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Ya
los antiguos griegos habían constatado que la democracia directa
era una patraña que conducía al imperio a los demagogos.
Hay a este respecto una historia tan clarificadora como trágica:
La batalla de las islas Arginiusas fue, probablemente, la última
victoria naval de Atenas en la guerra del Peloponeso. Aun así se
perdieron doce trirremes con su tripulación porque un violento
temporal impidió su rescate. Terámenes y Tirasíbulo
habían sido enviados a salvar a los náufragos, cosa que
no consiguieron, y de regreso a Atenas se apresuraron a lanzar el descontento
general sobre los estrategas victoriosos. La Asamblea, presa de la histeria,
se negó a juzgarlos individualmente, como exigía la ley.
Sólo unos pocos, entre ellos Sócrates, se opusieron al clamor
del pueblo, pero en vano. Cito a Jenofonte: "Luego condenaron por
votación a los estrategas que participaron en la batalla naval,
que eran ocho. Fueron ejecutados los seis presentes. No mucho tiempo después
los atenienses se arrepintieron y votaron que fueran juzgados aquellos
que engañaron a la asamblea". Una justicia impartida a impulsos
de la pasión popular sacrificó a los generales que habían
ganado la batalla.
La democracia moderna, que hunde sus raíces en la Ilustración,
en la Declaración de Virginia y en lo mejor de la Revolución
francesa, nunca creyó en el mito de la democracia directa, imponiéndose
el sistema de la delegación. Los electores, al elegir a sus representantes,
delegan en ellos, reservándose el derecho de deponerlos o ratificarlos
cada cierto tiempo, que las leyes y otras normas electorales se encargan
de precisar.
La Constitución Española, en su artículo 6, extiende
este sistema de delegación a los partidos políticos al decir:
"Su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos".
Pese a este mandato constitucional, los partidos políticos se las
han arreglado para negarse, en los hechos, a cumplir con esa obligación.
Cualquiera que sea la interpretación que quiera darse a la palabra
Democracia, ésta no encaja con las prácticas partidarias,
al menos en España.
Una versión mínima de ese "funcionamiento democrático"
del que nos habla la Constitución nos señalaría,
al menos, dos elementos: debate y elección. Discusión sobre
las ideas y proyectos y elección entre varios candidatos para cubrir
los puestos directivos y de representación. Pues bien, para cualquier
observador mínimamente informado es una evidencia que dentro de
los partidos políticos no existe debate interno con su consiguiente
votación sino de uvas a peras. A la hora de discutir cuestiones
candentes, los debates y las votaciones brillan por su ausencia para verse
sustituidas, en el mejor de los casos, por algunas opiniones u ocurrencias
dejadas caer, aquí o allá, en cualquier medio de comunicación
por algún revoltoso o consentido, que aparece ante el público
como un extravagante.
En este asunto de eliminar la discusión interna, los aparatos partidarios
cuentan con un aliado tan potente como inesperado: los medios de comunicación.
Éstos transforman, ipso facto, cualquier opinión interna
que no se atenga al carril impuesto desde arriba en un cisma, en una desunión
peligrosa. En estas condiciones, plantear o iniciar cualquier debate o
discusión, convierte al proponente en un disidente peligroso, en
un riesgo para la sacrosanta un¡dad del partido. Pero, ¿qué
democracia puede sostenerse como tal sin que exista discusión alguna?
Lo más terrible de esta desgraciada práctica es que cuenta
con la anuencia del espectador, a quien los medios, al parecer, han convencido
de que todo debate interno es malo.
En lo que se refiere a la elección, es decir, a la competencia
entre dos o más candidatos, los partidos -salvo raras excepciones,
generalmente, tras una crisistambién la han eliminado. En los partidos
espano¡es hay votaciones, pero no hay elecciones, sólo ratificaciones,
y a nadie parece preocuparle esta extraña democracia interna sin
debates y sin elecciones.
Sólo una ley de partidos podría imponer prácticas
democráticas en los partidos políticos pero ¿qué
partido la va a reclamar en el Parlamento? De momento, ninguno. Claro
que `si las cosas funcionan", ¿para qué cambiarlas?
Este argumento, tan pragmático, quizá podría servir
si el artículo 6 de la Constitución no existiera, pero ya
que existe, o se cumple o se elimina. Cosa, esta última, que ya
se le habrá pasado por la cabeza a más de un aparatchik,
aunque, mientras nadie proteste, tampoco ese corte en la Constitución
resulta urgente.
Y si la democracia brilla por su ausencia en los partidos, en la sociedad
civil la cosa es, si cabe, más escandalosa. En España cualquier
truco es bueno para impedir las veleidades que pueda provocar la práctica
democrática. Así, la mayor parte de las ONG que funcionan
en nuestro país son fundaciones, cuyo mecanismo interno no pasa
por las horcas caudinas de ninguna urna, y en las que no son fundaciones
los socios más notables ya se ocupan de evitar cualquier remoción
de la dirección. Con igual celo, en muchos casos, quienes están
dentro, manejando el cotarro, procuran no ampliar el negocio, es decir,
que evitan la entrada de nuevos miembros, no vaya a ser que los recién
llegados tengan la pretensión de controlar o remover a la sempiterna
dirigencia.
La supervivencia de una ONG no depende de la cantidad y calidad de quienes
en ella laboran, sino del funcionamiento de la ordeñadora con la
que se nutre. Una ordeñadora que tiene, básicamente, dos
tubos de succión: uno enganchado a la ubre nutricia del Estado,
vale decir, a las instituciones públicas y el otro tubo amarrado
a los medios de comunicación. Con el primero se llenan las arcas
y con el segundo se asegura la presencia pública. Conozco a este
respecto casos llamativos, como es el de una asociación feminista
de notable influencia pública y política que está
formada exclusivamente por dos mujeres y sus entornos familiares. Les
basta con una página web y las buenas agarraderas que han
conseguido establecer con el poder para seguir mandando, impunemente,
sobre la vida de los demás, ¡y de qué modo!
Pero la perversión no se circunscribe a las fronteras patrias.
No hace tanto tiempo la prestigiosa y masiva Greenpeace decidió
cambiar de líder máximo, mas para ello no se les ocurrió
recurrir a las candidaturas y las urnas, sino que buscaron, cual Florentino
Pérez, un galáctico que los representara. Por cierto que
encontraron un español, mediático donde los haya, pero la
alcaldada era de tal tamaño que al final desistieron.
Por otra parte, en el mundo económico la cosa es de traca. Los
accionistas, es decir, los dueños de una empresa, que no sea de
origen familiar y que cotice en Bolsa, no pintan absolutamente nada a
la hora de tomar decisiones o de elegir directivos. Se ficha al presidente
y éste trae a su "equipo" ('equipo": palabra mágica
que ha sustituido con éxito a la más añosa y precisa
de "nepotismo"); luego llega la junta general y se encarga de
ratificar todo lo ya actuado... a cambio de una cajita de bombones.
Tengo para mí que los magníficos resultados obtenidos por
la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, que
ha logrado sobrevivir a cuantos avatares se le han puesto por delante
desde Nerón a Stalin, pasando también por variopintos personajes,
como Galileo, Lutero, Robespierre, Darwin, Voltaire y Kant, ha hecho pensar
a los que manejan hoy el aparato político y social que ése
es el modelo a seguir: jerarquía y cooptación. Claro que
la Iglesia, que sí presume de ser una sociedad perfecta, jamás
ha dicho que fuera democrática en su funcionamiento interno, más
bien ha sido y es todo lo contrario.
La cooptación (por no hablar del sistema jerárquico) es
un sistema estable, pero no es el más indicado para ponerse al
día. El Papa nombra a los cardenales y, cada cierto tiempo, éstos
eligen de entre ellos al Papa. Lo cual suministra al grupo dirigente una
estabilidad de hormigón y una supervivencia de botella de plástico,
pero no le asegura -sino todo lo contrario- alguna capacidad de adaptación
al medio.
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