Nº 509 - 20 demayo de 2002

Las nuevas voces del odio de Nicholas Fraser

LA EXTREMA DERECHA EUROPEA, AL DESNUDO

Un auténtico fantasma recorre Europa, pudo haber dicho el periodista anglo francés, Nicholas Fraser en su libro Las nuevas voces del odio: Encuentro con la derecha en la Europa de hoy (Alba Editorial, Barcelona), reportaje oportuno y aleccionador que escudriña las causas y manifestaciones del rebrote de la ultraderecha en el viejo continente.

 

Por Silvestre Pérez Laguna

La obra, escrita y publicada antes de la primera vuelta electoral de las presidenciales de Francia, en las que el candidato del Frente Nacional, Le Pen, contra todo pronóstico, desplazó a Jospin, estudia minuciosamente esta fuerza política y particulariza detalles de su controvertido líder. Pero no se queda ahí, extiende su observación a través de un interesante y argumentado recorrido por todos los movimientos más importantes y significativos de este resurgir neofascista en varios países europeos.

El interés del autor es claro: buscar la relación entre las viejas formas de odio y las nuevas, responder a la pregunta de qué ha pasado en Europa, qué ha fallado para que ese odio generador del fascismo, del nazismo, encuentre, al cabo del tiempo, nuevos protagonistas que contra toda lógica quieren retrotraer una historia de dolor y muerte que parecía lejana e irrepetible. Tal vez, nos dice, han desaparecido realmente las circunstancias que originaron el fascismo clásico, pero el odio permanece y busca una forma de expresión. Habrá que encontrar la manera de contenerlo, si no de vencerlo.

Destruido en Europa, el fascismo seguía existiendo en la posguerra, aunque debilitado. Su verdadera cara se escondía, su verdadera naturaleza se preservaba en una serie de redes anónimas, entre el escándalo y el anonimato. A Europa y a su aliado norteamericano les ha preocupado mucho más combatir el comunismo que el hecho de que la amenaza negra pudiera resucitar. El lenguaje que han utilizado, según el autor, ha sido modificado a través del uso de un nuevo código. Empezaron a llevar trajes en vez de uniformes y declararon que renunciaban a la violencia. Aunque cuando les escuchan sus más cercanos y fieles seguidores, o se dejan llevar por su oratoria, vuelven a ser los mismo.

Los nuevos paladines de las viejas ideas, tras el aparente interés histórico de esclarecer el pasado, intentan negar el Holocausto o minimizarlo como forma de restar trascendencia al horror, a la vergüenza de aquellos hechos. Es la única manera de interpretar, por ejemplo, el sentido de Faurisson, que al considerar los campos de concentración como si fuera un montaje literario, interpretaba que Auschwitz era un penal, no un centro de exterminio y que el término Vergasung significaba que el gas en ese lugar no se había empleado para matar, sino para despiojar a los prisioneros; o que los alemanes no se equivocaban al enviar niños allí, pues era un modo de prepararlos para la vida.

A pesar de ser expresada de forma tan grotesca, y del agravio que suponía para los familiares de quienes habían desaparecido en los campos de concentración, nos dice Fraser, estas ideas parecieron ganar terreno al ser repetidas y expuestas en público de forma tan constante. No había nada nuevo en sus argumentos, y lo cierto es que no podía haberlo, pues no estaban basados en una investigación histórica, sino en una continua reiteración. Los que ahora alegaban, de forma rotunda y sin avergonzarse, que ningún judío había muerto en los campos de concentración eran, en muchos casos, los mismos que habían deseado exterminarlos a todos.

Nicholas Fraser, en Las nuevas voces del odio, nos fotografía la Europa actual y nos retrotrae a su historia más reciente, desde Inglaterra, pasando por Francia, hasta Italia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Austria y la antigua Yugoslavia. De cada país resalta el comportamiento y las manifestaciones de este lento pero sistemático resurgir, a la vez que va caracterizando a los nuevos protagonistas y sus manifestaciones.

Tal vez, los hechos relatados aisladamente no nos hayan impactado lo suficiente en el momento que han ocurrido, pero al verlos en su conjunto y al descubrir sus profundas intenciones y la base ideológica en que se sustentan, toman la dimensión que realmente tienen. Motivos tenemos para hacer funcionar todas las alarmas, conclusión confirmada no sólo con Jörg Haider en Austria en el 2000, sino mucho más recientemente con Le Pen en Francia.

Las nuevas voces del odio contiene una curiosa descripción de la personalidad de Le Pen, su presente y su pasado. Trasladado al siglo XIX, que quizá hubiera sido su verdadero lugar en el tiempo, nos dice, y siguiendo un riguroso orden, la vida de Le Pen estaba llena de episodios que habrían deleitado a Víctor Hugo, Balzac, Maupassant o, incluso, a Alejandro Dumas. Resume el esbozo del caudillo bajo títulos como el fabulista, el soldado, el tribuno, el aprendiz de torturador, el enemigo y, con ironía, titula otros como el antirracista, el exilio, el revolucionario y el hombre de estado. Sin faltar capítulos como el cornudo majestuoso, el último nihilista y el vándalo supremo.

Más inteligente que Le Pen, compara Fraser, Haider, en Austria, ha sabido adaptar sus ideas al presente. No cabe subestimarlo, o llegar a la errónea conclusión -a partir de su imagen- de que se trata de un personaje sin importancia, condenado a quemarse sólo. Nada impide que alguien como él pueda ser nombrado canciller o primer ministro el día de mañana. Haider sabe interpretar muchas cuestiones relacionadas con el descontento contemporáneo. Al igual que los demás populistas, ha sido capaz de entender hasta qué punto es profundo el antagonismo de las nuevas estructuras de la Europa internacional, ya sean las del capitalismo o las de la burocracia. Ha comprendido, también, que el racismo, si quiere ser aceptado en Europa, debe ser muy prudente y alcanzar cierto aire de normalidad.

Concluye que la prohibición en Austria de toda política de peligroso individualismo se ha convertido en campo de aprendizaje perfecto para Haider. Le ha enseñado que hay que ser carismático y banal al mismo tiempo y le ha ayudado a entender que cambiar de idea no es ninguna calamidad en el nuevo mundo de la política populista, mientras ciertos principios inmutables, como la raza y la identidad, formen parte inseparable de ella. 

Es interesante adentrarse, de la mano de Fraser, en la visión que tiene de la Alianza Nazionale de Gianfranco Fini en Italia, y de la veneración por Mussolini en Predappio, su lugar de nacimiento, dentro de la nueva organización Fiamma Tricolore; o de los pandonios xenófobos contra los propios italianos del sur, de Humberto Bossi, que tienen el 15% de los votos en Italia del Norte; también la del movimiento flamenco xenófobo Vlaams Blok, en Bélgica, nacido en 1970 y que actualmente tiene el 26% de los votos en Amberes; o el Partido Nacional Socialista Danés de Greve, pequeña localidad a sólo 40 kilómetros de Copenhague, que utiliza una emisora local de radio…

El multiculturalismo es ampliamente analizado en la obra. Quizá mis interlocutores –dice al evaluar sus múltiples entrevistas y contactos a lo largo de su investigación– afirman que la identidad de Francia o Alemania estaban en peligro, pero, por supuesto, no es así en ningún sentido. Alemania, Francia, los Países Bajos o Gran Bretaña podrían albergar un numero considerable de habitantes extranjeros, pero nunca se verían aplastados por ellos. Con toda probabilidad acabaría existiendo un multiculturalismo europeo, pero nunca igual que el americano, porque las culturas nacionales europeas, anteriores a la creación de las naciones estado y minuciosamente elaboradas a lo largo de cientos de años, son muy diferentes entre sí.

En su recorrido por el continente profundiza en las particularidades y diferencias de los estados ante el problema inmigratorio de la posguerra: la Inglaterra de la Commonwealth, Alemania, Francia, etc. Las políticas que se sigan al respecto tienen, a consideración del autor, una importancia fundamental, porque los fascistas han comprendido que es el aspecto más débil de las prácticas democráticas europeas, lo que se manifiesta en el trato que reciben los que son considerados extranjeros.

A principios del año 2000, recuerda Fraser, las Naciones Unidas publicaron en un informe que Europa necesitaría 150 millones de trabajadores más en los próximos 25 años. Sólo Alemania tendría que incorporar medio millón de trabajadores al año. No es posible encontrar a todos los que se necesitan en las regiones más desfavorecidas de la Unión Europea. ¿De donde saldrán? ¿Cómo se les recibirá? ¿Ocasionará su presencia la aparición de nuevos Haider y Le Pen? La pregunta clave de nuestros días es como ven los europeos a los extranjeros que viven entre ellos, pues la respuesta a esta pregunta determina la clase de Europa que todos quieren habitar. Los europeos necesitábamos comprender que significa, si es que significa algo, el hecho de ser extranjero.

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