Nº 664 - 3 de octubre de 2005

 

Napoleón en Chamartín

La invasión de Iraq por las tropas anglo-americanas y la deriva que ésta ha ido tomando han hecho volver la vista atrás a muchos comentaristas aficionados a citar ejemplos históricos y, desde luego, al de Napoleón invadiendo España. Algo parecido pasó hace más de sesenta años cuando a Hitler, que había firmado en 1939 una acuerdo de no agresión con la URSS, tomó la decisión suicida de invadir Rusia, quedando, como Napoleón, atrapado por el frío helador del camarada invierno.

El caso de la invasión napoleónica de España muestra más semejanzas con la de Iraq, porque la ocupación fue rápida y casi pacífica para, después, convertirse en un infierno. Lo más paradójico de¡ caso es que Napoleón -amigo de las frases sentenciosas- había asegurado que "las bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse encima de ellas", aunque hay una diferencia sustancial con Iraq: España era, de facto, y desde, al menos, la Paz de Basilea (1795) un satélite de Francia. la batalla de Trafalgar (21-X-1805), cuando ya Napoleón era emperador (coronado el 18 de mayo de 1804), es la muestra más fehaciente de aquella alianza desgraciada. En estas condiciones, ¿por qué Napoleón se decidió a invadir España? No quedan dudas de que detrás estaban sus desmedidas ambiciones políticas y personales, pero tengo para mí que también latían en su cerebro algunas otras no tan perversas, como era la de modernizar España, dándole una patada en el trasero a una Monarquía que se mos
traba entonces tan incapaz como corrupta.

Las intrigas palaciegas entre Godoy y los reyes, por un lado, y Fernando, entonces Príncipe de Asturias, y su camarilla, por el otro, componían un espectáculo que hubiera hecho las delicias de la televisiónbasura. Azanza, el embajador español en París, no dudó en calificar aquellos manejos de "intrigas de putas".

El 11 de octubre de 1807, a instancias de Beauharnais, embajador de Francia en Madrid, Fernando le escribió a Napoleón una carta tan obsecuente como miserable, solicitando su casamiento con una dama francesa a gusto del Emperador, con el ánimo de desplazar del trono a su padre (Carlos IV), pero Napoleón, en lugar de responder, le pasó la carta a Carlos IV, quien mandó prender a su hijo y lo sometió a un proceso cuyo juicio se celebró en El Escorial, resultando una farsa que se zanjó cuando Fernando pidió por escrito perdón a papá y a mamá. Ante este panorama, retratado por Goya en su cuadro La familia de Carlos IV (que hoy bien podría titularse La familia Monster), quizá Napoleón sintió piedad de un país como el nuestro y decidió sacarlo del agujero, aplicando las ideas liberales que sin duda profesaba aquel militar que, pocos años antes, había sido un "revolucionario". En efecto, España constituía entonces el paradigma de la incuria, del desastre social.

En estas condiciones, ¿qué condena histórica merecen quienes pensaron que la llegada del Rey José era una liberación? Ninguna, pero los
"afrancesados" se equivocaron al despreciar dos sentimientos que anidan en el corazón de los hombres: la dignidad y la identidad colectiva. Aunque, bien mirado, la segunda se la podían haber ahorrado los resistentes, pues Napoleón también impuso a un general suyo (Bernadotte) como Rey de Suecia... y a los suecos no les ha ido nada mal con su monarquía napoleónica.

Tras seis años de guerra y de desastres, los españoles habían conseguido la independencia, pero seguían prisioneros en manos de los déspotas de siempre. El 21 de julio de 1814 se restableció el Santo Oficio y comenzó la represión contra los liberales, hubieran sido patriotas o afrancesados. Para El Deseado todos eran chusma. Juan Martín (El Empecinado), Espoz y Mina, Porlier... acabaron en el exilio o ante el pelotón de fusilamiento. Un final tan español como horripilante.

En la Puerta de Toledo de Madrid, no lejos de¡ río Manzanares, donde ahora laboran sin pausa los enterradores de la M-30, hay un gran arco de triunfo, cuyas inscripciones son latinas, pero cualquiera puede leerlas sin riesgo de error. Está dedicado a Fernando VII "vencedor de los franceses". Cerca de allí, subiendo hacia la Plaza Mayor por la calle de Toledo, en la acera de la derecha, se levanta otro monumento, más humilde, dedicado también a este monarca sin escrúpulos. Lo firma un tal conde de Motezuma (sic) en nombre del pueblo madrileño... y a mí, que vivo cerca de ambos monumentos, se me revuelven las tripas al verlos.

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