Nº 568 - 8 de septiembre de 2003

“La Tierra explota”, de Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni

TEMBLAD, HUMANOS

Por Eduardo Sotillos

Francia ha contabilizado más de diez mil víctimas por la ola de calor del verano de 2003. En España, las estadísticas oficiales, sin confirmación por deficiencias en el intercambio de datos entre las Comunidades Autónomas y el Ministerio de Sanidad, reducen ese efecto a algo más de un centenar de muertes, pero en  las funerarias, según medios periodísticos, existe constancia de, al menos, diez veces más. Por una vez, la sensación de no haber padecido nunca temperaturas tan altas –una sensación cuyo desmentido provoca habitualmente un regocijo como de suficiencia por parte de los meteorólogos– se ha correspondido con la realidad comprobable en las series históricas. La Tierra nunca ha estado tan caliente desde hace 500 años y bastaría un ascenso de sólo seis grados de temperatura para hacer imposible la superviviencia de las actuales especies, incluido el hombre. No son mensajes apocalípticos, sino advertencias de los científicos de los que cabría esperar, por otra parte, que hubieran sido capaces de anticipar, no ya lo que ocurrirá dentro de varias décadas, sino fenómenos como el excepcional calor de este verano. Claro que, a lo mejor, los expertos que están en condiciones de hacer saltar las alarmas no pueden hacer oír su voz frente a los burócratas que suelen monopolizar las tribunas mediáticas de la ciencia oficial.

No me siento cómodo en la teoría de las grandes conjuras universales, pero desde el escepticismo del observador de la realidad que tiene alguna obligación de comentarla, no puedo dejar de asombrarme ante la displicencia con la que los más poderosos medios de comunicación han abordadado un fenómeno trágico para tantos miles de personas y catastrófico para un número infinitamente mayor en un plazo razonablemente próximo.

El cambio climático no puede relegarse a los minutos complementarios de los informativos de televisión ni a los cuadernillos centrales, junto a la gastronomía o el bricolaje, de los grandes diarios. Las imágenes de un glaciar suizo derritiéndose en el mes de agosto por primera vez en varias generaciones que conservan memoria, no puede alternar con las de unos cuerpos semidesnudos en cualquier playa, tratadas ambas como estampas de la iconografía estival.

La Tierra explota es el título de un libro también explosivo en su contenido. Los autores son dos mentes lúcidas, maduras, arriesgadas e independientes: Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni. Sorprende que la aparición de este trabajo en coincidencia con la manifestación más visible de las denuncias que en él se formulan no lo haya convertido en punto de referencia para algún gran debate. (Pero qué tontería estoy escribiendo, afectado, a buen seguro, por los efectos del calor. ¿Donde están los debates en España sobre cuestiones que no afecten a corrupciones nominales o a navajeos de baja intensidad entre personajillos deleznables de las sobremesas televisivas?)

Cae el silencio sobre cualquier idea que cuestione el desorden admitido por la superioridad. La Tierra explota, denuncia Sartori. No es preciso ir más allá del prefacio para entender que no vamos a abandonar este libro hasta su última página. Si el debate no existe, si las voces sedantes se refugian en un lenguaje descalificador de las proféticas, Sartori se dispone, desde la primera línea, a sacar a la luz las engañosas proposiciones y las taimadas respuestas con las que el sistema , apoyado en el control mediático, glorifica a Lampedussa.

Sartori escribe irritado. Usa frases cortas y secas, como latigazos. Las mentiras, “las tonterías”, escribe Sartori, son del orden de que la Tierra está enferma, pero no es grave; que falta agua, pero se tomarán medidas; que hay hambre en el mundo, pero es por culpa de la mala distribución de los alimentos, o que si existe contaminación atmosférica se trata sólo de que el aire está un poco sucio, pero que nos terminaremos acostumbrando.

Ocurre, sin embargo, y ese es el gran argumento de Sartori, que la verdad empieza a abrirse paso y que, más allá de que se conozcan o no, de que se compartan o rechacen los discursos ambientalistas y los programas ecológicos, “ la gente ha empezado a comprender que el clima no va bien, que el clima está en desorden y que la contaminación atmosférica de nuestras ciudades es una cosa seria”. Esa gente es con la que yo he hablado este verano. Gente sin guía para circular por una situación de riesgo de la que percibe, apenas, algunos fenómenos: “nunca ha hecho tanto calor”,        “ nos estamos quedando sin bosques”, “y ahora vendrán las inundaciones...”. A falta de un claro mensaje que correspondería articular a los políticos con visión de mayor alcance que la rentabilidad electoral, hay que reconocer que tampoco esta vez ha tenido repercusión el llamamiento bien intencionado del Papa a realizar oraciones colectivas implorando las lluvias. La naturaleza ha desoído su recomendación del mismo modo que dirigentes políticos tan supuestamente fieles al Sumo Pontífice como nuestro católico Aznar o su militante ministro de Defensa ignoraron sus rotundas expresiones contrarias a la invasión de Iraq.

No escapa la Iglesia Católica y su actual Pastor a la denuncia de Sartori, para quien el aumento de la población sin ningún tipo de control, y admitiendo las proyecciones elaboradas por Naciones Unidas sobre una tasa de fecundidad como la actual, nos llevaría a una población de 22.000 millones en el año 2050, “con lo que el juego se acabaría, ya entonces, con la Tierra y los terrestres juntos en el cementerio”. En esta carrera insensata y perdedora se hace imprescindible, a juicio de Sartori, que la Iglesia reflexione, admita que hay exceso de población y que debe variar su doctrina sobre la contracepción. Como buen italiano, no minusvalora la influencia del Vaticano, incluso entre quienes no pertenecen a su ámbito normal de creencia. Es cierto que, paradójicamente, en aquellos países que pertenecen, como  Europa, a las áreas católicas más reconocibles, se ha contenido la explosión demográfica: los católicos europeos desobedecen mayoritariamente las doctrinas sobre la contracepción. Siempre puede la confesión borrar el pecado...  Pero es que el Vaticano, razona Sartori, controla también “ votos decisivos en Estados Unidos” y recuerda que la primera decisión adoptada por el presidente Bush fue la de bloquear financieramente la campaña de promoción de la educación para la contracepción en el mundo, como recompensa al voto católico que había sido decisivo en su elección. El alegato va más allá, y los datos caen sobre el lector, implacables: “el Vaticano paraliza, a veces con apoyos fundamentalistas como los de algunos países islámicos, las propuestas sobre control del nacimiento. Y sus misioneros en África no pueden, si quieren seguir siendo fieles al mandato papal, recomendar, frente al SIDA, sino la castidad”.

¿Debería permanecer el Vaticano en esta actitud? Sartori estima que bastaría con reconsiderar las actas de la Comisión sobre el control de los nacimientos que, ocultadas por el cardenal Ottaviani, para propiciar la publicación de la Encíclica Humanae Vitae, no consideraban que la prohibición de las prácticas anticonceptivas tuviera su fundamento ni en las Sagradas Escrituras, ni en la tradición, ni en la teología o en las leyes naturales de la Iglesia.

Si la “parada natural” del crecimiento se produce, según calculan los demógrafos, cuando habiten la Tierra 10.000 millones de personas, será tarde, asegura Sartori, quien nos invita a imaginar, simplemente, cuáles serán los efectos contaminantes de 1.500 millones de chinos que, a consecuencia de su evidente desarrollo económico, cambiarán sus actuales bicicletas por automóviles: “China ensuciará y recalentará la atmósfera mucho más que Estados Unidos”.

Eso será dentro de 50 años. Los hombres que gobiernan esta Tierra agonizante por falta de agua, por desastres ecológicos como el del Prestige, al que menciona expresamente Sartori en su prólogo para la edición española, o por la nube tóxica asiática que es ya “más extensa y mortífera que el smog occidental”, deberían ser egoístamente conscientes –casi renuncio a confiar en su altura de miras– de que ya no estamos ante la perspectiva de un incierto legado para generaciones venideras en un futuro lejano, sino ante un gravísimo riesgo que pueden vivir ellos mismos, pero que, desde luego, van a sufrir sus hijos y nietos. Y parece que la única receta que están dispuestos a aplicar es la de mantener el fuego sagrado de la guerra y la violencia que, desde la creación del mundo, contribuye a eliminar vidas humanas en plenitud. La sangre –ya se ve– parece importar menos que el mal uso de los flujos seminales.

Aunque corresponda a Giovanni Sartori la parte indudablemente más espectacular en el desarrollo de las tesis de este ensayo, sería injusto no valorar la aportación del periodista Gianni Mazzoleni, un veterano con 40 años de profesión en la que ha conseguido éxitos tan notables como provocar investigaciones judiciales seguidas de condenas penales por escándalos de corrupción denunciados en sus trabajos periodísticos. Me conformo con recoger uno de los datos estremecedores que aporta: dos mil millones y medio de personas carecen hoy del agua mínima para su subsistencia digna. Y, como siempre, la pobreza sacude a las mismas regiones y las diferencias son irritantes. En Ciudad de México, cita Mazzoleni, el “agua se extrae de las fuentes subterráneas a un ritmo que supera el cuarenta por ciento de la capacidad de regeneración, por lo cual la capa freática ha descendido provocando el hundimiento de calles y edificios”. Y los ejemplos se extienden desde el Punjab indio hasta la propia Pekín. Tal vez, las soluciones se empiecen a encontrar cuando este fenómeno se visualice en zonas ya amenazadas del subsuelo de los Estados Unidos.

Hemeroteca Inicio