Nº 420- 26 de junio de 2000

El mercado global; una insistencia

Antonio BERNABEU

Hubo un tiempo en el que hasta los periodistas pudieron hacerse una idea aproximada del capitalismo. Julio Camba, en La rana viajera, percibía el fenómeno con aire alucinado, de sorpresa: “Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo, las vagonetas las necesita un amigo de un amigo suyo. Y cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente, esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su poder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor, sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el que unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen la vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen".

En su momento, el escéptico Plá también fue capaz de entretejer, de manera bastante razonable, la circunstancia inflacionaria de la República de Weimar con sus entornos sociológicos y dedujo que la estética del expresionismo, definitoria en gran medida del mejor arte alemán contemporáneo, se había originado en el seno de aquella aguda crisis monetaria.

El mercado parece burlarse siempre de sus aduladores. Cada día se nos desinfla, por improbable y azarosa, la idea de cierta impalpable majestad cuya mecánica regula un juego elemental de simetrías, en el que cada cosa conduce a su contrario y en el que todo recibe su sentido tan sólo del lugar que ocupa en la correlación general de fuerzas y debilidades. Con frecuencia se olvida que el mercado tiene un carácter completamente intransitivo y resulta tan bobo como el ordenador; no hay más remedio que configurarlo.

En el mercado se escenifican bastantes más problemas de los que quiso sospechar jamás la economía neoliberal ‑y no arde otra‑ con sus reglas de tres y su aparato de hipérboles y flatos. Allí concurren las oscuras raíces de lo antropológico, las tramas de la relación social y los imaginarios culturales. No se pueden abordar con solvencia los avatares de la Rusia de Yeltsin sin tener en cuenta, como señala Emmanuel Todd en su último libro L’illusion économique, el substrato antropológico comunitario que ha sobrevivido a la ideología comunista después de haberle dado nacimiento. Porque el comunismo no era más que el reflejo ideológico transitorio de valores mucho más profundamente situados en el conjunto de la estructura social.

Aplicar los esquemas de la globalización ‑seguramente imparable ya como tendencia‑ sin tener en cuenta su diversidad, sus avances y sus retrocesos, su carácter fragmentario y notablemente desigual, bordea, cuando menos, el suicidio a la hora de establecer un sistema económico mínimamente operativo. Porque la globalización, según el criterio del antropólogo Ulf Hannerz, hace referencia literalmente a un incremento de la interconexión. Y puede conllevar, al mismo tiempo, fenómenos de desglobalización. Algunos países se desglobalizan porque no pueden mantener la interconexión o porque el mundo los necesita. Basta volver la mirada sobre África.

No estaría de más que los economistas neoliberales incorporaran a su exhausta retórica conceptos como el que los antropólogos denominan "hábitat de significado". Durante varios siglos la riqueza podía percibirse claramente a través de los cinco sentidos; rebaños de corderos, praderas y castillos. Olores penetrantes de las curtidurías y espesas polvaredas de algodón. Actualmente, en el mercado confluye una proporción cada vez mayor de productos que en sí mismos no son más que significados y formas que contienen significado. Y sólo una afinada modulación entre hábitat y economía ofrece garantías de estabilidad.

En el ámbito de la economía financiera se ha intentado realizar, sin más, una burda trasposición de las concepciones maquiavélicas según las cuales la política genera sus propias normas al margen de cualquier principio moral. La economía generaría sus propios mecanismos de acción y reacción al margen de cualquier forma de socialidad e incluso, también, de la política. Y no se trata de debatir aquí la mera virtualidad de los principios sino de calibrar la capacidad instrumental de unos y otros para lograr una aproximación cercana a la realidad. En Maquiavelo, quien por cierto siempre se equivocó de príncipe, la exclusión o inclusión de la moral era un arbitrio, una cuestión de primacías, recomendado a la decisión absoluta de quienes dictaban la política. En las sociedades democráticas el contrato social ‑por mucho que se decante en leonino‑ sólo se alcanza en el consenso, inclusivo, de sujetos plurales.

Cuando la actividad económica se desarrolla sobre espacios antropológicos que no son homogéneos, que ni siquiera son continuos, conviene proyectar los modelos matemáticos sobre la especificidad del hábitat. El sistema soviético pudo reemplazar las formas comunitarias tradicionales por el partido único y la economía centralizada porque éstos se acercaban a la estructura parental originaria del campesino ruso. Félix de Azúa, por su parte, ha analizado, con suma brillantez, la obsesión dineraria de los catalanes. Según este escritor, y hasta la llegada de la Generalitat, la presunta avaricia catalana no deriva de una caricatura arcaica sino que constituye el único correlato simbólico, el único signo comprensible de poder en una metrópoli cuya potencia social no se correspondía con su insignificancia política.

Valgan estos ejemplos como una sugerencia,'más bien tímida, de que el mundo global, o en vías de globalización, no se puede abordar desde una pobre perspectiva unidimensional.

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