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La
invasión de Iraq por las tropas anglo-americanas y la deriva que
ésta ha ido tomando han hecho volver la vista atrás a muchos
comentaristas aficionados a citar ejemplos históricos y, desde
luego, al de Napoleón invadiendo España. Algo parecido pasó
hace más de sesenta años cuando a Hitler, que había
firmado en 1939 una acuerdo de no agresión con la URSS, tomó
la decisión suicida de invadir Rusia, quedando, como Napoleón,
atrapado por el frío helador del camarada invierno.
El caso de la invasión napoleónica de España muestra
más semejanzas con la de Iraq, porque la ocupación fue rápida
y casi pacífica para, después, convertirse en un infierno.
Lo más paradójico de¡ caso es que Napoleón
-amigo de las frases sentenciosas- había asegurado que "las
bayonetas sirven para muchas cosas, pero no para sentarse encima de ellas",
aunque hay una diferencia sustancial con Iraq: España era, de facto,
y desde, al menos, la Paz de Basilea (1795) un satélite de Francia.
la batalla de Trafalgar (21-X-1805), cuando ya Napoleón era emperador
(coronado el 18 de mayo de 1804), es la muestra más fehaciente
de aquella alianza desgraciada. En estas condiciones, ¿por qué
Napoleón se decidió a invadir España? No quedan dudas
de que detrás estaban sus desmedidas ambiciones políticas
y personales, pero tengo para mí que también latían
en su cerebro algunas otras no tan perversas, como era la de modernizar
España, dándole una patada en el trasero a una Monarquía
que se mostraba
entonces tan incapaz como corrupta.
Las intrigas palaciegas entre Godoy y los reyes, por un lado, y Fernando,
entonces Príncipe de Asturias, y su camarilla, por el otro, componían
un espectáculo que hubiera hecho las delicias de la televisiónbasura.
Azanza, el embajador español en París, no dudó en
calificar aquellos manejos de "intrigas de putas".
El 11 de octubre de 1807, a instancias de Beauharnais, embajador de Francia
en Madrid, Fernando le escribió a Napoleón una carta tan
obsecuente como miserable, solicitando su casamiento con una dama francesa
a gusto del Emperador, con el ánimo de desplazar del trono a su
padre (Carlos IV), pero Napoleón, en lugar de responder, le pasó
la carta a Carlos IV, quien mandó prender a su hijo y lo sometió
a un proceso cuyo juicio se celebró en El Escorial, resultando
una farsa que se zanjó cuando Fernando pidió por escrito
perdón a papá y a mamá. Ante este panorama, retratado
por Goya en su cuadro La familia de Carlos IV (que hoy bien podría
titularse La familia Monster), quizá Napoleón sintió
piedad de un país como el nuestro y decidió sacarlo del
agujero, aplicando las ideas liberales que sin duda profesaba aquel militar
que, pocos años antes, había sido un "revolucionario".
En efecto, España constituía entonces el paradigma de la
incuria, del desastre social.
En estas condiciones, ¿qué condena histórica merecen
quienes pensaron que la llegada del Rey José era una liberación?
Ninguna, pero los "afrancesados"
se equivocaron al despreciar dos sentimientos que anidan en el corazón
de los hombres: la dignidad y la identidad colectiva. Aunque, bien mirado,
la segunda se la podían haber ahorrado los resistentes, pues Napoleón
también impuso a un general suyo (Bernadotte) como Rey de Suecia...
y a los suecos no les ha ido nada mal con su monarquía napoleónica.
Tras seis años de guerra y de desastres, los españoles habían
conseguido la independencia, pero seguían prisioneros en manos
de los déspotas de siempre. El 21 de julio de 1814 se restableció
el Santo Oficio y comenzó la represión contra los liberales,
hubieran sido patriotas o afrancesados. Para El Deseado todos eran
chusma. Juan Martín (El Empecinado), Espoz y Mina, Porlier...
acabaron en el exilio o ante el pelotón de fusilamiento. Un final
tan español como horripilante.
En la Puerta de Toledo de Madrid, no lejos de¡ río Manzanares,
donde ahora laboran sin pausa los enterradores de la M-30, hay un gran
arco de triunfo, cuyas inscripciones son latinas, pero cualquiera puede
leerlas sin riesgo de error. Está dedicado a Fernando VII "vencedor
de los franceses". Cerca de allí, subiendo hacia la Plaza
Mayor por la calle de Toledo, en la acera de la derecha, se levanta otro
monumento, más humilde, dedicado también a este monarca
sin escrúpulos. Lo firma un tal conde de Motezuma (sic) en nombre
del pueblo madrileño... y a mí, que vivo cerca de ambos
monumentos, se me revuelven las tripas al verlos.
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