![]() |
||
|
Nº
511- 3 de junio de 2002
|
|
El Nobel Joseph Stiglitz analiza las desigualdades de la mundialización LOS DESCONTENTOS DE LA GLOBALIZACIÓN Por Sergio Cebrián La evolución de Joseph Stiglitz (premio Nobel de Economía en 2001) resulta de lo más llamativa, sobre todo en un momento en el que se debate tan extensamente sobre los pros y contras de la Globalización. Su experiencia como Economista Jefe del Banco Mundial y su posterior dimisión le proporcionan una autoridad irrebatible para juzgar sobre lo bueno y malo que se juega en los vericuetos de los foros financieros internacionales y la idoneidad de sus políticas. Stiglitz presenta en su última obra (Globalization and its discontents) algunos de los efectos que la llamada Globalización de la economía está ejerciendo sobre las economías de países que no pueden precisamente vanagloriarse de gozar de buena salud económica ni financiera en estos momentos. Importante responsabilidad en dicha evolución tendría el color de las políticas dictadas desde las instituciones internacionales como el Banco Mundial (BM) o el Foro Monetario Internacional (FMI). Su análisis parte de la constatación de la existencia de una desigualdad básica y de un doble rasero en la justificación de la apertura que promueve la Globalización. La cuestión es que por una parte se exige al vecino lo que no se practica en casa. Las barreras que se levantan en el mundo desarrollado son un freno y un obstáculo a la apertura de las economías. Para Stiglitz, esta hipocresía del mundo desarrollado es inaceptable en el contexto de la Globalización, que no funcionaría ni para los países pobres, ni para el medio ambiente, ni en los procesos de transición de los antiguos países comunistas, por citar algunas de sus víctimas. Ejemplo de ello lo ofrece recientemente la decisión por parte de la Administración Bush de aumentar sensiblemente las subvenciones a los agricultores norteamericanos como medida para proteger el mercado interior. Su respuesta europea sería la PAC (Política Agraria Comunitaria), que mantiene unos niveles mínimos de ingresos a los agricultores europeos, pero al mismo tiempo impidiendo el acceso al mercado europeo de productos de países terceros. Pero el problema de fondo de la Globalización no es su existencia, por otra parte necesaria. Los beneficios aportados por ella son claros, y uno de ellos es la misma emergencia de una sociedad civil global que denuncia la ausencia de democracia en las decisiones de las instancias internacionales y que pide la condonación de la deuda de los países menos avanzados. El verdadero problema es la mala gestión de la misma. Y aquí es fundamental el papel de las instituciones internacionales. Con ellas se ha llegado a una situación particular, en la que existe una autoridad (governance) global, sin que exista un gobierno (government) global. El Fondo Monetario Internacional (FMI) es objetivo directo de sus críticas. Su actitud frente a los países en desarrollo peca frecuentemente de colonial y arrogante. Los procesos de liberalización y privatización que dicha institución promueve persiguen una rápida apertura de las economías de los países en desarrollo, dejando en segundo plano los problemas de competencia y reglamentación y obviando el riesgo latente de creación de monopolios y corrupción ante la ausencia de un control adecuado. Por otra parte, la pretendida liberalización comercial se fundaría sobre el aprovechamiento de las ventajas comparativas, siguiendo la teoría económica clásica. Sucede que en la mayoría de los casos la destrucción de empleo de poca productividad no ha resultado en creación de empleo de mayor productividad, sino en la mera destrucción y subsiguiente aumento de desempleo. Definitivamente, el FMI le ha hecho un mal juego a la Globalización. Stiglitz basa sus argumentos en la comprobación de dos realidades contrastadas en el desarrollo de los países emergentes durante los últimos años. Aquellos que optaron por seguir disciplinas propias, caso de los países asiáticos, han experimentado un notable éxito en el desarrollo y apertura de sus economías. Y los poderes públicos jugaron una función esencial en la regulación de sus mercados financieros. Por el contrario, aquellos cuyas políticas se han basado en los planes de ajuste del FMI se han visto abocados al fracaso. Un aspecto particularmente sensible es la liberalización de los mercados financieros y de capitales. Dicho fenómeno tuvo influencia directa en la crisis financiera asiática de 1997. Stiglitz da testimonio de la respuesta que recibió desde el FMI cuando llamó la atención sobre la necesidad de tomar medidas: en caso de que los hechos le den la razón, habremos de cambiar nuestras políticas. La indiferencia del wait and see de dichas instancias lo define como aterrador. La liberalización financiera habría tenido múltiples y negativos efectos en las economías emergentes. La volatilidad de los capitales no produce crecimiento de los economías sino aumento de pobreza y riesgo de recesiones, como se demuestra en el caso de Argentina. El capital huye de la imposición, y ésta encuentra su maná en la presión fiscal sobre las clases bajas y medias. El mismo viento que trae un día el capital se lo lleva al siguiente en búsqueda de mayor beneficio. Además se produce una paradoja llamativa. Los países en desarrollo toman prestado y prestan (en forma de bonos del Tesoro de EEUU principalmente, para provisionar reservas), pero la diferencia en las tasas de interés respectivas es significativa, beneficiándose a los países de economía avanzada. E igualmente esto supone un nada desdeñable coste de oportunidad, puesto que dicho capital no se invierte en la creación de tejido productivo e infraestructuras. La actitud de los EEUU en un contexto geoestratégico es esencial para explicar las características de las políticas del FMI. Como único Estado con derecho a veto, se erige en juez y parte, como se demostró con motivo de la crisis financiera asiática de 1997. En esa ocasión, a iniciativa de Japón se debatió la necesidad de crear un Fondo Monetario Asiático. El FMI, de forma contradictoria a su prédica aperturista, se mostró contrario a ello, en perfecta conjunción con los intereses norteamericanos, celosos de cualquier posible competencia desde Asia. Y el proyecto quedó en palabras. Liberalización bien entendu. En definitiva, Stiglitz es partidario de la existencia de dichas instituciones defendiendo un cambio en su orientación. Bien es cierto que la llamada de atención durante los últimos años y a través de diversos foros (a partir de Seattle) parece dar algunos resultados, como la Development Round que se inicia en Doha (noviembre 2001). Ahora en el FMI y en el BM se habla de pobreza y de la necesidad de corregir los desequilibrios. En esta necesidad de una concienciación global, las secuelas del 11 de septiembre son significativas, en la propuesta de EEUU de organizar una alianza global contra el terrorismo. De la misma manera, es necesaria una alianza global con el objetivo de reducir la pobreza y crear una sociedad global con mayor justicia social.
|