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He
de confesar que del melón abierto con la apuesta por la España
plural me preocupan, básicamente, dos cosas: 1) que la asíntota
horizontal, el límite que pretendió poner la Constitución
de 1978, se acabe convirtiendo en una asíntota inclinada que apunte
hacia la independencia de algunos territorios, y 2) que los ciudadanos
no-nacionalistas se vean convertidos en mozárabes, es decir, que
se les trate en las Comunidades Autónomas con lengua propia "como
a los alemanes que viven en Mallorca", en palabras clarificadoras
de Arzalluz.
Me preocupa menos la financiación, y diré por qué.
Partamos de una hipótesis simplificadora, pero suficientemente
explicativa: lo que básicamente distingue una política de
otra es el tratamiento que se da a la desigualdad social. Partiendo de
esa base, la autonomía del gobierno (central, autonómico
o municipal) lo ha de ser para llevar adelante sus propias políticas
respecto a la desigualdad y, entre ellas, la desigua dad territorial.
Se debe aclarar, antes de seguir con el argumento, que en España
la desigualdad territorial, medida en términos de CC AA, explica
tan sólo el 7% de la desigualdad económica existente entre
las familias españolas. En otras palabras, el 93% de esa desigualdad
no tiene origen territorial. Puestas así las cosas, puede enunciarse
un primer principio: las políticas que abor an la desigualdad inter-autonómica
han de residir en el Estado (y ahora en la UE), y no es asunto que debiera
afectar directamente al sistema de financiación autonómica.
Por otra
parte, el instrumento más poderoso con el que cuenta el Estado
para corregir las desigualdades se llama Seguridad Social y no tiene un
destino territorial, sino individual (pensiones, subsidios ... ), pero
sí tiene efectos territoriales, pues, por ejemplo, no todas las
comunidades tienen las mismas estructuras demográfícas (envejecimiento)
ni los mismos niveles de desempleo, etc., etc. Otro instrumento igualador,
obvio es decirlo, son las inversiones estatales en infraestructuras.
Mezclar
el asunto de la solidaridad interterritorial a la hora de abordar el sistema
de financiación de las CC AA ha sido uno de los grandes errores
cometidos desde el inicio de la navegación constitucional iniciada
en 1978. De este error nacen muchas de las dificultades actuales. El único
argumento para introducir el debate de la solidaridad a la hora de discutir
un modelo de financiación para las CC AA es de segundo grado y
cabe expresarlo en los siguientes términos: dado que el esfuerzo
fiscal total (vía municipal, autonómica y central) tiene
límites, todo lo que vaya a un lado, por ejemplo, las CC AA, disminuye
-ceteris paribus- lo aportado a los otros dos: el Estado y los
ayuntamientos. Como fácilmente puede entenderse, así expresado,
el problema pierde carga emocional y demagógica, para quedar colocado
en términos de racionalidad.
Me preocupa más lo que pueda pasar con el nuevo Estatuto catalán
que con el vasco, porque lbarretxe, que va como una moto, ya planteó
su plan y éste no cabía en la Constitución ni de
lejos, pero lbarreche lo tiene crudo y no sólo porque el Parlamento
español le dijo -y le va a seguir diciendo- nones, sino porque
una parte muy notable de los vascos ha expresado con suma claridad que
por ahí no pasa. En Cataluña, sin embargo, donde sólo
le preocupa la cuestión estatutaria a una pequeña minoría,
las elites olíticas -incomprensiblementeconsideran que esto de¡
Estatuto es el único problema que tiene la sociedad catalana. Una
situación que plantea graves dudas acerca de la representación
política en Cataluña. Por ejemplo, que en el Parlamento
de Cataluña nadie se exprese en castellano es más que un
indicio, pues, desde larga data, Cataluña ha sido tierra de inmigración
castellano-hablante. Gentes a quienes la llamada "normalización
lingüística" ha reducido, en la práctica, sus
derechos civiles, convirtiéndoles en mozárabes, esi pecialmente
en lo que se refiere al ascenso social. Y ello ha sido posible, entre
otros mecanismos, a través de la conculcación de su derecho
a usar el castellano en los foros públicos: escuela, universidad,
iglesia, mítines, conferencias... Pariamento. Por eso, al novelista
luan Marsé, que escribe en castellano, no se le considera catalán
a hora de representar a la literatura de Cataluña (que es bilingüe)
en la Feria de Fráncfort.
La normalización lingüística, operación
de gran calado, ha estado basada en normas legales autonómicas
y en prácticas represoras, a mi juicio anticonstituc iona les casi
todas ellas. Contencioso que nadie se ha atrevido a plantear ante las
instancias debidas, por ejemplo, ante el Tribunal Constitucional. Más
bien al contrario, si uno viaja por Cataluña verá que las
señales en las autopistas -muchas de ellas de propiedad estatal-
están escritas exclusivamente en catalán. Y todo ello ignorando
el Artículo 3 de la Constitución, donde se lee: "El
castellano es la lengua española oficial de[ Estado. Todos los
españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla..."
Durante la dictadura de Franco (otro nacionalista radical) estaba prohibido
que los establecimientos pusieran sus rótulos en otro idioma que
no fuera el castellano. Ahora, otro nacionalismo prohíbe ponerlos
en otra lengua que no sea el catalán. Además, en este último
caso existen grupos de "escuadristas lingüísticos"
que se dedican a denunciar a los tenderos que han llamado a sus establecimientos,
por ejemplo, "Casa Pepe".
La "España plural" -aunque ellos no pronuncian casi nunca
la palabra España, sustituyéndola por la frase insultante
de Estado español- es entendida por los nacionalistas como una
concesión y no como una descripción, precisamente porque
ellos no consideran ni en su pensamiento ni en la práctica que
Cataluña o el País Vasco sean plurales.
Claro que
todo esto se ve favorecido -¡y de qué modo!- por el sistema
electoral español, que, con excesiva frecuencia, coloca a los dos
grandes partidos (PSOE y PP) ante la situación de encontrar el
apoyo de formaciones nacionalistas si quieren gobernar en España.
Colocados éstos como charnela, ejercen un poder infinitamente mayor
que aquel que se deriva de sus votos. Conviene recordar, por si a alguien
se le ha olvidado, que entre 1996 y 2000 Aznar gobernó con estos
apoyos. No sé si el entonces presidente hablaba o no catalán
en privado, pero cedió lo suyo en el campo económico y en
otros. Pondré un ejemplo que puede parecer menor, pero que resulta
muy significativo: fue CiU quien se empeñó y consiguió
que desaparecieran del organigrama del Estado los gobernadores civiles,
quienes pasaron a llamarse "subdelegados del Gobierno". Uno
puede imaginarse a un coronel de la Guardia Civil dirigiéndose
al representante del Estado, de quien depende en cualquier provincia española,
para decirle: "A sus órdenes, subdelegado". Chusco.
Para más inri, no sé quién tuvo la maravillosa idea
de meter dentro de la Constitución la Ley Electoral, mas, fuera
como fuera, parece llegado el momento de reformarla. No para quitarle
a los nacionalistas su representación en el Parlamento español,
sino para impedir que con tan pocos votos tengan tanta capacidad de decisión.
Además, se podría aprovechar el viaje para acabar con otra
lacra: las listas cerradas y bloqueadas, origen de muchas de las arbitrariedades
y de los nepotismos intrapartidarios.
Y si ustedes, amables lectores, quieren saber qué modelo electoral
propongo, no les dejaré con la curiosidad: el mayoritario; eso
sí, corregido de suerte que las formaciones pequeñas de
ámbito nacional (IU por ejemplo) no se queden fuera del baile.
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