Nº 539- 20 de enero de 2003

“Austerlitz” y “Los anillos de Saturno”, de W. G. Sebald

Contra el síndrome de korsakoff

Por Juan Cacicedo

La narrativa de W. G. Sebald (1944-2001) demuestra con la elocuencia de los hechos la esterilidad de debates como la muerte de la novela, una discusión que parece ocultar cierto deseo escatológico por celebrar un entierro aunque no tengamos finado. La novela actual está hecha de la confluencia de materiales diversos y del mestizaje entre géneros, por lo que no creo que exista forense con suficientes arrestos para practicarle una autopsia a un cadáver que respira. Además, como muy bien definió Cela, una novela es todo libro de más de doscientas páginas en cuya portada aparezca impresa la palabra “novela”. Es decir, que para que muera la novela tendremos que matar antes a la imprenta.

La única muerte que hay que lamentar de verdad en el caso que ahora nos ocupa es la del escritor alemán W. G. Sebald, quien hace un año por estas fechas sufrió un infarto mientras conducía su coche por una carretera de un pueblecito del este de Inglaterra para acabar estrellándose contra un camión. Un desgraciado accidente que nos deja –y esta muerte sí que es auténtica– sin una de las voces más originales y atractivas del panorama literario actual. Con tan solo cuatro libros de narrativa ha marcado un estilo –sin duda apuntado por otros– por el que probablemente discurrirá en el futuro un arte narrativo al que podremos llamar novela, relato de ficción real, realidad ficticia, ensayo disfrazado, autobiografía camuflada, cuaderno de notas, o de todo un poco. Para sintetizar, literatura sin etiquetas.

Sebald nació en Allgäu, Baviera, pero llevaba más de 30 años viviendo en Inglaterra, donde ocupaba la cátedra de Literatura Europea en la Universidad de East Anglia. Su vocación de escritor se destapó a los 40 años y su obra la escribió originalmente en alemán, su lengua materna. Pero como su lengua de uso diario era el inglés, el alemán de su escritura, –y él mismo lo reconocía– no estaba convenientemente actualizado; sólo existía en su recuerdo y temía el día en que acabara naufragando. Probablemente aferrándose a él intentó reforzar, de forma consciente, esa perspectiva de exilio lingüístico desde la que ha sido escrita buena parte de la gran literatura del siglo XX.

El exilio es el tema capital de la narrativa de Sebald. Un exilio tanto exterior como interior de seres que no encuentran su lugar en el mundo ni se encuentran a sí mismos. Son exilios de una diversidad infinita porque, para Sebald, todo hombre es un exiliado. En Los emigrados relata el destino de varios personajes que en un momento determinado se vieron obligados a abandonar sus respectivos países. En Vértigo, los exiliados son Stendhal, Kafka y el propio escritor, en diferentes escenarios italianos. En Los anillos de Saturno las punzadas del desarraigo alimentan el discurrir del relato, y en Austerlitz protagonista y narrador comparten de una forma u otra la percepción de no saber donde está su sitio.

Pero hay otro gran tema: la memoria contra el olvido. En Austerlitz el narrador se lamenta de “cuántas cosas y cuánto caen continuamente en el olvido, al extinguirse cada vida; cómo el mundo, por decirlo así, se vacía a sí mismo, porque las historias unidas a innumerables lugares y objetos, que no tienen capacidad para recordar, no son oídas, descritas ni transmitidas por nadie”. Y tan terrible como el olvido puede ser la memoria deformada. En Los emigrados hay un personaje que sospecha, por lo inverosímil de las historias que otro cuenta, que este padece “el síndrome de Korsakoff, en el que la pérdida de memoria se compensa con fantásticas fabulaciones”.

“Musa del septentrión, melancolía”, escribió Amós de Escalante. La melancolía en Sebald, escritor septentrional, es la constante inspiración de su narrativa. El ángel de la Melancolía, de Durero, que evoca en uno de sus escritos, sobrevuela su prosa. Esta avanza con exquisita minuciosidad y erudición, recreándose en la palabra, con morosidad y precisión en los detalles, con un intenso amor por los objetos, por la tonalidades del cielo y el paisaje, con deliciosas divagaciones y con la lentitud de un río de aguas profundas que arrastra frases preñadas de incisos y consideraciones o comentarios de la más variada índole.

Sus escritos van acompañados por ilustraciones de diversa procedencia: fotografías de personas, calles, edificios, cementerios o monumentos; dibujos, sellos, tickets de viaje, recortes de periódico, facturas de restaurantes, visados y, en general, muchas de esas cosas que uno se puede encontrar echando mano al bolsillo de una vieja chaqueta y que nos ayudan a invocar la memoria, aunque a la hora de la verdad acaben ocultando tanto o mas misterio del que nos revelan. Todos estos elementos los desplegaba el propio Sebald sobre la mesa para convocar a las musas cuando se disponía a escribir, por si la melancolía fallaba, que no suele fallar nunca.

Los anillos de Saturno reeditado este año por Debate y que animó a Susan Sontag a calificarle como “el autor más interesante de las últimas décadas” es, en mi opinión, la obra maestra de Sebald. Éste se quejaba de que la ficción contemporánea está dominada casi enteramente por el vacío de ideas. Los anillos... son un auténtico torbellino de ideas cristalizadas en un puñado de hermosas historias que se despliegan a lo largo de un viaje a pie que el narrador efectúa por el condado inglés de Suffolk a modo de peregrinación. Las páginas en que relata la búsqueda del cráneo del médico y escritor inglés del siglo XVII Thomas Browne son un puro hechizo. Especula con la posibilidad de que Browne hubiera estado entre los asistentes a la disección del cadáver de Aris Kint, ahorcado por robo en Ámsterdam en 1632, en una autopsia pública que inmortalizó Rembrandt en su famoso cuadro La lección de anatomía. Y enriquece su discurso con las reflexiones a que invita un asunto de estas características. Al final, termina por describirnos el pensamiento de Browne con una frase que bien pudiera tomarse como una declaración de principios del propio Sebald: “Para Thomas Browne –nos dice– nuestro mundo sólo era mera sombra de otro, un acertijo en definitiva insondable. Por eso intentó, pensando y escribiendo, observar la existencia terrestre, tanto las cosas que le eran más próximas como las esferas del universo, desde el punto de vista de un marginado, incluso podría decirse que las contemplaba con los ojos del creador. Y para él sólo se podía alcanzar el grado necesario de excelsitud con el lenguaje, el único medio capaz de un peligroso vuelo de altura”. La obra de Sebald nos inspira la sugestiva idea de que sólo desde una perspectiva de exilio y marginación nos es dado alcanzar una cierta comprensión del mundo. Una teoría epistemológica que se ajusta muy bien al sentimiento de una especie que una vez expulsada del Paraíso se siente fuera de lugar en todas partes.

Desgraciadamente, el vuelo de altura de Sebald termina con Austerlitz (Anagrama, 2002), el primero de sus libros que podría considerarse, según criterio académico al uso, como una novela, aunque también se nutre de la magia inclasificable de Los anillos... Sobre todo en ese arranque magistral en el que se divaga sobre el arte de la fortificación de antiguas ciudadelas para llegar a la conclusión de que esas fortalezas, aún antes de terminadas, siempre acababan siendo superadas por la evolución de la artillería y los conceptos estratégicos, “que tenían en cuenta la comprensión creciente de que todo se decidía en el movimiento y no en la inmovilidad”. La novela, con una excelente traducción de Miguel Sáenz, es el relato de la historia del protagonista, Jacques Austerlitz, que este transmite al narrador en el transcurso de diferentes encuentros que tienen lugar a lo largo de más de 30 años.

Austerlitz no había cumplido aún los cinco años cuando fue evacuado de una Praga acosada por el nazismo y trasladado a Gran Bretaña en un tren de niños refugiados judíos. En Gales, un predicador calvinista y su esposa se convertirán en sus padres adoptivos dándole un hogar y un nombre, aunque serán incapaces de darle el cariño que un niño necesita. De aquellos primeros tiempos el protagonista no recuerda más que “lo mucho que me dolió que me llamaran de repente por otro nombre”. A los 15 años se enfrentará con la primera revelación importante sobre su pasado, lo que le impulsará más tarde a buscar el origen de aquella pesadilla. “Nadie puede explicarme exactamente –dice en un momento Austerlitz– qué ocurre dentro de nosotros cuando se abren de golpe las puertas tras las que se esconden los terrores de la infancia”.

La descripción de ese mecanismo por el que el protagonista trata de mantener a distancia algo terrible cuyo conocimiento más tarde se acaba imponiendo, convierte Austerlitz en un texto de obligada lectura para una asignatura que podríamos llamar “Holocausto”. Con ella, los planes de estudio de los países occidentales ayudarían a mantener vivo el recuerdo de las monstruosidades cometidas por seres de nuestra propia especie –trastornados porque al medirse el cráneo se encontraron diferentes– y evitar con ello que otros puedan imitarles. Las obras de Primo Levi, Jorge Semprún o el reciente Premio Nobel, Imre Kertész, entre otros, contribuirían también a perfilar el temario de esa nueva disciplina académica. Una disciplina contra el olvido y contra el síndrome de Korsakoff, que al suplantar la memoria con reinvenciones histórico-raciales, suele ser el origen de muchas barbaridades.

Hemeroteca Inicio