Nº 674 - 12 de diciembre de 2005

 

Lolita ya ha cumplido los cincuenta

El 25 de septiembre de 1955 fue el día en el que apareció en las librerías la novela Lolita, escrita en inglés por el escritor ruso Vladimir Nabokov (1899-1977). Los Nabokov eran una familia noble y riquísima. El abuelo paterno del escritor había sido ministro de Justicia con los zares Alejandro II y Alejandro III sucesivamente, y el padre, que estuvo en la cárcel y a quien se le privó de sus títulos nobiliarios por oponerse al régimen zarista, fue también ministro en el gobierno provisional que se formó tras la revolución de febrero (1917). V.D. Nabokov, el padre del escritor, murió como un héroe, defendiendo a su principal adversario dentro de su propio partido, el Democrático Constitucional, a quien atacaron dos criminales derechistas. En ese ataque, Nabokov recibió varios tiros y murió.

Vladimir heredó a los diecisiete años un espléndido palacio, construido durante el siglo XVIII para gozo del príncipe Bezborodko, uno de los validos de Catalina la Grande. "Probablemente, tuve la infancia más feliz que se pueda imaginar", escribiría mucho más tarde Vladimir Nabokov.

La revolución bolchevique llevó a los Nabokov al exilio y a la pobreza. Exilio que no sería el último, pues en los años cuarenta, huyendo nuevamente, esta vez de las tropas hitlerianas, el escritor se trasladó con su familia a los EEUU. Escribiendo para los exiliados rusós, Nabokov y su esposa Vera malvivieron en Francia e Inglaterra durante años. La vida de los Nabokov mejoró al llegar a los EEUU y pasaron a llevar la vida propia de un profesor de la Universidadde Cornwell... en invierno, porque durante el verano la vida de la pareja era la de dos nómadas en busca de mariposas (Vladimir fue un experto lepidopterólogo) y, también, de inspiración para Lolita y otros libros.

El profesor Nabokov preparaba sus clases de Literatura comparada en la Universidad de Cornwell con sumo cuidado. Las escribía y luego las leía en clase, en aquel campus austero, cuyos alumnos escuchaban atentos las minuciosas disquisiciones de aquel señor ruso sobre Cervantes, Stendhal, Jane Austen, Dickens, Stevenson o Flaubert. Mientras preparaba sus eruditas disertaciones literarias y a partir del verano de 1949, Nabokov se metió en una historia clandestina que, de haber trascendido, hubiera significado su inmediata expulsión de la Universidad: escribía una novela escabrosa de amor y per-versión entre un cuarentón rijoso y una muchacha, casi una niña, una nínfula la llamó él: "entre los nueve y los catorce años surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, que las doblan o
triplican la edad, su verdadera naturaleza, no humana sino demoníaca, a las que propongo llamar nínfulas (nimphets)". Nabokov guardaba el manuscrito bajo llave y, temeroso de alguna represalia moral, en algún momento quiso quemar aquellos folios, y se cuenta que en una ocasión fue su esposa, Vera, quien salvó el manuscrito, cuando los papeles habían comenzado ya a arder.

En la Navidad de 1953 la novela estuvo terminada y Nabokov intentóque se publicara bajo seudónimo en EEUU. Todas las editoriales a las que se dirigió, y fueron muchas, se negaron. Uno de los editores llegó a decirle que, en caso de publicar la novela, terminaría sus días en la cárcel. Esta historia sufrida por el autor ruso forma parte de la bien ganada leyenda negra de los editores y, desde luego, ni fue nueva ni fue original. Por esas fechas, es decir, en esos años, Lampedusa veía rechazada la publicación de El gatopardo. Ello Vittorini, el gurú izquierdista de la literatura italiana de la época había hecho un informe sobre la novela del siciliano, rechazando su publicación por "reaccionaria y carente de interés". Lo trágico en el caso de Lampedusa es que murió antes de ver su novela en las librerías y, por lo tanto, sin conocer el apabullante éxito que la obra obtuvo de inmediato. De igual modo, algunos años después, García Márquez vería rechazada en Barcelona la publicación de Cien años de soledad. Claro que a Nabokov no se le negaba la publicación por falta de calidad, sino por miedo a la reacción moral de una sociedad, la norteamericana, donde reinaba por entonces la caza de brujas, y no sólo en el campo político.

El desmoralizado Nabokov, a la vista de tan negativos resultados, envió la novela a un agente literario parisino y éste consiguió colocar la novela al editor Maurice Girodias, de Olimpia Press. Esta editorial tenía una sección en su catálogo dedicada a publicar en inglés novelas pornográficas y de erotismo fino. Literatura erótica que no encontraba editor en EEUU y entre cuyos autores estaba Henry Miller. Girodias exigió para la publicación que la novela estuviera firmada por el autor. Nabokov, al fin, accedió y Lolita salió publicada en París el día ya citado, el 25 de septiembre de 1955.

La novela se publicó y no pasó nada, es decir, que pasó desapercibida durante meses... hasta que por Navidad, un periodista le preguntó a Graham Greene cuáles eran, a su juicio, las tres mejores novelas publicadas en inglés durante el año que finalizaba y Greene citó a Lolita. A partir de que Graham Greene levantara la liebre, muchos otros leyeron la novela. Unos dijeron que era una obra maestra y otros la denigraron por inmoral, pero entre todos colocaron a Lolita en el candelero. Gallimard quiso traducirla y el Gobierno francés (aún no había retornado De Gaulle) prohibió su publicación. Fue entonces cuando saltó un verdadero escándalo y la novela se convirtió en el caso Lolita. Mientras, en los EEUU, el libro de Nabokov anterior a Lolita, titulado Pnin, comenzó a venderse muy bien y, al fin, en 1958, la editorial Putnam's se decidió a publicar Lolita en los EEUU y, de inmediato, se convirtió en un éxito. Estuvo a la cabeza de las listas de ventas durante seis meses y Kubrick compró los derechos cinematográficos. Groucho Marx haría a este propósito una de sus frases: "Voy a leer Lolita dentrode seis años, cuando la chica cumpla los dieciocho", dijo.

Durante 1959 aparecieron traducciones de la novela en todo el mundo (la primera edición en español, en 1959, la publicó Sur en Buenos Aires y esa traducción se debe a Enrique Tejedor)... y Vladimir Nabokov volvió a ser un hombre muy, muy rico. Dispuesto, una vez más, a cambiar de vida. Abandonó la Universidad y la enseñanza, dejó Norteamérica y se instaló en el Montreux Palace Hotel, junto al lago de Ginebra, donde viviría hasta su muerte, en 1977, en la abundancia, llevando hasta el final una vida activa y regalada. Regalada en el sentido que lo entendía un noble ruso como él.

Tal vez nunca se acabe por entender y por asumir que el arte de la ficción no tiene nada que ver con la moral y no son sólo los clérigos quienes se resisten a aceptarlo. También algunas feministas o, en general, los partidarios de lo políticamente correcto son contrarios a esa libertad de expresión. Madame Bovary ya le trajo problemas judiciales a su autor por "ofender a la moral y a la religión" y las cosas, aunque han cambiado, seguirán, me temo, más o menos igual. Cambian los inquisidores y sus causas, pero no cambia la condición humana, y por eso todos llevamos un censor dentro... aunque algunos, y esto es lo grave, lo llevan fuera.

Mas, sea como sea, moral o no moral, el mito de Lolita nos llega como nos llega el de Don Juan. El cuarentón Humbert Humbert usa del engaño para seducir a una niña de doce años y seis meses y mantiene con ella durante un par de años una turbia relación carnal, peregrinando a través de los EEUU. Una historia que, de ser real, reclamaría rechazo y oprobio; leída en la ficción produce una sonrisa cómplice. A pesar de su trama escabrosa, el libro fascina. ¿Por qué? Por el estilo. Un estilo brillante y minucioso. No es casual que Nabokov pase por ser el novelista del siglo XX con un estilo más depurado.

Nabokov, que era un renombrado entomólogo, se pasaba muchas horas con los ojos sobre el microscopio, analizando los órganos genitales de las mariposas. De parecido modo, el lector de Lolita, el buen lector, ha de usar una especie de microscopio literario si quiere degustar el cúmulo de detalles y alusiones que contiene la narración. Es probable, además, que Lolita sea, antes que cualquier otra cosa, una doliente historia de amor... Un amor no correspondido. Cuando, pasados los años, Humbert Humbert se reencuentra con Lolita, ya convertida en Dolly —una matrona como lo fue su madre- "en sus ojos lavados y grises, nuestros pobres amores se reflejaron un instante y fueron valorados y descartados como cosa aburrida... como un pedazo de barro seco en el que se aterronara su niñez".

Humbert Humbert, como otros personajes de Nabokov, afirma que él es un artista, alguien que vive en un plano vital diferente y superior de aquel en el que viven las demás personas, pero lo único que hace Humbert es exagerar la realidad de su condición humana. Los artistas (los protagonistas) de Nabokov reclaman una dispensa respecto a los demás mortales, porque no aciertan a imaginar que todos y cada uno de los seres humanos son tan especiales como ellos. Por eso, al leer a Nabokov, sin dejar de observar el drama de sus personajes, nos convertimos, también nosotros, en protagonistas.

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