Nº 552- 21 de abril de 2003

“La vida golfa”, de Javier Rioyo

…QUE HABLA DE BURDELES Y LENOCINIO

Por Josu Montalbán

Cuando me siento a comentar este libro que he leído con gran placer, me surge una duda: ¿puede ser considerado este comentario, idóneo para la sección de Pensamiento y Cultura de una revista seria como El Siglo? Porque este libro de título esclarecedor, lleva un subtítulo muy sugerente como es Historia de las casas de lenocinio, holganza y malvivir. De lenocinio y holganza, pase, pero de malvivir, según la acepción que demos al término. En todo caso malvivirían las mujeres que practicaban el noble oficio de la prostitución que no sus visitantes: reyes, regentes, validos, gobernantes, dictadores, abadesas, frailes, curas, clérigos, asistentes de reinas, padres espirituales, católicos, no católicos, ateos, celestinas, donjuanes, poetas, filósofos, escritores, científicos,  ilustres, perdidos, intelectuales, aristócratas, románticos, seductores, actores, actrices, soldados sin graduación, soldados con graduación, pintores, monárquicos, republicanos, anarquistas, comunistas... Javier Rioyo no deja títere con cabeza en este trabajo en el que recopila pasajes de la literatura de todos los tiempos en los que se relatan andanzas relacionadas con la vida alegre.

Pudiera pensarse que lo narrado corresponde a los  momentos de ocio exclusivamente, es decir, a esos espacios de tiempo que las personas necesitamos para descansar, para airear nuestras mentes enceguecidas por el arduo trabajo de todos los días. Pero no es así. Por las páginas del libro deambulan personajes cuya ocupación más importante fue buscar a las “busconas” en el caso de los hombres, o enredarse con los golfos en el caso de las mujeres. Cierto que han alcanzado los renglones de la Historia por sus otros títulos, pero también es Historia esta de las mancebías, los burdeles, los lupanares, los picaderos, los garitos, las posadas secretas, las fondas camufladas, las casas toleradas, las barras americanas y los barrios chinos. Y no sólo es Historia de la vida golfa lo que se desarrollaba en esos recintos exclusivos, sino que lo son las prácticas de los golfos y golfas por las esquinas del Madrid imperial y señorial, en los pasillos y alcobas de los palacios, en los claustros de los monasterios, en los aposentos de las abadías, entre los parterres de los jardines... Cualquier lugar es bueno para proveer placer al cuerpo, que el alma se rehabilita con el arrepentimiento si se es religioso, o no importa un bledo si no hay dios que aceche.

Lo primero que se desprende de una lectura tranquila del libro de Javier Rioyo es que la Ley Natural con la que se regían  los  primeros pobladores, antes de que aparecieran las primeras formas de Gobierno estructuradas en jerarquías, era condescendiente con las prácticas amatorias y amorosas, desde luego mucho más que las leyes, decretos, pragmáticas y edictos que se fueron dictando a partir de las sociedades más organizadas. Probablemente la prostitución no hubiera llegado hasta nuestros días del modo actual si no hubieran mediado tantas prohibiciones.

Recuerdo las historias de los reyes. Cuando las estudié, siendo un niño, sólo recalé en sus apodos, en las hazañas que tuvieron lugar durante sus mandatos y en sus virtudes. Las enciclopedias y los libros de Historia no se hicieron eco de las andanzas de aquellos hombres garañones y pendencieros que bien podían apodarse “católicos”, pero eso no era óbice para que dedicaran su tiempo –el libre y el ocupado-, a frecuentar mancebías, a generar hijos e hijas bastardos, a deambular por los montes de Venus. Sirva de ejemplo, precisamente, el famoso Fernando que “tanto montaba, montaba tanto” como su esposa, la también desvergonzada Isabel.

Llama la atención lo mucho que se ha escrito sobre este asunto. Desde ensayos especializados hasta pasajes contenidos en narraciones de viajes o novelas, múltiples autores han abordado con pelos y señales todo lo concerniente al viejo oficio. Es difícil cuantificar las personas que han sucumbido a sus encantos y ardides, pero es evidente que ha interesado a muchas. También llama la atención la riqueza de términos usada. A lo largo del libro, recorriendo las diferentes épocas, las prostitutas adoptan muchos nombres: cucas, culiparlas, chumarcafitas, busconas, tusonas, meretrices, izas, rabizas, colipoterras, manflas, furcias, hetairas, daifas, cantoneras, calientacamas, coimas; con todos estos nombres y algunos más se conocen las putas a lo largo de esta magistral historia escrita por Javier Rioyo.

El mundillo de los “malvividores” no es uniforme ni se circunscribe únicamente a la prostitución tradicional. Al lado de ella se mueven todo tipo de truhanes y cantamañanas, muchos de ellos inoculados por formas de vivir propias de señoritos acomodados que tienen sus objetivos de vida tatuados en la bragueta. Hubo tiempos para todo: el tiempo de las mujeres tapadas, enmascaradas, propicio para que aristócratas complacientes y ardientes salieran a la calle en búsqueda de machos, ocultas y anónimas; y el tiempo de las mujeres desnudas y alocadas que mostraban, –encantadoras o no–, todos los recovecos de sus cuerpos.

Si no fuera porque la mayoría de los establecimientos que se nombran hoy ya no existen, el libro podría ser considerado una magnífica guía para golfos, golfas y pervertidos. Pero no lo es porque pone gran rigor en subrayar que se trata de viejas historias recopiladas para mostrar aquel Madrid pícaro y astuto de los alrededores de la Puerta del Sol, en el que la complicidad era un valor importante y un instrumento para favorecer las vidas de aquellas descaradas esquineras de la calle Montera, de los soportales de la Plaza Mayor y de la no menos famosa Ballesta de Madrid.

El libro habla de Madrid porque Madrid ha sido, y aún lo sigue siendo, un paraíso del sexo y la picaresca. Bellamente aderezado con poemas eróticos, sátiras y dichos populares, deja ver que no todo el monte es orégano, que gentes que administraban grandes dosis de poder eran probados impotentes; que mujeres muy pulcras en sus ademanes tratando en las fiestas de sociedad, bajaban a las cloacas a bañarse en basura cuando daban rienda suelta a sus impulsos más primitivos; que clérigos sin escrúpulos se ponían morados aprovechando los secretos de los confesionarios; que sensibles poetas creaban sus rimas entre los muslos de damas caprichosas y experimentadas. Pero, al igual  que en Madrid, las casas de vicio y lenocinio de otros lugares de España participaban de las mismas características, claro está que sin la riqueza de detalles y categoría de visitantes de la capital del Reino.

Puede que, a pesar de mi empeño, no haya conseguido justificar la inclusión de esta crónica en una sección de cultura y pensamiento. Sin embargo, no me cabe  ninguna duda de que los reyes sodomitas no se hubieran comportado del mismo modo en sus labores de regencia si no hubieran vivido vicios como los narrados. Ni Goya hubiera pintado sus majas del modo que lo hizo. Ni las guerras se hubieran desarrollado del mismo modo si no fuera por la actitud de la soldadesca satisfecha. Quizás Ramón y Cajal no hubiera experimentado con tanto acierto de no haber sentido tanto miedo por los contagios venéreos. Estoy seguro que Julio Romero de Torres no hubiera pintado las mujeres morenas con los ojos de misterio y el alma llena de pena, si no las hubiera visto apesadumbradas en la sombra de los burdeles. Y Cadalso, y Moratín, y Cela, y Brenan, ¿acaso creen que se hubieran comportado de igual modo en sus obras si no hubieran tomado a raudales los néctares de las putas madrileñas? ¿Creen acaso que Jaime Gil de Biedma hubiera escrito su Pandémica y celeste si no hubiera probado la gracia de los jovencitos chaperos que se llevaba al lecho? Sin las putas, la Historia (con mayúsculas) habría sido muy otra.

Sirve de ejemplo el poema de Fernández Nieto, recogido en el libro de Javier Rioyo, para ilustrar hasta qué punto las leyes represivas promulgadas por Carlos III influyeron en la cultura de la calle. Todas estas tusonas son nombradas en apenas cuarenta versos: Maruja la Catalana, Nicolasa, Bernabela, La Paca, la Pepa, la Remellada, la Navarra, la Andaluza,  la Roma, la Tuerta, la Gregorica, la Cardenala, la Berguda, la Gorda, la Petrona, la Marica, Periquín, Geromo y el Tabernero. De estas cosas escribían quienes fueron precursores de Javier Rioyo, que asegura que él “nunca pagó en ningún prostíbulo”, quizás para no desentonar con el otro prologuista, Haro Tecglen que también afirma que él “ tuvo siempre una inclinación por estas muchachas: no como cliente, sino como amigo”.

Yo tampoco me acuerdo de haber pagado alguna vez, pero no estoy demasiado seguro.

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