Nº 506 - 29 de abril de 2002

Reflexiones sobre la guerra, de Bernard-Henri Lévy

Diagnosticar el presente

Bernard-Hénri Levy, o BHL, término con el que se le conoce en el panorama mediático francés, parece poseer el don de la ubicuidad. Voz en mil y un debates de actualidad, su último libro también quiere apuntarse un tanto en esa dirección, abordando el sentido y los sinsentidos de guerras y otras maldades que se hacen los hombres.

 

Por Sergio Cebrián

La obra lleva por título Réflexions sur la Guerre, le Mal et la fin de l´HistoireReflexiones sobre la Guerra, el Mal y el Fin de la Historia– (Grasset, Paris, 2001).  Mitad descripción periodística,  mitad ensayo filosófico, se compone de dos partes bien diferenciadas. En la primera, titulada Les damnés de la guerre (Los Condenados de la Guerra),  BHL ejerce de periodista, con descripciones de una serie de viajes realizados recientemente, de Angola a Sudán, pasando por Sri Lanka, Burundi y Colombia. Dichos relatos aparecieron periódicamente de forma resumida en el diario francés Le Monde, entre mayo y junio del pasado año. La intención que le guía es la de “diagnosticar el presente”, única posibilidad, en su opinión, que le queda al periodismo, que aquí se encuentra con la Filosofía –la de la Historia del Presente–, cuyo mejor representante sería Foucauld. A través de sus relatos dibuja prólija y acertadamente la realidad de cinco conflictos bélicos que se perpetúan desde hace años y a los que la atención mediática recurre de tanto en cuanto. Guerras que han entrado a formar parte de la normalidad, si dicho término no tuviera ese horrible sentido hablando de guerras, y a las que sus respectivos pueblos parecen haberse acostumbrado y, por emplear otro vocablo de igual trágico sentido, acomodado.

En la segunda parte, su intención se diría más profunda, extrayendo múltiples conclusiones de dichas experiencias y ejercitándose como filósofo. Pretende aquí una explicación de las razones ocultas que han justificado las guerras, que mueven a los hombre a perpetuarse en el ejercicio del Mal. Para ello, extrae citas, palabras, expresiones o autores que utiliza en la primera parte del texto, para extenderse en mil y una piruetas filosóficas, a veces afortunadas y otras tantas algo confusas. Si bien, no quita que quede bien clara su intención de dar un varapalo a todos aquellos filósofos y escritores que a lo largo de la Historia han intentado explicar la guerra de una forma racional en el marco de sus teorías, desde Hegel a Walter Benjamin, pasando por Céline o Lévinas. La realidad es demasiado cruda para frivolizar haciendo filosofía, parece ser el mensaje de BHL. Colofón patético es la aguda descripción de algunos de los actores con los que se entrevista. Las grotescas justificaciones de las barbaridades cometidas por los paramiliares colombianos, en boca de su líder Carlos Castaño o la detallada y convencida búsqueda de la verdad para su pueblo en las parábolas de la Biblia que hace John Garang, líder de la guerrilla del sur de Sudán.

La cuestión es que la temática de la obra no podría ser más actual. Incluso incluye una interesante descripción de un kamikaze de los tigres tamiles, guerrilla de Sri Lanka, y los vericuetos psicológicos que le llevan a colocarse pegado al cuerpo una carga de dinamita, de los móviles que les llevaron a tomar tal decisión a la dificultad para salir de dicho círculo de destrucción una vez dentro, convertido en nada más que una bomba a plazo. Inevitablemente nos hará pensar en los kamikazes palestinos que buscan la salvación de su pueblo haciéndose reventar en los autobuses israelíes. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones sobre la utilidad de dichos actos, condicionantes éticos aparte.

Sueños de juventud. Pero a lo largo de la obra el autor procede igualmente a hacer ejercicio de cierto protagonismo. BHL, de tanto en cuanto, explica sus interrogantes filosóficos y existenciales haciendo un flashback que le retrotrae a sus primeras experiencias viajeras cubriendo guerras como informador.  Intenta así justificar sus sueños de juventud, buscando paraísos perdidos en los que todavía se podía hacer la revolución a la manera de un Malraux o un  Hemingway en la guerra de España. Pero el romanticismo de las guerras probablemente solo existe en algunos libros.

Las conclusiones sobre la teoría del Fin de la Historia buscan sus raíces en dichos conflictos olvidados. El fin de la Historia tendría lugar en zonas, países y regiones en guerra y que jamás han entrado en la Historia, en el sentido occidental del término.  Esas mismas tragedias y la indiferencia de Occidente muestra que es allí donde la Historia tiene su término, en la periferia, en lo que él denomina agujeros negros. Al alcance de cualquier corriente de fanatismo que pudiera manipular dichos conflictos, como pudiera ser el extremismo islámico. Y he aquí la polémica.

Críticas árabes. Algunas de las conclusiones que el autor extrae en torno a la cuestión del Fin de la Historia han sido muy criticadas desde diversos sectores, y el mundo islámico está entre ellos. Según Levy la defensa de los principios democráticos justifica la guerra contra el terrorismo islámico, y siguiendo tal razonamiento apoyó recientemente la intervención militar en Afganistán. Pero este cierto tufillo a Huntington, a pesar de declararse abiertamente contrario a dichas simplificaciones, no oculta que el análisis del problema ofrece múltiples matices. En este sentido es significativo el capítulo que dedica a la figura del coronel Massoud, en su opinión representante de un Islam tolerante y democrático que se debe imponer a todo tipo de extremismos. El problema se presenta cuando la intención no es tan clara a la hora de  abordar otros cuestiones de rabiosa actualidad, como el conflicto en Oriente Medio. BHL habla de que hay que tener la Shoah (el genocidio judío) en la cabeza y en el  corazón cuando pensamos en cada una de estas tragedias. Parece que en el caso del pueblo palestino no lo tiene tan claro. La familia obliga, pero cuando se juega a hacer filosofía del comportamiento humano hay que poner todas las cartas sobre la mesa. En caso contrario se corre un serio riesgo de credibilidad.

En todo caso, la intención de BHL es interesante y no deja de tener esa capacidad reivindicativa que se le ha de exigir a todo filósofo más o menos comprometido, esa estirpe de intelectuales de raigambre tan francesa. Pero en este mundo mercantilizado necesariamente parece ir parejo a la promoción mediática, sea si su objetivo último es llamar la atención sobre tantas y tantas tragedias olvidadas.

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