Nº 559 - 9 de junio de 2003

Francomoribundia”, de Juan Luis Cebrián

La transición vista por Cebrián

Por Eduardo Sotillos

Algún día, Juan Luis Cebrián escribirá sus memorias. Podría hacerlo ahora mismo a pesar de no haber alcanzado la barrera de los 60 años, momento a partir del cual los demás se empeñan en situarte en el pasado, por muchas invocaciones que, con la boca pequeña, se hagan a la necesidad de enriquecer la juventud con la cuenta corriente de la experiencia. Muy pocos españoles disponen de un conocimiento superior al de Cebrián sobre los acontecimientos políticos –y aquí incluyo los vaivenes de los medios de comunicación– de los tres últimos decenios en España. Tiene la mirada del periodista, claro, pero también la del protagonista en toma de decisiones, consejos y advertencias, públicas o privadas, que la clase política española, desde la transición hasta hoy, han tenido muy en cuenta. Parece, sin embargo, que el sillón en la Academia motiva en Juan Luis Cebrián un incontenible deseo de medirse en el territorio de la creación literaria –estamos a la espera de una próxima confesión poética– tal vez para responder con hechos a las críticas recibidas por parte de una de las dos Españas cuando, junto a Luis María Anson, pasó a engrosar la nómina de los inmortales. Alguna vez he escrito que el periodismo y los periodistas parecen necesitar acompañarse de alguna aventura literaria, no siempre superior a su obra impresa en hojas volanderas, para recibir la estima y consideración de quienes reclaman la condición originaria de escritores. Aunque su popularidad y sus ingresos deriven fundamentalmente de su concesión al  periodismo.

Juan Luis Cebrián está resultando muy útil en la Academia, precisamente por su condición de periodista y por su interés en los nuevos lenguajes surgidos del uso de la Red. La agonía del dragón, la primera de la trilogía de novelas que va a dedicar a la recuperación de la memoria histórica de los españoles contemporáneos, no fue juzgada con imparcialidad. Pesaba mucho más la biografía que la obra, y el autor no podía esconder sus propias inseguridades asentadas en una seguridad: que estaba haciendo una apuesta muy arriesgada. No era una obra maestra, pero sí tan digna, desde luego, como la mayoría de las que son recibidas por la crítica con amable complacencia.

Francomoribundia es, ya, una novela sólida, con algunos momentos brillantes, por ejemplo, aquellos en los que se acuesta junto al guiñapo en el que se ha convertido el dictador y parece ser capaz de recibir sus últimas confidencias, en un soliloquio que no traiciona su personalidad.

Franco, a través de Cebrián, repasa su vida, justifica sus crueldades, lamenta sus debilidades y llora por la impotencia de no encontrarse con la muerte investido de grandeza. Mantenido en vida gracias a una crueldad refinada, que necesita ganar minutos para asegurar el tránsito, Franco no delira; se expresa como esa caricatura de Napoleón a la que se refirió alguna vez Agustín de Foxá, según recuerda en un libro reciente Rafael Borrás, tanto para recomponer su figura de militar en campaña como para reivindicar la foto de familia con observaciones de buen hijo y buen esposo, marcado en su conducta por la del padre, símbolo de todas sus obsesiones en la cruzada contra las pasiones sexuales. (No he tenido la oportunidad de comprobar si es cierto que a Franco le fascinaba, y le sirvió de guía para su ejercicio del poder, la edición de El Príncipe, comentada por Napoleón, con notas a pie de página en las que el Emperador contrastaba los consejos del florentino con su propia práctica política: él siempre más perspicaz, por supuesto, hasta la derrota final...).

La novela de Cebrián no se agota en la agonía de Franco, si no que va dando protagonismo y voz propia a personajes muy reconocibles, tanto individualmente como en arquetipo, de ese apasionante periodo que fue la transición. No falta el franquista irreductible en sus principios pero comprensivo de los ajenos, esencialmente los de esa juventud que se rebelaba contra el padre y que nutrió las filas de la oposición, ni los fascistas más duros, apoyados por sectores económicos identificables por quien quiera y pueda proyectar su propia memoria sobre el relato de Cebrián, aquellos que salieron indemnes de su última intentona: la mascarada del 23-F. Es precisamente en el escenario del Congreso ocupado por Tejero donde el autor sitúa el que es, a mi juicio, el meollo de la reflexión política de este libro, y su más lúcida explicación de un conjunto de comportamientos que dieron  lugar a esta democracia, tan imperfecta como se quiera, pero perdurable precisamente porque nació de la debilidad y del pacto. Cebrián, que es capaz de traducir los pensamientos del dictador moribundo sin que genere en el lector la sensación de lo inverosímil, desarrolla con mayor credibilidad todavía –es natural que se sienta más cómodo y más próximo– el proceso mental de un joven diputado de la UCD, colaborador con los aperturistas del régimen –hay muchos guiños de simpatía hacia Pío Cabanillas, el grande–  y con buenas relaciones a su izquierda.

Alberto Llorés a través de Cebrián, o Juan Luis a través de Alberto, piensa, más allá de su peripecia personal, desde su vergüenza por no haber ocultado el cuerpo tras el escaño y permanecer impasible, como Suárez, Mellado o Carrillo, en clave de pesimismo histórico, enfermedad cuyas más graves recaídas soportan, paradójicamente, los que transmiten vibraciones progresistas. “No nos realizamos si no nos destruimos, cada episodio de muerte que nos golpea es un hito en nuestra definición como pueblo, aborrezco ni condición de español de la que a veces me he sentido orgulloso, abomino de nuestra horrenda  tendencia a la necrofagia espiritual, nuestro discurrir con parsimonia, con delectación incluso, por los senderos del más allá, cuyos vericuetos parecemos conocer de antaño [...] preveíamos que éste podía ser un país normal, ¡curiosa palabreja!, sin más violencia que la esporádicamente inevitable [...] y ahora el sueño se desmorona como un castillo de naipes, derrumbado sobre la angustia y el miedo de una clase política que ingenuamente había imaginado que todo lo deseable es posible y todo lo posible, realizable”. Al diputado centrista, al que  Cebrián, director de El país, en tiempo real, tranquiliza cuando lanza a la calle una edición extraordinaria del periódico apoyando la Constitución y la democracia, que ve hojear a un oficial a las órdenes de Tejero, debe el lector de esta novela algunos de los más arriesgados juicios sobre los personajes protagonistas de la transición. Alberto Llorés es quien afirma que la Guerra Civil “se organizó con descaro desde las portadas de Abc y este revival lo han ido atizando El Imparcial y El Alcázar”, pero también quien cuestiona durante algunas horas el papel del Rey, del que espera que, en algún momento, explique “por qué no ha escatimado críticas y objeciones a la gestión de su presidente[...] dando pábulo a las insinuaciones de sus enemigos excitando la libido de poder de los socialistas, sugiriendo, callando, asintiendo con el gesto, acerca de la necesidad de un gobierno de salvación, de un gobierno de unidad, de un gobierno de concentración que ponga coto a las autonomías, a la violencia, al desastre del terrorismo...”. Es el diputado centrista, un ente de ficción, quien considera determinante la interpretación que pudo hacerse del desistimiento del Rey en su apoyo a Suárez, para que “los barones del partido, las jóvenes hienas, democristianos de arriba y democristianos de abajo, socialdemócratas de antes y socialdemócratas de ahora, liberales de la mano puesta y de los que no la tienen nunca por si se la quitan...” coincidieran en que era imprescindible acabar con el liderazgo de quien los había reunido en torno a su proyecto... y los había distribuido el poder.

Alberto Llorés, en quien pueden reconocerse tantos españoles, es también quien, tras fracasar el intento de golpe y mezclarse con un millón de ciudadanos tras una pancarta en defensa de la Constitución, confiesa “¡ Ya sabía yo que muchos acabaríamos monárquicos a nuestro pesar!” y recuerda –hace falta hacerlo, todavía hoy– que Juan Carlos , cuando el golpe parecía triunfar, podía haber hecho lo que quisiera, desde remodelar el Gobierno a suprimir las garantías constitucionales, pero que rechazó ese poder “ por la convicción fundamental de que el único basamento firme para su corona reside en el ejercicio de la democracia”. Pero es “cabreante” –usemos de nuevo las palabras de Cebrián adjudicadas al diputado– “ que rebeldes y constitucionalistas acabemos citándole como única referencia”.

No me olvido de la recomendación  final que el autor nos hace a los lectores: “Este libro es una novela, pertenece al género de ficción y como tal debe ser leído”. Sinceramente, he intentado hacerlo así, pero compruebo que lo que el libro tiene de crónica política está más subrayado en mi ejemplar que las pasiones amorosas paralelas. Alguna influencia tendrán, tal vez, las  recientes imágenes de los Reyes presidiendo funerales y paradas militares, aplaudidos, mientras su Gobierno escapa del primer plano en esos escenarios. O será la edad.

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