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Nº
571 - 29 de septiembre de 2003
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Contra el fanatismo, de Amos Oz PÍLDORAS PARA FANÁTICOS Por Juan Cacicedo Pese a no figurar en la lista de la Organización Mundial de la Salud sobre las más peligrosas enfermedades, el fanatismo es, sin duda, la principal causa de mortalidad y malestar en el mundo que hoy llamamos civilizado. Se trata de una enfermedad altamente resistente a los intentos por combatirla, pues acompaña al ser humano desde sus inicios como especie y no ha habido hasta la fecha tratamiento capaz de terminar con ella. Muy al contrario, casi siempre el remedio ha sido peor que la enfermedad. Sobre todo cuando se ha querido combatir fanatismo con fanatismo. Aquí, ni la homeopatía ha funcionado. La editorial Siruela, en su Biblioteca de Ensayo, acaba de publicar el libro de Amos Oz Contra el fanatismo, un opúsculo que debería figurar en todo botiquín de primeros auxilios junto a la mercromina y la cafinitrina. Consiste en un centenar de páginas en las que se reúnen tres conferencias recientes del escritor israelí. En la primera de ellas, titulada Sobre la naturaleza del fanatismo, sugiere algunas claves para combatir esta enfermedad, partiendo de la base de que el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera. Es, asegura, más viejo que el islam, el cristianismo o que el judaísmo; más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político; más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Amos Oz (Jerusalén, 1939) pasó su infancia rodeado de profetas espontáneos, redentores, mesías y todo tipo de iluminados poseedores de su propia fórmula personal para la salvación instantánea. Fue un niño que tiraba piedras y aprendió a decir en inglés, al mismo tiempo que yes y no, British go home. En su opinión, tanto judíos como cristianos, musulmanes, socialistas, anarquistas y reformadores del mundo, entre otros seres desinteresados, han acudido a Jerusalén no tanto para construirla o ser construidos por ella, como para ser crucificados o crucificar a los demás, o para ambas cosas al tiempo. Todo esto le ha enseñado que hay un trastorno mental muy arraigado, una reconocida enfermedad mental llamada síndrome de Jerusalén: la gente llega, inhala el nítido y maravilloso aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga. Con estas experiencias, Oz dice haberse convertido en un experto en fanatismo comparado por lo que se ofrece como profesor a cualquier escuela o universidad que se anime a abrir un departamento para estudiar este fenómeno tanto desde el punto de vista sociológico como psiquiátrico. En su definición, la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar; en esa tendencia tan común de mejorar al vecino. Por eso cree, y no irónica sino académicamente (suponiendo que ambos términos puedan diferenciarse claramente), que el fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error. El fanático se desvive por uno. La razón que esgrime Oz para afirmar que el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo está en que el fanático tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto. Desde esta perspectiva, Oz sostiene que Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos. Aunque la historia se empeñe en demostrarnos lo contrario, el fanatismo, en opinión de Amos Oz, tiene solución. Hay que empezar por entender la naturaleza del fanático que tiene algo esencialmente sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación. Por eso alberga la esperanza de que inyectando algo de imaginación en algunos, tal vez los ayudemos a reducir al fanático que llevan dentro y a sentirse incómodos. Aunque no sea un remedio definitivo la imaginación tal vez pueda inmunizar parcial y limitadamente contra el fanatismo. Creo que una persona capaz de imaginar lo que sus ideas implican puede convertirse en un fanático a medias, lo que ya entraña una ligera mejoría. La literatura puede ser un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Gogol, por ejemplo, puede ayudar ya que hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Dosis de Kafka y William Faulkner pueden hacer también mucho bien. O del poeta israelí Yehuda Amijai, de quien Oz cita la siguiente frase para mejor expresar estas ideas: Donde tenemos razón no pueden crecer flores. A la literatura añade el sentido el humor cuando asegura haber inventado la medicina contra el fanatismo. El sentido del humor dice es un gran remedio; jamás he visto en mi vida un fanático con sentido del humor. Dice que algunos fanáticos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor; tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo. Sueña Oz con que si pudiera comprimir el sentido del humor en cápsulas y luego persuadir a poblaciones enteras para que se tragaran mis píldoras humorísticas, inmunizando así a todo el mundo contra el fanatismo, puede que algún día accediera al Premio Nobel de Medicina en vez de al de Literatura. Pero él mismo es consciente del peligro que esto tiene: La propia idea de comprimir sentido del humor en cápsulas, de hacer que otros se traguen mis píldoras humorísticas por su propio bien, curándose así de su trastorno, está ligeramente contaminada de fanatismo. Esto le lleva a advertirnos de que el fanatismo es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo. La experiencia en fanatismo comparado de Oz está muy pegada a la realidad del conflicto árabe-israelí, pero puede ser fácilmente aplicada a cualquier otro ámbito. Al fin y al cabo, el virus del fanatismo está, como la gripe o el sida, extendido por todos los rincones de la Tierra. Se encuentra tanto en el individualismo extremo como en el colectivismo más feroz. Todo sistema político y social dice que nos convierte a todos y cada uno de nosotros en una isla darwiniana y al resto de la humanidad en enemigo o rival, es una monstruosidad. Pero al mismo tiempo, todo sistema ideológico, político y social que quiere convertirnos sólo en moléculas del continente también lo es. Lo que ya podemos ir descartando es que la solución a estos problemas quién tiene la razón en lo que sea nos vaya a llegar por iluminación o intervención divina. En la segunda de las conferencias que integran este volumen, Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza, Oz deja claro que no hay otro camino que el del diálogo y el del compromiso. Refiriéndose al conflicto árabe-israelí entiende que el problema no se va a solucionar tomando café. Se requiere algo más que café y entenderse mejor. Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso doloroso. Y es consciente de que la expresión llegar a un acuerdo, a un compromiso, tiene una reputación nefasta en la sociedad europea. Especialmente entre los jóvenes idealistas, que siguen considerando que llegar a un acuerdo es oportunista y algo artero y oscuro que implica falta de coraje. Pero en su vocabulario llegar a un acuerdo significa vida. Lo contrario de llegar a un acuerdo no es idealismo ni devoción. Lo contrario es fanatismo y muerte. En la tercera conferencia, Sobre el goce de escribir y el compromiso, Oz nos cuenta su historia favorita del Talmud: Dos rabinos muy santos Jehoshua y Tafon discrepan sobre una interpretación de la Torá, la ley divina. Discuten y discuten durante días y noches sin comer ni dormir. Tras siete días y siete noches, Dios se da cuenta de que a este paso acabarán muriendo y decide interceder por ellos. Entonces se oye una voz celestial que dice, más o menos, lo siguiente: El rabino Jehoshua tiene razón, el rabino Tafon está equivocado. Ahora, id a dormir. Y el perdedor, el rabino Tafon, volviendo sus ojos al cielo se dirige a Dios diciendo: Dios todopoderoso, has dado la Torá a los seres humanos; por favor, mantente al margen de esta discusión. La respuesta de Dios no se hizo esperar. Pero no consistió ni en un rayo celestial que fulminara a Tafon ni en enviar a éste al fuego eterno. Todo lo que hizo Dios fue decir: Mis hijos me han derrotado. Y se fue, mientras los dos rabinos reanudaban su discusión. Esta tradición concluye Oz esta vena anárquica, de discusión es la cruz de nuestra civilización y resulta que me gusta. Incluso cuando no puedo soportarla, incluso cuando se vuelve contra mí, da la casualidad de que me gusta. Por lo tanto, sigamos discutiendo en la convicción de que será mejor para todos morir por agotamiento que reventados por un misil. De esta forma no habrá que recoger escombros ni enterrar víctimas inocentes. |