Nº 488 - 17 de diciembre de 2001


Internet nace libre y por doquier se encuentra encadenado

Por José García Abad

Con este titular podría resumirse la tesis de Lawrence Lessig, profesor norteamericano de Derecho Constitucional, que acaba de publicar un libro que refleja con elocuencia, elegancia y espíritu crítico las posibilidades y amenazas del nuevo mundo construido en la red. Su título es El código y otras leyes del ciberespacio, ha sido editado por Taurus Digital y es más que recomendable: su lectura es urgente.

Sostiene Lessig que se ha evaporado el espíritu romántico que acompañó al nacimiento de la red como un espacio de libertad absoluta, sin más reglas que unos protocolos técnicos neutrales y refractaria a cualquier tipo de censura; un espacio nuevo incontrolable por los gobiernos y por los poderes económicos. Un espíritu similar al que impulsó el nacimiento de los Estados Unidos de América, dotados de una Constitución pensada para garantizar los derechos ciudadanos frente al Estado tras la experiencia de la tiranía ejercida por la corona inglesa.

La “naturaleza”, o dicho con más propiedad “la arquitectura” de Internet, el “código”  que rige su funcionamiento  ha cambiado  sensiblemente –una fecha de referencia puede ser la de 1995– y está cambiando apresuradamente hacia un mundo tan controlado como el real o quizás más. Los atentados del 11 de septiembre  han acelerado este proceso pues ya no hay límites para el Estado, que invoca la seguridad pero que, como suele ocurrir, va mucho más lejos y deja un margen preocupante para los excesos represivos. Sin embargo, este inquietante proceso que limita las libertades ya estaba en marcha antes de la fatídica fecha, antes de que Lessig confiara su libro a la imprenta en 1999.

El autor, que ahora enseña en Harvard y que lo ha hecho en Chicago y Yale y que es fellow del Berkman Center for Internet and Society opina que el motor del cambio no es tanto el Estado como las necesidades del comercio a las que el Estado sirve como regulador necesario. Pero el Estado también interviene por su cuenta exigiendo la introducción de “peoras” técnicas, de retrocesos en la eficacia de la red con el propósito de facilitar su papel controlador. De hecho, no todos los controles –especialmente los arbitrados para facilitar el comercio y el cumplimento de la Ley– son negativos, pero el hecho constatable es que la red ya no es lo que era. Larry Lessig hace un diagnostico negro: “...tenemos razones para creer que el ciberespacio,  por sí solo, jamás cumplirá su promesa de libertad. Abandonado a su propio destino, el ciberespacio se convertiría en una herramienta perfecta para el control”. La mano invisible del ciberespacio está construyendo una arquitectura diametralmente opuesta  a lo que era el ciberespacio en sus orígenes.

En este camino hacia el control, los estados se deslizan aguas debajo de la tecnología, introduciendo notables retrocesos que faciliten la capacidad de los oídos gubernamentales. Por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos obliga a las compañías telefónicas a adoptar un dispositivo que facilite las escuchas gubernamentales. Los CD musicales ya no pueden grabarse libremente en la red pues la ley obliga a los fabricantes de aparatos aptos para la grabación digital a instalar en sus sistemas un chip electrónico que degrade  la calidad de las copias. Los fabricantes de televisores fueron obligados a desarrollar una tecnología que clasificase lo que se emite en cada momento, de modo que los padres puedan bloquear lo que no desean que sus hijos vean. En lo que a la encriptación se refiere –técnicas para garantizar la absoluta intimidad y el anonimato– el Estado ha establecido normas para romper cualquier código que el usuario pudiera elegir. Curiosamente, las empresas que más contribuyeron a la encriptación como garantía de intimidad son las que proporcionan ahora la tecnología para el control estatal. Es el caso, por ejemplo,  de Network y el de Cisco Systems. Ahora el Estado se ocupa de la “identificación” de quien actúa en la red y para ello procede a  la “zonificación” de un espacio nacido con vocación planetaria. Los fabricantes de ordenadores ya están investigando aparatos biométricos que simplificarían la asociación entre persona y ordenador. Por ejemplo, la empresa Compaq está estudiando un lector de huellas dactilares. La identidad y la identificación son cuestiones que condicionan la libertad de circulación, en definitiva toda la arquitectura del ciberespacio es poder y, por tanto, política. Algo habrá, pues, que hacer puesto que lo que es bueno para America Online no es necesariamente bueno para América. Ni necesariamente bueno para el resto del mundo. Es oportuno recordar que America Online (AOL) es un proveedor estadounidense de servicios en la red, el más grande del mundo, con doce millones de suscriptores en 1998. AOL sabe exactamente quién eres, dónde vives en el espacio real y, lo más importante de todo, el número de tu tarjeta de crédito y tu límite de dinero disponible. El autor, no obstante, no está en contra de la regulación sino en contra de una concepción de la regulación particularmente estrecha e inútil.

Y desde luego, le preocupan las amenazas a la privacidad, que ahora son más eficaces porque son más baratas. Antes, el ciudadano tenía la protección que representaba el coste imposible de colocarle un policía detrás o el gasto que para los comerciantes significaban mantener ficheros manuales con los hábitos de compra y de pago de su clientela. Ahora, la red puede hacerlo casi gratis, y por tanto, lo hace. Y le preocupa sobre todo que nuestra privacidad sea violada sin que nosotros tengamos la menor sospecha de que nos vigilan. La mano invisible no solucionará el problema. Hay que hacer algo.

El ciberespacio plantea igualmente nuevos problemas relacionados con la libertad de expresión. ¿Cómo evitar, por ejemplo, que la pornografía o la extremada violencia lleguen a los niños sin perjudicar el derecho de los adultos a la pornografía y a la violencia virtual? ¿Hay que inscribirse y certificar el carácter de adulto o son los menores los que tienen que identificarse como tales? Tomar uno u otro camino tiene más repercusiones de lo que pueda parecer. Y lo mismo ocurre respecto a los límites de la propiedad intelectual y a los distintos filtros que se van acumulando en la arquitectura de la red, especialmente en aquellos que no son detectados por el ciudadano. Una cuestión pertinente es definir cuánto control sobre la información deberíamos permitir y quién habría de ejercer dicho poder. Se impone luchar contra las estructuras centralizadas de decisión y contra las excesivamente individualizadas, así como en pro del debido equilibrio entre los derechos de lo privado y los derechos de lo público, entre los derechos colectivos y los individuales. El nuevo equilibrio –dictamina Lessig– “no es el que se da entre el Estado y el individuo, sino el que existe entre el Estado y las regulaciones implícitas en la arquitectura del ciberespacio. En esta ocasión, la amenaza se cierne sobre la soberanía tradicional. ¿De qué manera podríamos traducir dicha tradición para adaptarla a un mundo en el que el código es la ley?”.

He tratado de proporcionar algunas notas sobre los descubrimientos de Lawrence Lessig en torno al ciberespacio, que, en definitiva, es el mundo de hoy. El punto de vista de un profesor de Derecho Constitucional es quizás el más adecuado para que entendamos la revolución que vivimos, que está cambiando no sólo la velocidad y la amplitud de las comunicaciones sino tantos aspectos de la economía y de la sociedad y que representan un cambio radical en la política, en los derechos humanos y, en definitiva, en nuestra civilización. La nueva constitución está en el código de Internet, que es más una configuración técnica del software que un sistema legal al uso tradicional. Nos arriesgamos a que dentro de poco no nos dejen ni la posibilidad de delinquir, lo que no deja de representar un recorte a los derechos humanos y un desafío al libre albedrío. Conforme he ido penetrando en la lectura de El Código me he dado cuenta de la extremada dificultad de resumir su contenido, por lo que dejo aquí mis buenas intenciones y me limito a recomendar a los amables lectores que devoren el libro que les propongo.

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