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Nº
570 - 22 de septiembre de 2003
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Juan Negrín. La República en guerra de Ricardo Miralles LA MEMORIA INCÓMODA Por Eduardo Sotillos Muchos años antes que Cela, Juan Negrín, último presidente del gobierno de la República Española, hizo suya la convicción de que resistir es vencer. No pudo conseguir que la consigna se demostrara eficaz y le tocó asistir como un exiliado a la fase terminal de una derrota sin condiciones. La crónica de los últimos meses en el campo republicano, las luchas políticas y los enfrentamientos armados que causaron miles de muertos entre los propios desmoralizados resistentes al franquismo, sigue provocando hoy, pasados más de 60 años desde el fin de la Guerra Civil, un enconamiento de posiciones que lastra la colaboración entre la izquierda española. Parecería exagerado afirmarlo si no fuera por los numerosos testimonios escritos, no ya por quienes fueron protagonistas del momento sino por historiadores y biógrafos a quienes podría suponerse alejados de la pasión. Todavía hoy los prietistas reniegan de los largocaballeristas y muchos comunistas de los socialistas. Y viceversa. Besteiro sigue siendo considerado un traidor, sin que la dignidad de su muerte en las prisiones de Franco le haya redimido ante quienes, como Negrín, alentaban a la resistencia confiando en un milagro exterior. Todavía hoy, un viejo amigo, al saber que me disponía a leer el libro de Carlos Miralles, me alertaba con cierta ironía: seguramente no te va a gustar. Pues sí me ha gustado. Y es más: he vuelto a sufrir ante la tristeza retrospectiva quién sabe si ante la tristeza actualizada, aunque con un entorno afortunadamente mucho menos dramático por la incapacidad de la izquierda española de olvidar personalismos y peleas por pequeñas o grandes cuotas de poder frente a la ofensiva unánime prietas las filas- del conservadurismo nacional. La biografía que el profesor Carlos Miralles, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad del País Vasco, ha escrito sobre el doctor Negrín golpea machaconamente sobre dos ideas fundamentales: Negrín no fue quien entregó el PSOE al PCE ni el gobierno a la URSS, y Negrín no fue el causante de la división entre los socialistas. El trabajo del profesor Miralles documenta con nuevas aportaciones, gracias a su acceso a nuevos fondos abiertos a la investigación, la línea reivindicativa de Juan Negrín que ya había establecido Santiago Álvarez en sus dos tomos editados por Ediciones de la Torre en 1994, pero con independencia de la actitud con la que se afronte la lectura y al margen del sabor de boca con el que cerremos el libro, es innegable la necesidad de recuperar para las actuales generaciones la figura de un político que está en la historia común de todos los españoles y de quien, mayoritariamente, sólo se ha escrito para denigrarlo. Como proclama Paul Preston en el prólogo al libro, en esta biografía necesaria no vamos a encontrar referencias apenas una leve pincelada a las tan comentadas debilidades de Negrín por los placeres de la buena mesa y la buena cama, sobre las que se han extendido hasta la caricatura más feroz los panfletarios franquistas y algún historiador revisionista de sus propios entusiasmos pasados que, en su exceso, han llegado a cuestionar incluso la categoría profesional e intelectual del médico vanguardista y valorado como tal por algunas de las personalidades más firmes de la medicina española. Baste recordar su perfecta sintonía con Severo Ochoa o Grande Covián, discípulos de Negrín en el laboratorio de fisiología de la Facultad de Medicina, de la que era catedrático. La incorporación del doctor Negrín a la vida política se produjo durante la dictadura de Primo de Rivera y, como tantos otros intelectuales, optó por afiliarse al PSOE que se presentaba como la fuerza más capacitada para llevar a cabo la travesía hacia una república democrática y socialmente avanzada. Negrín, sobre cuya ideología no ha sido fácil profundizar porque él mismo ha dejado escasos testimonios, fue sobre todo un pragmático, pero parece claro y así lo argumenta Carlos Miralles que durante mucho tiempo era un socialista más próximo a Prieto, incluso a Besteiro, que a Largo Caballero, aunque su primera responsabilidad ministerial fuera como titular de Hacienda en el Gobierno presidido por éste en los inicios de la Guerra Civil. En la primera gran crisis que el socialismo español debió soportar (1934. Revolución de Octubre) Negrín, recuerda Miralles, se alineó con quienes consideraban inexcusable la acción revolucionaria, pese a que nunca fue partidario del ala más extremista del partido, pero manteniendo, junto a Prieto, una evidente distancia de los objetivos finales diseñados por Largo Caballero y, rotundamente, con su discurso que conducía a la implantación de la dictadura del proletariado. También en 1936, tras las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, Negrín apoyó la posibilidad de formar Gobierno, presidido por Prieto, propósito de Azaña que no pudo materializarse por la oposición de Largo y la UGT. En conclusión, escribe Carlos Miralles, ...durante toda la etapa republicana, y especialmente durante el segundo bienio, que es cuando se produjo la escisión del movimiento socialista, Negrín se situó claramente con el sector centrista, apoyando abiertamente las decisiones políticas de Indalecio Prieto de restablecer una especie de entente cordial con lo sectores más avanzados de la pequeña burguesía urbana, a la que, por cierto, Negrín pertenecía socialmente. Confieso que en el párrafo inmediatamente posterior he creído descubrir una de las claves sicológicas de la personalidad de Negrín, de sus dificultades futuras para presidir un Gobierno y, lo que es más grave, de la incapacidad del bando republicano para actuar con firmeza y coherencia frente al golpe militar. Recuerda Miralles: Su comentario de septiembre de 1936, de que el gobierno de Largo Caballero, ya en plena guerra civil, y en el que él se vio forzado a entrar, era peor que la caída de Getafe, encaja, pues, en su línea de pensamiento y en su voluntad política manifestada durante la etapa de la República en paz. Particular empeño pone Carlos Miralles en demostrar que no fue Negrín sino Largo Caballero y éste con el respaldo de una buena parte del PSOE y, desde luego, de la poderosa UGT quien abrió la puerta del Gobierno a los comunistas por primera vez en una democracia occidental, así como en enfatizar que a Negrín no le propusieron como presidente del Gobierno los comunistas, con el apoyo de los delegados de Stalin en España, sino la propia ejecutiva del PSOE. Se leen con especial interés los argumentos y las numerosas referencias documentales aportados por el autor a fin de rebatir la tesis, generalmente aceptada, de que Negrín fue un instrumento de Moscú, una auténtica marioneta de Stalin, en su propósito de conformar una república popular controlada por el partido comunista. La destitución de Prieto como ministro de Defensa ha sido considerada habitualmente como una evidente demostración de la presión comunista sobre Negrín, pero Miralles trae a colación una orden cursada desde Moscú al PCE, por el mismo Stalin, de aprovechar la crisis para salir del gobierno. Frente a las razones de estrategia política de la URSS, interesada entonces por tranquilizar a Londres, los comunistas españoles impusieron su criterio de que ese abandono debilitaría a la República, afectada por la caída de Teruel, y favorecería la postura de los que trabajaban a favor de la capitulación. Y no es difícil entender que Negrín, empeñado en organizar los recursos republicanos en una situación de emergencia, centrado en el empeño de crear un ejército regular resistente a la desmoralización, necesitado del armamento que sólo la URSS podía proporcionar aunque fuera en proporciones menores al que recibía Franco de Italia y Alemania, no quisiera prescindir de aquellos que eran capaces de auxiliarle con mayor eficacia. Al final, marzo de 1939, Negrín cometió lo que se ha considerado como un gravísimo error: sustituir a los altos mandos militares de Levante por otros reconocibles como miembros del PCE, pero dos testimonios de signo ideológico muy contrapuesto aportan luz sobre esa decisión de un gobernante cada vez más debilitado: Ramón y Jesús Salas Larrazábal, en su Historia general de la guerra de España, entienden que el motivo de esos nombramientos no era otro que el de utilizar a hombres enérgicos, capaces de conservar los aeródromos y puertos del Mediterráneo el tiempo suficiente para garantizar la expatriación de los derrotados. Y Palmiro Togliatti, informador de la Internacional Comunista, sentencia: Si ( esos nombramientos) hubieran sido provocadores no lo hubieran hecho mejor. El debate histórico está abierto. Debería ser posible mirar hacia el pasado con la simple pretensión de saber la verdad. Pero también es cierto que para la izquierda española esa recuperación de la memoria, incómoda, es como un grito de alarma ante cualquier amenaza contra la democracia, que es su oxígeno para sobrevivir. |
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Ricardo Miralles, catedrático de Hª Contemporánea NEGRÍN NO CAUSÓ LA DIVISIÓN LA DIVISIÓN DEL PSOE" Por Alberto Reig Tapia Negrín no sólo ha concitado durísimas críticas desde la derecha y desde la izquierda sino que sigue siendo el gran desconocido de nuestra Guerra Civil. Ahora, gracias a su libro, lo será mucho menos. ¿A qué cree usted que se debe este hecho? Es un fenómeno que tiene poco que ver con la historiografía, y mucho, en cambio, con la política. Sobre Negrín se vertió una suma de acusaciones y condenas, por su conducción del gobierno de la República durante la guerra, y después vino el silencio y la ocultación. El cargo principal contra Negrín lo establecieron sus propios compañeros del PSOE, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Besteiro, Araquistáin, etc., y fue el de que durante su mandato, hubo una sumisión absoluta a los dictados del PCE, convirtiéndose Negrín en el dócil instrumento de Moscú. Pero si digo que el del doctor Negrín es un caso de manipulación política es porque creo que, al presentarlo como un colaborador encubierto y taimado de la URSS, libraba al resto de sus compañeros de una responsabilidad que era igual o mayor en dicha política de colaboración. Convendría recordar que fue Largo Caballero el que propugnó la bolchevización del PSOE mediante una fusión con los comunistas en 1935; que él reclamó su entrada en las candidaturas del FP, como condición de participar la UGT; y que todavía en enero de 1937, desde las páginas de Claridad, Largo apelaba a la Unidad marxista del proletariado español. De la misma manera que también convendría recordar que fue Prieto, y no Negrín, el que recomendó al secretario general, Ramón Lamoneda, establecer un Pacto de Unidad de Acción con el PCE en 1937. Pero no sólo han sido sus antiguos compañeros del PSOE los que dijeron que Negrín actuó al dictado de Moscú. Hay toda una tendencia historiográfica, empezando por Burnett Bolloten o Stanley Payne, que sostienen lo mismo Así es, y lo cierto es que esa acusación, pasada por el registro de la historiografía más seria, ha calado aún más en el público. Pero lo grave del caso es que sabemos que esa historiografía se ha nutrido en actores y publicistas como Gorkin, El Campesino, Hernández y otros elementos claramente anticomunistas e incluso, en el caso de Gorkin, financiados con fondos de una organización dependiente de la CIA norteamericana, a los que se les otorgó, sin ningún criterio científico, el carácter de fuentes. En realidad, no eran fuentes de nada, salvo de una lectura de la guerra, y de la política de Negrín en particular, en clave de Guerra Fría. Que bajo ese prisma se proyectara esa imagen de Negrín es comprensible. Sin embargo, lo que deja de serlo es que sigan repitiendo la misma cantinela historiadores actuales de renombre internacional, como François Furet, o Stéphane Courtois en su cebrado Libro negro del comunismo, y mucho menos que uno descubra que la fuente inspiradora es, una vez más, ¡Julián Gorkin! De Negrín también se dijo que fue el causante de la división interna del PSOE, ¿cuál es su opinión al respecto? Esto es insostenible. En realidad, toda la historia del PSOE en la República, entre 1933 y 1939, es de fraccionalismo, de ruptura, y esta realidad es anterior a la presión absorcionista del PCE, que sí que existió, ciertamente. Pero también en este tema ¿no convendría recordar la labor fraccional de Caballero al frente de la Agrupación Socialista de Madrid desde finales de 1935?, o, en el caso de Prieto, ¡acaso no fue éste más responsable que Negrín, que sólo intervino en su resolución, de la crisis de mayo de 1937 que acabó políticamente con el caballerismo dentro del PSOE? Por último, la gran acusación contra Negrín fue la de que su política de resistencia sólo podía llevar al desastre. ¿Cree usted que fue así, o hubo alguna alternativa? Yo creo que no. Desde el primer momento todos los dirigentes republicanos estuvieron de acuerdo en que para hacer frente a una guerra total, una guerra moderna, era necesaria una movilización y una resistencia total, dirigida por un Gobierno unido y fuerte. Todos, incluido Azaña, querían resitir. En lo que diferían era en los objetivos de la resistencia. Pero no todos entendieron que la paz fúnebre, que Azaña había pronosticado si se perdía la guerra de manera completa, era la única salida que ofertaba Franco. Negrín sí lo entendió, y por eso resistió: para arrancar una negociación con posibilidades a Franco; para forzar la implicación diplomática de Francia y Gran Bretaña; o para encontrar un contexto internacional más favorable a la República. |