fascismo español, la estatua de Prim es un monumento vacío, muerto, que ha perdido toda su carga política. La denuncia no tiene, por supuesto el carácter de una quejosa carta al director, con destino final a un concejal de Parques y Jardines, Xavier de Mas extrapola su juicio al estado de salud de nuestra democracia, a la que considerada dañada desde el origen, desde la transición, desde su desinterés por reivindicar la República y admitir que era una herencia del antiguo régimen, con la consecuencia, entre otras, de que en las escuelas sólo se enseñe de soslayo la tragedia que supuso la dictadura, con los 40 años de represión, que condenaron a España a un retraso sociocultural, económico y democrático con la Europa occidental que nunca se ha recuperado del todo. Estados Unidos, por el contrario, apunta el autor de este ensayo, ha dispuesto siempre de una autoridad fuerte y legítima, capaz de proteger las garantías constitucionales a partir de la visión de los Padres Fundadores, inventores afortunados de una democracia presidencialista pero con poderes separados y controlados entre sí, que funciona razonablemente... a cambio de apretar la nariz para no oler a podrido. Para no interrogarse demasiado sobre el origen del cinismo en el que se mueve la clase política que hace las leyes y elige a los jueces en nombre de la voluntad popular, cuando lo cierto es que esa voluntad popular está en casa, dándoles la espalda, viendo un partido de fútbol en la tele, pasando de todo porque sabe que la ley es política y está a merced de las elecciones y de los bancos de favores. Y remata Xavier Mas de Xaxás: Este cinismo conduce a la abolición de la democracia, a su sustitución por una jerarquía burocrática, económica, mediática y militar. Una burocracia secreta que fabrica presidentes... A pesar de esa enfermedad que afea el rostro de Norteamérica, muchos de nosotros seguimos sintiendo una profunda admiración por las aportaciones de buen número de sus ciudadanos al desarrollo de los valores democráticos y por sus hallazgos culturales. Americanas son las voces más críticas respecto a su propio sistema, a veces en tonos tan profundos cita Xavier Mas, por ejemplo, a Jessica Lang o Susan Sontag que si sus expresiones fueran nuestras seríamos acusados inmediatamente de practicar un trasnochado infantilismo anti-yanqui. Americano era aquel juez del Tribunal Supremo, Jackson, que tras declarar anticonstitucional una ley que obligaba a los niños a saludar y rendir homenaje a la bandera (inapreciable recordatorio para tantos farisaicos ultrapatriotas españoles) argumentaba con esta lección de democracia esencial: La libertad para disentir no se limita a las cosas que no importan mucho. Esto no sería más que una sombra de la libertad. La prueba de su sustancia está en el derecho a disentir en asuntos que tocan el corazón del orden existente... ningún funcionario, grande o pequeño, puede determinar lo que es ortodoxo en la política, el nacionalismo, la religión u otros asuntos opinables. Si hay algunas circunstancias que merezcan una excepción no se nos ocurren. El 11 de septiembre puso bajo sospecha a los disidentes. Y no sólo a los ciudadanos de Norteamérica. Las credenciales de patriotismo, de responsabilidad política y capacidad de liderazgo moral se expiden desde Washington. A los españoles que protestan por la guerra de Iraq, pero sobre todo a quienes hacen escarnios de ir detrás de una pancarta, les convendría no olvidar este texto que reproduce Xavier Mas: Hemos sido traicioneros, pero sólo para que, de este mal aparente, pudiera aflorar el bien verdadero. Hemos depravado el honor de América y ennegrecido su cara ante el mundo, pero cada detalle ha sido por lo mejor. Lo escribió Mark Twain como reacción a la ocupación de Filipinas. Y, absolutamente provocador, proponía que la bandera norteamericana ondeara, pero con las barras pintadas de negro y las estrellas sustituidas por calaveras. No se me ocurre que ningún escritor español de hoy se atreviera a tanto. La sonrisa americana es un libro de mil lecturas distintas. Para entender la sociedad USA, ayuda mucho saber que un 98% de los estadounidenses se proclamen creyentes aunque muchos mientan y que sólo un 28% admitan la teoría de la evolución de las especies. De ahí que George Bush confiese que no adopta ninguna decisión sin consultarla con Jesús. A cuánto tiempo estamos se pregunta Xavier Mas de que el Gobierno americano se vea obligado a actuar para impedir que de la ortodoxia y el primitivismo cristiano se pase al fanatismo apocalíptico?. Y eso que el gasto en pornografía supera al efectuado en cualquier otra forma de ocio, incluido el cine... A Dios se le invoca por parte de los dirigentes políticos norteamericanos con mayor frecuencia que en cualquier otro país de Occidente. La Familia, una especie de grupo de presión en el que se integran senadores, congresistas y grandes magnates industriales, organiza un Desayuno Nacional de la Oración, con asistencia del presidente, por cuya asistencia se pagan 425 dólares. Un rabino preside el club que acaba de designar a José María Aznar como Estadista Mundial del Año. Nuestro presidente iniciará su trabajo para los americanos, quiero decir a nivel profesional, no político, dando clases en la Universidad de Georgetown, de los jesuitas amigos de Bush... En este libro aparecen muchas claves para entender por qué. |