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Nº
522 - 16 de septiembre de 2002
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El peligro de filosofar junto a la chimenea Por Juan Cacicedo En la tarde del viernes 25 de octubre de 1946 el aula H3, situada en la primera planta del Kings College de Cambridge, acogía una de las reuniones que la Sociedad de Ciencia Moral organizaba quincenalmente. Allí se apelotonaba una treintena de profesores y alumnos que se acomodó como pudo en un espacio en el que normalmente se reunían 15 personas. Esa tarde, sin embargo, los asistentes iban a ser testigos de algo especial: la confrontación entre dos de las cabezas filosóficas mejor amuebladas de la época: Ludwig Wittgenstein, uno de los anfitriones de la velada, y Karl Popper. Este último había sido invitado para hablar, según recogía el programa, sobre Los métodos de la filosofía. Pero el conferenciante, estaba demasiado deseoso de ganarle a Wittgenstein en su propia casa la batalla de su vida, por lo que decidió cambiar el título de su intervención por el de: ¿Hay problemas filosóficos?. Un enunciado que era todo un desafío ante Wittgenstein quien, desde su filosofía del lenguaje, sostenía que no existen verdaderamente los problemas filosóficos sino que estos no son más que puzzles mentales originados por el mal uso del lenguaje; es decir que nuestras preocupaciones filosóficas son meros rompecabezas o zancadillas lingüísticas. La temperatura en un aula saturada de cerebros entre los que se encontraba Bertrand Russell, no tardó en subir. La chimenea, además, estaba encendida y Wittgenstein jugueteaba con el atizador. Un arma demasiado peligrosa en manos de un hombre que se enfurecía en las discusiones y que no encajaba muy bien eso de que le llevasen la contraria. De repente, los presentes asistieron a los diez minutos filosóficos más intensos del siglo XX. En un momento determinado, un Wittgenstein muy enfadado se dirige a Popper con el atizador en la mano como quien esgrime un lápiz. (aunque, claro, no era un lápiz): ¿Me quiere usted dar un ejemplo de principio moral?. Y Popper, pequeño de estatura, intentado adelantar su cajita torácica, se crece mientras saborea la respuesta: No amenazar a los conferenciantes invitados con atizadores. Entonces Wittgenstein arroja el atizador contra la chimenea y abandona el aula hecho una furia y dando un portazo. Una historia redonda para las aspiraciones de imagen de Popper si no fuera porque ésta es la versión, excesivamente interesada, que cuenta el propio Popper en su autobiografía Búsqueda sin término. David J. Edmons y John A. Eidinow, productores y presentadores del servicio mundial de la BBC se han tomado la molestia de investigar el asunto y han expuesto el resultado de sus investigaciones en un libro de 334 páginas editado en España por la editorial Península bajo el título El atizador de Wittgenstein. Una jugada incompleta. Edmons y Eidinow han conseguido ponerse en contacto con un tercio de los asistentes a aquel histórico encuentro en la actualidad todos ellos con edades comprendidas entre los 70 y los 80 años, solicitándoles su versión del episodio del atizador, y han consultado múltiples referencias escritas. Entre los consultados se encuentran Peter Munz que, según los autores, salió airoso de la experiencia de haber sido alumno tanto de Popper como de Wittgenstein, prestigiosos profesores como Stephen Toulmin, Peter Geach, George Kreissel o Peter Gray Lucas y el secretario de la Sociedad de Ciencia Moral en aquella época, Wasfi Hijab. El resultado es un libro apasionante, que atrapa como una buena novela de intriga. Los autores tratan de aclarar, con un lenguaje periodístico, si se esgrimió o no un arma en aquella reunión filosófica de alto voltaje y la conclusión es que no. Hubo, si es cierto, un atizador con el que jugueteó Wittgenstein, un tipo inquieto y nervioso; pero se deshizo de él en cuanto Russell, con firmeza y sacándose la pipa de la boca le espetó: ¡Wittgenstein, deje ese atizador inmediatamente!. También es cierto que el filosófo abandonó la sala antes de que terminase la sesión pero eso, parece ser, era un proceder habitual en él. (El atizador desapareció posteriormente por iniciativa del profesor de filosofía Richard Braithwaite, quien decidió acabar con la avalancha de peregrinos que se acercaban al college para ver y tocar con sus propias manos la reliquia). Popper había publicado el año anterior su libro La sociedad abierta y sus enemigos, una obra que le acabaría otorgando un prestigio mundial. En ella expresaba sus ideas de que la sociedad avanza mediante el procedimiento de ensayo y error, de que las sociedades abiertas son auténtico veneno para los totalitarismos y de que la democracia no debe ser contemplada como un lujo, algo que un país puede permitirse sólo una vez que ha alcanzado un cierto grado de desarrollo; por el contrario, la propia democracia es un requisito previo para el progreso. Mario Vargas Llosa le ha llegado a calificar como el más grande filósofo de la libertad aparecido en Europa desde los tiempos de Adam Smith. La secreta aspiración de Popper era la de convertirse en el heredero intelectual de Bertrand Russell y parece razonable pensar que acudió aquella tarde de octubre al Kings College con la intención de impresionar a Russell derrotando a Wittgenstein. Y de paso, por lo que se ve, forjar su propia leyenda con un episodio para la historia. Si a tenor de las declaraciones de los testigos parece que mintió al relatar en su autobiografía el incidente del atizador, sí parece que habría que creerle cuando escribe: Admito que fui a Cambridge con la esperanza de provocar a Wittgenstein para que defendiera la perspectiva de que no hay genuinos problemas filosóficos y combatir con él en torno a este asunto. Es decir, que iba con ganas de guerra. Y de contarla después a su manera. Para Wittgenstein, sin embargo, aquel fue un día más. En una nota a un antiguo alumno que tradujo después de su muerte sus Investigaciones filosóficas habla de un seminario horroroso (...) en el que el burro del doctor Popper, de Londres, dijo más tonterías de las que he oído en mucho tiempo. Yo hablé mucho, como de costumbre. Con atizador o sin atizador, el libro de Edmons y Eidinow es de esas obras puente que acercan al lector al pensamiento de los grandes filósofos, en este caso Wittgenstein y Popper, facilitando la comprensión de dos aventuras intelectuales complejas y apasionantes. La influencia del primero se ha hecho patente fundamentalmente en filósofos y artistas y la del segundo, en el mundo de los negocios, la política y la ciencia. Tanto el uno como el otro eran austríacos, nacidos en Viena, y los dos tenían ascendencia judía. La descripción de la Viena de la primera mitad del siglo XX y la peripecia personal de dos eminentes filósofos con sangre judía durante la época del ascenso del nazismo contribuyen también al atractivo de este interesante trabajo. Por él desfilan, además, cientos de personajes, entre ellos Moritz Schlick, fundador del Círculo de Viena y de la doctrina del positivismo lógico a la que Popper siempre quiso dar el tiro de gracia. Schlick murió acribillado a balazos en la escalera de la Universidad de Viena, pero no confundamos: no le mató Popper. Otro protagonista ilustre que da fe de la fascinación y embrujo que ejerció en su época y sigue ejerciendo una personalidad como la de Ludwig Wittgenstein es John Maynard Keynes quien llegó a decir, al parecer sin sorna, pues eran amigos: Dios ha llegado. Me encontré con él en el tren de las 5:15. Los celos intelectuales que Popper tuvo con respecto a Wittgenstein quedan bastante bien documentados. Llegó a decir de éste último que confundía un café vienés con una trinchera. Un comentario exagerado e injusto cuando se refiere a un hombre que, lejos de aprovechar una operación de hernia discal y un apellido influyente su familia era una de las más ricas de Austria para evitar las tricheras de la guerra del 14-18, hizo todo lo posible para estar en el frente, en primera línea. Allí, entre la delgada línea que separa la vida de la muerte, escribió lápiz y cuaderno de notas en la mochila lo fundamental de su Tractatus-logico-philosophicus, la obra con la que revolucionó por primera vez la filosofía (volvería a revolucionarla por segunda vez años más tarde). Si se hubiese puesto a escribirlo en los cafés vieneses o en los cómodos despachos de la London School of Economics, donde escribía Popper, le hubiera salido otra cosa. La integridad de Wittgenstein queda además patente en su actitud de abandonar la filosofía, por entender que no tenía ya nada que decir (es célebre la sentencia con que cierra su Tractatus: de lo que no se puede hablar, mejor es permanecer callado). Durante muchos años se retiró dar clases en una escuela rural de Austria y renunció a la fortuna familiar que le correspondía para liberarse de problemas y dedicarse a pensar, que era lo que de verdad le apasionaba. El atizador de Wittgenstein descubre, al mismo tiempo, una faceta de la personalidad de Karl Popper del que este año se ha cumplido el centenario de su nacimiento, que nos confirma que algunos grandes pensadores de la historia suelen dejar, como seres humanos, mucho que desear. Por utilizar palabras del propio Popper, los grandes hombres cometen grandes errores. Éste estuvo profundamente acomplejado ante la personalidad deslumbrante de Wittgenstein y utilizó el episodio del atizador para conciliar sus recuerdos con sus sueños. Es muy esclarecedor el capítulo en el que los autores recuerdan el legado intelectual de Popper, el hombre que dijo que para que una teoría pudiera describirse con validez científica, necesariamente tenía que ser susceptible de falsación y de escrutinio. Ese mismo hombre, no es que se hubiese equivocado al recordar un determinado episodio, es que había mentido en su autobiografía el relato de unos hechos perfectamente nítidos y lógicos. Y es que también los grandes filósofos se extravían al comentar las mejores jugadas del partido y, cuando les conviene, dejan a la verdad en el banquillo. |