Conferencia
de Abdelmumin Aya
Ser musulmán en Europa
Abdelmumin Aya, sevillano de nacimiento
y musulmán, doctor en Filosofía y estudioso del mundo de las religiones
(tiene varias obras sobre el Islam y la espiritualidad japonesa) ha disertado
recientemente sobre el enfrentamiento Occidente-Islam invitado por la
Fundación Valencia III milenio dentro de un interesante congreso titulado
genéricamente “¿Qué es Occidente?” celebrado en la capital del Turia.
El pensador se pregunta sobre lo que, de verdad, se esconde tras el término
occidente para encontrar las raíces de los odios que hoy enfrentan al
conocido como “mundo occidental” y “mundo musulmán”. El Siglo ofrece un
extracto de su sugerente conferencia.
Islam” no es lo contrario de “Occidente”.
En todo caso, Occidente es lo contrario de Oriente, no de Islam. Lo contrario
de Islam es el kufr. Y el kufr no es un concepto geográfico, como no lo
es el Islam, sino una realidad espiritual. El kafir no es el que no cree
en el Islam, “el infiel”, como traduce la astuta filología misional católica.
El kufr es –ante todo y sobre todo– una realidad interior al corazón humano
cuando éste se anquilosa en la insensibilidad, la cerrazón, la brutalidad.
(...)
En resumidas cuentas, el Islam es
algo posible en Occidente y en Oriente, porque no se opone a ninguno de
los dos. Si Occidente necesita definirse por oposición a algo, más sentido
tendría contrastarse con Oriente, que no con el Islam, en el que han coexistido
sin esquizofrenia el individualismo de que presumen los occidentales y
la importancia del grupo social que se da en las sociedades orientales,
el amor por la Ciencia de los primeros y la fascinación por el Arte de
los segundos, la lógica racional de los unos y la apasionada sensualidad
sin neurosis de los otros. (...)
Pero, ¿qué es Occidente? ¿Qué países
pueden considerarse occidentales? Si lo identificamos a Cristiandad, Israel
quedaría fuera y la misérrima Iberoamérica dentro. Si lo identificarnos
a Hemisferio Norte, Argentina queda fuera y Albania queda dentro. Si lo
identificamos a países en los que no haya una desesperada miseria incluimos
a Kuwait y quedaría fuera EE UU. Si lo identificamos a un bloque militar
liderado por EE UU, habría que incluir a Turquía y excluir a Suiza. Si
identificamos Occidente con la quedaría de la romanidad, Japón quedarla
fuera, por más poder económico que tenga, y sin embargo tendríamos que
incluir a Túnez. Si identificamos Occidente al mundo blanco, Sudáfrica
quedaría fuera, pero incluiríamos a Bosnia aunque sean musulmanes. Si
lo identificamos a países poderosos, Kosovo quedaría fuera, aunque sea
Europa, pero habría que incluir a Corea. Si lo identificamos a unos hábitos
europeos, por ejemplo alimenticios, Grecia quedaría fuera, aunque sea
la cuna de Europa. Y si, en un arrebato de audacia, identificamos Occidente
a la racionalidad heredada de la Grecia clásica, los países que defienden
la caza del zorro o la fiesta de los toros quizá quedáramos fuera...
Y ni siquiera en un sentido meramente
geográfico Occidente va a resultar tan fácil de identificar. El Occidente
de Asia es Europa; pero el Occidente de Norteamérica es Asia. Si, como
dicen algunos espíritus preclaros, la tierra no es plana sino redonda,
no hay Oriente ni hay Occidente, o, dicho sea de otro modo, todo lugar
es Oriente y Occidente respecto a otros lugares.
Prescindiendo de la –demostradamente
imposible– identidad geográfica, encuentro tres posibles modelos de Occidente
para responder a las expectativas que se tienen puestas en él, avisando
de antemano que ninguno de ellos será la opción a la que personalmente
me adscriba:
1. Modelo amplio: Una primera formulación
de lo que sería Occidente trataría de englobar toda la amorfa realidad
de países sin mínimo común denominador, excepto el del poder que todos
estos países comparten. Para ello se ha hablado de la existencia de un
triple Occidente: un Occidente cultural, un Occidente económico y un Occidente
militar. De este modo, logramos un concepto Occidente fuera del cual queda
tan sólo lo que nos estorba, el Tercer Mundo. (...)
2. Modelo intermedio: Una segunda
forma de resolver la cuestión sería la de que Occidente se constituyese
en “crisol de culturas”. Al haberse extendido Occidente sobre las culturas
de prácticamente todo el planeta se habría hecho moralmente responsable
de ellas. Y, para bien o para mal, por respeto a sus vencidos o por librarse
del demonio de la culpabilidad, ahora las contendría a todas y sólo encontraría
una vida de armonía interna que evitase el caos social y contribuyese
al desarrollo colectivo fomentando la coexistencia pacífica de todas ellas
en su interior. Este planteamiento, más romántico que realista, nos parece
que deja importantes flecos sueltos. (...)
3. Modelo reducido: Una tercera resolución
de la identidad occidental, que quizá sea la identificación teóricamente
más consistente, pero estratégicamente la más torpe de las tres, sería
hacer de Occidente ese conjunto de países de cultura europea, raza blanca
y antecedentes cristianos que han conseguido establecer una red de intereses
económicos que les permite mantener una situación de hegemonía con respecto
al resto del mundo defendiendo ésta con un enorme poderío militar. (...)
Pero, en cualquiera de los tres casos,
si Occidente es la mera existencia de una red de lazos económicos y unos
proyectos de mantener dicho poder a cualquier precio, entonces, rogaríamos
que se nos ahorrarse la molestia de hablarnos de rasgos culturales cuya
defensa constituiría la esencia de Occidente, del tipo laicismo, democracia,
progreso, racionalidad, valor de la persona, defensa de los derechos humanos,
etc. Las relaciones históricas de lo que hasta ahora ha sido Occidente
con el resto del mundo se han basado en la dominación, y no es fácil transformarlo
ahora de un plumazo en un proyecto cultural. Personalmente, me niego a
someter a cirugía estética a ese impulso occidental a la desesperada que
tuvo lugar a fines de la Edad Media en el que se confundieron voluntad
de poder y voluntad de supervivencia, ambas completamente lícitas, pero
también completamente distintas de un proyecto cultural. Porque entonces
yo estaría justificando las colonizaciones, los imperialismos, los paternalismos,
y, también los abusos, consiguientes a la intervención en países más vulnerables
que nosotros.
Es el momento idóneo para hacer introspección
y saber si nos ha traído aquí la cuestión “¿Qué es Occidente?” y no “¿Qué
queremos que sea Occidente para justificar qué?”. Pensar “¿Qué es Occidente?”
cuando ya no hay un auténtico Oriente (porque la China comunista ya no
es Oriente ni lo es la India de la bomba atómica ni el Japón del béisbol
como deporte nacional), repito, definir hoy día la “accidentalidad” y
llenarla de contenido, es pensar un Occidente contra alguien, y sólo habrá
que decidir si ese enemigo es el intolerante y fanático Islam o la multitudinaria
y poderosa China de Mao..., o si lo son ambos.
Quizá hubiera sido interesante una
reflexión previa al inicio de las ponencias del Congreso que estudiase
los motivos por los que a estas alturas de la Historia nos podemos a definir
el concepto Occidente... A mí me parece tener una posible respuesta. Y
es que Occidente, hasta ahora, no ha tenido mucho tiempo ni interés por
las autodefiniciones: no ha sido más que el fruto de una huida hacia delante
–parafraseando a Pierre Channu– que tuvo lugar en el siglo XV, cuando
se reaccionó colectivamente presa del pánico a que se repitiera una nueva
peste negra. No nos confundamos: el pánico a las epidemias de la baja
Edad Media y no ninguna clase de proyecto concreto de expansión natural
de una religión o ideología es –de hecho– el origen de la Europa Moderna,
es decir, el germen de eso que estamos llamando Occidente.
Hagamos un repaso histórico y constatemos
que el discurso acerca de Occidente es bastante reciente. No tiene más
de cincuenta años. Occidente como proyecto no comienza hasta después de
la II Guerra Mundial, planteándose como primer objetivo de su andadura
la destrucción de la Unión Soviética como bloque económico y militar.
Tras ese primer objetivo, el occidentalismo se plantea un segundo objetivo
consistente en la asimilación del Islam en la esfera de la economía capitalista.
Hasta qué punto se haya conseguido este segundo objetivo no me siento
capaz de valorarlo. Pero soy consciente de que nuestra presencia hoy aquí
plantea veladamente un tercer objetivo del occidentalismo, que es la superpotencia
China. Porque, como defendió Alexander Zinoviev, “occidentalismo, actualmente,
es luchar contra China. En el siglo XXI –y sigo citando sus palabras–
habrá una gran guerra contra China; si no, Occidente no podrá sobrevivir”.
Y para consolidar un grupo de fuerza
contra China, un grupo internamente consistente, se trata de emplear a
los países islámicos como mano de obra, lugar de materias primas y mercado
de productos de segunda mano, y de emplear a las diferentes etnias y culturas
que pueblan ya el Occidente blanco como contingente demográfico sin el
que no es en absoluto posible ningún sueño imperialista. Pues de todos
es sabido que la demografía europea actual le obliga a la integración
de sus minorías étnicas si pretende seguir soñando con tener el protagonismo
de la economía mundial. Y aquí llegamos al papel de los conversos, elementos
educados en Europa pero que viven la espiritualidad de esas etnias y culturas
que se pretende integrar. Los conversos somos los traductores culturales,
y, de algún modo, el alambique alquímico que puede transformar a los inadaptados
musulmanes de origen en ciudadanos europeos de mentalidad, habiéndose
comprobado que incluso los “fanáticos” musulmanes son más fáciles de integrar
que las minorías chinas de los países occidentales. Sólo hay que constatar
cómo actualmente, en Londres, uno de los centros neurálgicos de Occidente,
un hombre puede nacer, crecer y morir sin hablar más que chino.
El occidentalismo, a nuestro juicio,
fue magistralmente definido por Zinoviev como “el deseo de Occidente de
asimilar otros países, protegido ideológicamente por una misión humanitaria
y liberadora, aunque su sentido real no tenga nada que ver con estas hermosas
palabras; su objetivo es el de reducir a sus víctimas a un estado que
les hará perder cualquier capacidad de desarrollo independiente”. Es por
eso, que, nuestra personal postura ante la cuestión, y no sintiéndonos
representantes en modo alguno de los musulmanes en general, es la siguiente:
defendemos que tratar de contestar a la pregunta “¿Qué es Occidente?”
es una importante tarea cuyo éxito final sólo podrá cumplirse –a nuestro
juicio– vaciando de contenido la palabra Occidente. Vamos a considerar
a Occidente una circunstancia histórica que, junto con el logro de un
poder material, extendió la idea de la superioridad de su raza, negando
que nunca hubiera un proyecto que responda a un ideal cultural de Occidente.
Por ello, no vamos a ver de buen grado que impunemente se utilicen valores
de la Grecia clásica, de Roma o del cristianismo para elaborar artificialmente
una opción cultural. (...)
Actualmente, tan sólo piensan que
la esencia de Occidente sea el capitalismo los occidentales que desean
provocar un enfrentamiento entre Occidente y el Islam porque ignoren la
debilidad a que eso les conduce frente a un tercero en discordia, y asimismo
los musulmanes que muerden el cebo puesto por algunos lobbies y servicios
de inteligencia que hablan de un Islam contra el Shaytán de Occidente
liderado por Ben Laden. Porque, efectivamente, el Islam es enemigo del
capitalismo, pero Occidente no es idéntico a capitalismo. Si así fuera,
seguramente, no estaríamos aquí. Porque el capitalismo en estado puro,
en su esplendor, no necesita aliados ni legitimaciones. Estamos aquí porque
ya hay modelos de capitalismo que se salen de las fronteras de Occidente
y que le superan en métodos y capacidad de sometimiento del vencido. Me
refiero al capitalismo que se ensaya en Hong Kong, Taiwan, Japón o Corea,
como laboratorio del que llegará a liderar China.
En lo que nos concierne a los musulmanes,
tengo que declarar que el Islam no es el enemigo de Europa, ni es el enemigo
de Estados Unidos, ni es el enemigo de Rusia, ni es el enemigo de China,
como no es el enemigo del cristianismo ni del judaísmo. El Islam fue enemigo
del Comunismo hasta su desaparición y es enemigo del Capitalismo, sea
dirigido por países de herencia europea o –como probablemente suceda en
el futuro– de corte asiático.
En conclusión, esa entelequia llamada
Occidente deberá permitir a la herencia de valores griegos, romanos y
cristianos (que se emplean para su conformación) expandirse por toda la
Humanidad, tras de lo cual Occidente deberá disolverse en la nada, que
es, exactamente en la medida en que ha ido haciendo desaparecer a su contrario
geográfico y cultural –Oriente–; porque ambos, Occidente y Oriente, deben
ser tomados en el futuro como momentos de la Historia del hombre, nunca
como sistemas culturales concretos y coherentes. O, de lo contrario, siempre
habrá alguien que quede fuera de la Historia.
Nosotros, los musulmanes europeos,
ofrecemos nuestra ayuda para desactivar esa bomba de odio que se elabora
artificialmente con el nombre de Occidente y no escatimaremos esfuerzos
en la tarea de transformar “Occidente” en “Mundo”. Y no al contrario,
como desea la globalización. Pedimos a Allâh que nos permita contribuir
a hacer del “occidental” simplemente “un hombre”, y que podamos decir
todos con Sófocles: “Soy un hombre y nada de lo humano me es ajeno”.
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