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Nº
565 - 21 de julio de 2003
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Comentario a Jusep Torres Campalans, Ingenio de la vanguardia Max Aub: La verdad en la mentira Por Eduardo Sotillos Max Aub cumpliría ahora cien años. Es justo, pues, que goce del tiempo de recuperación de la gloria que acompaña a la celebración de los centenarios, y que ya es en España tarea institucionalizada a cargo de una Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales que preside Luis Miguel Enciso. A ella corresponde el mérito de haber montado en el Museo Reina Sofía de Madrid una exposición en torno a la obra pictórica que Max Aub atribuyó a Torres Campalans, y que Fernando Huici, como comisario, ha rodeado de otras con la firma de Matisse, Picasso, Mondrian, Chagall, Delanuay, Gris o Modigliani, inevitables referencias artísticas o biográficas de una de las más ingeniosas y eficaces supercherías del arte contemporáneo. Buen tiempo el verano la exposición estará abierta hasta el 23 de agosto para practicar el turismo cultural por las calles de un Madrid que se hace un poco habitable cuando se vacía. Pero, claro, yo debo escribir sobre un libro, y me voy a apoyar en el catálogo de la exposición, porque, es al tiempo, una ejemplar manera de acercarnos a muy distintas y complementarias visiones del propio Max Aub y de su capacidad para fabular la biografía de un pintor que mereció existir, más por mérito de su capacidad de observación y juicio de lo ajeno que por la entidad de la obra propia. Jusep Torres Campalans nació, hijo de la imaginación de Max Aub, en forma de libro, en 1958, en México. Los asombrados primeros lectores conocieron así la apasionante vida de un oscuro pintor nacido en Mollerusa, Lérida, en 1886 como Alfonso XIII o Madariaga y llevado a morir en el convulso Estado mexicano de Chiapas, mediada la década de los cincuenta. Allí asegura haberlo descubierto Max Aub, que pocos años después, ya muerto el pintor, monta una exposición de su obra en la capital azteca. El libro editado por el MNCARS me resisto a llamarlo catálogo incluye una selección de textos publicados bajo los efectos inmediatos de la invención de Max Aub, muy ilustrativos de las encontradas sensibilidades de sus autores, no todos complacientes con la descomunal y provocadora broma del escritor español. Una de las reacciones más airadas lleva la firma de Margarita Nelken, quien en el diario Excelsior escribe indignada: Desde luego, copiar, deformándola un poco, la obra de un pintor de vanguardia, es cosa fácil, al alcance de cualquiera; lo que ya no es tan fácil es el haber creado esa obra. Y todo ese affaire del invento de un Torres Campalans imitador o deformador de los maestros que un día fueron los de un Diego Rivera no tendría más consecuencia que la de demostrar la escasa o ninguna seriedad de una editorial de no patentizar también, y esto sí que es triste, hasta qué extremo se puede entre nosotros pretender burlar a un público al que, por lo visto, unos cuantos no tienen empacho en tener por totalmente ignorante de la evolución mundial del arte. Margarita Nelken interpreta la pirueta de Max Aub como una carga de profundidad contra los pintores, como Braque o Picasso y algunos de sus seguidores en México, por ejemplo Rufino Tamayo que para ella significaban, seguramente, más allá del valor estético, una postura ideológica y de resistencia idealizada por la distancia de los exilios. Y es que la pureza intransigente de Margarita Nelken ignoraba que Picasso era cómplice necesario y entusiasta de la superchería de Max Aub. A Josep Plá le entusiasma, por el contrario lo que califica, en un artículo aparecido en La Vanguardia en 1961, como una divertida e intencionada mistificación. Reseña Plá la aparición en Gallimard de la edición francesa del libro de Aub sobre Torres Campalans y descarga toda su feroz ironía sobre algunos críticos o ensayistas mexicanos que, dando por buena la existencia del pintor leridano, osaban, además, aderezar sus valoraciones con el argumento de autoridad del conocimiento previo del artista imaginado. Escribe Plá: Y el profundo ensayista Jorge Malinos, uno de los escritores más serios y concienzudos de la vida intelectual mexicana, estuvo, como siempre, admirable: Para los que como yo hemos conocido a Torres Campalans, la exposición no ha sido, en ningún caso, una sorpresa: hace veinte años que considero a este pintor como el verdadero iniciador de Pablo Picasso. Es de imaginar la carcajada de quienes, como el propio Picasso, estaban al cabo de la calle de la broma intelectual que dejó al descubierto tanta pedantería insufrible. Hay que reconocer, sin embargo, que Max Aub puso todo su empeño y experiencia como escritor al servicio de su verosímil biografía del falso pintor catalán: A partir de una dedicatoria a Andrè Malraux, en las más de 300 páginas del libro aparece un itinerario minuciosamente descrito de peripecias personales y de encuentros documentados con personajes de la talla de Juan Gris con quien discute apasionadamente Torres Campalans, o de Alfonso Reyes, que es quien en el relato ayuda al pintor a trasladarse a México, como a tantos exiliados. Picasso, por supuesto, es el gran gancho para la credibilidad del relato, ilustrado por una fotografía trucada de ambos elaborada nada menos que por Renau. Eduardo Arroyo colabora en el libro del centenario con un extenso artículo que resume con agudeza el escrito por Max Aub, subraya la minuciosidad con la que se construye el engaño: además de la foto con Picasso aparecen las de los padres de Jusep, dos miserables payeses sacados de un manual etnográfico, y valora la decisiva contribución a la verosimilitud de la farsa que supuso la incorporación del supuesto catálogo que el crítico irlandés Henry Richard Town había preparado en 1942 para la exposición de Torres Campalans nada menos que en la Tate Gallery. Lástima que un bombardeo alemán acabara con la vida de tan notorio valedor de la obra del hijo de Max Aub... Resulta muy tentador ahora, disponiendo de todos los datos del engaño literario, mofarse de quienes cayeron en él y extrapolar el escarnio a los tiempos presentes. La crítica de Margarita Nelken no entraba en la valoración de la pintura de Torres Campalans sino que trascendía al problema ético del engaño. No es el caso del gran pintor mexicano Alfaro Siqueiros. Citado por Jesús M. Lozano en un artículo aparecido también en Excelsior en 1952, declara haberlo conocido personalmente en el París de 1919 y que lo trató íntimamente en el transcurso del 20 al 21. Afirma con absoluta seguridad que Diego Rivera lo frecuentaba y que Orozco llegó a olerlo en su última época. La mentira se complementa, sin embargo, con la verdad: fue un malísimo pintor, cuyo espectro deambula por el mundo entero. Irritado, a buen seguro, por algunas de las consideraciones que Aub pone en boca de J.T.C, Siqueiros aprovecha para formular una declaración de principios y pasar factura a los consagrados: Pero sería incompleto el relato sobre el interfecto es lo que le faltó a su descubridor Max Aub, si no se dijera que éste no es sólo el retrato de los hijos y de los nietos de la llamada Escuela de París, sino también el retrato fiel de los abuelos y de los padres que conocemos con los nombres de Kandinsky, Picasso, Chagall y centenares y centenares más, formados o deformados (es el caso de Picasso), por la organización financiera publicitaria del mercado artístico de Nueva York. El ortodoxo militante que es Siqueiros desprecia los rasgos anarquistas y bohemios de la criatura de Aub a la que contrapone su ideal: ...es precisamente el ejemplo vivo de lo que no deben ser en la práctica los pintores del México realista, heroico, monumental, ligado a los problemas del hombre anhelante de una artesanía superior... Gracias al montaje de Max Aub podemos asistir a un vivísimo debate histórico, no concluso, sobre la misión del artista y el peso del compromiso político sobre la libertad del creador. Este es, a mi juicio, uno de valores colaterales la exposición del Reina Sofía y concretamente del libro que la acompaña. Para que la reseña sea completa y útil sólo falta que les oriente a la lectura de los trabajos de Fernando Huici, Eduardo Arroyo y Carlos Pérez, medulares en la obra, así como de los testimonios que la acompañan. En uno de ellos, un original mecanografiado, el propio Max Aub desentraña la clave de su trabajo: ¿ Qué fue de la vida de J.T.C? ¿Historia, novela? ¡Qué más da! Importa que siga siendo, que la ceniza se haga bulto. Que quede vivo en la imaginación de los demás, entrando a ala parte. No tendieron a más mis medios, como no fuera de paso a enseñar, con tan buen ejemplo, el cobre de tanta farsa pictórica, montada en oro. Me limito a añadir las negritas y le ahorro cualquier moralina. |