Nº 427- 11 de septiembre de 2001

La que armó Federico de Onís, discÍpulo de Unamuno, inventando el posmodernismo

¿Hemos enterrado a Marx vivo?


“Incluso Cristo tuvo que pasar tres días bajo tierra para lograr algo tan complicado como
eso de la resurrección”     
(Biermann)

“La izquierda no comunista no tiene razón  ninguna para deprimirse”   (Jürgen Habermas)

José GARCÍA ABAD

A lo que hay hoy en el mundo le llaman “postmodernidad”. Pues bien, el postmodernismo es una palabra española, que se adelantó en varias décadas a la generalización del término, cuando el centro del primer mundo, anglosajón por supuesto, le proporcionó carta de universalidad. España, y más concretamente Cádiz, también acuñó la palabra “liberal”, de circulación igualmente universal aunque no siempre con el sentido progresista con que nació en las Cortes de Cádiz en la resistencia contra Napoleón y, más tarde, contra el absolutismo fernandino. También es verdad que España ha aportado al lenguaje universal expresiones menos pacíficas, como “guerrilla” y otras escasamente postmodernas pero altamente recomendables como “siesta”.

Pero volviendo al “postmodernismo”, que intenta dar nombre al mundo de hoy, el mérito es de Federico de Onís (véase despiece ad hoc). Federico de Onís, un castizo español que no admitía contradicción alguna en naturalizarse norteamericano al tiempo que proclamaba que era más español que nadie, dio al postmodernismo una significación poética. La palabreja en cuestión respondía obviamente al propósito de superar el “modernismo”, otra palabra nacida en español en boca del poeta nicaragüense Rubén Darío para propia aplicación y de otros como Juan Ramón Jiménez, premio Nobel, amigo difícil de Onís y compañero de éste en la emigración y en tareas universitarias.

La palabra ha sido arrebatada a la poesía por la filosofía, la política y la economía para etiquetar a nuestro tiempo, provisionalmente, pues en sí misma no indica más que el propósito de enterrar lo moderno que, sin embargo, para muchos sigue gozando de buena salud. Lo moderno, un término obligadamente ambiguo y de nacimiento fechado a gusto del usuario, alberga el librepensamiento, la expulsión del mando religioso en la organización política, el predominio de la ciencia, la fe en el progreso, el sentido de la historia, los derechos humanos... entre otras cosas. Un mundo que se inicia con el Renacimiento y se populariza con la Reforma protestante y que incluye la Ilustración, la Revolución Francesa y las Naciones Unidas.

TONTO EL ÚLTIMO

Los postmodernos nos dicen que este mundo ha muerto y que ha nacido otro en el que la historia ha terminado, la idea de progreso es absurda, la filosofía se ha agotado pues ya ha dicho todo lo que tenía que decir y no puede seguir adelante ante la ambigüedad del lenguaje y la propia razón no es digna de confianza; el capitalismo es el sistema económico definitivo y el liberalismo el irrebasable sistema político. Se han acabado pues todas las metanarraciones que explicaban el mundo, tanto las religiosas como la marxista, pues no en vano la historia ha llegado a su fin según la expresión que popularizara el divulgador postmoderno Fukuyama. “Para qué queremos metanarraciones si la gestión nos basta”, dice Lyotard, el profeta de la nueva era.

El postmodernismo al que han dado consistencia teórica, algunos con hondo dolor de su alma, filósofos que en buena parte proceden de la izquierda más radical –los radicales prosperan cuando no hay peligro de revolución– puede ser inocente en su enunciado pero no en sus consecuencias. Charles Jenks, por ejemplo, canta el nuevo advenimiento con palabras muy expresivas que pesco en el muy recomendable libro de Perry Anderson, pensador de la nueva izquierda, Los orígenes de la postmodernidad. Jenks ensalza esta era como una civilización mundial de la tolerancia plural y la elección entre una oferta superabundante que estaba privando de sentido las polaridades pasadas de moda, tales como izquierda y derecha, clase capitalista y clase obrera: “En una sociedad en la que la información importa más que la producción, ya no hay ninguna vanguardia artística, puesto que en la red electrónica global no hay enemigo al que vencer. En las condiciones emancipadas del arte de hoy, más bien hay incontables individuos en Tokio, Nueva York, Berlín, Londres, Milán y otras metrópolis comunicándose y compitiendo unos con otros, al igual que lo están haciendo en el mundo de la banca”.

La postmodernidad incluye los ordenadores y el mundo enracimado en red, la apoteosis genética, el fin del equilibrio del terror, el reino de los consumidores, el cambio del papel del trabajo y la globalización económica –de momento más claramente la de los mercados financieros–, la consolidación del liberalismo absoluto no en la acepción progresista de las Cortes de Cádiz sino en el marcado por el individualismo feroz y la insolidaridad implícita en la consigna: “Tonto el último y sálvese quien pueda”. Y “el poder para los más fuertes”. No en vano, a diferencia del destino de Marx, enterrado vivo, los postmodernos han resucitado a Nietzsche santa advocación del nazismo y Heidegger mimado en vida por los nazis del superhombre.

El postmodernismo que se pretende de pensamiento único, por definitivo, ha podido imponerse ayudado por la frustración provocada por el fracaso de la organización comunista y del análisis marxista que garantizaba el fin inminente del capitalismo, víctima de sus íntimas contradicciones. Algo que contrasta con un capitalismo que, irrumpiendo en una nueva economía, en una revolución tecnológica vertiginosa ha conseguido movilizar las fuerzas productivas con un vigor que nadie hubiera podido intuir hace sólo unas décadas.

REACCIÓN EN LA IZQUIERDA

Se le atribuye la fundación del postmodernismo filosófico al pensador francés Jean-François Lyotard quien había militado en el grupo de ultraizquierda si bien anticomunista Socialismo o Barbarie y en Poder Obrero, activista del 68, y que en 1979 publica el nuevo catecismo: La condición postmoderna. Lyotard encabeza una nómina en la que participan numerosos pensadores de todo el globo y cultivadores de las más variadas disciplinas desde el arte a la política que toman postura, con aportaciones positivas o críticas y hasta negando la propia existencia del fenómeno, lo más granado de la inteligencia mundial. Me refiero a gente como: Jean Baudrillard, Michel Foucault, Jacques Derrida –el predominio de los franceses es evidente–, David Antin, Andy Warhol, Robert Venturi, Charles Jencks, Alex Callinicos, David Harvey, Terry Eagleton, Simon During, Raimond Williams , David Lyon, Perry Anderson, Berry Smart, Iain Chambers, Mike Featerstone, Philip Sampson, Bryan Turner, Mark Poster, Gianni Váttimo, y Peter Sloterdijk, entre otros.

Sin embargo, hay razones para sospechar que la teoría predominante empieza a morir de éxito y atisbo una prometedora vitalidad en la reacción de la izquierda, bien tratando de reconducir el proceso desde dentro o bien –con Jürgen Habermas al frente– negando que se haya producido realmente un cambio cualitativo tan decisivo como mantienen los postmodernos. Curioso que la izquierda sea ahora la reacción.

En efecto, Habermas, quizás el mejor filósofo actual, da la impresión de encontrarse en este tema un tanto incómodo. Ha abordado el asunto, especialmente desde una perspectiva arquitectónica, pero ante todo destaca su aprensión ante los efectos negativos que pudiera deparar como pretexto para el rearme de la derecha.

El pensador de izquierdas más centrado y más estimulante a este respecto es Fredric Jameson, quien metido a fondo en el debate de la postmodernidad da por superado el marxismo como análisis científico pero le concede vigencia –en claro desafío a Lyotard– como “gran narración”, como gran relato que ofrece, narrativamente y no con pretensiones científicas, explicaciones al mundo. Jameson considera el postmodernismo como la lógica cultural del capitalismo tardío y la nueva economía y la revolución informacional no como el fin de la historia y el triunfo definitivo del capitalismo sino como una nueva fase del mismo, manteniendo las tesis marxistas de la acumulación capitalista, concentración de poder y proletarización que sin las connotaciones miserables de antaño significa explotación y alienación. En definitiva, y aunque no lo dice con estas palabras, se deduce la denuncia de que a Marx se le ha marginado prematuramente. Se le ha enterrado en vida.

Habermas, el gran gurú de la izquierda, está en la misma línea pero con un discurso más moderado. Su posición sigue en la línea ilustrada de la escuela de Francfort , reconoce que la denostada socialdemocracia ha conseguido que el mundo de hoy no era el que conoció Marx, y que, sin abandonar la constancia de las desigualdades y de la explotación, estamos en un planeta en el que cabe conseguir la justicia y la emancipación por medio del diálogo y la negociación en torno al cual ha desarrollado el tronco fundamental de su filosofía: la racionalidad comunicativa.

Lo que está claro es que la izquierda en la que predominaba el imperativo más ético-político que filosófico de “lo importante no es entender el mundo sino cambiarlo”, ha dado la vuelta a la consigna. Ahora lo importante es entender lo que está pasando, imbuirse en la teoría, quizás en la confianza de que el entendimiento llame a la acción.

El postmodernismo empezó con Federico de Onís en la poesía y la poesía, como el arte en general, no es un aspecto marginal del fenómeno. Una de las características del nuevo pensamiento de izquierdas es el enlace del análisis socioeconómico con la cultura inspirándose para ello en Theodor Adorno y Walter Benjamin.            

 

FEDERICO DE ONÍS, PROFETA DEL POSTMODERNISMO

Federico de Onís, el inventor del término “postmodernismo”, de ascendencia asturiana pero nacido en Salamanca en 1885, fue un personaje tan singular como injustamente relegado en el recuerdo. Hijo de la generación del 98, miembro de pleno derecho de la de Ortega y Gasset –la que Eugenio D’Ors llamaría novecentista–, fue alumno predilecto de Unamuno en la Universidad de Salamanca a la que volvió como catedrático después de desempeñar su cátedra en Oviedo.

Emigró en 1915, cumplidos los 30 años de edad, a los Estados Unidos donde enseñó durante la mayor parte de su vida en la neoyorquina universidad de Columbia. Allí dirigió la cátedra de Literatura Española, el Instituto Hispánico y la Revista Hispánica Moderna, mantuvo una estrecha relación con Américo Castro –con quien colaboró en diversas iniciativas literarias– y con otros exiliados más o menos voluntarios.  Escribió El problema de la Universidad española, Disciplina y Rebeldía, El español en los Estados Unidos, Ensayos sobre el sentido de la cultura española y sobre todo la polémica e imprescindible Antología de la poesía española e hispanoamericana. 1882-1932. Fue editor de Torres Villarroel y de Los nombres de Cristo, de fray Luis de Granada.

Cuando le llegó la jubilación en Columbia University consiguió un acuerdo con la Universidad de Puerto Rico donde impartió  clases hasta su muerte por doble suicidio. Lo intentó una vez con drogas pero, salvado contra su voluntad, se descerrajó un tiro en la sien y acabó definitivamente con su vida cuando empezó a notar síntomas de senilidad. En esta última etapa portorriqueña Onís coincidió con Francisco Ayala y con Juan Ramón Jiménez, el Nobel español y señero representante del “modernismo” con quien según cuenta Ayala mantuvo una amistad muy difícil.

Francisco Ayala describió a Federico de Onís como un personaje pintoresco que agudizaba hasta la caricatura su españolidad, como “un pardillo de tierra adentro” que ha adoptado y exagerado el papel de paleto. Del palurdo irreductible y genial representante vivo de la España eterna. Un papel que nada tenía que ver con la realidad puesto que era descendiente de una familia muy distinguida: un antepasado suyo actuó de embajador del rey de España ante el Gobierno de Estados Unidos y Ayala sugiere que fue él quien llevó a cabo las transacciones para venderles la Florida.

Federico de Onís dio a la expresión de postmodernismo un contenido literario, que según explica en su celebre antología de poetas españoles e hispanoamericanos, como “una reacción conservadora , en primer lugar, del modernismo mismo, que se hace habitual y retórico como toda revolución literaria triunfante y restauradora de todo lo que en el ardor de la lucha la naciente revolución negó”. De Onís incluyó en esta tendencia a García Lorca, Vallejo, Borges, Neruda, Ramón Pérez de Ayala y otros poetas hoy menos recordados, como Enrique Díaz Canedo, Enrique Mesa, Mauricio Becarisse, Antonio Espina, Francisco Vighi, Ramón de Basterra y Fernando Villalón, entre otros.

Hemeroteca Inicio