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Nº
514 - 24 de junio de 2002
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La hija de la guerra y la madre de la patria PEDAZOS DE SÁNCHEZ FERLOSIO Por Sergio Cebrián Por una mera coincidencia, el nombre de Sánchez Ferlosio saltó a la palestra de las brillantes novedades del panorama literario hace unos meses a través del relato figurado de los acontecimientos que rodearon el fallido fusilamiento de su progenitor Rafael Sánchez Mazas (Soldados de Salamina, de Javier Cercas), uno de los ideólogos de la Falange Española y creador de parte de sus símbolos. En este caso, predicar el consabido de tal palo tal astilla tiene algún sentido tratándose quizá de la afición por la simbología, aquí en forma de pecios. Pero Rafael Sánchez Ferlosio ha demostrado sobradamente y por sí solo ser una de las voces destacadas del pensamiento español de las últimas décadas. Su trayectoria dilatada a lo largo de los años le proporciona una visión polivalente de múltiples cuestiones, optando por el desempeño de su labor desde la discreción, al abrigo de modas del momento y de gurús de referencia de consumo público e impronta falaz. |
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En su último ensayo, La hija de la guerra y la madre de la patria (Ed. Destino, Colección Imago Mundi), procede a un sano intento de ejercicio intelectual, poniendo sobre la mesa algunas cuestiones candentes cuyo análisis es estrictamente necesario llevar a cabo desde la distancia (física y mental) y con cierta dosis de sana ironía, lejos de ese riesgo de onfaloscopia (o contemplación del ombligo) que tanto nos amenaza. Y es que en esta España que sigue yendo bien, y qué bendita ironía... Se diría que estos pecios nacen de los mil y un pensamientos que a uno le asaltan continuamente a lo largo de las 24 horas del día, sea su estado perfectamente despierto, de vigilia o el más profundo de los sueños alimentado de los fantasmas cotidianos. Ideas, personajes, nombres, lugares, hechos. Pecios (del latín pecium, pedazos), trozos desgarrados del pensamiento de alguien que se hace preguntas sobre lo que le rodea y frente a las que se revela iconoclasta en muchas ocasiones. Multitud de cosas sobre las que uno se pronuncia continuamente en su fuero interno, pero que muy pocas veces suelen salir a público debate y tertulia, a menos que a uno se le ocurra pasarlas a escrito, como sucede en esta ocasión. Tan pertenecientes a sí mismo que algunas veces para desentrañarlas podemos sufrir sudores varios y, quizá, ni siquiera extraer una conclusión mínimamente cercana a la del autor. Pero para eso sirve la conciencia y el juicio crítico individual, que nos puede acercar y alejar a voluntad. |
NOVELISTA Y PENSADOR Rafael Sánchez Ferlosio nace en Roma en 1922, de padre español y madre italiana. En 1952 publica su primera obra, Industrias y Andanzas de Alfanhuí. En 1956 recibe el premio Nadal a través de su novela El Jarama, también premiada con el Premio Nacional de la Crítica. En 1992 publica sus Ensayos y Artículos en dos volúmenes. En 1993 obtiene el Premio Nacional de Ensayo con la obra Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. En 2000 publica El alma y la vergüenza. Ferlosio es una las figuras señeras de nuestro pensamiento de las últimas décadas. Sus críticas corrosivas de los males enquistados en la sociedad española y su compromiso crítico le proporcionan un lugar destacado entre los referentes de nuestra intelectualidad. Su última obra ha aparecido recientemente, publicada por la editorial Destino (Colección Imago Mundi). |
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Y yo me pregunto: ¿es lícito hacer de este sano ejercicio de depuración interior escarnio público? Nuestra conciencia nos responde o nos pregunta, nos hace juzgar, dudar, opinar, nos dicta lo bueno y lo malo. Esta intimidad intelectual probablemente es una de las pocas cosas que nos pertenecen por sí, y uno anda con mucho cuidado cuando se trata de hacer pública exposición de las mismas. En el fondo, no se trata más que de un esfuerzo de coraje en esta sociedad que tanto nos machaca con mensajes estandarizados y que cohíbe el comercialmente tedioso esfuerzo de pensar. Sánchez Ferlosio ha asumido el reto. A través de la obra, redactada con un estilo denso, con pocas concesiones a la puntuación y al respiro del lector en su esfuerzo de compresión de cuando en cuando, no se puede obviar un cierto regusto de amargura en el análisis. La experiencia de toda una vida. Ferlosio habla de que es necesario una suerte de extrañamiento, de retiro voluntario de la realidad, para poder ver y comprender con mayor lucidez. La distancia nos proporcionaría una libertad de criterio y de opinión estrictamente necesaria en este mundo de grandes verdades, irrebatibles y relativas a un mismo tiempo. Pero tal lucidez y tal alejamiento deben ir obligadamente acompañados de buenas dosis de ironía, hasta el punto de poner en duda más de una sacrosanta verdad, sean Sócrates (conócete a tí mismo, una intención pretenciosa para Ferlosio) o Unamuno, sus mentores. Es la educación uno de los temas recurrentes de este ensayo. Educación como ejercicio y aprendizaje de convivencia pública, o por lo menos así solía ser. Porque ahora las bondades de la educación a la carta exigida por unos papás y mamás exageradamente preocupados por sus hijos elimina uno de los pocos espacios de encuentro público que todavía le quedaba a nuestra sociedad. No, una vez más y aquí no va a ser la excepción, la educación pública deja de serlo y de cumplir así su función estandarizadora, adjetivo que aquí tiene el mejor de los sentidos en cuanto promotora de valores sociales comunes. Mira por dónde, función que solían desempeñar las escuelas religiosas en sus tiempos. Resulta que la laicidad en la enseñanza no ha supuesto verdadera infusión en los valores de la modernidad, sino pura educación de consumo. Un fuerte espíritu iconoclasta recorre la exposición de pecios. Necesaria labor la de hacer caer los ídolos. Ferlosio nos revela sus manías y su desconfianza frente a las grandes ideas. Como la Justicia (en mayúsculas), en sus respuestas justas o injustas, en la labor del verdugo a través del que la sociedad purga su conciencia culpable. O relativizando la idea de libre albedrío, ante el que se confiesa perezoso. De la identidad tampoco se fía y se proclama anti-identidad respecto al fetiche del yo mismo. De las grandes proclamas tampoco, como manifiesta través de la que él denomina abeceína, de la que hace auténtica hipérbole adjetiva para describir el espíritu de determinada prensa nacional. El título del ensayo abre la última parte de la obra. Aquí Ferlosio utiliza referentes inmediatos para explicar el nacimiento, formación y desenvolvimiento del mensaje patriótico. Términos como sinergia o catarsis le van al pelo al concepto, puesto que ambos se presumen de la agregación y de la sublimación de lo comunitario, base y punto de partida de toda construcción patriótica. ETA, Arzalluz o Berlusconi, que lo mismo vale a la hora de explicar el porqué de actitudes aparentemente irracionales. Fines y medios. Fines que no existen en sí, medios que utilizan a los mártires etarras como fines. Patria y guerra, madre e hija, hija y madre, que lo mismo da. Sombrío panorama. ¿Realmente la guerra da razón de ser a la patria? La patria para Ferlosio es una dolencia según grados, crónica para el patriota y aguda para el patriotero o chauvinista. Ritual colectivo de autosatisfacción. El historiador judío Flavio Josefo, a través de su relato de la gesta heróica de Massada, es modernamente utilizado como instrumento de legitimación y mito fundador del Estado de Israel. La guerra es el pragma constitutivo de la patria. Las últimas consecuencias de dicho encadenamiento las vivimos desde el 11 de septiembre del año pasado. Así se pone de manifiesto no solamente a través del mensaje simple, pero directo, de Bush en términos de buenos y malos y de la industria del armamento que le pisa los talones, sino de una pretendida justificación teórica de guerra y de patria, como la que recientemente llevan a cabo a través de encíclica un nutrido grupo de intelectuales orgánicos norteamericanos. Y es que universalismo no es concepto de moda en estos confusos días. |