Nº 486- 3 de diciembre de 2001

Conversaciones con Javier Figuero

“Iglesia, poder político y represión
han sido el motor de nuestra historia!

Por expreso deseo de Javier Figuero la cita es en el Ateneo de Madrid. Aquí, en los tiempos en que realmente Eduardo Haro era ya un niño republicano, se sometió a votación nada menos que la existencia de Dios. Esta noche el Ateneo, una vez más en obras, se encuentra casi vacío. No sé si será porque su única actividad programada es la presentación de un libro de poesía. Sin embargo, es difícil encontrar un rincón agradable donde mantener la entrevista. Decidimos resolver primero el trámite de las fotos ante la mirada preocupada de un empleado que no sabe cómo decirnos que estamos infringiendo las normas. Nos conduce ante la presencia del secretario de la entidad. Tengo la impresión de volver a ser aquel alumno de los escolapios cogido siempre en alguna falta. El directivo, no obstante, es mucho más condescendiente que aquellos severos frailes. Basta rellenar un impreso y hasta nos ofrece como escenario de la charla un despacho presidido por el retrato de Azaña. Al fin, solos.

Figuero acaba de publicar un libro, Si los curas y frailes supieran..., en el que, por primera vez en nuestra bibliografía, aborda la historia de España desde la perspectiva de la dialéctica permanente entre las corrientes secularizadoras y las teocráticas. Para que no haya dudas, en la nota introductoria a este ensayo de más de 500 páginas, fija su posición: “Trasvestidos para vencer, que no para convencer, los ensotanados han sido en este país el paradigma de la intolerancia, y el poso de su intransigencia lo abonará todavía durante mucho tiempo. La cara mutante de la Iglesia vaticana sigue girando hacia el perfil de conveniencia que determina la situación, de manera que aun hoy día, en los inicios del siglo XXI, resulta una trampa saducea relacionar sus objetivos con los comportamientos progresistas o reaccionarios del clero que son particulares y nunca generalizables. “

—¿Qué te han hecho los curas, Javier ?

—Pues yo ni siquiera tengo esa experiencia personal de tantos españoles que se han educado en un colegio religioso. Yo soy de los pocos en mi generación que estudiamos en un colegio mixto... No hay nada personal.

—¿Has sido en algún momento un católico practicante ?

—Bueno, de esa manera inerte que lo hemos sido mucho en España. La dedicatoria de este libro es para mi padre, que me cantaba “Si los curas y frailes supieran...” cuando aún creía que se podía ganar la guerra que él ya había perdido... pero también para mi madre, Carmen, “que hace torrijas por Semana Santa“. De todas maneras, yo quiero aclarar que no soy ni he sido un anticlerical en el sentido más tópico, pero sí estoy por la secularización de la sociedad en el sentido de los liberales, primero, y luego de la izquierda, con todos los matices que podamos poner. Esto es como la blasfemia, que supone un modo de creencia. Yo, ni siquiera eso.

—Pero sí te has definido como un agnóstico. ¿Tal vez porque te asusta, como a tantos, la palabra ateo ?

—Esa distinción la ha resuelto Tierno Galván con mayor rigor que el que yo pudiera utilizar en esta charla, pero si no me digo ateo es seguramente por mi tendencia a no ser anti-nada, porque no me lleva la creencia a creer en contrario.

—El subtítulo de tu libro, Una Historia de España escrita por Dios y contra Dios, merece que lo expliques, porque, de entrada, resulta muy arrogante...

—No, claro, no tiene una lectura desde la posición del autor, sino que se refiere a los dos pensamientos que van entrando en contradicción a lo largo de los siglos tanto en la historia de los acontecimientos políticos como en la de nuestra cultura. De todos maneras, alguien ya me ha reprochado en un debate de televisión que pretendiera asumir el papel de Dios... Nada más lejos de mis intenciones. Si trato de recoger lo que se ha escrito contra la Iglesia católica, es imprescindible que sitúe también, documentalmente, contra qué se reacciona.

Debo dejar escrito aquí, apagando el magnetófono, y abriendo el libro de Figuero, que será difícil, incluso a aquellos a los que irrita cualquier otro ejercicio intelectual que no sea el de la apologética, criticar por panfletario este texto que circula, apoyado en un sinfín de referencias documentales, entre la tradición de la visita a Hispania de Pablo, “allá por el 61 y 67 de la era del Christus”, y el caso Gescartera: “Los medios de comunicación han hablado de los ‘brokers de Dios’. No es una mala metáfora”

—¿Crees que la implicación de la Iglesia católica en el escándalo de Gescartera afectará a su credibibilidad ?

—Tal vez a largo plazo, pero ahora está desarrollando una teoría para consumo público según la cual es de lo más normal que administre sus recursos haciendo uso de los resortes financieros que existen en el mercado. Y es evidente que dispone de un poderosísimo respaldo en los medios de comunicación, tanto en aquellos que le son propios, como en los medios públicos. La Iglesia ha tenido que dar a conocer, sin embargo, y como consecuencia de este escándalo, que había creado en 1999 su propia sociedad de inversión en Bolsa, Usmages Simcav, de la que es propietaria del 100% del capital y en cuyo Consejo de Administración están representados todos los arzobispados.

—¿Veremos algún día el fin de la contribución del Estado, con el dinero de nuestros impuestos, al mantenimiento de la Iglesia católica ?

—Realmente, eso ya tendría que haberse producido, en cumplimiento de los propios acuerdos entre la Iglesia y el Estado, pero no sólo no ha sido así, sino que, como denunciaba recientemente Juan G. Bedoya en El País, las distintas administraciones españolas contribuyen cada año a la Iglesia con casi 600.000 millones de pesetas, mientras que la contribución voluntaria de los fieles, a través de la declaración de la renta, sólo llega a 15.000 millones. La Iglesia está recibiendo cada vez mayores beneficios, sobre todo en el campo de la educación, donde recibe más del 85% de la subvención estatal a la enseñanza privada concertada. Con el gobierno del Partido Popular ha mejorado sustancialmente su influencia en el campo de la enseñanza, a la que, por otra parte, tampoco se opuso de manera radical el PSOE durante sus 13 años de mandato. Y eso que fue Alfonso Guerra el encargado de negociar con los obispos... Pues parece que se quedaron bastante contentos. La izquierda española ha asumido muy tarde su compromiso anticlerical y hoy ha hecho dejación de esa bandera. Por eso, encima, hoy tiene que soportar que se la acuse de practicar un “anticlericalismo trasnochado” cuando se atreve a formular algunas críticas. El origen, por supuesto, está en la aceptación durante el debate constitucional de la referencia expresa a la Iglesia católica, lo cual puede explicarse por un temor a que se reprodujeran las dramáticas situaciones posteriores a la aplicación de la Constitución laica, esa sí absolutamente laica, de 1931. Parece que nunca dejará de tener vigencia entre nosotros la frase del Quijote: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”.

—La verdad es que lo ocurrido en España durante aquel periodo y los años posteriores al término de la Guerra Civil –quema de iglesias, asesinatos de religiosos y terrible represión– hace meditar a cualquiera sobre la necesidad de ejercitar la prudencia...

—Las circunstancia actuales son muy distintas. Y es también muy distinta la sensibilidad europea hacia estas cuestiones. Precisamente al comienzo del libro, exactamente en el primer párrafo, subrayo que durante la redacción de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, pendiente de que se incluya en el Tratado, los europarlamentarios del Partido Popular Europeo pretendieron que se incluyera una referencia al reconocimiento de la herencia religiosa continental. Francia se opuso tajantemente, argumentando que jamás suscribiría un texto que violentara la laicidad consagrada en la Constitución de la República Francesa...

—Y entonces, transcribo de tu libro, “Socios de aquel grupo político, los mandatarios del Reino de España no tuvieron otro remedio que aceptar la imposición por más que el documento concertado no secundase el espíritu de su Carta Magna, confesional por la expresa mención de la Iglesia católica”

—Y finalmente, concluyo, tras siglos de torpe y dramática resistencia, en este “feudo de Dios” se oyen por fin hoy las risas de Voltaire y de todos los librepensadores de la historia.

Mientras tanto, en España, incluso cuando se habla ya de introducir algunas reformas en nuestra Constitución y el PSOE parece admitir que pueda darse una nueva redacción a los artículos que afectan a la articulación federal del Estado, lo que nadie menciona en ningún momento es excluir el residuo de confesionalidad que consagra el texto de 1978. Este sí que parece ser el tema tabú de la política española.

—Es posible que el libro que ha sido excusa para esta charla dé lugar a un debate muy serio en la sociedad española –lo que no sería malo– pero temo, más bien, que vayas a soportar un decreto de silencio. Es el riesgo de escribir contracorriente...

—Espero que no suceda lo segundo. Pero, en todo caso, quiero insistir en que lo que yo he escrito durante tres años en los que no he hecho otra cosa, renunciando incluso al ejercicio activo del periodismo, no es más que un libro de historia en el que, parafraseando a Marx cuando afirma que la lucha de clases ha sido el motor de la historia universal, pretendo demostrar que la alianza entre la Iglesia, el poder político y la represión ha sido el motor de la nuestra. Basta una lectura sin prejuicios para advertir que no cargo las tintas en ningún momento. Y, por cierto, una parte muy importante de este trabajo es la selección de textos de todos los grandes escritores españoles desde Gonzalo de Berceo hasta Fernando Savater, en los que se residencia una postura muy crítica ante el comportamiento de los clérigos. No soy yo, sino Savater, quien ha escrito: “No encontramos otra institución tan nefasta como la Iglesia católica en la moderna historia de España”.

Mientras discutimos Javier y yo sobre si hoy Savater mantendría la vigencia de esa afirmación hecha hace 20 años, mientras sopesamos la posibilidad de poner en marcha una asociación laica que reclame espacios gratuitos en las radios y televisiones públicas, en pie de igualdad con las distintas iglesias, el Ateneo se ha vaciado casi al completo. Azaña, al oírnos, habrá pensado que ya oyó, muchas veces, este debate. Y, entonces, ha dado instrucciones al conserje para que nos saque de allí cuanto antes. Tiene una cita con don Niceto Alcalá-Zamora, que sigue insistiendo en la conveniencia de una república con obispos, bajo el patronato de San Vicente Ferrer y con el cardenal de Toledo presidiendo el Senado.

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