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Nº
410- 17 de abril de 2000
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El lado oscuro de la llustración Antonio BERNABÉU Parece ser que al pensamiento único comienzan a crecerle los enemigos interiores, bien que de momento tan sólo sean de papel. Al igual que, en el siglo pasado, la novela gótica comenzó a revelarnos las numerosas oscuridades escamoteadas por las incandescentes visiones de la razón ilustrada, una nutrida literatura critica ha emplazado sus focos frente a la racionalidad económica y a su soberbia ideológica que no acierta a entender la persistencia de las necesidades humanas más elementales y su sustancia indestructible. Al menos, pues, en el terreno del debate teórico, parece animarse el panorama y surgen, aquí y allá, brotes primaverales y hasta un cierto movimiento de tránsfugas y semi-tránsfugas. Me refiero, de un lado, al absolutamente impresentable Soros, sujeto que mantiene perfectamente alejada la carne del espíritu y al que, después de haberse enriquecido, le sobrevino un arrebato crítico que no le impide seguir enriqueciéndose. También el conservador Edward Luttwak, hombre ligado a la estrategia militar estadounidense, ha entrado en una dinámica de reparos al discurso de la utopía neoliberal. Y, por último, John Gray, antiguo acólito del thatcherismo, que ha escrito uno de los trabajos más convincentes sobre los engaños del sistema. Esta pequeña relación engloba tan sólo a aquellos que modificaron, en los últimos tiempos, su postura. Y como su conjunto desborda las dimensiones de un artículo, hoy nos ocuparemos de John Gray y de su libro Falso amanecer (Paidós). Gray, quien, como ya dijimos, militó en la nueva derecha británica, ocupa actualmente la cátedra de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, y rezuma, en el libro citado, un bien fundado pesimismo frente a la globalización económica configurada a partir del modelo norteamericano. La tesis sustancial de Falso amanecer es la de que tanto el marxismoleninismo como el racionalismo económico del libre mercado adoptan una actitud prometeica en relación a la naturaleza y muestran escasa comprensión hacia las víctimas del progreso económico. Ambos sistemas, a la luz del análisis de Gray, aparecen como variantes del proyecto de la Ilustración de suplantar la diversidad histórica de las culturas humanas por una única civilización universal. El establecimiento de un libre mercado mundial constituiría la forma más reciente de ese proyecto de la Ilustración. Para Gray, estas vías utópicas encierran un potencial destructivo de grandes dimensiones. Las víctimas de la utopía soviética pueden cifrarse hoy de forma aproximada. Las víctimas de la exclusión podrían llegar a igualarlas en un futuro próximo. Según Gray, el capitalismo global es profundamente inestable en sus formas actuales. La burbuja especulativa norteamericana, la deflación que aqueja a lapón y que comienza a detectarse en China, la de presión en Indonesia, junto a otros ejemplos, no son, para el autor, más que los síntomas de una crisis emergente de¡ capitalismo mundial. Sobre una rica base de argumentos, manejando una nutrida documentación, John Gray va mostrando las contradicciones de un libre mercado que no es ‑como supone la actual filosofía económica‑ un estado de cosas natural que surge cuando se deja de interferir políticamente en el intercambio de mercado. Para el autor, y se extiende minuciosamente en ello a partir de la experiencia del liberalismo británico del pasado siglo, el libre mercado es un producto del poder estatal. Los libres mercados sólo pueden crearse mediante el poder de un Estado centralizado; son hijos de un gobierno fuerte y no pueden existir sin él. El laissez‑faire surgió en Inglaterra al calor de una serie de circunstancias históricas entre las que destaca el poder sin controles de un Parlamento en el que la mayoría de la ciudadanía inglesa no estaba representada. Gracias a los cercamientos, a las leyes de pobres, a la abolición de de las leyes de cereales, 1a tierra, el trabajo y el pan se habían convertido en mercancías como cualquier otra; el libre mercado se había convertido en la principal institución econórnica". Añade Gray que el libre mercado apenas duró una generación en Inglaterra. Progresivamente los mercados fueron regulados para satisfacer necesidades tanto de sanidad pública como de eficiencia económica. El control político sobre la economía se fue reafirmando, hasta el punto de que "el libre mercado pasó a considerarse como un exceso ideológico o como un mero anacronismo... hasta que la Unueva derecha" resucitó en la década de 198T. El autor coincide con. su compañero en la London School, Richard Sennett, enti antea,se un se, e e cuestiones afectadas por el desarrollo de la nueva economía. ¿Cómo proteger las relaciones familiares para que no sucumban a los comportamientos a corto plazo? ¿Cómo pueden perseguirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo puede un ser humano trenzar el relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos? Particularmente inquietante es la reflexión que hace Gray en su trabajo: 'En la actualidad, hay pocas instituciones efectivas de gobernación económica mundial, y no hay ninguna que sea ni remotamente democrática". Para el pesimismo de John Gray alcanzar una relación humana y equilibrada entre la política y la economía de mercado sigue siendo una aspiración lejana. |