Nº 553- 28 de abril de 2003

“Brujos, reyes e inquisidores”, de Emilio Ruiz Barrachina

NI EN NOMBRE DE DIOS

Por Eduardo Sotillos

Desde el privilegiado mirador de una terraza acristalada, colgada directamente sobre el mar menor, disfruto de la más pura exposición de la calma. Sopla un viento abrileño, constante, que obliga a acelerar el paso y apretar los brazos contra el cuerpo a los escasos paseantes engañados por el sol, que mantienen incontaminada la playa. Estoy en un territorio rodeado de explosiones litúrgicas y exhibiciones callejeras de religiosidad ruidosa, espectacular. Los periódicos locales llenan sus páginas con informaciones sobre desfiles procesionales, declaraciones de cofrades y rancia literatura costumbrista a cargo de pregoneros de variadas “semanas santas”.

El dolor por la muerte de Cristo se supone sincero –¿por qué no?– en algunas de esas personas que compran sillas para admirar el despliegue barroco de imágenes y vestimentas. El resto, la mayoría, está allí porque lo impone un calendario de fiestas sacras, preludio de otras paganas que marca la vida de tantos pueblos españoles.

Este año, los cristianos de Iraq han decidido restringir sus celebraciones de la Pascua al ámbito de lo privado. No ha habido fuegos artificiales en la madrugada del domingo de Resurrección para no ofender a sus hermanos musulmanes. Porque han sido cristianos, católicos y protestantes los que han invadido sus tierras y bombardeado sus mezquitas. Este año, en España, en el territorio donde me he recluido, de espaldas a unos fervores que no comparto, el obispo de la diócesis ha obviado cualquier referencia al martirio de la vieja Mesopotamia y ha ignorado las palabras condenatorias de la guerra expresadas por su jefe espiritual. Rodeado por los poderes políticos pertenecientes al bando de los vencedores, su discurso, transcrito con alguna sorna por un periodista infiltrado, sonaba tan vacío como los sermones preconciliares. Sin embargo, todo ese bálsamo, todas las nubes de incienso adormecedor, no pueden ocultar la sensación de justa ira de muchos cristianos de base junto a los que días atrás me había manifestado por las calles de la capital de la región, escandalizados por la inmoralidad de la guerra. Algo muy profundo está sacudiendo las conciencias para conseguir, al menos, que el ministro-costalero haya tenido que buscar excusas para faltar a su cita anual como penitente.

Este largo preámbulo no es gratuito. No podría comentar el ensayo de Emilio Ruiz Barrachina, Brujos, reyes e inquisidores sin mencionar las claves ambientales en las que he efectuado su lectura. No se muy bien porqué seleccioné este libro entre los que iban a acompañarme en estos días de terapia psicológica. Del autor, un madrileño que ha ejercido el periodismo en Colombia durante una década, había leído una novela, Calamarí publicada a su regreso a España en 1998, que obtuvo una merecida resonancia y le facilitó publicar otras. Como ensayista, es autor de una historia de Colombia y un trabajo muy interesante sobre el control de los medios de comunicación por los grupos financieros.

Pues bien, andaba yo sometiendo a mi propia reflexión algunas de las ideas que encabezan este comentario, cuando abrí el libro de Barrachina y, en su índice, descubrí un capítulo titulado Del Cristo perseguido al Cristo perseguidor. Ahí estaba, ordenado, el caos de mi propio pensamiento. Una respuesta razonada al drama que vienen soportando tantos creyentes “a pesar de…” y tantos agnósticos, “a causa de…”: la fractura existente “para algunos, no para la Iglesia –escribe Barrachina–  entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe”.

Para el autor, como para Sánchez Dragó en su Carta de Jesús al Papa el personaje clave en la construcción del edificio teórico y la consecuente organización del cristianismo hasta nuestros días, es Pablo, para el que no se escatiman descalificaciones, entre ellas la más constante, la de manipulador. El corolario es convertir a Pablo en el antecedente de una religión basada en la fe ciega en sus postulados y una obediencia sin reservas a sus dirigentes. Ese programa religioso habría de resultar también muy útil para algunos gobernantes que, desde Constantino, entendieron que podrían reclamarse de un origen divino para imponer la fe ciega  a sus súbditos y  la impunidad de sus decisiones. En palabras de Emilio Ruiz Borrachina, “ los literalistas, Pablo si hay que empezar a colocar nombres, se percataron hábilmente de que el triunfo de una religión así, los pilares sobre los que debía reposar su hegemonía, serían: la implantación de la ideología desde la infancia; el control de la información; la obtención de poder económico y político; la ignorancia y el miedo a la muerte, al castigo en el infinito más allá, el negocio del alma” .

En verdad, si ese fue el diseño de Pablo, justo es reconocer que difícilmente pueda encontrarse en la historia un personaje con mayor visión de futuro, ni que pueda vanagloriarse de una consolidación similar de sus ideas. En la mente de cualquier lector de este ensayo, el párrafo que es reproducido despierta el eco inmediato de cualquier descripción actualizada de los esfuerzos de la jerarquía católica con apoyos sucesivos en cualquiera de sus brazos religiosos o laicos para sobrevivir a través de los siglos, pese a los embates esporádicos de los agnósticos y hasta de quienes profesan una fe combativa contra el credo vaticano.

No resulta ocioso recordar, y así lo hace Borrachina, que fue precisamente Mussolini quien en 1929 otorgó a la Santa Sede la consideración de estado independiente con el estatus que hoy disfruta y que supone “la existencia de un cuerpo diplomático mayor que el de Estados Unidos, sus propios medios de comunicación, órganos de difusión y sistema bancario, y funciona como uno más de los estados globalizantes, con el enorme potencial del mercado de la muerte, la moral y las almas a pleno rendimiento”.

Muy sugerente es el paralelismo que Borrachina establece entre la organización del poder en estos tiempos de globalización y los correspondientes al feudalismo europeo. Ahora, desde un centro de poder que parece difuso, pero al que cada vez más se puede identificar con el asentado en la Casa Blanca, y antes, en las capitales de los reinos, imbricados con el poder horizontal de la Iglesia, dominada desde Roma, la soberanía se asienta sobre la idea del temor a la violencia y a la pobreza, en definitiva a la muerte. La sombra del señor feudal, que garantizaba protección a cambio de vasallaje, se proyecta hoy, a escala cósmica, y es la que experimentamos los nuevos súbditos del nuevo imperio, asustados por la amenaza de oscuros enemigos capaces de utilizar armas nucleares o químicas de destrucción masiva.

El más perverso de los mensajes, repetido hasta la náusea, desde los púlpitos mediáticos, como antes a través de la oratoria sagrada, nos ofrece la salvación, en ocasiones la liberación, si renunciamos a cualquier rebeldía y asumimos la nueva fe cimentada en la antigua.

No está todo perdido, sin embargo, para las mentes libres: todos los imperios han caído por un proceso de destrucción interno, el propio cristianismo a resultado en algunos momentos un elemento subversivo, y debería volver a serlo si se desprende de la ganga de organizaciones –el autor cita expresamente al Opus Dei– en los que “confluyen la tradición integrista de la doctrina y una clara vocación capitalista”. El enfrentamiento demasiado soterrado todavía entre los mensajes de paz y los entusiasmos guerreros que han podido visualizarse recientemente en España, protagonizados por algunos obispos y ciertos políticos miembros del Opus Dei, debería suponer un punto de inflexión en la conciencia de muchos cristianos. Y, en algún momento cuestionar también la legitimidad de unas convicciones religiosas que hacen verter más lágrimas por la imposibilidad de sacar el trono de una Virgen, por causa de la lluvia, que por el holocausto de miles de semejantes.

No todo está perdido mientras existan pensadores como Ruiz Borrachina o el profesor de Etica de la Universidad del estado de California Juan Antonio Herrero Brasas quién, en un artículo publicado en El Mundo, demostraba con argumentos y datos irrebatibles, la estrecha conexión entre la interpretación más reaccionaria del cristianismo y los planteamientos belicistas de la Administración  Bush que puede resumirse en la idea elaborada por los integristas protestantes, según la cual “Dios ha elegido a EE UU como a un nuevo Israel para ser paladín de la libertad en el mundo”.

Pues que Dios nos coja confesados y nos proteja de sus falsos profetas.

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