Nº 528- 28 de octubre de 2002

1982, EL AÑO CLAVE

Por J. G. A.

Coincidiendo exactamente con el veinte aniversario de la llegada de los socialistas al poder, Eduardo Sotillos ha presentado muy oportunamente 1982, el año clave. Parece, pues, un libro de encargo pedido por la editorial Aguilar al calor de la efemérides y en cierta manera lo es, pero es mucho más: es un libro ambicioso, muy trabajado, muy cuidado, muy documentado y que no sólo cuenta, sino que también explica.

Eduardo Sotillos, ante todo periodista, ocupó un puesto importante en el primer gabinete socialista: portavoz del Gobierno, un cargo que le permitió asistir a los consejos de ministros y ser testigo directo de acontecimientos importantes. Hay que advertir, sin embargo, desde estas primeras líneas que el lector no encontrará ninguna confidencia sobre informaciones obtenidos por el autor en el ejercicio de su cargo. Este ha trabajado como un periodista de primera, auxiliado por su formación de politólogo –estudió en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense–, y ha elaborado un buen producto en base a la información recogida, que ha sabido situar en un marco interpretativo brillante y en algunos aspectos novedoso, para lo que ha combinado diestramente las técnicas del periodista y las del historiador. No obstante, a lo que no puede renunciar el autor es a que su criterio esté iluminado por la experiencia vivida, algo que no estaría al alcance de quien hubiera seguido tales acontecimientos desde la redacción de un periódico.

Tampoco puede evitar Sotillos ser socialista, hoy militante de base en la Agrupación de Pozuelo. No es, sin embargo, una exaltación del gobierno socialista, ni mucho menos una hagiografía de González, aunque tampoco encontrará el lector ni resentimiento ni ajuste de cuentas. Sotillos no es precisamente un arrepentido. Es uno de esos hombres que ha seguido un camino coherente asumiendo las zonas oscuras de su partido como el bagaje del militante comprometido pero libre a quien no le ciega la pasión, aunque tampoco la oculta. Ha escrito, pues, un libro honrado que contribuirá a rescatar una historia que la derecha se afana en manipular. Su misión fundamental, tal como la explicita el autor es “recomponer la imagen de un país que atravesaba la grave crisis de descomposición del partido gobernante, que podía estallar socialmente por un desempleo inaguantable y desesperanzado y una economía con situaciones de quiebra financiera y obsolescencia industrial, cuyo remedio lastró muchos de los esfuerzos políticos del primer gobierno socialista”.

El golpe que nunca existió. Veinte años no es nada para la historia, desde luego, y falta la perspectiva adecuada; que se enfríen rencores, resentimientos y vanidades, pues las brasas queman todavía bajo las cenizas, pero el material proporcionado que tiene hoy un vivísimo interés será de gran utilidad para los historiadores de mañana. No son las fuentes lo que faltan; el problema más peliagudo ha sido justamente el de no perderse entre tanto material, encontrar el hilo conductor entre montañas de testimonios a veces contradictorios y discernir lo que verdaderamente fue importante de lo anecdótico. Sotillos lo ha leído todo. El lector encontrará además preciosas perlas no menos valiosas por el hecho de que ya estaban publicadas. Ya sabe usted: si quiere que algo permanezca en secreto publíquelo en un libro. Es muy convincente el autor al destacar “el golpe que nunca existió” que estaba previsto para la jornada de reflexión del 27 de octubre de 1982, un día antes de las elecciones generales sobre cuyo desenlace no había duda. Los conspiradores estimaban que el gran fallo del golpe del 23-F es que no se derramó sangre. Esta vez no debería vacilarse, pues los golpes que triunfan son los que no escatiman la sangre. “Ahora había que tirar a dar. Los principales objetivos militares tenían que ser el Palacio de la Zarzuela –el monarca debía ser neutralizado– y La Moncloa, sede del poder civil. Mientras tanto, y sigo el relato coincidente en los principales medios de comunicación españoles, algunos centenares de militantes de las organizaciones de extrema derecha tenían la instrucción de asesinar a líderes políticos, alcaldes y concejales, intelectuales y periodistas”. Aporta Sotillos interesantes reflexiones sobre la actitud de Fraga, que “sintonizaba con las razones esgrimidas por los sectores ultras, civiles y militares pero disentía radicalmente del uso de métodos anticonstitucionales”.

En su intervención ante la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados, donde se debate sobre este golpe, al que Fraga en sus memorias califica de “pretendido nuevo golpe”– Fraga pronuncia unas palabras inquietantes por sus excesos de comprensión: “Hay que decir, señor presidente, que después de que, repito por segunda vez, expreso la más clara de las condenas, lo que no conozco en ningún país del mundo es que el sistema militar sea insensible de alguna manera a los problemas que afecten eventualmente a la ruptura de la integridad territorial de una nación, a un grave hundimiento del orden público, y cuando hay un largo periodo, como ha habido, de generales asesinados, dos gobernadores militares, de guardias rematados en el suelo, de banderas quemadas etc, evidentemente no se justifica nada, pero se pueden entender ciertas cosas y justamente es el momento de que hagamos política de Estado a la categoría que resuelva no sólo las condenas –y las pronuncio por tercera vez– sino las soluciones”. Unas palabras que le permiten a Guerra llamarle “siquiatra de los golpistas” y que dan la ocasión al representante de UCD a la sazón Emilio Lamo de Espinosa para pronunciar unas palabras admirables: “...aquí se ha aludido, señor presidente, al tema –que yo creo que está en demasía en los medios de información – sobre el poder civil y el poder militar. No hay más que un poder. O, dicho de otro modo, no hay más que un lugar de donde emanan los poderes, que es la Constitución. Y no hay más que tres poderes: el poder legislativo, que hace las leyes, y que hace también las leyes militares; el poder ejecutivo, que es el Gobierno, que gobierna toda la nación y dirige toda la política, también la de Defensa, y también la política militar; y el poder judicial, que evidentemente aplica la justicia, también la justicia militar”. Días mas tarde, en mitin, Lamo de Espinosa llegó a decir: “La ambigua actitud de Fraga ante el golpismo es un atentado a la convivencia pacífica de nuestra Patria”. No queda tan bien, sin embargo, el entonces ministro de Defensa, Alberto Oliart, que no estuvo a la altura de las circunstancias.

El ambiente vivido entonces, que reflejan bien estas pinceladas, resalta el mérito del gobierno socialista erradicando el golpismo de la realidad política, que hay que unir al mérito de la orientación política de González, que dio la prioridad requerida a garantizar las precondiciones de la democracia tanto en lo que al gobierno civil se refiere como en lo referente al saneamiento económico y a infundir la necesaria tranquilidad en el mundo empresarial.

El genoma del PSOE. Mas allá del aprovechamiento de la efemérides me parece un acierto la elección de una fecha concreta, de un año clave, como método histórico. Es un corte en el tiempo que permite reflejar fenómenos de más largo alcance, de las ondas de banda ancha que dan sentido a un proceso político: el agotamiento de la solución Suárez como formula para la transición, una de cuyas manifestaciones fue la todavía no suficientemente explicada dimisión del presidente, quemado en la tarea, muerto de éxito, podríamos decir; y la desintegración de su partido que ya sólo prometía para el pasado. Queda también reflejada la arquitectura genética, el genoma del socialismo made in González aplicado a la consolidación de la democracia y la modernización de España y que, como se quejaran en el sindicato hermano, estaba más preocupado por los empresarios que por los trabajadores. Una consideración que vista hoy resulta injusta, pues a pesar de que el marco económico no dio para demasiadas alegrías se mantuvo una política social a veces por encima de las posibilidades y, desde luego, se recortaron notablemente las diferencias de renta entre la gente hasta situar a España entre los países con menor dispersión social.

Sotillos trata a González con tanto respeto como distanciamiento: o con respeto distante. Una muestra finísima de esta actitud son las líneas, sólo tres, dedicadas al presidente en el capitulo final del libro titulado: “Esto no es un índice onomástico”: “Sigue siendo diputado del PSOE, miembro del Comité Federal, es publicista y conferenciante y preside una comisión internacional sobre la globalización”. Eso es todo.

Sin embargo, Sotillos le hace justicia, y de forma muy explicita en el capitulo “Felipe, el pensamiento útil”: “El PSOE –concluye el autor– hubiera podido ganar las elecciones, pero Felipe González las ganó”.

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