Nº 557 - 26 de mayo de 2003

“El malentendido”, de Margarita Rivière

AUTOCRÍTICA

Por Eduardo Sotillos

Cuando se publica este comentario todos los medios de comunicación –no vale la pena engañarse– aparecerán con un mensaje central y excluyente de cualquier otro tema: los resultados electorales. Asistiremos a un nuevo ejercicio de prestidigitación que esconde algunos datos y magnifica otros, a gusto del consumidor y en línea con la orientación política determinante en cada consejo editorial.  La batalla de la información abrirá a partir de esta semana un nuevo frente: el de la justificación de los errores en los pronósticos, seguramente también de los que parecen contar con el respaldo de las empresas especializadas en sondeos, y la amplificación de los aciertos. No obstante, a pesar de esa maraña previsible, de esa cortina del disimulo de la realidad, los ciudadanos podrán tener acceso a la tabla completa de resultados y atreverse a hacer su propia lectura. El resquicio de libertad de interpretación permite, todavía, eludir procesos intoxicadores que suelen recibir el más respetable nombre de “evaluación por expertos”. Pues a ello... aunque uno tire piedras contra el tejado de  la opinión, al que se sube periódicamente para sobrevivir a la marea dominante.

En los tiempos que corren no resulta fácil ser, al mismo tiempo periodista y consumidor de información, debe ser por eso que incluso algunos entre quienes acuden con frecuencia a debates radiofónicos o televisivos parecen hacer ostentación de desconocer los datos y opiniones que suministran los medios ajenos al grupo para el que trabajan. “Yo no pierdo el tiempo en leer ( o en ver, o en escuchar) es basura manipulada”, me confesaba en pleno fragor electoral un compañero al que sugería la lectura de un comentario inteligente firmado por un periodista considerado “hostil”. Del enemigo, ni el consejo, parecía defender sin razones.

Algo muy grave está sacudiendo los cimientos del periodismo para que, cada vez con mayor  frecuencia, parezca necesario que plumas veteranas y experimentadas, no necesariamente  víctimas del sistema, y que podrían beneficiarse de una situación de privilegio social y económico, sientan la urgencia de practicar la autocrítica y dedicar algún tiempo a la reflexión sobre la responsabilidad que asumen los medios en la configuración de la conciencia democrática.

El último ejemplo en las librerías es el ensayo de Margarita Rivière, El malentendido, cuyo subtítulo es Cómo nos educan los medios de comunicación. No es el primer trabajo de esta periodista catalana sobre los medios de comunicación, ya que a ella debemos  títulos de referencia obligada como La década de la decencia, Crónicas virtuales, Periodistas, o El segundo poder, pero en este ensayo abre una nueva vía de análisis, muy sugerente, a partir de su denuncia de que los medios han sustituido su  función informadora, la que les es propia, por otra, la educativa, entendida no como un complemento útil para la comprensión del mensaje noticioso, sino como un instrumento para “la creación de preferencias, de valores, de hábitos culturales, de mitos y anti-mitos”. La autora declara expresamente que no se dirige a especialistas, “sino a todos aquellos que desean saber cómo y en qué influyen los medios de comunicación en su vida”. Y lo anuncia después de admitir –tal vez para tranquilizarse ante previsibles reacciones corporativas– que aunque siga siendo periodista, “ juega con la ventaja de saber que su carrera profesional ya está hecha”. Asusta admitir que un libro como éste no pudiera haber sido escrito por un joven profesional que tuviera que abrirse paso en los medios por miedo a cualquier tipo de rechazo o marginación laboral, pero cuando Margarita Rivière lo apunta...

Hay que alegrase, en todo caso, de que existan seniors como ella misma, o como Arcadi Espada, capaces de asumir el riesgo de la crítica gremial y adoptar posiciones de vanguardia respecto a tantos y tantos que piensan como ellos, pero que sólo pueden permitirse el desahogo del desencanto en ámbitos de intimidad porque es difícil practicar el heroísmo en un escenario laboral caracterizado por la precariedad del empleo y un fuerte desequilibrio entre la demanda y la oferta de puestos de trabajo. (Por cierto, que resultaría recomendable que algunas Asociaciones de la Prensa miraran con interés la tarea que desarrolla el Colegio de Periodistas de Barcelona, ejemplar en su tarea de activar el debate profesional y vigilar el cumplimiento de normas deontológicas, aunque tuvieran que detraer algún esfuerzo de su prioritaria dedicación a homenajes y festejos varios).

No hay que buscar en el ensayo de Margarita Rivière el morbo de las descalificaciones personales; no se señalan con nombres y apellidos a los pecadores, sino que se dibujan los pecados y se exponen ideas que, como subraya la autora, “resultan ser más temibles que los grandes escándalos”. Las ideas, sin embargo, se asientan en el relato de algunos hechos escandalosos, como el obsceno anuncio por parte de la Casa Blanca de la creación de una Oficina de Comunicaciones Globales, un efecto colateral del síndrome del 11 de septiembre en los Estados Unidos, organismo pensado “para educar las actitudes de los ciudadanos extranjeros”. Estamos, pues, ante un ejemplo a gran escala de esa tarea “educativa” asignada a los medios, contra la que se rebela Margarita Rivière. Y es que no basta con dominar, casi en régimen de monopolio, los canales  mundiales de información, sino hay que servir las noticias aderezadas de tal modo que se integren en el circuito del pensamiento, sin rechazo, tan deglutida la papilla informativa que se asimile sin esfuerzo y sin rechazo. Menos mal que todavía nos queda Francia, tan celosa de su excepcionalidad cultural, empeñada ahora en construir un canal propio de televisión internacional capaz de abrir alguna brecha, aunque sólo sea una gatera, por la que pueda circular otro modelo de pensamiento que el diseñado por los estrategas norteamericanos.

Cada capítulo de El malentendido daría origen a un libro con entidad propia, tal es la cantidad de sugerencias que se ofrecen. Eso dificulta el intento de hacer una reseña satisfactoria de su contenido, por lo que habré de mencionar algún aspecto parcial, seleccionado por mí, tras la advertencia de que el libro tiene una estructura interna homogénea que se desarrolla coherentemente a lo largo de sus 180 páginas. Admitida esta limitación del comentarista, llamo la atención sobre una idea central que afecta a la incapacidad del ciudadano medio, aquel que consume información con regularidad, para adquirir una visión de conjunto, comprensible, de los fenómenos que se producen a distintas escalas y en diferentes espacios. A partir de una cita del profesor Castells, según el cual “el mundo está dividido en clases: los desinformados, que sólo tienen imágenes, los sobreinformados, que es la mayor parte del planeta, que vive en el torbellino, y los informados, que seleccionan, ordenan y pueden pagar la información”, Margarita Rivière llega a la conclusión de que nos encontramos ante una situación “en la que nadie entiende nada de lo que sucede y, mucho menos, de por qué sucede”. Y el corolario práctico es que a través del dominio de las técnicas de la comunicación por unos pocos asistimos a un proceso unidireccional de adoctrinamiento que llega a parecerse a “una dictadura insoportable”.

Es absolutamente cierto, ya lo ha denunciado vigorosamente Bordieu, que el mayor peligro para la conciencia libre no reside en la falta de información, puesto que cada individuo puede reaccionar, virginalmente, desde su propio código de valores e intereses ante los acontecimientos, sino en la saturación informativa, mejor sería decir seudo-informativa, que produce el efecto engañoso de pertenecer a la sociedad del conocimiento, sin capacidad alguna para decantar los impactos parciales y ordenarlos con arreglo a una lógica causal, que se esconde.

En definitiva, nos encontramos ante una nueva y sofisticada forma de censura, más eficaz que la practicada por métodos convencionales, y que puede camuflarse bajo argumentos tan al uso como la falta de comercialidad de determinadas publicaciones, o los escasos índice de audiencia de  los programas de radio y televisión. La autora de este ensayo lo expresa con clarividencia en las páginas finales : “No ser ‘comercial’ significa, sobre todo, que no habrá masas de personas interesadas en visisones diferentes de la realidad. Y eso es, precisamente, lo preocupante: es posible que los editores tengan razón y la pluralidad social corra serio peligro en nuestras sociedades, hoy ya mucho menos opulentas. Si esto fuera cierto se corroboraría que la educación [...] ha logrado un gran éxito: el mercado ha acallado, al fin, las disidencias”.

Pongamos una gota de optimismo: Margarita Riviére ha encontrado una editora valerosa, y yo un director heterodoxo.

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