Nº 478- 8 de octubre de 2001

Charla con Salvador Giner sobre Hannah Arendt y otros gurus de la izquierda

“Arendt propicia un republicanismo cívico basado en la educación”

Salvador Giner, catedrático de Sociología en la Universidad de Barcelona es un reputado experto en Historia y Teoría Sociológica y en Pensamiento Social. Ha trabajado mucho y bien sobre el pensamiento social clásico. “Desde el punto de vista de la teoría –me explica durante la entrevista que he mantenido con él en Barcelona– me ha interesado mucho la visión de la sociología como una empresa moral. Creo que la Sociología es una disciplina prescriptiva y no sólo descriptiva. La sociología está condenada a pensar lo que puede ser una sociedad buena y, por lo tanto, mi posición no es neutra pues me preocupa mucho su dimensión moral. Hay que mojarse”.

Ahora Giner está dirigiendo la Encuesta Metropolitana de Barcelona, que es la mayor de España en tamaño. Antes realizó un estudio sobre España y varios sobre estructuras sociales europeas comparadas. “Hago más sociología macro que micro –me explica– pues también en sociología hay lo macro y lo micro. Me gustan los grandes conjuntos”. El profesor Giner ha dirigido el Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Salvador Giner es el profeta del republicanismo en España, cuyas raíces pueden rastrearse desde su ambiente familiar y su educación escolar. Uno de sus maestros fue precisamente Hannah Arendt, a quien escuchó en la Universidad de Chicago.

Salvador Giner:  Había leído un libro suyo en Barcelona, y la verdad es que no me impresionó todo lo que debería haberme impresionado (los años mozos son insolentes). Luego hice un par de cursos con ella y otras personas en Chicago. Por ejemplo, fui alumno –aunque no discípulo, que conste– de Hayek. Mi amigo Perico Schwartz y yo somos alumnos de Hayek y siempre nos hacemos la misma broma: “Tú eres discípulo y yo soy sólo alumno.” Los dos hemos tenido la suerte inmensa de tener un maestro de ese calibre. En la residencia de estudiantes, ambos dedicamos un sentido homenaje a nuestro maestro. La verdad es que Hayek no me sedujo del todo, aunque fue un maestro rigurosísimo conmigo. Y en cambio me sedujo más Hannah Arendt, aunque hay algo en ella que no acaba de convencerme. Demasiado ambigua, yo diría oscura, algo que  le viene de su lectura de San Agustín, sobre quien escribió su tesis doctoral. Yo me siento muy atraido por el pensamiento de San Agustín, es una cosa maravillosa las Confesiones de éste.

José García Abad: ¿Está usted de acuerdo con la crítica que hace a Marx?

S.G.: Sí, bastante. Hannah vio en él cosas que después ocurrieron, interpretaciones de los acontecimientos de los que Marx no tenía ninguna culpa. Le pasó lo mismo que a Popper, quien acusa a Platón y a Marx de ser los padres del totalitarismo, del pensamiento absolutista. Ella observó, además, lagunas importantes en Marx: no tiene una imagen clara de futuro, no sabe ni cómo tiene que organizarse el Estado socialista.

J.G.A.: El concepto de política en Arendt, separándolo de lo social, es difícil de entender, y desde luego rompe con la tradición de la izquierda.

S.G.: Sí, es difícil de entender. Ella construye su idea política a través de una noción de la naturaleza humana. Y cuidado con lo que acabo de decir, porque esta afirmación la hace alguien que niega la existencia de la naturaleza humana. En su libro fundamental, La condición humana, afirma que una cosa es la condición humana y otra la naturaleza humana, que nunca conoceremos. Pero Marx también mantenía que el hombre no tiene naturaleza sino historia, lo que se contradice con su teoría de la alienación, que es una teoría que entraña la visión de la naturaleza humana. Entonces, ella hace una especie de huida, que no es caprichosa, y reflexiona, al hilo del juicio del proceso a Eichmann, cómo un burócrata puede convertirse en criminal sintiéndose un ciudadano ejemplar, un ordenado padre de familia. Es la acuñadora, aunque no la inventora, quien inició el uso sistemático de la expresión “crímenes contra la humanidad”. El inventor fue un señor inglés, quien la utilizó a finales de la I Guerra Mundial, cuando los turcos exterminaron masivamente a los armenios. Lo que a mí me parece evidente, habiendo recibido clases de ella y habiendo leído sus libros, es que ha construido todo su edificio teórico desde la consideración de nuestra naturaleza humana, desde la constatación de que somos potencialmente bestias totalitarias; así puede estrellarse un piloto contra el World Trade Center, después de pasar todos los test que exigen a los pilotos en los que hay que probar la serenidad, el control de los nervios, etc. Y no uno sino cuatro pilotos que estrellan sendos aviones. Cuando he visto esta tragedia me he acordado de Hannah Arendt, quien estará ahora sonriendo desde una nube diciendo, diciéndonos: “¿Veis lo que os he dicho?: la plasticidad del hombre es inmensa, no hay naturaleza humana. Puedes condicionar a un tipo, a que tenga dos niveles simultáneamente, uno normal y otro de infinita crueldad”.

J.G.A.: En los últimos diez años Hannah Arendt parece haber recobrado actualidad. ¿Esta resurrección se debe a la orfandad de la izquierda tras la caída del sistema soviético? ¿A su búsqueda de nuevas referencias? Fina Birulés me insistía, en la entrevista que publicamos la semana pasada, en que Hannah Arendt no aporta propuestas positivas para usar en política. Quizás pueda servir a la izquierda por la vía negativa, por su método, por su personal estilo de replantearlo todo, de pensar sin barandillas, sin someterse a los términos convencionales de los debates.

S.G.: El interés actual por Hannah Arendt tiene que ver con el nuevo concepto de republicanismo, que se centra en lo cívico, en lo libertario de acuerdo con el sentido genuino de la palabra. Es en castellano donde aparece la palabra universal “liberal”. Liberal, libertario son términos que hacen honor a nuestro país y a la cultura nuestra. En ese sentido, nos interesa ahora Arendt, porque ella cree que el mundo está abierto. Explica bastante su línea de pensamiento el hecho de que beba de las fuentes de la revolución americana, de la independencia de Estados Unidos más que de la Revolución Francesa, que es de donde parte la tradición de la izquierda.

J.G.A.: Las únicas propuestas concretas de Hannah Arendt propician las formaciones espontáneas, los soviets o consejos obreros. Por otro lado, encuentro algo muy inquietante en su pensamiento: su insistencia en que la política es cosa de pocos y cultos, que la verdadera libertad es un lujo para iniciados.

S.G.: En efecto, se adivina en ella una vena aristocratizante, por otro lado nada ajena a la tradición republicana y revolucionaria. Es la gran paradoja. Robespierre invocaba constantemente, como gran principio revolucionario la virtud ciudadana, tal como hacemos los republicanos de hoy que invocamos constantemente la virtud cívica y, por tanto, la necesidad de educar a la ciudadanía. Pero para Robespierre, como para Lenin, el monopolio de la virtud la tiene el partido que es la vanguardia que interpreta y gestiona la salud pública. Los demás republicanos tenemos mayor confianza en la ciudadanía en general, y desconfiamos en todo partido monopolista único.

Hannah Arendt propicia, como en España hiciera Francisco Giner de los Ríos, un republicanismo cívico en el que lo crucial es educar a la ciudadanía. Le interesan, como me interesan a mí, las condiciones prácticas de la libertad, en qué condiciones no fabricamos un Eichmann o no mandamos a la gente a Siberia. Esa virtud ciudadana implica instituciones de enseñanza, escuelas, educación, austeridad. Yo, por ejemplo, no hubiera hecho la Expo de Sevilla, sino que hubiera invertido esos millones en hacer escuelas en toda Andalucía. En calidad de vida, en generar tejido social, en crear cooperativas, fomentar la autogestión. Tener fe en el hombre, pero no imponer, poco a poco, sin forzar a nadie. Es, por ejemplo, lo que piensa Isaiah Berlín, socialista británico, que se entere la gente de una vez, socialista convicto y confeso y que tratan de apropiárselo indebidamente los liberales.

J.G.A.: ¿Qué otros, además de Arendt, aportan algo en este debate?

S.G.: Yo recomendaría a Gellner, que murió en Praga hace un par de años, y a  otros que trabajan sobre nacionalismo, que pueden ayudar a curar tribalismos nacionales . Me interesa mucho el economista Martia Sen, un pensador de la igualdad de la libertad y de la fraternidad; en definitiva, de la democracia. Es un economista, puro y duro, pero es un apóstol de la democracia en los países pobres, del reparto de riqueza.  Entre los italianos destacaría a Mauricio Viroli. Por cierto, que en la lista del republicanismo no suele aparecer el gran filósofo político catalán, el único de talla grande que ha habido, que es Francesc Eiximenes, que ha trabajado sobre la autonomía de las ciudades mediterráneas como Barcelona, Valencia, Lérida, Perpignan y Florencia. La ciudad es la patria de la libertad.

La línea Arendt es más libertaria y un tanto melancólica. Ella ve con horror la transformación del hombre libre en mero homo faber y en homo videns publicitario, la degradación de la cultura moderna. A este respecto, un día le preguntamos a Arendt en un seminario: cómo vas a educar a la ciudadanía en un espíritu que sea a la vez individualista y fraterno que ahora se llama solidario. Hay una contradición gravísima.

J.G.A.: ¿Y Blair? ¿Y la tercera vía? ¿Representa realmente una opción de izquierda? ¿Es puro oportunismo? ¿Lleva realmente algo valioso dentro? ¿Puede servir para otros países?

S.G.: Blair quiere combinar el individualismo thatcheriano con la solidaridad. La solidaridad viene dada cuando se produce realmente una participación cívica y popular, si no la gente se va a jugar al bingo, pasa de todo o se refugia en el fútbol. Se ha encontrado con un país muy mejorado por Thatcher, que fue siniestra para Inglaterra, pero limpió y desmontó sindicatos anquilosados y burocracias excesivas. 

J.G.A.: ¿Le gusta más Jospin?

S.G.: Jospin es más tradicional, más socialista que Blair, es más consecuente. Sabe que hay una clase media, unos sindicatos hundidos que no van a luchar contra a él, una clase media próspera, que le apoya. Es diferente de Blair, que no dispone de un programa de creación de algo nuevo, sino de un plan de parches y reparaciones. Es decir, si Thatcher hunde las escuelas y los hospitales como yo los he visto hundirse, y viene un señor y dice que nos los va a arreglar, pues bienvenido sea, ya era hora. Pero no es más que un programa de reparaciones.

J.G.A.: Habermas está como en guardia, desde hace muchos años, contra los residuos del pasado y proclamando la ilustración. Yo no sé si sigue persiguiendo molinos que ya no existen. Por otro lado, su Teoría de la Acción Comunicativa parece que tiene mucho aire “republicano”, su fe en la discusión y en la persuasión contra la injusticia puede parecer algo ingenua, pero parece que está en el fondo del actual republicanismo. ¿Le interesa especialmente este filósofo alemán, por otro lado siempre explícitamente comprometido con la izquierda democrática?

S.G.: Hay cosas de Habermas que están bien, pero no otras, como la idea de la comunidad ideal de comunicación… Si hay ricos muy ricos  y pobres muy pobres, inteligentes y tontos, cómo vamos a tener una comunidad ideal comunicativa. La teoría de la acción comunicativa pasará a la historia sin pena ni gloria. Me parece que es un pensamiento circular. La última idea que ha tenido Habermas me parece dudosa: hacer una constitución europea. No creo en eso. En España es la idea que está de moda. Creo que debemos tener una declaración europea de derechos del ciudadano… que tenemos que ser solidarios, creo, en el salario universal y en la libertad de la gente, porque todos los republicanos creen que son libertarios, quieren la autonomía. Nos podríamos encontrar a poco que nos descuidemos con una constitución más larga que la India, que tiene 500 artículos, la más larga del mundo, y es ilegible. ¿Ha acabado la Constitución con las castas…? Para que se aplicara a todos los países con sus variedades internas teníamos que tener una constitución acumulativa. Habría que legislar para los finlandeses, para los catalanes, los murcianos, los bretones… Es una última idea brillante del señor Habermas, gran filósofo.

J.G.A.: Quizás sea más vivo y más próximo a nosotros Norberto Bobbio.

S.G.: Es un sabio viejo, un magnífico socialista, que ha hecho una disección izquierda/derecha a sus 89 años, ejemplar. Ha escrito otro libro sumamente lúcido: De Senectute sobre el arte de  hacerse viejo… Es un gran socialista, por lo tanto, un gran republicano…          

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