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Nº
510- 27 de mayo de 2002
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Una nueva generación dicta las reglas, de Noam Chomsky La bancarrota moral de EE UU en el mundo Siempre ha sido interesante leer a Noam Chomsky, pero ahora, sea releyendo obras antiguas o investigando en nuevas, da la impresión de que se trata de un profeta, de un adelantado a su tiempo. Recientemente ha aparecido Una nueva generación dicta las reglas. Una vez más, Chomsky se convierte en el gusanillo de la conciencia de EE.UU. y también de la OTAN y sus dirigentes. |
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Por Josu Montalbán Noam Chomsky no es un chiquillo aventado al que se pueda tachar de inmaduro. A sus 74 años, continúa llamando la atención del mundo, aunque su proyección pública sea, en muchos casos, silenciada o amortiguada por los aparatos propagandísticos de EE.UU. y de las fuerzas dominantes. El libro en cuestión es, precisamente, una denuncia firme contra el uso de la propaganda para justificar masacres y actuaciones arbitrarias del monstruo americano en el mundo, casi en el universo, cabría decir. No se trata de una aportación aislada del autor y profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts, sino de un eslabón más de su cadena de denuncias ante el imperialismo yanqui. Es un libro, además, oportuno, después de que el brutal atentado de las Torres Gemelas y del Pentágono levantara la veda y se comenzara a asolar Afganistán, provocar la intranquilidad en Oriente, desatar una especie de guerra civil en Pakistán y alentar al fascista Sharon a convertir a los palestinos en apenas nada. Porque las causas justas o libertades duraderas que EE.UU. ha propiciado desde entonces (y antes de entonces) han estado precedidas por campañas propagandísticas que participaban de una estrategia común: presentar a los gobernantes de los países intervenidos como genocidas y las muertes y destrucción que producen los atacantes como daños colaterales. El libro, tal como recoge en su contraportada, denuncia el nuevo imperialismo supuestamente ético y ofrece una síntesis informativa sobre la responsabilidad de EE.UU. y sus aliados occidentales en determinadas atrocidades cometidas. En este libro aborda cuatro escenarios Colombia, Turquía, Kosovo y Timor Oriental en los que se producen contradicciones tan flagrantes como que mientras las fuerzas de la OTAN, en nombre de los derechos humanos, destruían objetivos no militares en Yugoslavia (provocando una escalada en la limpieza étnica llevada a cabo por los serbios), los paramilitares indonesios, armados y adiestrados por EE.UU., arrasaban Timor Oriental, y los turcos, igualmente armados por el país norteamericano, practicaban atrocidades con la minoría kurda. Para subrayar estas contradicciones, el libro es pródigo en documentos, en declaraciones de responsables y en datos que muestran con todos los detalles que la nueva generación que dicta las reglas es fiel a la forma de comportarse de las viejas generaciones. De esto dan fe algunas afirmaciones contenidas en el texto. Hay quienes se erigen en guardianes del mundo. Cuando las fuerzas armadas de la OTAN intervinieron en Serbia, lo hicieron, según Havel, porque nadie que sea honrado puede quedarse parado mirando cómo un estado dirige la matanza sistemática de todo un pueblo. Al mismo tiempo, según Blair, la nueva generación de líderes mundiales sentaba las bases de un nuevo internacionalismo que no tolerará que se vuelva a reprimir a ningún grupo étnico, porque los responsables no tendrán dónde esconderse. También Clinton terció: Si alguien se dispone a perseguir a civiles inocentes en razón de su etnia, raza o religión y está en nuestras manos detenerlo, lo haremos. Pura propaganda, cuando el mundo se debate en más de medio centenar de guerras y conflictos que tienen su origen en desacuerdos étnicos, religiosos o tribales. Chomsky ha elegido bien los ejemplos. En todos ellos la intervención de EE.UU. y de sus aliados ha estado precedida de importantes campañas de propaganda para justificar asedios y masacres injustificables. En esta nueva era de progreso e ilustración que proclaman los nuevos líderes mundiales, se trata que las responsabilidades de los más poderosos y privilegiados no vayan muy lejos, todo lo más hasta proporcionar compensaciones morales y materiales que, en la mayoría de los casos, no llegan a consumarse. Frente a los informes siempre más humanos de la ONU que, por ejemplo, abogaban por la creación de un tribunal internacional que juzgara los crímenes perpetrados desde enero de 1999 en Timor, los medios de comunicación de EE.UU. centraron su análisis de las masacres en la idea de que la violencia fue provocada por el referéndum en el que la provincia de Timor Oriental votó a favor de su independencia. El hecho de que Indonesia fuera un país extraordinariamente grande y que resultara crucial para la estabilidad en la región llevó al segundo periódico de Estados Unidos a poner en boca de Douglas Paal, presidente del Centro de Política del Pacífico Asiático, que en nuestro camino hacia Yakarta topamos con unas bandas sonoras que debimos superar. Dichas bandas sonoras eran Timor Oriental. De la propaganda no sólo forman parte los análisis en contra de los países intervenidos y sus dirigentes, sino las promesas económicas que pretenden subsanar los estropicios causados por los asedios, ataques y ocupaciones. Sin embargo, dichas promesas casi nunca llegan a cumplirse en los términos acordados, unas veces por polémicas surgidas en el seno de la propia OTAN y otras porque gran parte de los fondos públicos destinados a ayudas para la reconstrucción de territorios arrasados termina en los bolsillos de contratistas privados escasamente vigilados desde las Administraciones Públicas. EE.UU. está dispuesto a ser el gran ojo que vigila el mundo y fija las reglas de comportamiento. Disculpado por el horror del 11 de septiembre, todo le es permitido. Recientemente el Gobierno español ha firmado acuerdos con Washington para facilitar el funcionamiento de servicios de inteligencia militar norteamericanos en España. El acuerdo permite que militares de EE.UU. investiguen a ciudadanos españoles, por la simple razón de que supongan una amenaza para personas y bienes de EE.UU. Esta redacción prestaría cobertura a cualquier investigación sobre españoles o empresas españolas relacionadas mínimamente con empresas o ciudadanos norteamericanos. Vamos, una desfachatez. El libro de Noam Chomsky es esclarecedor. Nos traslada a otro libro suyo, Los guardianes de la libertad, que escribió con Edward S. Herman. En él, escrito hace catorce años, ya llamaba la atención sobre la perversión del sistema de propaganda de EE.UU. que permite establecer una nítida distinción y diferencia entre víctimas dignas e indignas en los conflictos: Un sistema de propaganda consecuente presentará a las personas que han sido maltratadas en los estados enemigos como víctimas dignas de atención, mientras que aquellas tratadas con igual o mayor severidad por el propio gobierno o el gobierno de los estados clientes serán víctimas indignas de dicha atención. Esta diferencia de trato queda patente en el alcance y el carácter de la atención e indignación que reflejan las informaciones Las definiciones de dignidad o merecimiento de los medios de comunicación de los EE.UU. son sumamente políticas y se adecúan a las expectativas de un modelo propagandístico. Mientras este tratamiento diferencial se produce a gran escala, los medios de comunicación, los intelectuales y la opinión pública pueden permanecer ajenos a la realidad y mantener la moral alta y un aire santurrón, que es la mejor prueba de la efectividad del sistema de propaganda. El libro de Noam Chomsky es un ejemplo práctico, un testimonio basado en hechos reales, avalado por más de tres décadas de lucha del autor en contra de la bancarrota moral de los Estados Unidos en el mundo. Chomsky es uno de los pocos intelectuales norteamericanos que exigen a EE.UU. que no haga a los demás lo que no quiere para sí mismo. Lo reza la contraportada del libro. Y es verdad. |