Nº 485- 26 de noviembre de 2001

Mohamed Tozy, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Casablanca

“EL ISLAMISMO ES UN MOVIMIENTO POLÍTICO BANAL”

Por Paco Soto (Casablanca)

Mohamed Tozy es un buen conocedor de los movimientos islamistas, tanto en su país, Marruecos, donde es profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Casablanca, como en otros del mundo musulmám. En esta entrevista con El Siglo, Tozy niega rotundamente que el islamismo político esté en auge, en contra de lo que afirman otros intelectuales en Occidente.

—Cómo analiza usted el auge que están viviendo algunos movimientos islamistas en el mundo árabe y musulmán, pero también en  países occidentales?

—No creo que se pueda hablar de auge de los movimientos islamistas en el mundo. En cualquier caso, hay que establecer ciertas diferencias entre los movimientos islamistas. Los primeros movimientos fueron unos fenómenos muy ligados a los movimientos nacionales de los países que luchaban contra el colonialismo y Occidente, y en muchos casos estaban directamente influenciados por la situación política de cada país. La segunda fase es la que corresponde a lo que yo llamo el islam expatriado, entre comillas, el islam que incluso se expande en países europeos no musulmanes, en Estados Unidos y en América Latina. Es un islam que pierde sus elementos nacionales en beneficio de elementos muy diversos de diferentes movimientos islamistas. En algunos países, el movimiento islamista va  a estar dirigido por Hezbolá; en otros, por los Hermanos Musulmanes egipcios o los fundamentalistas de Arabia Saudí o de Irán.

—¿Comparte usted la tesis de Gilles Kepel, quien en su último libro, La Yihad. Expansión y declive del islamismo, sostiene que ha llegado la hora del postislamismo y que las sociedades musulmanas desean entrar de lleno  en la modernidad?

—La tesis no es sólo de Kepel, es de Olivier Roi, quien, hace ya cinco o seis años, hablaba de la crisis del islamismo político. Creo que su tesis es correcta en el sentido de que la estrategia de toma del poder del movimiento islamista ha fracasado, ya sea por la vía de las urnas como por la vía armada. Argelia es un buen ejemplo, y en Irán hay una crisis evidente del sistema. Los islamistas tuvieron su época dorada en los años 80 y parte de los 90 y han fracasado en casi todos los países mulsulmanes. Tanto Roi como Kepel sostienen que la crisis del islamismo político también ha sido provocada por la reacción común de casi todos los estados del mundo para impedir la toma del poder por parte de estos movimientos. En los años 80, sin embargo, Estados Unidos y otros estados occidentales apoyaban a determinados grupos islamistas, porque esta estrategia les era rentable. Hoy, ya no.

—Pese a todo lo que  dice, en Occidente se sigue defendiendo la idea de que el islamismo está en auge.

—Pues no es verdad. El islamismo político está en crisis, pero lo que no está en crisis es la islamización de las sociedades musulmanas, la radicalización de las cuestiones religiosas en determinados países. El campeón de esta islamización social es Arabia Saudí, cuyos dirigentes llevan a cabo una política religiosa y social retrógrada.

—¿No han podido jugar a favor de los movimientos islamistas determinados elementos como son los graves problemas sociales que viven muchos países musulmanes y  el fracaso de otras vías políticas, como la nacionalista o la socialista marxista tradicional?

—Yo creo, efectivamente, que esto ha sido así, aunque habría que analizar la situación concreta de cada país. Frente a la crisis de determinadas vías políticas, el islam, en su totalidad, aparece ante los ojos de mucha gente como la mejor garantía para edificar una sociedad alternativa. El islam consigue movilizar a mucha gente, porque, en tanto que cuerpo teórico, recoge una serie de valores que hablan de  equidad y de justicia. En cuanto al  islamismo político estricto, ha sido muchas veces la reacción, la consecuencia, a determinadas políticas sociales, económicas o religiosas. Pero hay que dejar claro que el islamismo político es un fenómeno protagonizado por las clases medias, no por el pueblo llano; el pueblo llano, los marginados, son las tropas de choque de esta burguesía media. Me gustaría también recalcar que los islamistas, cuando llegan al poder, se suelen moderar o, al menos, se adaptan a la situación, se convierten en políticos. Irán es un ejemplo entre tantos. En este sentido, el islamismo es un movimiento político banal.

—El ex ministro de Educación de Túnez, Mohamed Chafri, declaraba hace poco a un periódico español que “el intregrismo se cura con educación”. ¿Está de acuerdo?

—Chafri es un colega y un amigo, pero no estoy demasiado de acuerdo con lo que dice. La educación es un elemento importante en cualquier tipo de socialización. Pero Chafri fue ministro de un régimen autoritario, y esto él lo suele olvidar. Cuando era ministro purgó el sistema escolar tunecino de ciertos elementos intolerantes, reaccionarios y antisemitas. Esto está bien, pero lo que no me gusta de Chafri es que su estrategia es demasiado tecnocrática. Lo digo, porque el modelo tunecino se basa en el desarrollo económico y en la educación, pero su error es que olvida la cuestión de la identidad de los tunecinos, que son árabes, magrebíes y musulmanes. El discurso de Chafri no es laico, es antirreligioso. No me gusta el modelo tunecino, porque no es democrático, es autoritario y tecnocrático y olvida que la sociedad es diversa, plural. La pluralidad es un patrimonio que debemos preservar también en las sociedades musulmanas.

—¿El reto de las sociedades musulmanas es entrar definitivamente en la modernidad, construir un sistema político y de valores democráticos y, a la vez, preservar sus particularidades identitarias?

—Yo creo que sí. Las sociedades musulmanas pueden ser modernas y democráticas, sin que esto signifique que abandonen sus particularidades y sean exactamente como Francia, Alemania o España. Incluso en Occidente, España no es como Estados Unidos o Francia. No se pueden solucionar los problemas identitarios con métodos autoritarios o tecnocráticos. Esto es lo que han hecho en Túnez: han eliminado a los bereberes, los judíos, los islamistas, los comunistas. Sólo quedan policías. El desarrollo económico y la educación son elementos importantes, pero no suficientes para construir la democracia política y social. Arabia Saudí es un país rico, pero no es democrático.

—Giovanni Sartori afirma que el islam es incompatible con la modernidad y la democracia, y bastantes intelectuales opinan lo mismo en Europa después de los atentados del 11 de septiembre. ¿Y usted?

—Todo depende lo que entendamos por modernidad. Si la modernidad significa el predominio del individuo por encima del clan,  la tribu, el grupo, la separación de lo espiritual y lo temporal, me parece bien. Lo que no me parece bien son todos estos señores muy poco inteligentes que hablan sin saber, que desconocen el islam y las sociedades musulmanas pero quieren dar lecciones de modernidad y democracia. Después del 11 de septiembre han dicho y escrito tantas tonterías...

—Pero no me negará que determinadas interpretaciones del Corán favorecen el autoritarismo.

—Por supuesto. Hay interpretaciones del islam que desembocan en el despotismo, pero no todas. Pero también quiero recordar que estos autoritarismos han sido tolerados e incluso alentados por Occidente.  El islam auténtico no es Arabia Saudí. El islam puede convertirse en un freno a la emancipación de los pueblos, pero también puede ser un elemento a su favor. Todas las religiones monoteístas, y esto lo afirmo, tienen una tendencia al totalitarismo y a la universalidad. El islam no es ninguna excepción. Todas las religiones tienen pretensiones totalitarias y la cohabitación entre ellas debe ser fruto de un compromiso histórico.

—Algunos estudiosos, como el catalán Antoni Segura, aseguran que en el Magreb, Marruecos y Túnez son los países que presentan un balance esperanzador para los próximos años, por lo que respecta a su evolución económica y política. ¿Piensa usted lo mismo?

—Estos dos países han escogido unas vías muy claras, pero yo no excluiría a Argelia, a pesar de la violencia. En estos tres países se han puesto en marcha tres opciones claras de modernización. Son procesos llenos de contradicciones y dificultades. Marruecos está cambiando, es una sociedad en plena convulsión social, no somos una sociedad monolítica; el problema es que la gestión política sigue siendo deficiente.

—¿Hay que dialogar con los islamistas?

—Por supuesto que hay que dialogar, hay que polemizar con ellos. Los islamistas representan una corriente social, cultural y política, tanto en Marruecos como en otros países. No podemos obviar esta realidad.

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