Nº 489 - 24 de diciembre de 2001

Conferencia de Abdelmumin Aya


Ser musulmán en Europa

Abdelmumin Aya, sevillano de nacimiento y musulmán, doctor en Filosofía y estudioso del mundo de las religiones (tiene varias obras sobre el Islam y la espiritualidad japonesa) ha disertado recientemente sobre el enfrentamiento Occidente-Islam invitado por la Fundación Valencia III milenio dentro de un interesante congreso titulado genéricamente “¿Qué es Occidente?” celebrado en la capital del Turia. El pensador se pregunta sobre lo que, de verdad, se esconde tras el término occidente para encontrar las raíces de los odios que hoy enfrentan al conocido como “mundo occidental” y “mundo musulmán”. El Siglo ofrece un extracto de su sugerente conferencia.

Islam” no es lo contrario de “Occidente”. En todo caso, Occidente es lo contrario de Oriente, no de Islam. Lo contrario de Islam es el kufr. Y el kufr no es un concepto geográfico, como no lo es el Islam, sino una realidad espiritual. El kafir no es el que no cree en el Islam, “el infiel”, como traduce la astuta filología misional católica. El kufr es –ante todo y sobre todo– una realidad interior al corazón humano cuando éste se anquilosa en la insensibilidad, la cerrazón, la brutalidad. (...)

En resumidas cuentas, el Islam es algo posible en Occidente y en Oriente, porque no se opone a ninguno de los dos. Si Occidente necesita definirse por oposición a algo, más sentido tendría contrastarse con Oriente, que no con el Islam, en el que han coexistido sin esquizofrenia el individualismo de que presumen los occidentales y la importancia del grupo social que se da en las sociedades orientales, el amor por la Ciencia de los primeros y la fascinación por el Arte de los segundos, la lógica racional de los unos y la apasionada sensualidad sin neurosis de los otros. (...)

Pero, ¿qué es Occidente? ¿Qué países pueden considerarse occidentales? Si lo identificamos a Cristiandad, Israel quedaría fuera y la misérrima Iberoamérica dentro. Si lo identificarnos a Hemisferio Norte, Argentina queda fuera y Albania queda dentro. Si lo identificamos a países en los que no haya una desesperada miseria incluimos a Kuwait y quedaría fuera EE UU. Si lo identificamos a un bloque militar liderado por EE UU, habría que incluir a Turquía y excluir a Suiza. Si identificamos Occidente con la quedaría de la romanidad, Japón quedarla fuera, por más poder económico que tenga, y sin embargo tendríamos que incluir a Túnez. Si identificamos Occidente al mundo blanco, Sudáfrica quedaría fuera, pero incluiríamos a Bosnia aunque sean musulmanes. Si lo identificamos a países poderosos, Kosovo quedaría fuera, aunque sea Europa, pero habría que incluir a Corea. Si lo identificamos a unos hábitos europeos, por ejemplo alimenticios, Grecia quedaría fuera, aunque sea la cuna de Europa. Y si, en un arrebato de audacia, identificamos Occidente a la racionalidad heredada de la Grecia clásica, los países que defienden la caza del zorro o la fiesta de los toros quizá quedáramos fuera...

Y ni siquiera en un sentido meramente geográfico Occidente va a resultar tan fácil de identificar. El Occidente de Asia es Europa; pero el Occidente de Norteamérica es Asia. Si, como dicen algunos espíritus preclaros, la tierra no es plana sino redonda, no hay Oriente ni hay Occidente, o, dicho sea de otro modo, todo lugar es Oriente y Occidente respecto a otros lugares.

Prescindiendo de la –demostradamente imposible– identidad geográfica, encuentro tres posibles modelos de Occidente para responder a las expectativas que se tienen puestas en él, avisando de antemano que ninguno de ellos será la opción a la que personalmente me adscriba:

1. Modelo amplio: Una primera formulación de lo que sería Occidente trataría de englobar toda la amorfa realidad de países sin mínimo común denominador, excepto el del poder que todos estos países comparten. Para ello se ha hablado de la existencia de un triple Occidente: un Occidente cultural, un Occidente económico y un Occidente militar. De este modo, logramos un concepto Occidente fuera del cual queda tan sólo lo que nos estorba, el Tercer Mundo. (...)

2. Modelo intermedio: Una segunda forma de resolver la cuestión sería la de que Occidente se constituyese en “crisol de culturas”. Al haberse extendido Occidente sobre las culturas de prácticamente todo el planeta se habría hecho moralmente responsable de ellas. Y, para bien o para mal, por respeto a sus vencidos o por librarse del demonio de la culpabilidad, ahora las contendría a todas y sólo encontraría una vida de armonía interna que evitase el caos social y contribuyese al desarrollo colectivo fomentando la coexistencia pacífica de todas ellas en su interior. Este planteamiento, más romántico que realista, nos parece que deja importantes flecos sueltos. (...)

3. Modelo reducido: Una tercera resolución de la identidad occidental, que quizá sea la identificación teóricamente más consistente, pero estratégicamente la más torpe de las tres, sería hacer de Occidente ese conjunto de países de cultura europea, raza blanca y antecedentes cristianos que han conseguido establecer una red de intereses económicos que les permite mantener una situación de hegemonía con respecto al resto del mundo defendiendo ésta con un enorme poderío militar. (...)

Pero, en cualquiera de los tres casos, si Occidente es la mera existencia de una red de lazos económicos y unos proyectos de mantener dicho poder a cualquier precio, entonces, rogaríamos que se nos ahorrarse la molestia de hablarnos de rasgos culturales cuya defensa constituiría la esencia de Occidente, del tipo laicismo, democracia, progreso, racionalidad, valor de la persona, defensa de los derechos humanos, etc. Las relaciones históricas de lo que hasta ahora ha sido Occidente con el resto del mundo se han basado en la dominación, y no es fácil transformarlo ahora de un plumazo en un proyecto cultural. Personalmente, me niego a someter a cirugía estética a ese impulso occidental a la desesperada que tuvo lugar a fines de la Edad Media en el que se confundieron voluntad de poder y voluntad de supervivencia, ambas completamente lícitas, pero también completamente distintas de un proyecto cultural. Porque entonces yo estaría justificando las colonizaciones, los imperialismos, los paternalismos, y, también los abusos, consiguientes a la intervención en países más vulnerables que nosotros.

Es el momento idóneo para hacer introspección y saber si nos ha traído aquí la cuestión “¿Qué es Occidente?” y no “¿Qué queremos que sea Occidente para justificar qué?”. Pensar “¿Qué es Occidente?” cuando ya no hay un auténtico Oriente (porque la China comunista ya no es Oriente ni lo es la India de la bomba atómica ni el Japón del béisbol como deporte nacional), repito, definir hoy día la “accidentalidad” y llenarla de contenido, es pensar un Occidente contra alguien, y sólo habrá que decidir si ese enemigo es el intolerante y fanático Islam o la multitudinaria y poderosa China de Mao..., o si lo son ambos.

Quizá hubiera sido interesante una reflexión previa al inicio de las ponencias del Congreso que estudiase los motivos por los que a estas alturas de la Historia nos podemos a definir el concepto Occidente... A mí me parece tener una posible respuesta. Y es que Occidente, hasta ahora, no ha tenido mucho tiempo ni interés por las autodefiniciones: no ha sido más que el fruto de una huida hacia delante –parafraseando a Pierre Channu– que tuvo lugar en el siglo XV, cuando se reaccionó colectivamente presa del pánico a que se repitiera una nueva peste negra. No nos confundamos: el pánico a las epidemias de la baja Edad Media y no ninguna clase de proyecto concreto de expansión natural de una religión o ideología es –de hecho– el origen de la Europa Moderna, es decir, el germen de eso que estamos llamando Occidente.

Hagamos un repaso histórico y constatemos que el discurso acerca de Occidente es bastante reciente. No tiene más de cincuenta años. Occidente como proyecto no comienza hasta después de la II Guerra Mundial, planteándose como primer objetivo de su andadura la destrucción de la Unión Soviética como bloque económico y militar. Tras ese primer objetivo, el occidentalismo se plantea un segundo objetivo consistente en la asimilación del Islam en la esfera de la economía capitalista. Hasta qué punto se haya conseguido este segundo objetivo no me siento capaz de valorarlo. Pero soy consciente de que nuestra presencia hoy aquí plantea veladamente un tercer objetivo del occidentalismo, que es la superpotencia China. Porque, como defendió Alexander Zinoviev, “occidentalismo, actualmente, es luchar contra China. En el siglo XXI –y sigo citando sus palabras– habrá una gran guerra contra China; si no, Occidente no podrá sobrevivir”.

Y para consolidar un grupo de fuerza contra China, un grupo internamente consistente, se trata de emplear a los países islámicos como mano de obra, lugar de materias primas y mercado de productos de segunda mano, y de emplear a las diferentes etnias y culturas que pueblan ya el Occidente blanco como contingente demográfico sin el que no es en absoluto posible ningún sueño imperialista. Pues de todos es sabido que la demografía europea actual le obliga a la integración de sus minorías étnicas si pretende seguir soñando con tener el protagonismo de la economía mundial. Y aquí llegamos al papel de los conversos, elementos educados en Europa pero que viven la espiritualidad de esas etnias y culturas que se pretende integrar. Los conversos somos los traductores culturales, y, de algún modo, el alambique alquímico que puede transformar a los inadaptados musulmanes de origen en ciudadanos europeos de mentalidad, habiéndose comprobado que incluso los “fanáticos” musulmanes son más fáciles de integrar que las minorías chinas de los países occidentales. Sólo hay que constatar cómo actualmente, en Londres, uno de los centros neurálgicos de Occidente, un hombre puede nacer, crecer y morir sin hablar más que chino.

El occidentalismo, a nuestro juicio, fue magistralmente definido por Zinoviev como “el deseo de Occidente de asimilar otros países, protegido ideológicamente por una misión humanitaria y liberadora, aunque su sentido real no tenga nada que ver con estas hermosas palabras; su objetivo es el de reducir a sus víctimas a un estado que les hará perder cualquier capacidad de desarrollo independiente”. Es por eso, que, nuestra personal postura ante la cuestión, y no sintiéndonos representantes en modo alguno de los musulmanes en general, es la siguiente: defendemos que tratar de contestar a la pregunta “¿Qué es Occidente?” es una importante tarea cuyo éxito final sólo podrá cumplirse –a nuestro juicio– vaciando de contenido la palabra Occidente. Vamos a considerar a Occidente una circunstancia histórica que, junto con el logro de un poder material, extendió la idea de la superioridad de su raza, negando que nunca hubiera un proyecto que responda a un ideal cultural de Occidente. Por ello, no vamos a ver de buen grado que impunemente se utilicen valores de la Grecia clásica, de Roma o del cristianismo para elaborar artificialmente una opción cultural. (...)

Actualmente, tan sólo piensan que la esencia de Occidente sea el capitalismo los occidentales que desean provocar un enfrentamiento entre Occidente y el Islam porque ignoren la debilidad a que eso les conduce frente a un tercero en discordia, y asimismo los musulmanes que muerden el cebo puesto por algunos lobbies y servicios de inteligencia que hablan de un Islam contra el Shaytán de Occidente liderado por Ben Laden. Porque, efectivamente, el Islam es enemigo del capitalismo, pero Occidente no es idéntico a capitalismo. Si así fuera, seguramente, no estaríamos aquí. Porque el capitalismo en estado puro, en su esplendor, no necesita aliados ni legitimaciones. Estamos aquí porque ya hay modelos de capitalismo que se salen de las fronteras de Occidente y que le superan en métodos y capacidad de sometimiento del vencido. Me refiero al capitalismo que se ensaya en Hong Kong, Taiwan, Japón o Corea, como laboratorio del que llegará a liderar China.

En lo que nos concierne a los musulmanes, tengo que declarar que el Islam no es el enemigo de Europa, ni es el enemigo de Estados Unidos, ni es el enemigo de Rusia, ni es el enemigo de China, como no es el enemigo del cristianismo ni del judaísmo. El Islam fue enemigo del Comunismo hasta su desaparición y es enemigo del Capitalismo, sea dirigido por países de herencia europea o –como probablemente suceda en el futuro– de corte asiático.

En conclusión, esa entelequia llamada Occidente deberá permitir a la herencia de valores griegos, romanos y cristianos (que se emplean para su conformación) expandirse por toda la Humanidad, tras de lo cual Occidente deberá disolverse en la nada, que es, exactamente en la medida en que ha ido haciendo desaparecer a su contrario geográfico y cultural –Oriente–; porque ambos, Occidente y Oriente, deben ser tomados en el futuro como momentos de la Historia del hombre, nunca como sistemas culturales concretos y coherentes. O, de lo contrario, siempre habrá alguien que quede fuera de la Historia.

Nosotros, los musulmanes europeos, ofrecemos nuestra ayuda para desactivar esa bomba de odio que se elabora artificialmente con el nombre de Occidente y no escatimaremos esfuerzos en la tarea de transformar “Occidente” en “Mundo”. Y no al contrario, como desea la globalización. Pedimos a Allâh que nos permita contribuir a hacer del “occidental” simplemente “un hombre”, y que podamos decir todos con Sófocles: “Soy un hombre y nada de lo humano me es ajeno”.

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