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Advierto
al lector que en esta nota no voy a glosar los incendios que la pertinaz
Asequía, los delincuentes y los desaprensivos han provocado en
toda la Península Ibérica durante el verano de 2005, sino
que centraré mi atención en los males que produce ese cambio
de ritmo, ese pretendido descanso que por estos lares del hemisferio norte
se produce durante los veranos.
Antaño, cuando una parte muy notable de la población activa
se dedicaba a la agricultura, el verano era la estación del trabajo
más duro y las fiestas se celebraban al final de la recolección,
pero hoy las fiestas veraniegas cubren sin descanso los meses caniculares
de julio y agosto en pueblos y ciudades, atronando el ambiente e impidiendo
el sueño de todo perro quisque.
La piadosa decisión constitucional de prohibir, solemnemente, la
tortura ha tenido algunos efectos perversos, pues tengo para mí
que los torturadores cesantes, que antaño ejercían su miserable
actividad en covachas oscuras amparados por ciertos aparatos del Estado,
se han reciclado y han venido a parar con sus huesos y mañas a
otros lugares más abiertos, como los aeropuertos y las fiestas
patronales, donde siguen practicando su malvado oficio con gran éxito...
a juzgar por los resultados que los ciudadanos soportan con más
paciencia que el santo Job. Pero no acaban ahí los males veraniegos.
El
maestro Durkheim, en su conocido y apreciado estudio titulado El suicidio,
ya detectó los efectos nocivos
del buen tiempo sobre la tasa de suicidios. En efecto, durante el verano,
en las zonas cálidas del planeta, la vida se hacía en aquellos
tiempos permanentemente al aire libre y esa práctica social se
mantiene en países como España o Italia. Pues bien, cuando
todo el mundo vive en la calle, las personas solitarias perciben con singular
evidencia su propia soledad, su marginación sentimental y
social... y en esas condiciones la tentación de quitarse de en
medio se acrecienta sobremanera.
¿Y qué decir de las separaciones y divorcios que se inician
tras pasar el verano en familia? Sesudos sociólogos de amplios
conocimientos empíricos han constatado que casi el 90% de las separaciones
matrimoniales se inician con una frase aparentemente trivial y de tan
sólo tres palabras: "Tenemos que hablar"... y no hay
período más propicio para hablar con la pareja que el veraneo.
Si además de hablar la pareja cae en la grave tentación
de la sinceridad, la relación corre serios riesgos de inestabilidad,
vértigo y desplome. la persona más hermosa -ya lo anunció
otro maestro francés, Georges Brassens- acaba siendo detestada
por su pareja y sólo a causa de tener "tout le temps le
nez au milieu de la figure''.
Pero lo más incomprensible es el veraneo en la playa y con niños,
especialmente para las mujeres. Veámoslo de cerca:
Ella está lavando los platos a mano, pues en el apartamento, en
la segunda línea de playa, no hay lavavajillas. Su marido ha salido
a tomar el café y a echar una partida con otros
madrileños, veraneantes como él. Ella ha puesto la lavadora
que, por suerte, los dueños del piso (60 m2
y 2.000 euros de alquiler la quincena) sí tienen instalada. Luego,
hará las camas que ha dejado sin arreglar para poder cumplir con
el rito de la playa. Mientras intenta no escuchar a los niños,
de cinco y siete años, que se están peleando en el salón-comedor,
está pensando, precisamente, en eso, en la playa, que nunca le
ha gustado. "La arena se mete por todos lados y el salitre te deja
el cuerpo pegajoso. Llegas a casa pasadas las tres, pues a los niños
no hay quien los saque del agua antes de esa hora, y ponte a cocinar,
pues en el chiringuito te cobran un arroz como si fuera ¡angosta
al termidor.
Ella sabe que le espera una tarde de plancha antes de que Paco -su marido-
venga a buscarla, ya en el atardecer, para dar una vuelta por el paseo
marítimo y tomarse un helado de avellana que tanto le gusta. "Lo
malo es que engorda".
Este año le ha propuesto a Paco empaquetar a los niños en
un campamento, instalar un aparato de aire acondicionado y quedarse en
Madrid.
-He echado las cuentas y nos sale más barato que ir a Gandía
había argumentado
-Sí, y los vecinos pensarán que me han bajado el sueldo.
A ver si te enteras de que en Madrid, si no veraneas, eres un don nadie
había dicho él-.
"Y aquí estamos, descansando y divirtiéndonos",
piensa, mientras enchufa la plancha.
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