Nº 482 - 5 de noviembre de 2001
Por Josu Montalbán    

Sobre el libro ‘Ser de izquierdas’,de Eduardo Haro Tecglen

LA IZQUIERDA PESIMISTA

De las importantes reflexiones contenidas en el libro ‘Ser de izquierdas’, escrito por Eduardo Haro Tecglen, hay una que llama la atención por lo atinada que es y porque, de ser realmente cierta, tiene unas consecuencias trascendentales para el futuro de la izquierda y de la sociedad.

Justamente tras el capítulo titulado El fin de la Utopía, en el que recorre las vicisitudes por las que han pasado casi todos los movimientos y partidos de izquierdas –comunistas, socialistas y anarquistas– con profusión de testimonios, desemboca en otro capítulo, La izquierda del pesimismo, que comienza con un aldabonazo al pensamiento de las gentes que aún creemos en la izquierda: “El pesimismo es la dote que ha heredado la izquierda española actual. Y la mundial. Hay algunas gentes que proceden de la izquierda y que viven dentro de una hipocresía: la ficción de que la izquierda es innecesaria, antigua, obsoleta, pasada: que no existe”. Y surgen, de inmediato, varias preguntas: ¿para qué es necesaria?, ¿seremos capaces de superar la derrota que nos han infligido el final de la Historia y el pensamiento único?, ¿conseguiremos desembarazarnos de la bárbara obsesión que nos ha hecho pragmáticos en lugar de idealistas activos y militantes?

Rosa Luxemburgo utilizó una frase para reanimar a los maltrechos huelguistas reprimidos en la vieja Alemania: “El camino del socialismo está empedrado de derrotas”. Quizás sea el hastío provocado por las sucesivas derrotas lo que ha condenado al socialismo, y a la izquierda en general, al pragmatismo. Sin embargo, por medio de él se pueden resolver problemas de dimensiones reducidas, pero no sirve para luchar contra un capitalismo como el que gobierna el Mundo. “La economía de mercado es la menos mala de las economías”, ha llegado a decirse desde las filas de la socialdemocracia. Hubiera sido mejor escuchar la frase en positivo (“La economía de mercado es la mejor…”), porque del otro modo sólo cabe sacar la conclusión de que es más importante el mercado que la economía que puede desarrollarse a su través. ¿Para qué aplicar ningún sistema económico al mercado, que tiene sus reglas soberanas, a las que es preciso supeditarse sin incertidumbre alguna?

Pero la izquierda no sólo ha de pronunciarse ante la economía, a pesar de que vivamos tiempos en los que el poder reside y se consigue al lado del dinero. Ha de matizar el significado y el sentido de las palabras, de los grandes principios en que se inspira. El viejo socialismo real, el comunismo, constituyó, al parecer, una afrenta a la libertad. Un buen aparato propagandístico del mundo capitalista puso todo su empeño en desacreditar frases de profundo significado, sin que diera tiempo de explicar el alcance real. Lenin exclamaba su “Libertad, ¿para qué?” y nadie paró a pensar que, mientras la derecha daba vuelta a la frase para utilizarla en su contra, la izquierda no llegaba a comprender que “con hambre, con apuros, con un trabajo que proporciona sólo la estrecha supervivencia, o quizás menos aún, la libertad general no sirve de nada”.

El mundo que vivimos y sufrimos los humanos está plagado de suburbios en los que el hambre y la peste convierten a muchos hombres y mujeres en piltrafas tristes y harapientas. Incluso, en las áreas más desarrolladas, una gran parte de los trabajadores perciben salarios cada vez más escuetos e insuficientes, por desarrollar trabajos penosos y complicados en condiciones precarias de seguridad, sólo porque las reglas económicas al uso en el sistema imperante persiguen y potencian más la competitividad que ese plus social que debe ser el bienestar de los ciudadanos, la dignidad de las personas como seres vivos dotados de razón, imaginación y propósitos de esperanza.

No ha sido la derecha la que ha asumido el papel de la izquierda, ni siquiera de la izquierda más tenue y menos radical. Ha sido la izquierda la que ha sucumbido, víctima de su falta de rebeldía y de su exceso de resignación. Y no sólo eso, sino que muchos de sus dirigentes han optado por la conquista del poder con el único objetivo de ostentarlo –nunca mejor dicho: ¡ostentarlo!–, mantenerlo a cualquier precio y convertirlo en un fin: su único fin.

Alerta Haro Tecglen de algo que ha marcado la vida política en España y que ha afectado negativamente a la izquierda: la unidad. ¿Es buena la unidad en la izquierda? Si obedece a una unidad de principios, es posible que la unidad de fines u objetivos sea un bien perseguible, pero “la izquierda es plural: es su desgracia y su virtud. O lo era. La izquierda es la facultad de elegir entre opciones diferentes, el pensamiento acerca de todas las posibilidades de llegar a su objetivo global de igualdad; es la que pide discusiones, parlamento”. Pero, desgraciadamente, las izquierdas españolas pocas veces se han juntado para discutir y poner en común sus ideas sobre la igualdad, en todo caso, cuando lo han hecho ha sido exclusivamente para sumar votos, con ánimo y objetivo electoral. Persiguiendo esa unidad, de ideas, de posiciones, de liderazgos, se han sacrificado librepensadores (pensadores libres) a los que, en el mejor de los casos, se les ha empujado a ese otro mundo tangencial que es el intelectual, del que huyen los partidos políticos como los gatos escaldados del agua fría.

Urge reconstruir el edificio de la izquierda. La arquitectura de la izquierda debe propiciar espacios abiertos en los que las personas no sólo se sientan felices, sino que diseñen y forjen espacios de felicidad. La izquierda tiene que perseguir un único objetivo, tan plural y bello que sirva a los anhelos de todos. No es propio de la izquierda convertir el poder en un anhelo, sino poner el poder al servicio de todos los anhelos. Si algo no puede ser la izquierda es conservadora en medio de un mundo imperfecto que no para de plantear incertidumbres.

Termina su libro el comprometido Haro con esta joya: “Pensar es una cuestión muy sencilla. Poner en duda lo que le quieren colocar a uno por todos los medios, y advertir que el exceso de información y de opinión sobre un tema es algo sospechoso, es una actitud de izquierdas. (…) Hay que saber que cuando Occidente bombardea a la población civil de Yugoslavia no es para castigar a los que persiguen a los albaneses que quieren independizarse, sino a unos civiles inocentes; que cuando estamos cercando por hambre y falta de medicinas a media docena de países estamos cometiendo un crimen; y que el holocausto de los judíos alemanes a manos de los nazis es el mismo que el de los judíos contra los palestinos, que todos somos culpables de los continentes envilecidos y a punto de extinguirse. No sé, no sé: que no se pueden seguir traicionando los propósitos de igualdad, libertad y fraternidad, o la traición, cualquier día, se vendrá encima de nosotros”.

Así de sencillo…y quizás tan complejo, según se desprende de las actitudes y hechos concretos.

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