Nº 563 - 7 de julio de 2003

“Regreso a la razón”, de Stephen Toulmin

LA HUIDA DE COSMÓPOLIS

Por Juan Cacicedo

A sí como los doce apóstoles tuvieron el privilegio de conocer las enseñanzas de Jesucristo de primera mano, sin intermediarios, de la misma manera Stephen Toulmin fue uno de los privilegiados discípulos del último gran filósofo de la historia, el austríaco Ludwig Wittgenstein, a cuyas clases asistió y con el que llegó a trabajar en Cambridge en los años cuarenta del pasado siglo. Toulmin (Londres, 1922) fue testigo presencial de aquel incidente conocido como “el atizador de Wittgenstein” en el que el extravagante pero genial filósofo se enfrentó dialécticamente con Karl Popper y éste, pese a que el aula estaba abarrotada de gente que pudo después contar lo que vio, no dudó en difundir la versión de que había sido amenazado con el atizador de la chimenea.

La trayectoria de Toulmin como filósofo e historiador de las ideas y de los distintos modos de pensar, estuvo muy marcada en sus inicios por Wittgenstein y se ha desarrollado en torno a un tema esencial: cómo piensa el hombre y cómo argumenta. Destacan entre sus obras La comprensión humana. El uso colectivo y la evolución de los conceptos, La filosofía de la ciencia, La Viena de Wittgenstein, El puesto de la razón en la ética, El descubrimiento del tiempo y The uses of argument. Esta última aún inédita en España pero que qua editorial Península promete publicar próximamente.

En su anterior libro, Cosmópolis (Península, 2001) Toulmin fechaba el comienzo de la modernidad el 14 de mayo de 1610, día del asesinato de Enrique IV de Navarra, magnicidio que “asestó un golpe mortal a las esperanzas de quienes, tanto en Francia como en otros lugares, veían en la tolerancia la mejor manera de desactivar la rivalidad entre las distintas confesiones”. “La actitud de Enrique IV con la política práctica –escribía Toulmin– nos recuerda el talante de Michel de Montaigne en el ámbito intelectual. (...). Enrique no permitió que el dogmatismo doctrinal arramblara con el pragmatismo político, como Montaigne no permitió que el dogmatismo filosófico se impusiera al testimonio de la experiencia cotidiana. Los dos hombres llevaron las modestas prerrogativas de la experiencia por encima de las exigencias fanáticas de la lealtad doctrinal y fueron, por tanto (en el verdadero sentido del término) unos escépticos”. El auténtico escepticismo para Toulmin no es “ese dogmatismo negativo que se niega sistemáticamente a aceptar todo lo que no sea totalmente cierto” sino “el escepticismo modesto de los que respetan el derecho de cada cual a tener su propia opinión, una opinión alcanzada mediante la reflexión sincera sobre la experiencia cotidiana”.

El racionalismo cartesiano y la visión newtoniana de la naturaleza, fruto de la segunda manzana más famosa de la historia, nos abrirían las puertas de la modernidad en la que, sin el freno de la tolerancia, imperó una cosmópolis racionalmente ordenada donde todo ocurría de manera predecible y perfectamente reglada. Y si no ocurría así, peor para la realidad, que tendría que atenerse a las consecuencias. La experiencia cotidiana estaba proscrita del pensamiento, y las teorías abstractas se convirtieron en una cárcel para el hombre durante más de 300 años.

Regreso a la razón (Península, 2003), puede considerarse en cierta medida como continuación de Comópolis. De hecho, si en vez de filósofo hubiera sido guionista de cine seguramente habría titulado esta obra La huida de Cosmópolis. En este nuevo libro Toulmin nos habla del retorno a un equilibrio necesario. Del éxodo de la modernidad, con la experiencia cotidiana proscrita de las esferas del pensamiento, hasta alcanzar la tierra de la posmodernidad, que se caracteriza por un abandono del rígido cartesianismo. La superación, en síntesis, del divorcio que durante los últimos cuatro siglos se ha estado produciendo entre las ideas de racionabilidad y racionalidad, “como resultado del énfasis que los filósofos naturales del siglo XVII ponían sobre las técnicas formales deductivas”.

No tiene Toulmin pretensión alguna de que al imperio de la razón formal y dogmática le sustituya el imperio de una racionabilidad centrada en el valor de la experiencia que sólo se atenga a los hechos concretos y reniegue de las teorías. Lo que busca es una restauración de un equilibrio perdido. No se propone elevar a la práctica por encima de la teoría sino “restablecer un equilibrio adecuado entre ellas: reconocer las reivindicaciones legítimas de las “teorías” sin exagerar las atracciones formales del razonamiento euclidiano, y defender las lecciones de la “práctica” real sin denigrar los poderes del argumento teórico”. Toulmin da la razón a John Dewey “al sugerir que el pragmatismo no es sólo una teoría al mismo nivel que todas las demás. Representa más bien un cambio de perspectiva, que equipara el teorizar con todas las demás actividades prácticas”.

Lo que Stephen Toulmin nos intenta decir es que el mundo de las teorías abstractas, el mundo de las certezas absolutas, no nos lleva más que al dogmatismo. “Sustituir –explica– la experiencia substantiva por los axiomas formales debe conducir finalmente a un punto de vista menos dogmático, que permita que puedan descubrirse las condiciones previas de la certeza cotidiana, tan distinta de la certeza matemática, poco a poco, conforme vamos avanzando”.

Michel de Montaigne, héroe de su anterior libro, vuelve a ser referencia en este nuevo trabajo. Montaigne, nos dice, “escribió ensayos coloquiales y prácticos sobre la amistad, los libros, la tragedia, el suicidio, la sexualidad, y -por último- la experiencia general. Su postura no era teórica, y desconfiaba profundamente de escritores que recurrían a teorías abstractas para socavar la verdad de nuestra experiencia cotidiana”. Toulmin se lamenta de que los académicos anglófonos actuales consideren al humanista francés como una figura de la literatura, más que de la filosofía seria y explica como “en el siglo XX, especialmente en Estados Unidos, la filosofía académica se convirtió en una disciplina estrictamente técnica que se preocupaba de teorías abstractas, y las preocupaciones concretas de autores biográficos como Montaigne se ignoraban, generalmente, por considerarse intrínsecamente no filosóficas”. Este prestigio que detentan los estudios académicos que se centran en teorías universales y abstractas explica, para Toulmin, “que a un escritor tan destacado como Santayana se le niegue, como a Montaigne, la calidad de filósofo”.

Toulmin, acostumbrado a analizar cómo piensan los humanos que piensan, dispone de recursos muy didácticos para ayudarnos a entender lo que está tratando de decirnos. Utiliza para ello dos expresivos ejemplos: la manera en que los antiguos griegos y romanos organizaban sus campamentos militares y la forma en que franceses y británicos diseñaban sus jardines. A través del historiador Polibio tenemos referencia de cómo los romanos, una vez habían tomado la decisión de acampar, elegían un emplazamiento para la tienda del cónsul y a partir de ahí todo lo demás se realizaba conforme a estrictas normas; seguían exactamente el mismo diseño y la misma disposición, fueran cuales fueran las características naturales del terreno. “Como diríamos nosotros –resume Toulmin– toda la actividad de instalación del campamento era, para los romanos, una cuestión estrictamente racional”. Los griegos, por el contrario, “elegían cualquier diseño de campamento para adecuarse al trazado del terreno, y a veces colocaban distintas partes del ejército en lugares no adecuados para que nadie estuviera seguro de su propia ubicación en el campamento”.

Comportamientos que guardan cierto paralelismo con el diseño de jardines en la Francia del siglo XVII y la Gran Bretaña del siglo XVIII.  Los franceses abolían las formas existentes de la naturaleza y las sustituían por un trazado decidido con antelación, mientras que los británicos tendían a conservar la naturaleza tal y como la encontraban, mejorándola si la ocasión lo permitía. Este diferente comportamiento, sobre el que Toulmin viene reflexionando desde 1940 con motivo de un viaje que realizó por el valle del Loira, no deja de ser para él “un único aspecto más dentro de un tema más amplio: las maneras sistemáticamente distintas en que las tradiciones francesa e inglesa entendían las ideas de la razón, la racionalidad y la racionabilidad”. Un contraste de actitudes que le recordaban las diferencias entre el racionalista Descartes y el empirista John Locke.

Concluye Toulmin en este libro, con un optimismo insólito en un filósofo, que después de varios siglos de desdén por las opiniones basadas en la experiencia y de subordinación de la práctica cotidiana a la teoría abstracta, “hoy nos encontramos en una situación muy diferente. En lugar de una humilde práctica que responde ante una teoría superior y autoevidente, los dos ámbitos están ahora en situación de igualdad. La teoría no es intrínsecamente superior a la práctica”.

Aboga, por lo tanto, por “una justa división del trabajo” entre filosofía moral y lógica formal, que “tratan de cuestiones generales y abstractas”, y retórica y casuística, que “se centran en problemas prácticos y concretos”. Finalmente sentencia que “está bien reflexionar sobre principios eternos y universales, siempre y cuando éstos estén vinculados con las esferas de la vida que buscan esclarecer; pero ignorar las exigencias apremiantes de la vida diaria, más que loable es deplorable, es el comportamiento de un avestruz intelectual”. 

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