![]() |
||
|
Nº
564 - 14 de julio de 2003
|
|
Historia de España, de Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá MANUAL DE AYUDA PARA ESPAÑOLES Por Eduardo Sotillos Ser español resulta más sencillo que sentirse español; por eso, detrás del debate sobre la enseñanza se viene ocultando otro más profundo: el del temor a que los planes de estudio en ciertas Comunidades Autónomas ofrezcan una visión reduccionista del espacio geográfico y la memoria histórica del territorio, aislando los conocimientos del conjunto del Estado, y obviando la referencia a un proyecto común español. Parece, sin embargo, que no existe un monopolio del disparate, y que frente a algunos ridículos excesos en los textos de enseñanza, ante los que siempre puede actuar la Inspección del Estado, se ha utilizado la artillería más gruesa para descalificar globalmente el margen de autonomía derivado de las normas estatutarias y constitucionales. En oposición al pesimismo con el que, a niveles internos, parecemos juzgar el tratamiento que recibe la investigación histórica en España es frecuente que se intercambien acusaciones de sectarismo, revisionismo interesado, etc. un congreso de historiadores, hispanistas mal que les pese el adjetivo, desarrollado en la Universidad Complutense de Madrid, concluía en un consenso sobre la equiparación, en pie de igualdad, de los trabajos contemporáneos sobre la historia de España con los que se realizan en el resto de Europa. Particularmente expresivas son las declaraciones Gabriel Jackson : La historia de España hace tiempo que ha dejado de contarse como si fuera diferente a la historia del resto de los países europeos. [...] pero no hay que olvidar que siguen existiendo posiciones más próximas a la herencia católica y conservadora y otras que son más seculares y progresistas. Con la Historia en la mano, como si fuera una pistola, nos enredamos los españoles en constantes querellas. Lo que fue ayer ¿pero sabemos realmente lo que fue ayer? sirve para justificar lo que es hoy o la meta que queremos alcanzar mañana. Estoy pensando, naturalmente, en el diseño final del Estado de las Autonomías, en las reivindicaciones nacionalistas, tanto las de la periferia como las del centro, pero también en la peligrosa neutralidad, la denunciable falta de iniciativa pública, para integrar a los ciudadanos españoles en una visión amplia, sin rencores ni papanatismos, de ese nuevo marco de convivencia que es la Unión Europea. Es ridículo, claro que sí, que se pretenda ocultar el origen de un río o el trazado completo de una cordillera, para situar a una Comunidad en el limbo de la balsa de piedra. Pero lo es también despedir a las aguas del Tajo o del Duero en la raya de Portugal. O reducir la Historia del país más vecino al corto periodo de unificación con los felipes. Europa se construye a golpes de voluntad política, con mayor convicción por parte de algunas minorías dirigentes y gracias al impulso de personalidades singulares que por el resultado de una conciencia colectiva. El mercado, la moneda, pronto una Constitución, van rompiendo fronteras, pero sin la adecuada correspondencia en el esfuerzo por llevar a los europeos hacia una ruptura emocional con las viejas banderas y hacia una lectura sosegada de la historia común. No creo equivocarme al afirmar que, al menos entre los españoles, el aspecto más conocido de la próxima Constitución europea que deberemos votar en referéndum es el debate sobre la mención a la herencia cristiana en el prólogo de la Carta Magna... La revisión de los libros de texto para adecuarlos a la comprensión de los lazos europeos no ha pasado de ser una sugerencia sin fortuna. Y, tal vez, resulte prematuro y hasta contraproducente poner el acento en una cuestión tan polémica y sensible como que afecta a los orgullos y vergüenzas nacionales del pasado que ya son parte del imaginario de los pueblos. Viene a cuento este largo exordio por la publicación de una Historia de España una nueva forma de leer y entender nuestra historia de la que son autores tres grandes especialistas en cada uno de los periodos en que se ha dividido la obra: Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá. No es hora de descubrir aquí la solidez de sus respectivos expedientes académicos, sino de valorar el resultado conjunto y la unidad de estilo alcanzado, bajo el criterio editorial de ofrecer en 500 páginas una visión tan profunda como amena, tan documentada como ágil, de 13 siglos de aventuras y desventuras de quienes poblaron estas tierras a las que los romanos llamaron Hispania. Julio Valdeón inicia el libro con la mención a la batalla de Guadalete, en la que desaparece la monarquía visigoda, y donde sitúa una de las singularidades del pasado histórico de España: la influencia del Islam, ausente en la mayor parte de los países integrantes de la Europa cristiana en la Edad Media. No falta, sin embargo, una referencia muy ilustrativa al sucesivo asentamiento en la península de diversos pobladores, desde el Homo antecessor de Atapuerca hasta el proyecto de unificación con Recesvinto, apoyado en la promulgación del Fuero Juzgo que resultaba de aplicación tanto a la mayoría hispanorromana como a la minoría visigoda. Nos recuerda Valdeón, por supuesto, el temprano influjo del cristianismo, que iba a convertirse en uno de los más firmes puntales del futuro de las tierras hispanas, importado en los tiempos del imperio romano y desarrollado en plenitud por la monarquía visigoda tras el abandono por Recaredo del arrianismo en el III Concilio de Toledo. Ya entonces se luchaba contra los indómitos vascones y se perseguía a la minoría judía, contra la que se descargaba el dolor por las mortandades de la peste y las hambrunas de las malas cosechas... Debo vencer la tentación de trasladar a este comentario responsabilidad de un periodista las múltiples anotaciones que, con un peligroso ejercicio de lectura comparada y un inevitable regusto por la aplicación a los días de hoy de las experiencias del pasado, he ido haciendo en los márgenes de este libro, pero la tentación es muy grande, gracias precisamente al lenguaje utilizado por los autores. Qué sugerente resulta, por ejemplo, que se nos señale como iniciador del librepensamiento a un habitante de al-Andalus, Ibn Masarra, heterodoxo frente a la doctrina oficial del califato. O recordar que Alfonso XI murió víctima de la peste negra en 1350 cuando se empeñaba en la conquista de... Gibraltar. El relevo al relato de Julio Valdeón lo toma Joseph Pérez con la afirmación de que En 1474 se inicia el periodo más brillante de la historia de España: los Reyes Católicos transmiten a sus herederos un instrumento eficaz, un Estado castellano, coherente, fuerte, dinámico... El extenso periodo que abarca el trabajo de Pérez nos lleva por la construcción del imperio merced a Carlos V y Felipe II, por su decadencia durante los reinados de los que denomina los Austrias menores, y por las esperanzas puestas en los primeros Borbones, hasta el desastre de la guerra de la Independencia. Para consumo de generaciones a las que se nos educó en la idea de la suprema decisión de Isabel y Fernando de forjar la unidad de España, resultará muy útil acceder a la página 166: Los Reyes Católicos no fundan la unidad nacional de España. Lo que se inicia en 1474... es una mera unión personal. Y encima, se rompe el tópico: el lema Tanto monta, aclara Pérez,no fue nunca la divisa de los soberanos, sino sólo la del monarca aragonés. Fue idea de Nebrija para dar sentido a la presencia conjunta de un yugo y un nudo gordiano en las armas de don Fernando. 20 páginas más tarde, el lector comprueba la verdad de esa fragilidad del proceso unitario: hubiera bastado con que don Juan de Aragón, hijo de don Fernando y de doña Germana de Foix no hubiera muerto a las pocas horas de nacer, para que Castilla y Aragón hubieran vuelto a separarse, como antes del matrimonio de Isabel y Fernando. Las 200 páginas en las que Santos Juliá condensa su interpretación de los siglos XIX y XX, se siguen con el mismo interés que una novela clásica. El historiador nos hace sentir el desgarro por el fracaso de tantos intentos progresistas, el estupor por el empecinamiento en desbaratar Constituciones que nos hubieran convertido en un pueblo libre y democrático, y las sobradas razones para que fructificara el difuso sentimiento anticlerical y antimonárquico que nos ha acompañado en los escasos momentos revolucionarios. Santos Juliá no elude la actualidad, y su última reflexión nos conduce ¿cómo no? de nuevo al problema irresuelto de la articulación de las demandas nacionalistas, catalanas y vascas, en el texto constitucional. Nos encontramos, otra vez, concluye Juliá, con que el objeto de discusión vuelve a ser, como la sido tantas veces en los dos siglos pasados, la Constitución misma... Mis hijos tienen la recomendación expresa de leer esta Historia de España durante las vacaciones. Nunca diez euros podrán ser más rentables. |