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Nº
569 - 15 de septiembre de 2003
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Sin Pan y Sin Palabras de Raúl Rivero ESCRIBIR SIN MANDATO Por Josu Montalbán Al parecer, a Raúl Rivero nadie le mandó escribir lo que escribió. En su Cuba natal, sin embargo, le han condenado a 20 años de prisión por un delito de Actos contra la independencia o la integridad territorial del Estado. Este fatal desenlace me produce una pena especial por Raúl Rivero, por Cuba, por los cubanos y por mí. ¿Tendré que desdecirme de algunas cosas que he dicho? ¿Tendré que volver a reflexionar sobre lo que tantas veces he reflexionado? Seguro que sí. Estoy convencido de que los abusos que comete el régimen castrista son de su incumbencia y de su responsabilidad. Pero estoy convencido de que algunos ingredientes explosivos de los que se agitan en la coctelera cubana han sido depositados por agentes externos cuyo objetivo no es el bienestar de los cubanos sino el debilitamiento y el descrédito de un régimen que debió virar su rumbo hace algunas décadas. Preguntar ahora por qué no lo hizo llevaría a muchas respuestas posibles. Lo cierto es que ahora no es posible un viraje tranquilo y sólo la muerte natural de Fidel Castro puede facilitar el cambio de forma serena. Los españoles, tan cercanos en sangre e historia a los cubanos, tuvimos que esperar a que Franco muriese para respirar en libertad y construir la democracia que ahora disfrutamos. Pero no crean que voy a equiparar el régimen franquista con el castrista. Aunque los dictadores suelen acabar por comportarse del mismo modo y las dictaduras suelen llegar a confundirse, Franco y Castro no respondieron a la misma llamada cuando accedieron al poder. Castro derrotó a la dictadura de Batista mientras que Franco se sublevó al poder democrático de la República española. De Franco sólo era posible esperar totalitarismo y atrocidad. De Castro cabía esperar algún gesto que restituyera la democracia a los cubanos, pero la Revolución usurpando la belleza a la propia palabra se ha convertido en la misma horma a la que combatió. Que EE UU haya ejercido durante tanto tiempo el papel de enemigo desestabilizador no resulta razón suficiente para que Castro se haya atrincherado en su cerrazón. Es bien cierto que en tiempos de la guerra fría Cuba se vio obligada a alinearse con el bloque soviético del que recibía la ayuda que sus vecinos yanquis siempre le negaron, pero acabada la guerra fría y desaparecido el bloque soviético, nada justifica la tozudez del régimen castrista que impide convertir la isla en un lugar de convivencia pacífico en el que los cubanos puedan vivir con dignidad. Raúl Rivero lo expresa con claridad: La opinión pública debe ya comenzar a entender que el diferendo entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, los conflictos del embargo, se usan para justificar medidas contra quienes dentro de Cuba quieren expresar sus ideas, reorganizar una sociedad civil, dar a conocer su pensamiento político o decir lo que pasa. La llegada de Fidel Castro a La Habana, triunfador, sobre los tanques llenos de combatientes alegres, supuso una esperanza para quienes vivíamos sometidos a brutos dictadores. La imagen repetida (y vista algunos años después, cuando ya había dejado yo de ser niño), me erizaba el vello y me infundía ánimos. Todo podía ser alcanzado. La valentía era un valor que daba sus frutos. Las dictaduras no eran invencibles. La izquierda era capaz de superar las barreras que parecían infranqueables. ¡Cómo no sentir entusiasmo ante aquellas imágenes tan llenas de dignidad! Pasado el tiempo, Fidel Castro continúa hablando de la Revolución. ¿No son demasiados los más de 40 años pasados como para haberla consumado? Probablemente algo se ha hecho mal, porque Cuba aún conserva en su territorio una base militar yanqui (Guantánamo), convertida en prisión de posibles terroristas. Algo se ha hecho mal cuando Miami se ha convertido en una gran reserva anticastrista. Algo se sigue haciendo muy mal cuando existe en la isla una Oficina de Intereses de EE UU en Cuba, dirigida por un personaje abyecto, James Cason, al que Eliseo Alberto considera en el prólogo del libro un funcionario prepotente, en verdad dañino, petulante, altanero y detestable, una bazofia humana que quiere menos a Cuba que yo a la gallina que acabo de almorzarme Y se extraña Eliseo de que el Gordo Rivero haya sido acusado de colaborar con tan despreciable personaje. Algo se ha hecho muy mal, y hay que achacárselo al régimen que fue capaz de liberar a los cubanos del cerco inhumano de Batista, pero ha devenido en incapaz de convertirlos en cómplices de la Libertad. Raúl Rivero escribe con el alma porque es, además de un informador, un poeta. En su relato Tenencia ilegal de alma asevera: Si un poeta se convierte de pronto en un hombre peligroso para las autoridades del país donde nació no hay que mandarlo a la cárcel; un Gobierno sensato cambiaría su Código Penal. Tal vez sea eso lo que debe hacer con urgencia el Gobierno cubano, porque no es de recibo que la atmósfera que allí se respira sea tan opresiva que acabe por expulsar a tantos poetas, literatos, artistas; en fin, a tantos cubanos y cubanas que desean una Cuba libre y que, sin duda, darían la vida por conseguirlo. (Aquí no deben incluirse los reaccionarios de Miami). El libro está lleno de vida. No es un libro revolucionario. Se trata de un anecdotario salpicado sobre una reflexión profunda en torno a la libertad humana. En su Monólogo del culpable, se considera tal por el único acto soberano que he realizado desde que tengo uso de razón: escribir sin mandato, pero los 20 años de prisión se los han alzado a las espaldas porque aseguran que ha escrito por mandato de los enemigos yanquis. Son malos estos tiempos para quienes creemos imprescindible que nos dejen decir lo que pensamos. Si no te condenan al ostracismo a base de difamaciones, te encierran en un calabozo oscuro del que no pueden salir las voces de denuncia. Es cierto que Raúl Rivero aprovecha las anécdotas para denunciar la falta de libertad, pero no se queda en eso. Su reflexión más importante, contenida en el relato Realismo sucio, incide en la falta de creatividad e imaginación de los cubanos como consecuencia de que el Estado cultiva el aburrimiento, la obviedad y el tedio. El Partido (el único que hay en la isla) marca las reglas y los comportamientos de tal modo que todo cuanto puede ocurrir en la vida diaria de los ciudadanos se sabe de antemano. Está prohibido pensar: No hay espacio para la búsqueda, la curiosidad y la aventura. No hay diablo, ángel, desazón, porque el Estado también delineó esa travesía de carrusel para que esperemos el siglo XXI. Esto, que fue escrito por Raúl en el año 1999 se ha visto tan acrecentado que ha culminado con sus huesos en las mazmorras. En el verano de dicho año denunciaba Rivero: Se está haciendo cada día más tangible la diferencia de nivel de vida de una zona importante de la población y un pequeño grupo de poder. Unos, atosigados por una economía decrépita y en un entorno de abandono y olvido que son sólo destinatarios de un discurso marchito Otros, en la corte, en los pasillos, en los patios y traspatios, en la cocina y garaje de los inversionistas, en el disfrute del mínimo monopolio insolente del lujo. En estas denuncias encuentra un lugar preferente el acoso que sufren quienes están dispuestos a informar con rigor, incluso aunque lo hagan sin opinar. Porque Raúl Rivero escribió siempre sin mandato, pone el grito en el cielo para detestar a quienes prefieren mentir antes que informar. Sin pan y sin palabras aborda las dos grandes miserias que sufren los cubanos. Queda demostrado que Cuba es pobre y, además, que los cubanos están amordazados. De la falta de pan cabe culpar con rabia a EE UU y su bloqueo insolidario e inhumano. De la falta de palabras hay que culpar al régimen castrista, y también a esa oposición que vive opulentamente en la Pequeña Habana de Miami y algunas otras partes elitistas del mundo. También hay que culpar de todo ello a todos los desalmados que viven a costa de un turismo irreverente y despiadado que considera a las famosas jineteras como piezas del propio mobiliario. Tanta escasez y falta de libertad no puede mostrar a los ojos de los visitantes tanta alegría, tanto son, tanta salsa y tanto sexo. Algo falla. El libro de Raúl Rivero debiera haber sido escrito sobre la tez caoba de la nalga de una jinetera para que, entre otras cosas, se enteraran de todo quienes creen que los cubanos y las cubanas sólo están destinados a la concupiscencia. Para que se enteraran y, tal vez, se avergonzaran. A quienes no somos cubanos nos tiene que doler Cuba. Me ha dolido escribir estos pensamientos. Oscar Elías Biscet, un personaje aludido por Rivero en su libro, se dedica a la resistencia pacífica, que considera un plan de Dios. Estoy convencido de que todos los dioses viven en Cuba, aunque vivan olvidados de ella. |